—¡Espero que la señora no querrá regatear!

—Sea. Trato hecho.

—¿Y dinero contante?

—Contante.

—¿Lo tiene usted? Porque si usted no me pagase esa suma, no iría a reclamársela a París.

—Tengo cien mil francos en mi secreter.

—Pido cinco minutos para reflexionar.

—Reflexiona.

Mantoux se volvió hacia la chimenea, se apoderó maquinalmente del puñal corso de la señora Chermidy, probó la punta sobre uno de sus dedos e hizo doblar la hoja sobre el mármol. La señora Chermidy no le miraba; esperaba el resultado de su decisión.

—Ya lo he pensado—dijo—. Prefiero quedarme aquí que ir a Turquía; mis compatriotas son mejor tratados en Corfú; además, he aprendido un poco el italiano y no aprendería el turco; y, por último, el jardín y la casa que usted ha alquilado, me convienen.