—Tonterías. Que la señora quería matarse, que ha escrito su testamento.

—Sí, es verdad; lo he hecho para obligar al conde a que viniese. ¿Se ha acostado?

—¡Oh! sí, señora. La habitación del señor está cerca de las nuestras. El señor ha apagado la luz a las once.

—Oye; si han dicho algo de mí en la mesa, puedes repetírmelo sin temor; no me enfadaría por ello, al contrario, me consideraría dichosa.

—No han abierto la boca para ocuparse de la señora.

—¡Ah! ¡les anuncio que voy a matarme esta noche y ni siquiera me dedican un pequeño comentario!

—No se han ocupado de la señora; como si la señora no estuviese en el mundo.

—Está bien; ya les recordaré que estoy viva. Le Tas me ha dicho que le habías dado arsénico a la condesa.

—Sí, señora; pero no ha hecho efecto.

—Si le dieses una puñalada, quizás haría efecto.