ESCENA CUARTA.

LEÓNIDO Y SATÁN.

SATÁN.—¡Detente! ¿Adónde vas?

LEÓNIDO.—¿Quién sois?

SATÁN.—¿Acaso

No me conoces ya?

LEÓNIDO.—No recuerdo vuestra faz,

Ni me acuerdo haberos visto

Alguna vez. ¡Dadme paso!

SATÁN.—¡Nunca! Mírame bien...

LEÓNIDO.—Decid, os ruego, quien sois...

SATÁN.—Yo soy aquél que, prepotente,

Leyes dá al huracán, al mar, al fuego;

Brilla en el rayo y muge en el torrente,

Yo soy aquel que con poder grandioso

Reinó en un tiempo hermoso,

Venerado y temido;

Dios absoluto de la indiana gente.

LEÓNIDO.—¡Mentís! De mis mayores

El dios ya duerme en vergonzoso olvido,

Y sus torpes altares,

Do al eco de fatídicos loores

Víctimas ofrecían á millares,

Hoy yacen derribados:

De su poder en mengua,

Les lanza nuestra lengua

Desprecios á sus ritos olvidados:

Vos no sois ningún dios; mentís sin duda.

Pues sólo un Dios existe verdadero:

El Dios que al hombre creó y al mundo entero,

Y á quien adora nuestra mente ruda.

SATÁN.—¡Insensato! ¿No temes de mis iras

El poder? Niño impío,

¿No ves que es mío el aire que respiras,

El sol, las flores y el undoso río?...

Á mi voz prepotente, creadora,

De las aguas surgieron

Aquestas Islas, que alumbró la aurora,

Islas que bellas en un tiempo fueron;

Y mientras, fieles á mi culto santo,

Elevaron sus preces

En mis altares, les libré mil veces

De la muerte, del hambre y del espanto.

Los campos rebosaban

De fragante verdura;

Sin trabajo brotaban

De la piadosa tierra,

Entonces pura,

Las amarillas mieses;

Vagaban por el prado

El cabrito pintado,

El ciervo alígero y las gordas reses;

La diligente abeja

Su panal fabricaba mansamente,

Y al hombre regalaba miel sabrosa:

Retirada en su nido la corneja,

No auguraba doliente

Calamidad odiosa;

Gozaba entonces este rico suelo

De una edad tan dichosa,

Que en sus delicias se igualaba al cielo;

Y ahora, sin consuelo,

Triste gime en poder de gente extraña,

Y lentamenta muere

¡En las impías manos de la España!

Empero, yo le libraré, si quiere

Doblegar su rodilla

Ante mi culto, que esplendente brilla.

Tan poderoso soy que abura mismo

Te daré, si me adoras, cuanto ansías;

Más, ¡ay de tí, si ciego te desconfías!

LEÓNIDO.—Si tan potente sois, si en vuestras manos

Las venturas están de los mortales,

¿Por qué han sido fatales

Para vos los cristianos?

Y si, como decís, el mar bravío

Y el aquilón sumisos obedecen

A vuestra voz y á vuestro poderío,

¿Por qué sus carabelas delicadas,

Que ahora os escarnecen,

No fueron anegadas

Y bajo las olas sepultadas?

¿Por qué vuestras estrellas

En noche tenebroso les guiaron,

Y los vientos sus velas empujaron

Y no les lanzásteis vuestras centellas?

¿Sois por eso tal vez omnipotente?

Y para mayor desdicha, todavía,

El nombre de María,

Nombre que encanta á la infelice mente,

Cual arrogante insulto,

¡Vino á destruir las huellas de tu culto!

SATÁN.—¡Las huellas de mi culto! ¡Desdichado!

¿No sabes que conservo

Un pueblo que me adora prosternado?

¡Ay! ... Vendrán en lo futuro

Los males que reservo

A tu raza, que aclama un cúlto impuro:

¡Tristes calamidades,

Pestes, guerras y crueles invasiones

De diversas naciones

En venideras próximas edades!

Tu pueblo regará con sangre y llanto

Del patrio campo la sedienta arena;

Ya en la pradera amena

El ave á quien hirió metal ardiente.

Ni tus bosques añosos,

Ni los ríos, ni el valle, ni la fuente

Serán ya respetados

De los hombres odiosos

Que turbaron la paz y tu bonanza;

Mientras yo, por venganza,

Desataré los indomables vientos

Para que en su carrera,

Con ira y rabia fiera,

Alboroten los varios elementos,

Y la débil piragua,

Hundiéndose en el agua,

Aumente sus horribles sufrimientos.

Devastaré en mi saña

Los verdes campos de la míes ópima,

Y desde la alta cima

De la erguida montaña

Arrojaré de lavas río ardiente,

Que envuelto en humo y devorante llama

Asole poblaciones

Cual furioso torrente

Que, cuando se desparrama,

Arranca los arbustos á montones;

Y la tierra aterida,

A mi voz conmovida

Temblará con atroz sacudimiento,

Y á cada movimiento

El rico suelo amargará, y la vida.

¡Ay! ¡ay! ¡Cuánto quebranto!

¡Cuánto gemir inútil! ¡cuánto llanto

Oiré entonces sin que sienta el pecho

El duelo de la gente,

Que con gozo insolente

Reir los miro con mortal despecho!

LEÓNIDO.—¡Mentira! ¡Nada puedes! ¡Te conjuro,

En nombre del Señor que el alma adora,

Ángel, ó genio impuro.

Que seducirme quieres,

¡Aparta el antifaz que desfigura

Tu primitiva é infernal figura!

SATÁN.—¡Pues, bien! ¡Héme ya aquí!

Y advierte y nota

Que soy Satán, el ángel que esplendente

(En traje de diablo.)

Se sentaba en un trono

En época remota;

Rayos de luz lanzando de su frente.

Yo soy aquel que con feroz encono

Luché contra el tirano;

Después, vencido en mi fatal derrota

Arrastré á vuestros padres á la muerte;

Más hoy, si del cristiano

La fé divina me venció en mi furia

De tan mortal injuria

Me vengaré, y de tí; yo soy el fuerte;

Y si no quieres que mueras,

¡Ríndete á mis pies!

LEÓNIDO.—¡Oh! ¡Nunca!

SATÁN.—¿Ves mi poder y mi fuerza?

Los espíritus potentes

Que en el universo reinan,

Obedecen á mi voz:

Sigue mi ínclita bandera;

Óyeme, pues: si humildoso

Abjuras tu nueva secta,

Y arrepentido á mis aras

Con grato fervor te llegas,

Yo te haré feliz, dichoso,

Tendrás cuanto apetezcas;

El río que á tus pies corre.

Que arrastra diamantes, perlas;

El ambiente que respiras

Do mil pajaritos vuelan;

Esas plantas, esas flores,

Esas casas, y esas huertas,

Tuyas serán, si al instante

De tu nueva fé reniegas;

Si el nombre ingrato aborreces

De aquella cuya es la fiesta.

Más, ¡ay de tí! si obstinado

Desobedecerme anhelas,

Pues á tus piés ahora mismo

Se abrirá la inmunda tierra,

sepultándote en su seno,

Cual se sepulta en la arena

La pequeña gota de agua

Cuando el sol las plantas seca.

LEÓNIDO.—En vano infundir me quieres

Torpe miedo con tu lengua;

En vano, en vano pretendes

Que yo á tu fé me someta;

Jamás al niño cristiano

El demonio amedrenta,

Y ante el Hijo de María

El Averno eterno tiembla,

¡Espíritu mentiroso!

Ve, huye, ve á las tinieblas,

á la mansión del gemido.

¡Y de la eterna vergüenza!...

SATÁN.—¡Pues, bien! Ya que lo has querido,

Es necesario que mueras:

Tú serás la postrer víctima

Que ante mis aras se quema:

Tú pagarás por los tuyos,

En tí me vengaré mis afrentas.

¡Espíritus! Mis fieles compañeros

Que encontráis en el mal grata dulzura,

Que con cruel amargura

Os nutre el odio que vuestra alma encierra,

¡Venid, alegres, á empezar la guerra!