XXV

HICO, tráeme un vaso de limón... Tráeme dos, ¿entiendes?

El banquero se sofocaba. Era un hombre pequeño y gordo que casi echaba sangre por las mejillas. Se desabrochó el cuello de la camisa y continuó barajando, dando fuertes resoplidos, como si le amagase algún ataque apoplético.

—Juego.

Los puntos hicieron el suyo colocando las puestas al lado de las cartas. Una mano enguantada arrimó un paquete de billetes á una de ellas.

—¿Cuánto va de esto, Saavedra?—dijo el obeso tahúr levantando sus ojos, que expresaban terror y pedían misericordia.

—Todo—contestó secamente el caballero andaluz.

—¿Cuánto es?

—No sé.

El tono era asaz despreciativo. Sin embargo, el banquero no se ofendió. Tomó el paquete y se puso á contar bajo las miradas atentas del grupo de jugadores que en torno de la mesa estaban, unos sentados, otros en pie.

—Son diez mil doscientas pesetas.

—No hay bastante en la banca—dijo un punto alargando ya la mano para recoger su puesta.

—Va abonado—replicó el banquero, cada vez más rojo. Parecía que iba á estallar.

Mientras tiraba por las cartas reinó silencio absoluto. La de D. Alfonso era un siete.

—Ya está aquí—dijo el banquero con mal disimulado abatimiento, colocando la baraja sobre la mesa.

Acto continuo se puso á pagar las puestas menudas, dejando la de Saavedra para la última. Cuando llegó á ésta sólo sobraban siete mil pesetas.

—Debo tres mil doscientas—dijo, entregándoselas.

D. Alfonso las recogió y las metió en el bolsillo con displicencia. El juego se deshizo. El banquero, limpiándose el sudor de la frente con el pañuelo, se acercó al andaluz, que se había sentado en un diván y leía tranquilamente un periódico.

—Quince mil duros te llevas en el bolsillo, chico.

—No lo sé—replicó D. Alfonso, sin levantar la vista.

—Pues yo sí. Villar y González han perdido nueve mil y nosotros más de doce mil. Entre todos los demás no se han llevado seis mil duros.

—Phs; podrá ser—replicó el caballero.

—Cualquiera diría al verte la cara que son quince mil piedras las que tienes en el bolsillo, chico. Mira, préstame ocho mil pesetas y te pondrás de buen humor.

D. Alfonso, sin decir palabra, sacó la cartera y le dió un puñado de billetes.

—Saavedra, tú andas en malos pasos. La otra noche te he visto en un palco muy amartelado al lado de una chiquita saladísima. Ten cuidado: el día menos pensado te casas.

D. Alfonso sacó el reloj, y después de mirarlo, dijo sonriendo fríamente:

—En este momento voy á robar esa chiquita. Me escapo con ella al extranjero.

—¡No te vendría mal!—repuso el otro sin ocurrírsele siquiera que pudiera ser verdad.—Pero te cansarías pronto. Lo mismo tú que yo, estamos viejos para tales trotes.

—Adiós, Cubells.

—Adiós, chico... No dejes de venir esta noche, que hay partida del golfo.

—¿No te he dicho que me escapo con esa chica?—replicó desde la puerta el caballero con la misma sonrisa fría entre los labios.

—¡Buen bocado!... Ven tempranito, ¿eh? y no dejes de traer al Marqués si le encuentras.

Saavedra bajó lentamente la escalera alfombrada del Círculo. Al salir á la calle estaba oscureciendo. Su berlina le aguardaba á la puerta.

—Oyes, Julián: me llevas ahora á la calle de Carretas, paras allí y te colocas cerca del Correo. Vendrá una señora, abrirá la portezuela y se meterá dentro conmigo. En cuanto esto suceda, sin aguardar más, partes como un rayo para Jetafe. ¿Conoces bien el camino? Bien; pues es necesario, aunque se revienten los caballos, que te plantes allá en un periquete. Quiero coger el tren que sale de aquí á las ocho y media. No te asustes de la aventura. Es una bailarina del Real que quiere irse conmigo á Sevilla y no puede rescindir el contrato. Cuando lleguemos á Jetafe ya te daré más instrucciones sobre lo que has de hacer.

El carruaje llegó á la calle de Carretas y se situó donde su dueño había ordenado. D. Alfonso, reclinándose en una esquina para evitar las miradas de los transeuntes, esperó.

Julia había pasado la tarde en casa de su cuñada, pues no tocaba aquel día lección de piano; toda ella en un estado de agitación que no pudo pasar inadvertido para Maximina.

—¿Qué tienes, te sientes mal?—le dijo.

—¡No! ¿Por qué me preguntas eso? ¿Qué ves en mí de particular?—le respondió llena de zozobra.

—Nada, nada; no te asustes. Estás un poquito pálida y más ojerosa que otras veces. Nada más.

—Es que me encuentro un poco nerviosa hoy.

Maximina sonrió bondadosamente, suponiendo que habría tenido alguna reyerta con su novio, y mandó hacerle tila. A pesar de la profunda antipatía que le inspiraba D. Alfonso y los poderosos motivos que tenía para juzgarle un bellaco, veía tan enamorada á Julita, que no se atrevía á decirle una palabra en contra suya.

Según avanzaba la tarde, su inquietud iba en aumento. El último retoño de la raza de los Rivera estuvo á punto en varias ocasiones de padecer algún menoscabo á consecuencia del estado nervioso de su noble tía. Apretábalo ésta contra su pecho más de la cuenta, arrojábalo al aire para recogerlo otra vez, dábale centenares de besos en un mismo sitio del rostro dejándoselo más encendido que una brasa, y hasta le mordió ¡caso terrible! las narices. No hay para qué decir que el ilustre niño, henchido de indignación, protestaba contra tales atentados.

Con Maximina también se mostró la joven más expansiva en sus caricias que otras veces.

—¡Maximina, qué buena eres! ¡qué buena eres!

Y casi la asfixiaba entre sus brazos.

—Eso quisiera yo, ser buena—respondía la niña ruborizándose.

—¡Cuánto daría por ser como tú!

—¡Si no fueses mejor, estabas fresca!

—¡Oh! yo soy mala, Maximina, ¡muy mala!... Pero tú me perdonas todos mis defectos, ¿no es verdad?

Y acometida de súbita inspiración, se levantó diciendo:

—Voy á escribir una carta al despacho.

—¿No tomas la tila?

—Ya la tomaré; concluyo en seguida.

Entró en el escritorio de su hermano y se puso á escribir con precipitación la siguiente carta:

«Mi queridísima Maximina, hermana de mi alma: Cuando recibas ésta, la pobre Julia habrá cometido ya un pecado muy grande. Me voy á Sevilla con Alfonso á implorar de su madre el permiso para casarnos. Procura aplacar á...

—Julia, se te enfría la tila—dijo Maximina poniéndole una mano sobre el hombro.

La joven dió un grito y tapó el papel con las manos.

La esposa de Miguel retrocedió asustada.

—Dispensa, chica: ¡me cogiste tan desprevenida!—dijo Julia sonriendo y muy encarnada.

—Tú eres la que debes dispensarme por haber entrado sin avisar... No creí... Continúa, continúa—añadió con sonrisa maliciosa que significaba:—Ya sé para quién es la carta.

¡Cuán lejos estaba la inocente niña de la verdad!

Después que hubo salido, concluyó la carta, «...procura aplacar á mamá y á Miguel cuando venga. Creo que al fin todo se arreglará satisfactoriamente. Alfonso, aunque un poco frío, es todo un caballero. Perdona y ama mucho á tu hermana, que sólo de ti se despide, Julia

D. Alfonso le había encargado repetidas veces, y con mucho interés, que de modo alguno dejase carta escrita declarando donde iba. Mas por un impulso del corazón, de los muchos que no pueden explicarse, se le ocurrió escribir á su cuñada, en la cual tenía ciega confianza.

—Vaya, me voy—dijo poniéndose el sombrero, que tenía un tupido velo para echar sobre los ojos.—Ya es hora de comer, y mamá me estará esperando. ¡Como quien no quiere la cosa, no la he visto desde ayer noche! A las diez ya estoy aquí otra vez.

Se despidieron á la puerta. Maximina le dió un beso en la mejilla como siempre. Ella le devolvió más de una docena, tan fuertes y apasionados, que la joven esposa no pudo menos de exclamar riendo:

—¡Qué loca!

—¡Loca, sí! ¡Y bien loca!—contestó bajando de prisa la escalera y sin volver la cabeza.

Los besos y la entonación de aquellas palabras sorprendieron un poco á Maximina, pero no hizo alto en ello y cerró la puerta.

Juana era quien acompañaba á nuestra joven hasta su casa. Cuando salieron á la calle poco faltaba para ser de noche. Al llegar á la de Carretas, le dijo la señorita:

—Juana, hágame el favor de entrar en ese estanquillo, póngale un sello y eche esta carta en el buzón... ¿Sabe usted leer?—añadió temiendo que se enterase para quién era.

—No, señorita—respondió la guipuzcoana avergonzada.

Entró en el estanquillo y Julia hizo ademán de aguardarla á la puerta; pero en cuanto la vió arrimarse al mostrador, deslizóse velozmente por la calle abajo, y al llegar al coche, cuyos caballos conocía, abrió la portezuela y se metió dentro.

Oyóse inmediatamente una voz varonil que decía:

—¡A escape, Julián á escape!

Los caballos, fustigados por el cochero, emprendieron la carrera. Pronto salieron del casco de la población y se precipitaron medio desbocados por la carretera de Andalucía.

Cuando llegaron á Jetafe el tren silbaba ya á lo lejos. D. Alfonso tomó los billetes, y llamando aparte á Julián, le dijo:

—Mañana si te preguntan, di que me has conducido á Pozuelo, por la línea del Norte, ¿entiendes?

—Pierda usted cuidado, señorito.

—Toma—dijo dándole algunos billetes,—cuida bien los caballos. Ya te escribiré lo que has de hacer.

El tren los condujo rápidamente, no á Sevilla, sino á Lisboa. A media noche, habiendo salido el caballero fuera un momento, vino desolado diciendo que se había equivocado, que más arriba debieron haber cambiado de tren. La niña quedó estupefacta y aterrada.

—No te apures tanto, hija. Ahora, antes que quedarnos en cualquier poblachón de estos, adonde puedan avisar por telégrafo y cogernos, vale más que entremos en Portugal y desde allí nos trasladaremos inmediatamente á Sevilla.

Aunque protestó con violencia, la joven no tuvo más remedio que conformarse al cabo.

Llegados á Lisboa, se alojaron en una de las mejores fondas. D. Alfonso prometió á su prima emprender al día siguiente el viaje para Sevilla. Sin embargo, se pasó un día, y se pasaron dos y tres, y no se marchaban. El caballero encontraba un pretexto para dilatar el viaje; y era que había perdido el equipaje. Aguardaba la contestación del telegrama que había puesto.

Julita, en aquellos días, se hallaba en un estado de gran excitación que la hacía pasar instantánea y alternativamente de una alegría ruidosa é inconsiderada á un profundo abatimiento. Unas veces se encolerizaba contra su primo y le llenaba de dicterios y amenazaba escaparse sola ó dar parte á la policía: en seguida se dejaba caer en sus brazos pidiéndole perdón. En medio de la mayor tristeza, su amante comenzaba á remedar de un modo grotesco el acento de la camarera que les servía, y la niña reía á carcajadas como una loca. Otras veces se entusiasmaba con el espectáculo de la bahía y con el de la regia mansión de Cintra.

Mimábala el astuto caballero con los más finos y amorosos cuidados. Cuando se encolerizaba, dejábala desahogarse sin responder palabra: cuando se entristecía, ponía todos los medios por distraerla: cuando, por último, la veía contenta, aprovechaba estos momentos para salir con ella de paseo, dándole el brazo como si fuesen esposos. Por tales y recientes eran tenidos en la fonda.

Sin embargo, al cuarto día de haber llegado, hallándose en su gabinete después de almorzar, D. Alfonso, reclinado en la butaca fumando un cigarro puro, ella de pie, frente al espejo arreglándose para salir, le dijo el caballero acompañando sus palabras de una sonrisa ambigua:

—¿Sabes lo que estoy pensando, Julita?

—¿Qué?

—Que me encuentro admirablemente viviendo de este modo contigo.

—Yo no—repuso la joven secamente.

—¿Pues? ¿Qué te hace falta?

—Me hace falta no estar en pecado mortal; pedir perdón á mamá, y que tú seas mi marido.

—Pues á mí cabalmente lo que me gusta es vivir de este modo extra-legal. Somos dos pájaros que huyen del nido y tienden su vuelo por el aire. ¡Qué placer estar así solitos y libres! ¿Seremos por ventura más felices cuando un cura sucio é ignorante haya mascullado unos cuantos latines delante de nosotros?

Julita al oir esto y percibir el tono burlón con que D. Alfonso lo decía, sintió un frío particular en su cuerpo y dejó caer los brazos, que tenía alzados para arreglar el pelo. Quedó algunos momentos suspensa, y volviendo al cabo la faz pálida hacia él, le dijo pausadamente, pero con voz alterada:

—¡Parece mentira que hayan salido de tu boca unas palabras tan groseras y tan feas!

—¿Por qué han de ser feas, chica? No hice más que emitir mi opinión sin meterme á averiguar si es mala ó buena—replicó el caballero riendo.

—¡Calla, calla, Alfonso!... Hay momentos en que cruzan por mi imaginación unas cosas tan horribles, que si se detuvieran algún tiempo en ella, estoy segura que me volvería loca y me arrojaría por el balcón.

Al decir esto dejó el sombrero sobre el tocador y vino á sentarse en el sofá, quedando con la cabeza baja y las manos cruzadas en actitud meditabunda. Gruesas lágrimas empezaron á resbalarle por las mejillas.

—¿Lloras?—dijo el caballero acercándose á ella.

La niña levantó hacia él sus ojos chispeantes de furor.

—Lloro, sí—dijo con rabioso acento.—¿Y qué? ¿Qué tienes tú que ver con mi llanto? Yo quiero marcharme para mi casa, ¿lo entiendes? Quiero marcharme en seguida, ¡ahora mismo!

—Cálmate, Julia.

—No quiero calmarme. ¿Por qué estoy yo aquí contigo, vamos á ver? Hazme el favor de llevarme otra vez á mi casa. Aunque me mate mi madre quiero irme con ella en seguida, ¿lo oyes?

D. Alfonso guardó silencio: dejó trascurrir con astucia algunos minutos para que se sosegase un poco. Después dijo con voz apagada y triste:

—Bien: si es que ya te has cansado de mí, te llevaré á Madrid otra vez... Pensaba yo que fuese tu amor un poco más firme... Me he equivocado, ¡paciencia! No me remuerde la conciencia de nada. Después que hemos salido de Madrid hice cuanto me ha sido posible por cumplir como bueno. Las circunstancias nos han traído aquí y nos retienen contra mi voluntad... Pero en fin, de todos modos, nos marcharemos cuando tú quieras. La verdad es, que ya hemos aguardado bastante por el dichoso equipaje... Ahora voy á decirte una cosa—añadió con voz enternecida.—Si en algo te pude ofender en estos días, perdóname. Te quiero y te respeto como mi mujer legítima, pues lo eres ya ante Dios, y muy pronto lo serás ante los hombres... si es que me aceptas por esposo y no te vuelves atrás.

Julia, conmovida también, le alargó la mano que su amante se apresuró á besar.

Quedaron reconciliados.

—¿Quieres que nos vayamos hoy mismo?—preguntó al cabo de un momento Saavedra en tono indiferente.

—Aguardemos hasta mañana... Tal vez venga hoy el equipaje—respondió la joven, que deseaba hacer olvidar sus duras frases.

—Vamos entonces á dar un paseo por la bahía. La tarde es hermosa; alquilaremos una falúa...

—¡Oh, sí, sí, Alfonso! ¡Me muero por los paseos por el mar!—gritó Julia batiendo las palmas.

—De paso te comprarás la ropa que te haga falta.

Julia, alegre ya como unas castañuelas, se puso de nuevo frente al espejo para arreglarse el pelo.

—No sabes, Alfonso, lo que á mí me gusta pasear en lancha... y si hay un poco de oleaje, mejor. No me mareo. Cuando fuimos hace tres años mamá y yo desde Santander á Bilbao...

Al llegar aquí dió un grito horrible, de esos que ponen los cabellos de punta y dejan helada la sangre de quien los oye. Se le cayó el peine de las manos. Sus ojos clavados en el espejo, expresaron el terror y el espanto.

Por el espejo había visto abrirse la puerta del cuarto y aparecer en ella la figura de su hermano Miguel.