XXIV

A fracasado la primera parte de mi plan: vamos á ver si en la segunda soy más feliz—se dijo D. Alfonso al salir de casa de Miguel.

Pasó aquella tarde, mientras su mirada vagaba perdida por la balumba de coches que trotaban por la Castellana, meditando odiosos y atrevidísimos proyectos, que pronto vamos á conocer.

En los días que siguieron comenzó á mostrarse más rendido y apasionado con su prima, pasando largas horas en su compañía. No le faltaba ya á Julita más que este súbito ardor de su galán para volverse loca. La aspereza de su temperamento inquieto y bravío se había trocado hacía tiempo en mansedumbre. D. Alfonso, gracias al vituperable descuido de la brigadiera, usaba con ella ciertas libertades, inocentes sí, pero muy peligrosas. Cuando la hubo hecho su esclava, le dijo un día:

—Julita, ¿quieres casarte conmigo?

—¡Qué preguntas!—exclamó la niña, poniéndose como una amapola.

—Bien; quedamos en que me aceptas por marido.

—¿Quién te ha dicho eso, majadero?

—Me lo has dicho con esos ojos pícaros, desde que te conocí. No lo niegues, Julia.

—¡Tonto! ¡tonto! ¡insufrible!—exclamó la niña, queriendo enfadarse.

—No hablemos más de eso. Negocio concluído. En principio convenimos ambos, la Srta. D.ª Julia Rivera, por una parte, y D. Alfonso Saavedra, por otra, en que queremos casarnos. Ahora: medios para llevar á cabo nuestro proyecto. Yo he cumplido ya los veinticinco años (si no lo sabías, ahora lo sabes) (Julia se ríe). Por consiguiente, la ley me autoriza para casarme cuando se me antoje, sin permiso de mi madre. No obstante, este permiso es para mí indispensable, primero, por el cariño frenético que me profesa, por el deber en que estoy de no contrariarla ó causarla disgustos que la pobre no merece; segundo, por una consideración egoísta que es también muy atendible. Yo he sido un pillo, Julita, un pródigo que se ha gastado en pocos años la fortuna heredada de su padre. El resultado de esto es que hoy me encuentro á merced de mi madre, la cual, en honor de la verdad, no ha sido hasta ahora tacaña conmigo. Pero como tú comprenderás, no sé lo que sucedería si me casase contra su gusto. Ahora bien, lo confieso con vergüenza, yo no estoy acostumbrado á trabajar, ni aunque fuese tal mi deseo, sabría en qué ocuparme. Necesitamos, pues, contar con mamá para casarnos. Mañana mismo la escribiré, y si, como presumo, no se opone á nuestra boda, podemos desde luego señalar la época para ella.

¡Qué noche de insomnio aquélla para Julita! Y sin embargo, ¡qué noche tan feliz!

D. Alfonso daba por seguro su matrimonio, y hablaba de él como si ya estuviera hecho. Las conversaciones que sostuvieron en los cuatro días trascurridos entre la carta y la contestación, versaron casi todas acerca de los preparativos necesarios para la boda, lo que harían después de unidos, etc. Se esperaba con impaciencia la bendición de la mamá de Sevilla. En cuanto á la brigadiera, como D. Alfonso era su ojo derecho, no se había pensado en ella siquiera. Por consejo de aquél, Julita no le había dicho una palabra todavía.

Llegó al fin la carta. ¡Nunca hubiese llegado! Saavedra entró en casa de su tía con el semblante pálido y ojeroso y una mortal tristeza pintada en él. Para este efecto teatral había pasado una noche de crápula previamente. Julia también se puso demudada al verle, pues en seguida entendió lo que pasaba. Cuando se hubieron sentado junto al piano, sitio donde mantenían casi todas sus conversaciones secretas, exclamó el caballero con acento dolorido, metiendo el rostro entre las manos:

—¡Qué desgraciado soy, Julia!

Ésta calló unos instantes, y después dijo:

—Tu madre no quiere que nos casemos, ¿verdad?

D. Alfonso no respondió.

Reinó silencio por largo rato. Julita lo rompió al fin con voz temblorosa.

—No te aflijas así, Alfonso. En vez de darme ánimos me los quitas.

—Tienes razón, hermosa mía: hasta en esto soy un egoísta. Debiera considerar que además del dolor que sentirás como yo, si me quieres, á ti se te hace una ofensa...

—No, no—se apresuró á decir la joven,—no siento la ofensa. Mi sentimiento es únicamente por no ser tuya.

Saavedra le dirigió una mirada de amor fascinadora y la apretó fuertemente la mano.

—Mamá no habla mal de ti. Si algo dijera que pudiera ofenderte, ya sabría yo contestar... Mejor será que tú misma leas su carta—dijo sacándola del bolsillo.

Esta carta escrita por el mismo Saavedra imitando la letra de su madre y remitida á un amigo de Sevilla, para que de allí se la mandase, era un documento notable por su malicia. No se mentaba á Julita en ella. La mamá se lamentaba vivamente «porque había soñado para su hijo un partido brillante; bien sabía él cual era. Que ésta había sido la ilusión de toda su vida; que había soltado la palabra y todos los parientes estaban ya en ello: en fin, que estando muy vieja y achacosa, aquel disgusto la causaría seguramente la muerte.»

El efecto que esta carta produjo en la joven fué el que tenía calculado su autor. En vez de templar el fuego, lo hizo crecer notablemente. Los celos eran la mejor leña para el caso.

—¿Quién es esa mujer con la cual quieren casarte, Alfonso?—dijo Julita tímidamente, mientras gruesas lágrimas le rodaban por las mejillas.

—No sé, no sé, ¡déjame!—exclamó él con tono desesperado.

—Dímelo, Alfonso: lo deseo vivamente.

—Qué importa quien sea. Yo la odio, la detesto.

—De todos modos, quiero saber cómo se llama.

—Es la condesa de San Clemente.

—¿Es joven?

—Mucho más vieja que tú: tiene lo menos veinticinco ó veintiséis años.

—¿Es bonita?

—¡Qué sé yo! Tanto la doy porque sea fea ó bonita.

—¿Pero es bonita?

—Dicen que sí; pero ya te digo que á mí no me importa nada.

Guardó silencio prolongado la niña. Su corazón latía apresuradamente. Al cabo de un rato dijo con acento melancólico clavando al mismo tiempo en su amante una mirada ansiosa:

—Concluirán por convencerte, Alfonso. Al fin pararás en casarte con ella.

El caballero andaluz levantó hacia ella su vista airada y exclamó con energía:

—¡Antes me harían pedazos que tal sucediese!

—No puedes asegurar nada—replicó ella mirándole con la misma zozobra.—Irán trabajando, trabajando sobre ti, te enredarán de tal modo, que al cabo no tendrás más remedio que sucumbir.

—No, no: ¡te juro que no!... Vamos, no me hables más de eso, Julita, porque es una conversación que me incomoda.

Los ojos de la joven brillaron con alegría un momento. Después volvieron á expresar el mismo abatimiento.

Transcurrieron cinco ó seis días. D. Alfonso redoblaba sus manifestaciones de cariño. Pesaba, no obstante, sobre los amantes un disgusto tan abrumador, que les obligaba á mantenerse largos ratos silenciosos con la cabeza baja y los ojos en el vacío. Julita lloraba á menudo, y Saavedra, enternecido también, hacía esfuerzos inútiles por consolarla. La verdad es que no veían salida para sus penas. El horizonte se mostraba enteramente cerrado y oscuro.

—Yo no tengo carrera ninguna: no sé trabajar—decía el caballero.—Si nos casáramos nos moriríamos de hambre... ¡Este es el resultado de haberme educado para rico!

Tanto como morirse de hambre, no lo creo—respondía Julita poniéndose muy colorada.—Mamá y yo no somos ricas, pero podemos vivir decentemente... Claro está que para tí, acostumbrado á otra clase de vida, esto sería muy duro... pero...

—¡Oh, no me hables de eso, Julia!—exclamó el caballero con el gesto de un hombre herido en su dignidad.—Es rebajarme demasiado creer que yo puedo consentir en que me mantengáis... Pero aunque perdiese el decoro hasta ese punto, tampoco lo haría, porque no quiero matar á mi madre.

La niña se calló y aparecieron como otras veces algunas lágrimas en sus mejillas.

—¿Sospecha algo tu madre de lo que nos está pasando?

—No.

—Pues ten mucho cuidado. Ya sabes cómo es su genio. Si se enterase de que mamá se opone, lo echaría todo á rodar y no me consentiría poner más los pies en esta casa.

Una tarde, pasados ya bastantes días, llegó el caballero con la faz más despejada que los anteriores. En vez de sentarse cerca del piano, fueron los amantes á colocarse en pie en el hueco del balcón. Después de pintarle las cosas muy negras, como siempre, y de lamentarse largo rato, D. Alfonso dijo á su prima:

—Como en todo el día y toda la noche no pienso más que en esto, querida Julia, se me han ocurrido ya algunos medios de salir del conflicto. No te los he dicho porque son muy disparatados. Sin embargo, esta noche dando vueltas en la cama sin poder dormir, me vino á la imaginación uno muy seguro, pero muy atrevido... tanto, que tengo miedo decírtelo.

—¿Tan malo es?

—Malo no; atrevido. Exige de tí desprecio á ciertas convenciones sociales y una gran fuerza de voluntad.

—Vamos, dilo: tengo ya curiosidad de conocerlo.

—Pues bien, Julia; mamá, aunque te la representes como una mujer dura, por tus recuerdos de la niñez, y porque en realidad tiene un exterior frío y grave que previene en contra suya, no deja de tener un corazón muy bueno. Me ha dado pruebas inequívocas de ello, perdonándome á veces demasiado pronto faltas gravísimas. Es un carácter orgulloso como el de tu mamá; pero estos caracteres son los más fáciles de vencer. Basta humillarse para que cedan... Pensaba yo esta noche:—Si Julia se atreviese á dar un golpe decisivo, á escaparse conmigo á Sevilla y presentarnos á ella, tengo la seguridad que no vacilaría en perdonarnos y darnos su bendición. Ninguna mujer, por mala que sea, consiente en dejar deshonrada á la hija de una prima hermana.

—Ese proyecto es una locura. ¡Parece mentira que tú me propongas semejante atrocidad!

—Yo no te lo propongo: no hago más que referirte un pensamiento que me ha ocurrido. Si á tí no te cuento lo que siente mi corazón y lo que cruza por mi mente, ¿á quién se lo he de contar, Julia mía?

—Eso es lo último que debías pensar.

—¡Tengo pensado tanto, que no es extraño que ya piense lo último! El proyecto será atrevidísimo, violento y repugnante para tí, pero no una locura como dices. Es un medio seguro, infalible, de conseguir nuestro objeto.

—Pues aunque sea seguro, infalible, yo no le acepto ¿lo oyes bien?

D. Alfonso no se dió por vencido. Continuó discutiendo sin perder la calma, aduciendo razones, poniendo numerosos ejemplos que traía preparados, destruyendo de mil mañosos modos los escrúpulos de Julia. Pero cuando la joven se veía acorralada, envuelta en las redes de la sofistería de su amante, se encolerizaba de pronto y exclamaba:

—Bien, será lo que tú dices; pero yo no quiero, no quiero, y basta.

Julia, aunque dotada de un carácter ligero é impetuoso, no tenía turbia la conciencia. Era una chica honesta, y por lo tanto, aquel proyecto hería de un modo vivo su pudor. No obstante, Saavedra seguía martillando sin cesar con la esperanza de quebrarlo.

Declinaba ya la tarde. El gabinete se iba poblando de sombras. D. Alfonso agotó al fin todos los recursos de su ingenio sin lograr lo que se proponía.

—Bien está—dijo al cabo de largo silencio, haciendo esfuerzos por ocultar su despecho y dando á sus palabras cierta entonación lúgubre.—He buscado con afán los medios de salir de este doloroso estado en que nos vemos. Te propuse el único factible y seguro. Tu misma has convenido en ello y has comprendido la necesidad de adoptar una decisión enérgica. Y, sin embargo, te niegas á aceptarlo. Respeto los escrúpulos que tienes para ello; pero me permitirás que te diga que la mujer que ama de veras se sobrepone siempre á ellos. Si el amor que me tienes fuese tan grande como dices...

—¡Alfonso!

—Ya sé que me quieres. No te esfuerces en decirlo... Pero el resultado es que, queriéndonos mucho, somos muy desgraciados, y que no hallamos medio de dejar de serlo. ¿Qué nos queda que hacer? Pues separarnos y procurar no volvernos á ver.

—¡Oh Alfonso!

—Sí, Julia, sí; conviene que nos separemos para siempre. Aquí no hacemos más que martirizarnos cruelmente. Es una vida infernal la de tener la felicidad delante de los ojos y no poder tocarla. Antes de proponerte este último recurso, muy violento sí, pero absolutamente indispensable, he decidido firmemente expatriarme en el caso de que no lo aceptases. Mañana, pues, tomo el tren para París. Lo confieso ingenuamente, no tengo valor para soportar esta angustiosa situación.

Calló el astuto caballero. Julia tampoco despegó los labios. Por su gracioso semblante se esparció una triste palidez. Los ojos se clavaron estáticos sobre un punto del espacio y permaneció inmóvil como una estatua. D. Alfonso la dejó en esta actitud largo rato sin turbar su ardiente y afanosa meditación, echándole frecuentes ojeadas. Su palidez iba cada vez en aumento.

Cuando juzgó que había llegado el momento oportuno, el audaz seductor fué á tomar el sombrero que había colocado sobre el piano, y volviendo hacia la niña, alargándola la mano, la dijo con voz temblorosa:

—Adiós, Julia.

Esta se la retuvo un instante, y echándole una mirada desesperada, con el rostro lívido ya, le dijo:

—No te vayas, Alfonso. Haz de mí lo que quieras. Estoy pronta á seguirte.

El caballero, después de cerciorarse de que su tía no los veía, la estrechó largo rato entre sus brazos.