BIBLIOTECA CLÁSICA.
TOMO X.

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ENEIDA

POR
PUBLIO VIRGILIO MARON
TRADUCCIÓN EN VERSOS CASTELLANOS
POR
MIGUEL ANTONIO CARO
——
TOMO II.
——
MADRID
LIBRERÍA DE HERNANDO Y COMPAÑÍA
Calle del Arenal, núm. 11

1902

[Traductores Españoles de la Eneida.]
[ENEIDA]
[Libro Séptimo.]
[Libro Octavo.]
[Libro Nono.]
[Libro Décimo.]
[Libro Undécimo.]
[Libro Duodécimo.]
[Notas]

TRADUCTORES ESPAÑOLES DE LA ENEIDA.

I.

TRADUCTORES CASTELLANOS.

(a) El afamado intérprete frances de la Eneida, Barthélemy (París 1838), parece dar por sentado que la version más antigua del poema virgiliano es la del obispo Saint Gelais, dedicada á Luis XII en 1500. Inverosímil se nos antoja semejante especie, áun tratándose de interpretaciones francesas, y por lo que hace á nosotros, los castellanos, desde 1428 poseíamos una traduccion completa en prosa, que si no es la primera de todas las neo-latinas, como suele afirmarse, á lo ménos merece lugar entre las más vetustas. Compendios italianos y catalanes existian ántes, pero la reproduccion íntegra y más ó ménos fiel del texto virgiliano era una verdadera novedad y un importante servicio á la causa del Renacimiento y á las lenguas vulgares.

Cabe la gloria de tal empresa á D. Enrique de Aragon, más generalmente conocido por el título de Marqués de Villena que por el suyo verdadero, de conde de Cangas de Tineo. Su traduccion de la Eneida no se ha impreso nunca, ni queda de ella manuscrito completo en ninguna Biblioteca: para completarla es preciso reunir los códices de Madrid, de Sevilla y de París, que iremos describiendo.

El de la Biblioteca Colombina es el más antiguo y completo de los que tenemos en España. Códice en papel, á dos columnas, 142 folios, letra del siglo XV. Fáltanle al comienzo pocas hojas que debian contener los primeros capítulos del libro I de la Eneida. Así es que empieza por la traduccion de los versos: «Gens inimica mihi Thyrrenum navigat æquor...» «Los vientos, sepas qué gente á mi enemiga navega por el mar tirreno, es á saber, de italia, los ylionios, es á saber troyanos, trayendo á Italia é los vencidos diosses secretos.»

Abarca este códice los seis primeros libros sin glosas. Preliminares nunca hubo de tenerlos, porque en el Registrum de D. Fernando Colon aparece notado de esta suerte: «Seis libros de las Eneidas de Virgilio, traducidas de latin en castellano por D. Enrique de Villena.» Divídense por capítulos. El primer libro incipit: «Yo Virgilio en verso cuento los fechos.» El sexto desinit: «Los navíos en la ribera.»

Tiene este códice en la actual numeracion de la Colombina la signatura AA.-144-8. Al folio 142 dice: «Aquí se acaba el sexto libro de la Eneyda de Virgilio de la primera parte»[1].

La Biblioteca Nacional posee en dos códices modernos (M. 16 y 17), pero mucho más el primero que el segundo, los mismos seis libros que la Colombina. Pellicer[2] no pudo ver más que los tres primeros, porque en su tiempo no existia otra cosa en la Biblioteca. Poco despues de la publicacion de su libro, sabedor D. Tomás A. Sanchez de la existencia del códice hispalense, solicitó y obtuvo del bibliotecario de la Colombina, Galvez, copia de los otros tres, remitiéndole en cambio los principios que faltaban al de Sevilla. Una nota antigua (quizá del mismo D. Enrique), copiada al frente del códice M. 16, nos informa que aunque el de Villena dedicó su traslación al Rey de Navarra, «por cuya instancia la fizo... non ge la presentó porque antes que fuesse puesta en pergaminos é bien escrita... se levantó discordia é guerra entre el señor Rey de Castilla á quien el dicho D. Enrique avia por soberano señor y el señor Rey... de Navarra, por ende abstúvose de lo facer tanto beneficio ni aver con él comunicacion en este presente, reservándola por la comunicar á otros caballeros del Reino...»

En otra apostilla del márgen suplica el intérprete á los copistas que escriban el libro «con glossas segun aquí está cumplidamente, porque los secretos ystoriales y los integumentos poéticos lleguen á noticia de los lectores.» Y tan adelante lleva D. Enrique este empeño, que hasta califica de «tentacion y sujeccion diabólicas» el deseo de trasladar el texto sin las glosas. Eran á no dudarlo, y precisamente por su misma erudicion indigesta, que él llama «fructuosa doctrina,» la parte de su trabajo que más le placía; pero los amanuenses le obedecieron mal, pues ni el códice de Sevilla ni el de París tienen glosas.

A las instancias y ruegos muy afincados de D. Juan II de Navarra debieron nuestras letras esta version, dado que «él, leyendo y faciendo leer ante sí la comedia del Dante falló que alababa mucho á Virgilio... y fizo buscar la dicha Eneyda, si la fallaria en romance, porque él non era bien instruido en la lengua latina, y non fallándola ni aun quien tomar quisiesse cargo de la sacar de la lengua latina á la vulgar, por ser el texto suyo muy fuerte y de diversos vocablos y ystorias non ussadas, y aun porque estas obras poéticas non son mucho ussadas en estas partes...» tuvo que acudir á D. Enrique, el cual se prestó á ello «por captar su benevolencia... porque se acordasse de le desagraviar de su heredad que le tenía tomada contra justicia.»

La altisonante y archi-latinizada dedicatoria de D. Enrique al Rey de Navarra, es bastante conocida, y Pellicer la trae en su Biblioteca.

En el Prohemio ó Preámbulo da el traductor algunas noticias de Virgilio y de sus obras (acerca de los poemas menores Culex, Ciris, etc., dice que «los hizo traer de Florencia D. Enrique de Villena, cá d’antes en Castilla non se fallaban de Virgilio estas obras si non la bucólica y la geórgica y la Heneyda»), y por lo que toca á su traduccion anuncia que tendrá «tal manera que non de palabra á palabra ni por la órden de palabras que está en el original latino, mas de palabra á palabra segund el entendimiento y por la órden que mejor suena en la vulgar lengua, en tal guissa que alguna cossa non es dexada ó pospuesta... de lo contenido en su original, antes es aquí mejor declarada... por algunas expresiones que pongo acullá subintellectas... Los diversos autos de cada libro partí por capitulos... magüer Virgilio sin distincion capitular fizo cada libro, solo texiendo aquel de continuados versos.»

Tardó D. Enrique en hacer este trabajo (segun se advierte en una de las glosas) un año y doce dias, interpolando la tarea virgiliana con otras, cuales fueron la de poner en castellano la Divina Comedia de Dante y la Retórica Nueva de Tulio, sin otras obras menores de «Epístolas é Arengas é Proposiciones é Principios...» prueba todo ello de facilidad maravillosa. Comenzóse el 28 de Setiembre de 1427.

El códice M.-16 tiene glosas, pero no el 47, como copia que es del de la Colombina.

En un códice de 311 folios útiles, escrito en papel, letra del siglo XV, posee la Biblioteca Nacional de París (señalado con el núm. 7812 en los catálogos antiguos, y con el 207 en el fondo español moderno) nueve libros de la Eneida desde el cuarto hasta el duodécimo.

Tras una hoja desparejada, cuya vuelta está en blanco, viene el principio del códice (en letra roja) de esta manera: «Aquí comiença el quarto libro de la Eneyda de Virgilio, en el qual se pone como la Reyna Dido casó con Eneas, é despues por monicion de los dioses se partió de Cartago é se fué en Italia, é la dicha Reyna se mató por su partida.»

Sigue el texto dividido en capítulos. Al márgen hay breves notas que generalmente empiezan: «In latino dicitur sic...» Otras veces son más extensas, por ejemplo, la relativa á Mercurio en el folio 15.

El libro XII termina así: «A aquel, es á saber, Turno solviéronse los miembros de frio é la vida con gemido fuyó indignada de yus de las sombras.—Aquí fenesce el dozeno libro de la Eneyda, et toda la obra quanto en esta materia dexó fecho Virgilio á su finamiento, magüer oviesse voluntad de proceder más adelante. Et segunt opinion de algunos fasta la muerte de Enéas avíe de continuar, la qual Eneyda despues fué corregida por Tuca é Varo por mandado de Octhoviano, segunt los exponedores declaran.»

«Este dicho libro de la Eneyda escribió Juan de Villena, criado del senyor ynygo lopes de Mendoça senyor de la Vega. É lo acabó sábado primero dia de Setiembre en la villa de Guadalfaxara, anyo del nascimiento de nuestro salvador Jhsuxpto de mill é quatrocientos é treynta é seis anyos.»

El Sr. Ochoa, al registrar este ms. en su Catálogo, tomó por nombre de autor el del copista. Pero gracias á la diligencia del Sr. Amador de los Rios, y sobre todo, del conde de Circourt, que le ayudó en esta indagacion, pudo comprobarse que los tres primeros libros de los nueve corresponden exactamente á los códices que en España se conservan, y que por consiguiente los otros seis pertenecen de igual modo á la version de D. Enrique, no habiendo diferencia de estilo, y sabiéndose que el de Villena tradujo toda la Eneida. Además, el número de capítulos es exactamente el mismo que anuncia D. Enrique en su Prohemio: 346 para toda la obra, que con los 20 párrafos del Prohemio hacen 366, uno para cada dia del año.

Aun se conservan otros dos códices fragmentarios del trabajo de D. Enrique. En la Biblioteca de la Santa Iglesia de Toledo hay un códice en folio menor, escrito á dos columnas, en 480 fojas, así encabezado: «Aquí comiençan las glosas sobre el primero y segundo libro de la Eneyda de Virgilio que fizo D. Enrique de Villena.» Contiene el Prohemio además de las glosas, ni éstas se refieren sólo á los dos primeros libros, sino tambien al tercero.

Finalmente, en la Biblioteca de los Duques de Hijar, examinó mi excelente amigo D. Damian Menéndez Rayon otro códice en folio menor, 167 ps. sin foliar, las más en papel y las restantes en vitela: el cual, además de la dedicatoria y prohemio, contenía los tres primeros libros de la Eneida de D. Enrique con sus glosas. De este códice parece haber sido copiado el de la Biblioteca Nacional.

Termina con esta suscripcion:

Finito libro sit laus et gloria Christo,

Qui scripsit scribat, semper cum Domino vivat,

Vivat in cœlis hic scriptor mente fidelis,

Sint adjutores cœlesti habitatores:

Martinus Sanctii vocatur: qui scripsit benedicatur.

Et fuit perfectus XVIII Junii anno Domini

1442.

Doña Isabel la Católica poseyó en su Biblioteca[3] «un libro de romance de papel, que son las Enéidas de Virgilio, glosado un pedazo, de D. Enrique de Villena, con unas coberturas de tabla, guarnecidas en carmesí aceituní de pelo, con unas flocaduras al derredor de seda verde é oro, bordadas en la una parte de las armas de Diego Arias con unos tejillos verdes de cobre dorado.»

Insensatez sería buscar en esta version rastro ni sombra de la poesía del original. Aun en cuanto á fidelidad deja harto que desear, así por descuidos y malas inteligencias del traductor, como por las estragadas copias que hubo de tener á la vista. Pellicer notó ya el desatino de traducir, v. gr., el Tu das epulis accumbere Divum, por Tú eres aquella que das viandas á comer á los dioses. Pero no abundan estos lapsus tanto como pudiera creerse, ni tuvo razon Ticknor para censurar tan ágriamente como lo hace el capítulo I del primer libro (que es la parte publicada por el mismo Pellicer), juzgando por ella que «el Marqués sabía poco latin.» A la verdad, aquel trozo puede traducirse con mucha más elegancia, pero no con más exactitud. Hasta hay frases felices: «ira recordante» memorem ob iram, que dice el Mantuano.

Como monumento filológico presenta interes el libro de D. Enrique, no porque la lengua allí empleada sea la castellana de ninguna época, sino porque acusa el vano y tenaz empeño de los eruditos por latinizarla desacordadamente, usando de inversiones extrañas y de giros y construcciones pedantescas, que ni son latinas ni castellanas. Secundacion preceptiva, dice nuestro traductor, en vez de obediencia á los preceptos.

Un ejemplo, escogido sin particular empeño, mostrará á dónde llega esta manía. Es del libro IV: «Llegado Mercurio... al sito do son los reales hedeficios de la cibdat de Cartago, falló á Eneas acustioso en la fundacion de las fortalezas é alturas de aquellas: nuevas mandando fazer obras le vido, é de ricas compuesto vestiduras. Traye la estrellada espada con dorada vayna. E el manto con punctas cubierto de color tiriano bermejo, colgado de los hombros... La Reyna Dido las telas é texeduras dél departiera con delicado oro. E mostrándose á él Mercurio en el encuentro, tales le dixo palabras: Tú agora hedificas los altos fundamentos de Cartago é fermosa labras cibdat», etc.[4].

(b) Gallardo menciona por incidencia una traduccion de libro II de la Eneida en coplas de arte mayor, publicada en 1528 por Francisco de las Natas[5]; pero ni la he visto, ni nadie da noticia de ella. Su autor, que lo fué tambien de la Comedia Tidea, obra rarísima, perteneciente al género de las Celestinas, y cuyo único ejemplar conocido está en la Biblioteca Real de Munich, fué beneficiado de la iglesia parroquial de Covarrubias y de la iglesia de Santa Cruz del lugar de Revilla Cabriada. Tal se titula al principio de la Tidea.

Barrera[6] sospecha (á mi ver, sin fundamento) que estos títulos sean burlescos, y el nombre mismo un seudónimo.

(c) El Dr. Gregorio Hernandez de Velasco, de quien cantó Lope de Vega:

«Acudiendo el primero

El Títiro español, nuevo Sincero,

Cuya divina musa toledana

Dió poder á la lengua castellana,» etc.,

conocido por sus versiones de las églogas 1.ª y 4.ª de Virgilio y del Parto de la Vírgen de Jacobo Sanázaro, dió á la estampa su traduccion poética de la Eneida mucho ántes que Aníbal Caro la suya italiana. La edicion príncipe de ésta es de 1581 por los Juntas. De la castellana conozco las siguientes impresiones:

Los doze libros de la Eneida de Virgilio, príncipe de los poetas latinos, traduzida en octava rima y verso castellano. En Anvers, en casa de Juan Bellero. Sin año.

Al fin dice:

«En Anvers, en casa de Gerardo Smits, á la costa de Juan Bellero.» 12.º, 599 pp. (hay una sin foliar), inclusos los preliminares.

Salvá y otros tienen por primera edicion ésta, de la cual son copias todas las anteriores á la de Toledo por Juan de Ayala.

2.ª ed.—Los doze libros de la Eneida de Virgilio, príncipe de los poetas latinos, traduzida en octava rima y verso castellano. En Anvers, en casa de Juan Bellero, en el Halcon. MDLVII (1557). Ocho hs. preliminares sin foliar, y 647 páginas foliadas (la última no tiene numeracion.)—Ejemplar de mi Biblioteca.

No hay más señas de impresor que estas: Typis A. T.

A la vuelta de la portada se lee un soneto anónimo en alabanza del traductor:

«Diez y seis siglos ha revuelto el cielo...»

Los demás preliminares son: una Advertencia del impresor á los lectores, dos epigramas latinos sin nombre de autor, y la traduccion en tercetos de los versos que forjó algun gramático, suponiéndolos compuestos por Augusto cuando Virgilio mandó quemar la Eneida.

En el prólogo leemos:

«Esta diligencia tenía sola España por hacer hasta ahora: no sé la causa. Bien creo que no ha sido falta de buenos ingenios. Mas por ventura no han echado de ver la falta que este Autor hacía en nuestra lengua..., ó lo que es más posible, creo yo por cierto que no ha faltado quien haya tomado tan honesto trabajo, sino que se habrá contentado con hacerlo sólo para su ejercicio y contentamiento, sin querer comunicar sus trabajos á quien, en lugar de se los agradecer, se los murmure. Lo qual ha sido buena parte de causa para que el autor de esta traduction no la haya permitido publicar algunos años ántes, y para que ya que á instancia de algunos amigos suyos permitió que saliesse á luz dexe en silencio su nombre.»

Tampoco le revelaron sus apologistas, contentándose con decir que era toledano:

Toletum invisit...

Et loca quæ aurifluo perfluit amne Tagus...

3.ª ed.—Anvers, Juan Bellero (Typis, A. T.), 1566, 12.º Hecha á plana y renglon sobre la anterior. Tiene el mismo número de páginas.

4.ª ed.—Anvers, Juan Bellero, 1572, 12.º Nueva tirada, idéntica á las dos anteriores.

Además de estas reimpresiones antuerpienses, debió de haber otras tres (hoy desconocidas), puesto que la de Toledo se titula octava.

—«La Eneida de Virgilio, príncipe de los poetas latinos, traduzida en octava rima y verso castellano: ahora en esta última impression reformada y limada con mucho estudio y cuydado, de tal manera que se puede dezir nueva traduccion. Hase añadido en esta octava impression lo siguiente: Las dos Eglogas de Virgilio, Primera y Quarta. El libro tredécimo de Maffeo Vegio. Una Tabla que contiene la declaracion de los nombres propios y vocablos y lugares dificultosos.» Toledo, por Juan de Ayala, 1574, 4.º, 8 hs. preliminares, 127 fols. y 3 de la declaracion ó Tabla. (B. Nacional.)

Las variantes entre esta edicion y las de Amberes son notabilisimas y contínuas. Casi siempre mejoran el texto. Citaremos alguna muestra, y sean dos octavas de la narracion de la muerte de Príamo en el libro II.

Ed. de Amberes:

En medio del palacio un grande altar

Al descubierto cielo puesto estaba,

Y un laurel alto y muy antiguo á par.

Su sombra los Penates abrazaba.

Qual suele espessa en tempestad bajar

La banda de palomas, tal andaba

Hécuba con sus hijas rodeando

Aqueste altar, los dioses abrazando.

Esto en diziendo, un débil dardo ayrado

El animoso viejo le arrojó,

El qual del ronco azero rechazado

En lo alto del escudo se colgó.

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

Ed. de Toledo:

Un grande altar en medio el patio havia,

Do á cielo abierto el Rey sacrificaba,

Un laurel viejo y alto le cubria,

La sombra los Penates abrazaba.

Cual baja espessa en la borrasca fria

La banda de palomas, tal andaba

Hécuba con sus hijas rodeando

Aqueste altar, los Dioses abrazando.

Dijo, y lanzóle un débil rayo airado

El animoso viejo, áun no rendido,

El qual del ronco acero rechazado

En lo alto del escudo quedó asido.

La primera enmienda es felicísima. En la segunda llevó Hernandez de Velasco demasiado léjos la aversion á los agudos, comun en nuestros versificadores clásicos.

La edicion toledana es matriz de todas las que siguieron, á excepcion quizá de la de Amberes, 1575, 12.º, que probablemente se ajusta á las cuatro de Bellero.

—«La Eneida, etc. Háse añadido á la primera impression lo siguiente: Las dos Eglogas de Virgilio, Primera y Quarta. El libro tredécimo de Mapheo Veggio... La moralidad de Virgilio sobre la letra de Pitágoras. Una tabla. La vida de Virgilio.» Toledo, Diego de Ayala, 1577, 12.º, 10 hs. preliminares, 321 fols. y 39 de Tabla.

—Alcalá, por Juan Iñiguez de Lequerica, 1585-1586.

—Zaragoza, Lorenzo y Diego de Robles, hermanos, 1586, en 8.º

—Lisboa, 1614, por Vicente Alvarez, 11+482 fols. sin la Tabla.

—En Valencia, en la oficina de Benito Montfort, año 1776, 2 tomos 8.º, con una advertencia del impresor. No contiene los preliminares de las antiguas; pero sí el Suplemento de Mapheo y la Tabla.

—Valencia, en la oficina de Josef y Thomas de Orga. Año MDCCLXXVIII (1778). Llena los tomos 4.º y 5.º de las Obras de P. Virgilio Maron, ilustradas con varias interpretaciones y notas en lengua castellana, coleccion dirigida por Mayans.

—Valencia, en la oficina de Benito Montfort. Año 1793. 2 ts. 8.º Reproduccion exacta de la de 1776.

—Valencia, por los hermanos de Orga. (Reimpresion ad pedem litteræ de las Obras de Virgilio, etc., impresas en 1778.)

—Madrid, 1779, por Francisco Xavier García, 2 ts. 8.º

—París, 1838, en la edicion políglota de Montfalcon.

Aunque Gregorio Hernandez adoptó para la mayor parte de su trabajo el verso suelto, tradujo en octavas los discursos y narraciones, y por tanto dos libros íntegros (el segundo y tercero). ¡Lástima que no hubiese preferido la misma combinacion métrica para lo restante! Fuera de Jáuregui (y éste gracias al admirable modelo que tenía á la vista), ninguno de nuestros clásicos alcanzó el arte del verso suelto con sus pausas, cortes y rítmicos movimientos. Hasta los tiempos de Moratin y Jovellanos casi todos los versos blancos son pura prosa. No se libra de este general defecto Hernandez de Velasco; pero á su modo trata de dar plenitud y número á la versificacion con diversos artificios, especialmente onomatopéyicos, y á veces lo consigue. Tiene versos aislados muy valientes y trozos que pueden leerse sin enfado. La parte que está en octavas es muy superior á lo restante. Parece que al imponerse el traductor aquella traba, se corregia su desaliñada facilidad, y si perdian un tanto en concision, haciéndose más redundante y desleida la frase, ganaban no poco en rotundidad y armonía sus metros. Y como Gonzalo Hernandez era poeta (aunque mediano, y de ninguna suerte comparable con Aníbal Caro), pone, de vez en cuando, en su verbosa interpretacion un como reflejo del sentimiento virgiliano, máxime en el libro IV, que es el mejor traducido, con ser el más bello y difícil:

Mas la Reina feroz, temblando toda,

Furiosa con tan fiero y crudo intento,

Los ojos ya sangrientos revolvia,

Llenas de azules manchas las mejillas

Que le temblaban espantosamente.

Teñida ya de amarillez funesta,

Clara señal de la vecina muerte,

Con ímpetu se lanza en lo secreto

De su palacio, y súbese furiosa

Sobre la alta hoguera, y desenvaina

La espada del Troyano, dón ajeno

Del crudo ministerio que esperaba,

Ni para tal pedido ni guardado.

Reclinóse tras esto sobre el lecho

Y dijo aquestas últimas palabras:

«¡Oh dulces prendas, quando Dios queria

Y me era amigo mi infelice hado!

Tomad aquesta mísera alma mia,

Y dad fin dulce á mi mortal cuidado:

Hoy es mi triste, postrimero dia,

Ya el curso de mi vida es acabado.

Hoy baja el alma de la grande Dido

Al centro oscuro del eterno olvido.

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

Dijo. Al momento acuden sus mujeres

Al alboroto, y hállanla caida

Sobre la aguda espada, ya muriendo,

La espada de espumosa sangre tinta,

Las blancas manos ya con sangre rojas.

Alzan un alarido horrendo todas

Que atruena el gran palacio y altas salas;

Vuela la fama al punto á todas partes

Por la ciudad confusa y turbulenta;

Braman las casas todas, y resuenan

Con amargos lamentos y gemidos

Y con gritos y aullidos de mujeres:

Y hiriendo sus pechos y sus rostros

Hacen un triste són que rompe el aire,

Cual si la antigua Tiro ó si Cartago

Por fuerza de enemigos combatida

Con horrenda rüina se asolara,

Y por las cumbres y altos capiteles

De las moradas de hombres y de Dioses

Se embravecieran mil furiosas llamas.

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

Atendidas las dificultades enormes de traducir lo que es la perfeccion misma, no deja de mostrar arte esta traduccion del Ter sese adtollens, aunque los tres admirables versos del original estén desleidos en siete, y haya algun prosaísmo:

Tres veces, con las bascas de la muerte,

Sobre el codo estribando, probó á alzarse;

Mas otras tantas tornó á dar consigo

Sobre la cama un lastimoso golpe,

Y volviendo los ojos, que ya en muerte

Nadaban, hácia el Cielo, vió su lumbre,

Y viéndola, gimió porque áun vivia.

El último verso es de primer órden: no está traducido sino sentido el ingemuitque reperta. Aníbal Caro, con ser más literal en la expresion, es aquí ménos artista.

Considerado meramente como intérprete de un texto latino, G. Hernandez es muy fiel, aunque amplifica y parafrasea demasiado. En esto tiene alguna disculpa; se proponía hacer un Virgilio inteligible á todos, y lo consiguió: su Eneida apénas necesita notas. Era, sin duda, eminente humanista, y su trabajo virgiliano conserva toda la estimacion que puede tener una traduccion del siglo XVI hoy que tanto ha adelantado la correccion de los textos. Puede consultársele todavía con fruto: pocas veces yerra, y siempre en compañía de buenos intérpretes.

(d) Cristóbal de Mesa, ardiente secuaz de la escuela italiana, amigo y panegirista del Tasso, á quien imitó con infeliz fortuna nada ménos que en tres poemas épicos, publicó La Eneida de Virgilio, traducida... Madrid, por la viuda de Alonso Martin, 1615. 8.º, 8 hs. preliminares y 356 foliadas.

Tiene esta version la extrañeza de estar en octavas y tercetos alternados: lo cual asimismo vemos en las Metamórphosis de Pedro Sanchez de Viana. La dedicatoria es al rey Felipe III.

Poeta seco y versificador duro y difícil, quedó Mesa muy inferior á Velasco, y su obra no fué reimpresa nunca. La traduccion de las Églogas y Geórgicas que en 1618 publicó, supera bastante á su Eneida. Entre nuestros humanistas del siglo pasado era casi proverbial la ridícula traslación del Intonuere cavæ, genitumque dedere cavernæ

Retumbó dentro en su profunda panza.

(e) A estas dos traducciones poéticas, únicas que se hicieron en la dorada edad de nuestras letras, deben añadirse dos en prosa. Es la primera:

—«Las Obras de Publio Virgilio Maron, traduzido en prosa castellana por Diego Lopez... con comento y anotaciones. Valladolid, por Francisco Fernandez de Córdoba. 1601; 4.º, 8 hs. prls. y 378 folios.» Esta es la primera edicion, segun resulta del Catálogo de Salvá.

Hay, por lo ménos, las reimpresiones siguientes, como de libro vulgarísimo en nuestras escuelas:

—Madrid, por Juan de la Cuesta, 1616, 4.º

—Valladolid, Francisco Fernandez de Córdoba, 1620, 4.º

—Lisboa, 1627.

—Alcalá, María Fernandez, 1650, 4.º

—Madrid, Imprenta Real, 1668, 4.º

—«Las obras de Publio Virgilio Maron. Traduzido en prosa castellana. Por Diego Lopez, Natural de la villa de Valencia. Orden de Alcántara y Preceptor en la villa de Olmedo. Con comento y anotaciones, donde se declaran las Historias y Fábulas y el sentido de los Versos dificultosos que tiene el poeta. Año 1675. Con licencia: En Madrid, en la Imprenta Real. A costa de Juan de S. Vicente, Mercader de Libros.»

Barcelona. Año de 1679, en la imprenta de Antonio Ferrer y Baltasar Ferrer, libreros. (De mi Biblioteca.)

Todas estas ediciones son idénticas, hasta en el número de páginas: todas tienen 4 hs. prls. y 548 pp. de texto, sin contar la Tabla, la vida de Virgilio y el índice de los autores alegados en el comento.

Diego Lopez era un maestro de gramática, y no se propuso más objeto que el modestísimo de facilitar á sus alumnos la inteligencia del texto virgiliano. Su prosa es medianeja: poco flúida y elegante.

D. Gregorio Mayans tuvo la peregrina ocurrencia de suponer que el Maestro Diego Lopez se habia apropiado una soñada version de la Eneida hecha por Fr. Luis de Leon. ¡Como si fuese empresa ardua y que exigiera un plagio, la de hacer una traduccion literal para uso de los muchachos! ¡Como si el pobre Diego Lopez, preceptor de latinidad toda su vida, y que supo interpretar por su cuenta á Persio, Juvenal y Valerio Máximo, hubiese necesitado andadores para hacer lo mismo con Virgilio! Para un trabajo tan pobre como el suyo, es casi profanación traer á cuenta el nombre de Fr. Luis. ¿Y dónde consta ni por dónde hemos de presumir que éste tradujo la Eneida?

(f) Fr. Antonio de Moya, de la órden de San Agustin, lector de Teología, y procurador general de la provincia de Quito en Indias, publicó en tres tomos (dejándola incompleta) una edicion, traduccion y comentario de Virgilio; en la cual concurren raras circunstancias. El intérprete se ocultó en el primer volúmen con el nombre de Abdías Joseph, en el segundo con el de D. Antonio de Ayala, y reservó para el tercero el suyo propio:

«Obras de Publio Virgilio Maron. Elogias (sic), Geórgicas y Eneida. Concordado, explicado é ilustrado por el P. M. Fr. Antonio de Moya, del órden de San Agustin... residente en San Phelipe de Madrid. Dedicado al muy ilustre Señor D. Martin de Saavedra Ladron de Guevara, conde de Tahalú, etc... Tomo tercero de la Eneida. Con licencia. En Madrid, por Pablo del Val, año de 1664.»

Que el autor de este tomo lo fué tambien de los dos primeros, dedúcese de estas palabras con que la dedicatoria empieza: «Estos tres tomos que tengo publicados sobre Virgilio, y el último que falta para remate de esta obra, piden andar en un tomo grande con un índice de todas sus palabras... y otros dos tomos que tengo de notas escogidas sobre este autor.»

Contiene este tomo los seis primeros libros de la Eneida, traducidos en mala y rastrera prosa. Fr. Antonio de Moya, que llamándose Abdías Joseph habia intentado apropiarse las versiones poéticas de las églogas y del primer libro de las Geórgicas, hechas por Fr. Luis de Leon: para su Eneida entró á saco por la que sesenta y tres años ántes habia dado á la estampa Diego Lopez. Las variantes entre una y otra son de poca monta, y en ocasiones resulta mejorado el texto del P. Moya. Mayans, sin fundamento alguno, y sólo por cavilosidad crítica, sostiene que Fr. Luis de Leon hizo una traduccion de la Eneida, cuyo manuscrito vino á manos de Diego Lopez, que se le apropió alterándole, y le dió á luz en 1601. Otra copia cayó más tarde en poder del P. Moya, quien, no teniendo noticia del hurto de Diego Lopez, juzgó que podria disponer de aquella traduccion como de cosa sin dueño. Pero ¿qué noticias hay de ese supuesto manuscrito tantas veces saqueado y que nadie ha visto jamás? Absolutamente ninguna: sólo ha existido en la fantasía de Mayans. Al ver dos libros casi idénticos, lo natural es creer que el segundo fué tomado del primero, y no imaginar una fuente comun á ambos, cuando no hay fundamento para tal suposicion. El P. Moya plagió, por tanto, á Diego Lopez, y de ninguna manera á Fr. Luis de Leon. Las afirmaciones gratuitas de Mayans (que cometió la inaudita profanación de poner á nombre de Fr. Luis esta traduccion de los seis primeros libros de la Eneida en el tomo III de sus Obras de Virgilio, etc.[7]), han sido causa de que al paso que unos han ensalzado y puesto en las nubes tales trabajos, solamente por creerlos obra del maestro Leon, otros le hayan achacado gravísimos errores que nunca pudo cometer el insigne agustino, y en que fácilmente debió de incurrir su compañero de hábito el P. Moya. Absit à tanto viro dedecus hoc.

(g) En las Obras Poéticas de D. Diego Hurtado de Mendoza, tomo XI de Libros raros y curiosos, página 95, se lee con el título de Elegía á la muerte de Dido una traduccion bastante literal del fin del libro IV desde el verso:

At trepida et cœptis inmanibus effera Dido.

Puede dudarse que sea de D. Diego, porque en un códice de París se lee esta nota que parece autógrafa: «No es mia, ni mala»; pero si no es suya, lo parece. La misma aficion á finales agudos; el mismo desaliño en la versificacion; la misma poesía en el pensamiento. Está en verso blanco, y, diga lo que quiera Ochoa en su Catálogo, es un trozo verdaderamente notable.

(h) En la Biblioteca Real de Nápoles (J.—E.—46), hallé esta traduccion manuscrita y desconocida:

«Los Quatro libros de la Eneida de Vergilio, traduzidos en verso suelto. Al Excelentisimo Principe de Sena, por Aunes de Lerma.»

Empieza:

Las armas y el varon divino canto,

Que vino por sus hados el primero

De los Troyanos reinos desterrado

A la Lavinia costa. . . . . . . . .

Aunque no queden más que los cuatro primeros libros, el traductor en la dedicatoria promete toda la Eneida.

La traduccion es fiel y poco parafrástica; pero los versos pecan de descuidados, y hay muchos que no constan. Véase una muestra:

Terná guerra grandisima en Italia,

Y sus feroces pueblos sojuzgando,

Dará á las gentes leyes y murallas

En tres veranos y otros tres inviernos

Despues de haber los Rútulos vencido;

Mas el infante Ascánio, al qual agora

Se añade el sobrenombre de Iulo,

Ilo llamado, quando el Ilion grande

Con su poder el reino sostenia,

Treinta años volverá el mudable tiempo

Primero que estos muros desampare,

Y el reino del asiento de Lavino

Traspasse á edificar los fuertes muros

Y casas populosas de Alba-luenga.

El traductor deja cortados algunos versos á imitacion de Virgilio, v. gr.:

Aquí se dice que habitaba Juno,

De Sámo las moradas despreciando,

Y las de todo el suelo: aquí sus armas,

Aquí su carro estuvo.

(i) «Traduccion Poética castellana de los doze libros de la Eneida, de Virgilio Maron, Príncipe de los Poetas Latinos: su autor Don Juan Francisco de Enciso Monzon, Clérigo de menores órdenes, natural de la Ciudad de el gran Puerto de Santa María. Y la consagra á la Cathólica Magestad de Cárlos Segundo nuestro Sr. Rey de España y Emperador de la América. Con licencia, en Cádiz. Por Christóbal de Requena, año de 1698. 4.º 7 hojas sin foliar y 255 páginas á dos columnas.»

La dedicatoria es de lo más pedantesco y gongorino que recuerdo haber leido: «La Fénix despues que renace de aquellos ámbares preciosos de su pira, donde concibiendo los rayos del sol, haze tálamo de la vida el túmulo de la muerte, dicen los Poetas (¡oh Monarca Augustisimo!) que reconocido á aquel auspicio luminoso á quien debe su florida pompa, vuela á la ciudad de Heliópolis», etc.

En el prólogo A los doctíssimos y sutilíssimos ingenios de España, dice Enciso: «Yo he traducido la Eneida más como poeta que como intérprete, no sólo porque la he traducido en versos, sino porque quanto cabe en mis fuerzas he procurado que la traduccion compita con el original... procuré siempre realzar la sentencia del poeta ó en el modo ó en la sustancia.» Y tan satisfecho quedó de su trabajo, que ingenuamente añade: «Este libro que ofrezco me ha dejado contento, y no lo leo con ménos gusto que el original.»

Por lo transcrito puede comprenderse de qué pié cojeaba este nuevo traductor. Todo su afan era realzar la sencillez de Virgilio, es decir, hacerle conceptuoso y culterano. Enciso (que fué tambien autor de una Cristiada) versificaba con valentía y número, pero estaba contagiado por el pésimo gusto de su tiempo. La traduccion está en octava rima. Véanse dos para muestra (Libro VII):

Despues que dieron culto á Proserpina,

Llegaron á los cándidos pensiles,

Del deleyte inmortal patria divina

Que vierte Mayos y descoge Abriles:

Aquí infusa la lumbre cristalina

Del Cielo con las pompas más sutiles

El campo ilustra en tempestad preciosa

De nardo, de clavel, de lirio y rosa.

Unos los fuertes miembros ejercitan

En la que da aromática palestra

El campo Elysio, y cultos solicitan

Hacer de su valor gloriosa muestra.

Otros en dulces plectros acreditan

Las glorias de su voz y de su diestra,

Añadiendo á sus mágicas ideas

Dulces saraos, métricas choreas.

Si esto es Virgilio, ¡quantum mutatus ab illo!

(j) D. Josef Pellicer de Salas y Tobar tradujo los quatro libros primeros de la Eneyda de Virgilio en quatro romances de á cien coplas cada uno.

No queda más noticia que la que da el mismo Pellicer en la Bibliotheca que formó de sus propios escritos.

(l) «Los Quatro primeros libros de la Eneida de Virgilio, traducidos en verso castellano por D. Tomás de Iriarte.»

Ocupa todo el tercer volúmen de la Coleccion de sus obras en verso y prosa. (Madrid, 1805. Imp. Real. 320 pp con XXII de Prólogo). Tambien se halla en la 1.ª ed. (ménos completa) de dichas Obras. (Madrid, 1787.)

Está en romance endecasílabo, metro desdichado para trabajos de esta índole, pues ni tiene las ventajas de la rima (al paso que reune todos sus inconvenientes), ni la soltura y clásica gallardía del verso suelto. Sólo al Duque de Rivas fué dado hacer que se leyesen de seguida romances tan dilatados como los de El Moro Expósito. No hay martilleo más desapacible que el de la asonancia prolongada durante todo un canto de 800 ó 1.000 versos.

No adolece la traduccion de Iriarte (como otras suyas, especialmente la de la Epístola ad Pisones) de prosaísmos de diccion, porque Iriarte tenía demasiado gusto para ponerlos en una epopeya, y él mismo se lamenta en el prólogo de lo escasas y pobres de locucion poética que son las lenguas modernas, y envidia la majestad y abundancia de las antiguas. Pero nadie da lo que no tiene, y si podia el fabulista canario traducir con dignidad y decoro el texto virgiliano (y no hay duda que lo hizo), faltábanle calor en el alma y viveza en la fantasía para reproducir los lamentos de Dido ó el cuadro de la destruccion de Troya. Quintana juzga en dos palabras esta traduccion: «El texto está reproducido: la poesía no.»

Además de los cuatro libros, trabajó Iriarte en el 5.º; pero no llegó á publicarle, desalentado quizá por el poco éxito de la primera muestra.

(m) «Traduccion de las obras del Príncipe de los Poetas Latinos, P. Virgilio Maron á verso castellano. Dividida en quatro tomos. Tomo II. Que contiene los quatro primeros libros de la Eneida. Por D. Joseph Raphael Larrañaga. Con las licencias necesarias. En Méjico, en la Oficina de los herederos del Lic. D. Joseph de Jáuregui, calle de S. Bernardo. Año de 1787.»

Una hoja sin foliar con la lista de los suscritores, otra con las erratas y dos con un romance de D. Toribio Castañeda en aplauso de la traduccion, 430 pp. con texto latino y castellano. La traduccion es en romance endecasílabo.

—«Tomo III, que contiene los quatro segundos libros de la Eneida (lo demás idéntico).»

Una hoja sin foliar, 478 pp. y el índice.

—«Tomo IV, que contiene los quatro últimos libros de la Eneida, etc., (lo demás ut supra). Año de 1788.»

Una hoja sin foliar y 593 pp. Esta traduccion es completísima: no sólo encierra los doce libros de Virgilio, sino tambien el suplemento de Mapheo Veggio.

El incógnito traductor (que es casi desconocido hasta en América) era muy mal poeta. Júzguese por el argumento ó asunto del primer libro:

De Juno á persuasiones

Éolo despacha los furiosos vientos,

Y arroja á las regiones

De Libia los troyanos regimientos;

Jove con sus razones

A Vénus quita justos sentimientos;

En la hermosa Cartago á Eneas recibe

Dido que amante á todo se apercibe,

A quien la diosa Vénus desmentido

Envía en forma de Ascánio al dios Cupido.

Esto es cuando habla por su cuenta. Veamos cuando traduce:

Yo aquel que cuando jóven entonaba

Silvestre verso en rústica zampoña,

Y dejando las selvas pastoriles

Despues compuse leyes poderosas.

Al frente del último tomo hay un perverso soneto, intitulado «Sencilla expresion de los deseos de un íntimo amigo del Autor»:

¡Oh! y quiera, en fin, el Cielo soberano

Se llegue el dia feliz, interesante

En que veamos concluido tu elegante

Virgilio vuelto en metro castellano...

Sólo como curiosidad bibliográfica puede mencionarse esta traduccion.

(n) Otro tanto digo de «La Eneida de Virgilio, traducida en verso pentámetro por D. Cándido María Trigueros

Se conserva en la Biblioteca Colombina (B 4.ª 445—28) en un cuaderno procedente de la librería del Conde del Aguila. Contiene solo los tres primeros libros y un retazo del cuarto.

Los llamados pentámetros son alejandrinos pareados, insufribles para todo oido castellano:

Canto el varon primero que huyendo el cruel hado

De Troya vino á Italia por armas celebrado,

Y sufriendo en mil tierras y el reyno de Neptuno

Las iras poderosas de la enojada Juno,

Toleró con firmeza de Marte los combates;

Fundó, en fin, á Lavinio, y sus teucros Penates

Asseguró en el Lacio: donde el nombre latino,

El Albano senado y la gran Roma vino.

El único mérito de esta traduccion, si alguno tiene, es la concision. En 786 versos está el libro I, en 816 el II, en 754 el III: pocos más que los del original[8].

(p) «Los dos primeros libros de la Eneida de Virgilio, traducidos en octavas castellanas por D. Francisco de Várgas Machuca. En Alcalá: año de 1792. En la Imprenta de la Real Universidad. Con licencia

En 4.º, 255 pp. texto latino y castellano, sin prólogo ni preliminar alguno.

Buena inteligencia del texto: las octavas generalmente débiles, á la vez que redundantes; pero no faltan versos felices. Véase la descripcion de la muerte de Laoconte:

Ya su cuerpo los dos por la cintura

Con repetidas vueltas le ciñeron:

Su garganta con mísera apretura

Con una y otra vuelta le oprimieron;

Y además de las roscas que formaban

Sus cabezas las de él sobrepujaban.

Destilando veneno denegrido

Las vendas, con sus manos pretendian

Desenvolver las roscas, y afligido

Quejas hasta los cielos despedía,

Como el toro que brama quando herido

Huye del sacrificio que sufría

Y la incierta segur que el golpe ha errado

De su cuello sacude lastimado.

Pero las dos culebras, deshaciendo

La prision de las roscas apretadas,

Ibanse poco á poco desprendiendo

Del infeliz Laocoón, y desliadas

Fuéronse, un giro y otro repitiendo,

Al templo de la Diosa encaminadas,

Y despues que á sus plantas se postraron,

Debajo de su escudo se ocultaron.

(q) El P. José Arnal, jesuita de los expulsos, conocido por su traduccion del Philoctétes de Sófocles, se ocupaba en una version de la Eneida. Es noticia del P. Pou en su Specimen interpretationum hispanarum auctorum classicorum tam ex græcis quam latinis, tum sacris, tum prophanis, ms. que D. Joaquin María Bovér poseía y extracta en su Biblioteca Balear.

(r) D. Juan Meléndez Valdés, en el prólogo que escribió en Nimes para la última edicion de sus poesías, menciona entre los mss. que perdió durante la guerra de la Independencia una traduccion muy adelantada del divino poema Virgiliano. Parece que eran seis los libros ya traducidos.

(s) D. Francisco Sanchez Barbero, eminente humanista, trae en sus Principios de Retórica y Poética (Madrid, 1805) tantas veces reimpresos, algunos trozos virgilianos (especialmente del libro IV) con felices traducciones de su propia cosecha, v. gr.:

¡Oh sol que en luz eterna al mundo aclaras,

Y tú, testigo de mis ánsias, Juno,

Vengadoras Euménides; triforme

Hécate, en cuyo honor los anchos trivios

Con aullar melancólico resuenan

En la nocturna oscuridad: vosotros

Dioses tambien de la espirante Elisa, etc.

Tampoco son desgraciadas las que inserta D. José Gomez Hermosilla en su Arte de hablar en prosa y verso.

(t) Dido, canto épico por D. Juan Maria Maury. Impreso por vez primera en el tomo LXVII de AA. Españoles (pp. 175 á 183). Es una traduccion del libro IV de la Eneida en versos endecasílabos irregularmente combinados, con un prólogo y un epílogo, tambien en verso, añadidos por Maury, para formar un poemita completo. El Proemio es un extracto del libro I de la Eneida con todos los preliminares indispensables para la inteligencia del asunto.

La traduccion del libro IV es preciosa. Oscurecen su mérito giros extraños, inversiones excesivas, cortes rítmicos un tanto artificiales y violentos; lo cual da á este trabajo un aire de extrañeza que en verdad le perjudica. Tampoco es de loar la versificacion caprichosa que adoptó Maury.

Por lo demás, á fuerza de ser elíptico y ceñido, llega á un grado de concision y energía (á veces abrupta y escabrosa) que no consigue ningun otro poeta ni traductor castellano. No esquiva los latinismos, v. gr., inauspiciada, claustro, régia (en el sentido de palacio). Hé aquí una muestra de la elegancia y del vigor con que está escrita esta traduccion, obra de un verdadero poeta:

. . . . . . . . sus naves sumergiera,

Sus tiendas encendiera, exterminara

Al padre, al hijo y á la raza entera...

¡Oh sol que todo con tu antorcha clara

Lo alumbras! Noble hija de Saturno

Que mis agravios ves, ¡Hécate muda

Que por sus plazas con pavor saluda

De las ciudades el clamor nocturno!

¡Dioses del Orco! Furias vengadoras,

Númenes todos de la triste Dido

Moribunda, atended, y el merecido

Pago al inicuo dad: las frigias proas,

Si es fuerza arriben á segura playa,

Si así lo quieren Júpiter y el Hado,

Que por un pueblo bélico acosado,

De Ascánio léjos, prófugo, no haya

Quien le socorra: de los suyos vea

Matanza atroz. . . . . . . . . . .

Esto pido, este exhalo último ruego

Con el aura vital. . . . . . . . .

Sal de mis huesos vencedor ingente

Que á fuego y sangre á la dardania gente

Allá persigas, do cabrá, doquiera,

Opuestos mar á mar, playa á ribera.

¡Qué inspirado estuvo Maury, al traducir el

Quæsivit cœlo lucem, ingemitque reperta.

. . . . . . . . . . . . . . . Del cielo

Busca la luz y al encontrarla gime!

El epílogo reproduce parte de la bajada á los infiernos en el libro VI; pero lo demás es invencion de Maury, y no poco feliz. La sombra de Dido anuncia á Enéas los futuros desastres de Roma y la venganza de Cartago por Aníbal:

Y en medio de estos bélicos despojos

Graba una mano en caracteres rojos

«Tesino» y «Trebia», «Trasimeno» y «Cánas.»

(u) La Eneida en castellano por B. P. V. (Benito Perez Valdés.) Oviedo. Año de 1832.

Ms. autógrafo que poseo, así como el de las Geórgicas, vertidas por el mismo traductor. El de la Eneida tiene 1.260 páginas, con el texto latino al frente. Está en versos sueltos la traduccion, que es completa.

D. Benito Perez Valdés († 1842, á la edad de ochenta y tres años[9]) fué un boticario ovetense, amigo en sus mocedades de Jovellanos, y conocido en su patria por el apodo de El Botánico. Aficionado á las buenas letras, compuso gran número de poesías patrióticas en bable y en castellano durante la guerra de la Independencia, y en la época constitucional del 20 al 23, entre ellas El Romancero de Riego, que reimprimió en Lóndres con cierto lujo el canónigo D. Miguel, hermano del caudillo liberal de las Cabezas.

En la traduccion virgiliana de este farmacéutico, aparte de muchos é imperdonables desaliños, fáciles de explicar en una obra no corregida por su autor, quizá no destinada á la prensa, y hecha en un aislamiento literario casi absoluto, hay condiciones estimables de latinista, y áun de escritor castellano, pero no de poeta. Para un verso feliz (y no deja de tenerlos), se encuentran ciento inaguantables, mostrándose á cada paso la impericia de Valdés en la manera de construirlos y trabarlos. Pero si versifica mal, habla, á lo ménos, con pureza y abundancia el castellano.

Véase una levísima muestra de este incógnito traductor:

Luégo que de Laurento en el alcázar

De guerra el estandarte puso Turno,

Y el bronco són se oyó de las trompetas,

E hizo de los caballos fiero alarde,

Y con la lanza sacudió el escudo

De la lucha intimando señal cierta,

Escandecido el ánimo valiente,

El Lacio todo trepidó en tumulto,

Ansioso se conjura, y arrogante

Fuera de sí su juventud se exalta.

(Libro VIII.)

(v) La Eneyda de Virgilio, traducida en español (sic) por L. D. F. V. Barcelona, imp. de Grau, 1842.

Trad. en prosa para las escuelas, hecha por un profesor de Humanidades de Barcelona. Roca y Cornet habló de ella en La Civilizacion.

(x) «Nueva Version de la Eneida de Virgilio en verso español, acompañada del texto latino al frente, el más correcto. Por D. Alejandro de Arrúe, Preceptor titular de la Invicta villa de Bilbao.—Bilbao, Imprenta de Adolfo Depont, Editor. 1845, 4.º»

Conozco de esta traduccion dos volúmenes. El primero (404 pp.) comprende los cuatro primeros libros y numerosas notas sobre las palabras más oscuras mitológicas y geográficas de la Enéida de Virgilio. El 2.º abraza los libros quinto, sexto, sétimo, octavo y el comienzo del noveno, quedando cortado el ejemplar que tengo á la vista en la página 356.

Ignoro si se terminó la publicacion de este tomo y de lo restante de la obra.

Al frente de la version va el texto latino bastante correcto. La traduccion está en romance endecasílabo y no pasa de mediana. El intérprete carecia de gusto literario, versificaba con muchos tropiezos, y hasta en el lenguaje es incorrecto y desaliñado. Complácese en términos exóticos y raros compuestos.

Para las anotaciones consultó especialmente á Servio, Donato, Minelio, los PP. La Cerda y La Rue (Ruæus) y Delille. Muéstrase en todo más humanista que poeta.

(y) «La Eneida de Virgilio, traducida en verso endecasílabo por D. Graciliano Afonso, Doctoral de la Santa Iglesia Catedral de Canarias.—Año de 1853.—Palmas de Gran Canaria: Imp. de M. Collina... 1854.» 8.º 2 ts. el 1.º de VIII 233 pp., y el 2.º de 278 pp.

En una advertencia al lector dice el Sr. D. Graciliano que en 1838 trajo de América, donde permaneció 18 años emigrado por la causa de la libertad, una traduccion en prosa con notas, para la instruccion de la juventud canaria.

El 25 de Junio de 1853 le ocurrió la idea de ponerla en verso y la terminó el 24 de Octubre: celeridad verdaderamente extraordinaria, y más en un anciano de 78 años, que esta edad tenía el señor Doctoral en aquella fecha. Sería injusticia notoria examinar con rigor una traduccion hecha en tales condiciones: lo singular es que de vez en cuando tenga buenos versos y arte de estilo, en medio de un diluvio de prosaísmos, repeticiones y negligencias.

Está en romance endecasílabo. Que no carece de mérito, mostrarálo, tomado á la ventura, un pasaje del libro XI. Habla Tarcon en la batalla contra Camila:

«¿Qué pavor se apodera de vosotros,

Tirrenos sin honor siempre y sin alma?

¿Qué indigna cobardía os aqueja?

¿Una sola mujer del campo os lanza

En fuga y dispersion? ¿dó están agora

Las manos impotentes, las espadas?

Tanta insolencia no mostrais de Vénus

En las órgias nocturnas tan amadas,

Ni cuando corva flauta os convida

De Baco alegre á la festiva danza

Y el vaso rueda en la suntuosa mesa

Donde todo es placer...»

Así hablando, conságrase á la muerte

Y en su corcel se arroja á la batalla,

Y á Vénulo acomete con gran furia.

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

Y ya le encierra en sus membrudos brazos

Tal se alza el ave de doradas plumas,

El águila de Jove que arrebata

Una serpiente á lo alto de las nubes

Y encadena la presa con sus garras,

Y en ella fija sus corvadas uñas,

Y al dragon hiende: con sus ánsias vanas

Se pliega, se repliega en varios giros

Y encrespa de su espalda las escamas,

Y silbos lanza horribles: su cabeza

Siempre erguida con aire de amenaza.

Pero él en vano lucha, que de Jove

El corvo pico el ave despedaza,

Y con heridas cubre el cuerpo fiero

Y el aire despues corta reposada.

(z) «La Eneida de Virgilio, traducida al castellano.» Forma parte de las «Obras Literarias de D. Sinibaldo de Mas. Madrid. Imprenta y Estereotipia de M. Rivadeneyra, Salon del Prado, núm. 8, 1852.»

La Eneida tiene paginacion aparte: 175 fols. Hay ejemplares sueltos.

Tiene esta traduccion la singularidad de estar hecha en una especie de exámetros castellanos, tal como el autor los habia propuesto en su Sistema musical de la lengua castellana. Más que como version debe considerarse esta Eneida como un ensayo rítmico, y mejor, como un monumento de paciencia. Ni aquellos son exámetros, ni suenan como versos en ninguna lengua:

Era noche, y estaban durmiendo con profundo silencio

Los míseros humanos, el plateado mar y las selvas:

Las estrellas lucientes hacían por el cielo su curso:

Los ganados bulliciosos, las aves que esmaltes adornan,

Los peces que en el fondo del líquido elemento se placen

Y las fieras bravías que habitan en el áspero bosque,

Todos sus males olvidaban, dados al plácido sueño.

¿Quién soporta doce cantos en este llamado metro? Lo que sí puede alcanzarse, escribiendo en esta forma, es alguna ventaja en cuanto á la concision. Y D. Sinibaldo de Mases muy conciso; pero tuvo el mal gusto de «abreviar muchas descripciones, profecías y comparaciones que le parecieron prolijas y lánguidas para lectores del siglo XIX.» ¡Refundir á Virgilio!

De esta traduccion pueden sacarse giros y frases felices y latinismos aprovechables.

(aa) Juan Cruz Varela, poeta de Buenos-Aires (1794-1839), tradujo los primeros libros de la Eneida. Dícelo don Miguel A. Caro, con referencia á D. Juan María Gutierrez[10]. En la Revista del Rio de la Plata se publicó el primero, y allí tambien dos Cartas, de Varela, sobre la manera de traducir á Virgilio y sobre las anteriores versiones castellanas[11].

(bb) El ilustre poeta venezolano Andrés Bello tradujo el libro V de la Eneida (los juegos); pero no sé que haya sido impreso. Le cita el Sr. Caro.

(cc) «El Libro primero de la Eneida traducido en verso por el Excmo. Sr. D. Ventura de la Vega.»

Se publicó por primera vez en un periódico ó revista, pero se ha reimpreso con más correccion en el tomo I de Memorias de la Real Academia Española. (Madrid, Rivadeneyra, 1871).

Ochoa dijo rotundamente de este fragmento que era «la mejor traduccion de Virgilio que él conocia en ninguna lengua.» Muchos serán del mismo parecer. Es, á lo ménos, uno de los mejores trozos de verso suelto castellano, y una de las interpretaciones donde mejor está entendida y más poéticamente expresada la índole del original, la majestuosa, á la par que sencilla, elegancia virgiliana. Aníbal Caro tiene más soltura y más gracia: Ventura de la Vega más igualdad y esmero. Sin ser humanista de profesion, sabía bastante latín para comprender el texto, y tenía además la ayuda de muchos comentarios y versiones que no alcanzó el italiano. Hé aquí una muestra del trabajo de Ventura:

Él en Italia una tremenda guerra

Sostendrá; domará pueblos feroces,

Ciudades fundará, y usos y leyes

Dará á sus hijos, y en el Lácio al cabo,

Tres estíos veránle y tres inviernos

Reinar sobre los Rútulos vencidos.

Sucederále el niño Ascánio, que hora

Yulo añade á su nombre (Ilo llamado

Cuando existió Ilion). Verá en el trono

Treinta giros del sol en torno al orbe,

Y trasladando de Lavinio el reino,

Asentarálo en Alba: Alba-la-longa,

Por él de inmensa fuerza coronada.

Ya de año en año allí los hijos de Héctor

Trescientos reinarán, hasta que Ilia,

Reina y sacerdotisa, en solo un parto

Dos gemelos dé á luz, prole de Marte.

Será uno de ellos Rómulo, que alegre,

Sobre sus hombros por blason llevando

La roja piel de su nodriza loba,

Juntará un pueblo, la ciudad de Marte

Fundará, y á sus nuevos moradores

Romanos llamará, del nombre suyo.

A estos Romanos ni barreras pongo

Ni término señalo: les he dado

Un imperio sin fin. Y hasta la misma

Juno, esa áspera Juno, que hoy medrosa

Fatiga el mar, la tierra y el Olimpo,

A consejo mejor tornará un dia,

Y á par conmigo exaltará al Romano,

Togado pueblo, rey del Universo.

Tal es mi voluntad.—Las venideras

Edades, en humilde servidumbre

De la casa de Asáraco á las plantas

Verán á Phtía y á la gran Micénas,

Y subyugada y sierva á Grecia toda.

De esta troyana esclarecida sangre

Nacerá César, que heredando el nombre

De Yulo el grande, llamaráse Julio.

Límite de su imperio será solo

El Oceáno, y de su fama el cielo.

Cargado con despojos del Oriente,

Recibirásle en el Olimpo un dia,

Y aras y culto le dará la tierra.

Entónces ya, las lides apagadas,

El aspereza de los siglos rudos

Suavizándose irá, y el Universo

Por la cándida fe será regido.

¡Qué bella sería una traduccion de Virgilio en versos sueltos y hechos de esta manera!

(dd) «Dido: libro IV de la Eneida de Virgilio, traducido en verso castellano, por D. Fermin de la Puente y Apezechea. Sevilla. Establecimiento tipográfico á cargo de Juan Moyano, 1845.»

Dedicado á los PP. Escolapios, 56 pp., 4.º

—«Eneida de Virgilio: libros I y VI, traducidos por don Fermin de la Puente y Apezechea. Madrid, imprenta de Aribau y Compañía, sucesores de Rivadeneyra, 4.º, 127 páginas.»

El libro I está incluido además en las Memorias de la Academia Española.

Además de estos tres libros, dejó preparados el señor Puente y Apezechea otros cinco, segun me informa mi buen amigo D. Antonio Sanchez Moguel.

Aunque el Sr. Puente, persona en todos conceptos apreciabilísima, no era muy poeta, su traduccion de la Eneida es buena (sobre todo en el libro IV), y merece más fama que la que ha alcanzado. Inmune casi de los vicios que afean la interpretacion de los Libros Sapienciales, hecha por el mismo autor harto prosaicamente, tiene hermosas octavas, de las cuales pondré alguna para muestra:

No de otra suerte Orestes delirante,

Del triste Agamenon prole maldita,

Del crímen siente el aguijon punzante,

Y espantosa vision le precipita.

Huye á su madre, y se la ve delante

Que ardiente tea y víboras agita,

Y al cual las infernales vengadoras

Posan sobre el umbral á todas horas.

Cuanto más leo esta traduccion, más me agrada. Reina en ella cierta apacible y modesta elegancia y una igualdad de estilo que se echan de ménos en las demás poesías del difunto académico. En el libro I, y sobre todo en el VI, aprovechó algunos versos, y áun dos ó tres octavas enteras de la traduccion de Hernandez de Velasco. Este libro VI es el más flojo en la de Puente y Apezechea.

(ee) D. Gabriel García Tassara, en sus Poesías (1872), tiene traducida La Muerte de Príamo (libro II de la Eneida) desde el verso

Forsitam et Priami fuerint quæ fata requiras.

(ff) «Obras completas de P. Virgilio Maron, traducidas al castellano por D. Eugenio de Ochoa, de la Academia Española. Madrid. Imprenta y estereotipia de M. Rivadeneyra, calle del Duque de Osuna, 1869, 4.º»

XXXV pp. de preliminares y 816 de texto é Indice alfabético de los personajes nombrados en la Eneida.

Libro impreso con mucha elegancia, aunque tiene algunas erratas.

Por lo que hace al texto, reprodujo Ochoa el de Heyne, revisado por Wagner (1830-1841), consultando en algun caso el de Bénoist y otros. La traduccion es en prosa, que, como toda prosa poética, resulta monótona y amanerada, y como toda prosa de Ochoa, no está libre de galicismos. Fuera de esto y de algunos errores (no graves) de interpretacion, el trabajo es concienzudo, aunque de sabor poco nacional y castizo. En la introduccion y en las notas no faltan ligerezas bibliográficas y críticas. Ochoa no era latinista de profesion; pero tenía buenos conocimientos clásicos. Su Virgilio vino á llenar un vacío en nuestra bibliografía clásica; y si alguno de sus libros le sobrevive, será con certeza éste.

(gg) Los seis libros primeros de la Eneida de Virgilio, traducidos al castellano en versos endecasílabos sueltos. Coria: Imp. de Policarpo Evaristo Montero. 1870. 8.º, 154 pp. y dos de Fe de erratas.

El nombre del traductor aparece al fin de la Advertencia: D. Felipe L. Guerra, vecino de Gata, el cual hizo esta traduccion para enseñanza de su hijo, estudiante de latin.

Más adelante ha publicado completa:

La Eneida de Virgilio, traducida al castellano en versos endecasílabos sueltos. Coria: Imp. de P. Evaristo Montero. 1873, 8.º, 304 páginas.

Una y otra edicion fueron privadas, y ad usum amicorum. Es traduccion más recomendable por la fidelidad que por la elegancia ni soltura.

(hh) Juan de Arona (seudónimo del escritor peruano D. Pedro Paz Soldán y Unanue, elegante traductor de las Geórgicas) ha tenido la ocurrencia no muy feliz de hacer una especie de version jocosa ó parodia de algunos trozos del libro I de la Eneida (1-101), y del II y IV. Allí Dido dice á Enéas que le llegará su San Martin, y otras cosas de la misma laya. Pertenece al mismo género de parodia que el Virgile travesti de Scarron, ó el poemita bable de Dido y Eneas, de D. Antonio Gonzalez Reguera.

Los trozos de Juan de Arona á que aludo pueden verse desde la página 74 á la 84 del libro intitulado Poesía antigua.Las Geórgicas de Virgilio traducidas en verso castellano, etc. Lima: Imp. del Comercio, 1867.

(ii) El docto latinista D. Raimundo de Miguel, á quien deben nuestras letras el mejor Diccionario latino, tradujo en verso castellano los dos primeros libros de la Eneida, trabajo hecho en su vejez como por solaz, y nunca corregido á gusto de su autor. Está en el libro rotulado:

Poesías de D. Raimundo de Miguel, catedrático de Retórica y Poética en el Instituto de San Isidro de Madrid, seguidas de un apéndice que contiene la traduccion de los dos primeros libros de la Eneida y varias composiciones latinas del maestro Francisco Sanchez de las Brozas, vertidas á la lengua castellana en variedad de metros por el mismo autor. Madrid. Agustin Jubera, editor. 4.º XVII+540 pp. (1876.)

(jj) Obras de Virgilio, traducidas en versos castellanos por Miguel Antonio Caro. Bogotá. Imprenta de Echevarria hermanos, 1873.

Preceden á la traduccion una dedicatoria á la Academia Española, un estudio preliminar extenso (CXIX pp.) y algunas advertencias.

El tomo II contiene los seis primeros libros de la Eneida. El tercero (1876) los restantes, con adiciones al estudio preliminar y (al fin) correcciones al texto. Ofrece publicar más adelante el texto latino con comentarios y una introduccion, un estudio sobre las imitaciones y reminiscencias virgilianas en poetas de España y América, los Poemas menores atribuidos á Virgilio y un Indice.

La traduccion del Sr. Caro es sin duda la mejor que poseemos en castellano, á lo ménos tomada en conjunto. Hay pasajes débil ó vagamente traducidos, y adolece además del vicio capital de estar en octavas reales, forma sumamente artificiosa, y que quita al traductor mucha libertad, y al traslado mucha concision. Pero admitido este pié forzado, sólo hay motivos de admiracion en el trabajo del Sr. Caro. Cierto que se encuentra algun giro exótico, alguna construccion violenta, alguna frase traida de léjos; pero ¿qué importa esto al lado de tantas frases expresivas y gallardas, al lado de tantos giros felices como embellecen la traduccion del poeta bogotano? El cual es además notabilísimo y concienzudo latinista, y nunca ó raras veces se desvía de la recta interpretacion. Debe aplaudirse, sobre todo, en su trabajo la pureza y galanura con que maneja la lengua castellana, como dueño y señor de todas sus preseas y tesoros, cosa rara en las regiones americanas. Fuera de Bello y Pesado, no conozco hablista americano comparable al traductor de Virgilio.

II.

TRADUCCIONES CATALANAS.

(a) Obras de Virgili, traducidas en lengua catalana, por Jacinto Ricart. Ms. en 4.º mayor, que se conservaba (segun refiere Torres Amat) en casa de Manxarell, de la villa de Sampedor.

(b) Eneidas de Virgili, traduhidas en vers mallorquí, por Juan Bautista Nicolau Seguí, médico palmesano, nacido en 1804.

Bovér (Biblioteca de escritores baleares) dice haber visto este manuscrito (sin concluir) en poder de la familia del traductor.

(c) D. Miguel Victoriano Amér, tambien mallorquin, se ocupa en traducir al catalan la Eneida, y lo hará como de su saber y buen gusto puede esperarse.

III.

TRADUCTORES PORTUGUESES.

(aaa) En la Biblioteca Nacional de Lisboa (D.—3.—46) se conserva inédita:

«A Eneida de P. Virgilio Maron. Traduzida do latim em verso solto portuguez. Author M.e Leonél da Costa Lusitano, Natural da muito nobre e sempre leal villa de Santarem.»

Está dedicada á D. Francisco de Mascarenhas, virey que fué de la India Oriental y gobernador de la China. No hay más preliminares que una advertencia Ao leitor y un Elogio sobre as partes e excellencias do poeta.

Esta copia perteneció á Ribeiro dos Santos, y ocupa seis tomos en 4.º Los dos primeros contienen la traduccion, y los cuatro restantes las notas.

Leonél da Costa sólo era conocido por su traduccion de las Eglogas y Geórgicas, cuyos versos sueltos no son mucho mejores que los de esta Eneida[12].

(bbb) Juan Franco Barreto, el más celebrado de los antiguos intérpretes lusitanos de Virgilio[13], floreció en la segunda mitad del siglo XVII.

—«Eneida Portugueza com os argumentos de Cosme Ferreira de Brum, Dedicada á García de Mello, monteiro mór do reino de Lisboa, Lisboa, por A. Craesbeck de Mello, 1664.» 12.º XVII+139 hs. foliadas por una sola cara. Al fin está el Diccionario de todos os nomes proprios e fabulas que n’estes seis libros de Virgilio se contem.

Parte 2.ª que contém os seis últimos livros de Virgilio, 1670, por A. Craesbeck de Mello. 12.º XI+158 pp. con otro diccionario.

—«Eneida Portugueza. Parte 1.ª que contém os primeiros seis livros de Virgilio. Seu author Joao Franco Barreto, natural da cidade de Lisboa. Com os argumentos de Cosme Ferreira de Brum e com o Diccionario de todos os nomes proprios, e fabulas que nestes seis livros de Virgilio se contem, e a explicaçao delles para melhor intelligencia do Poeta. Lisboa: na officina de Antonio Vicente da Silva. Anno de MCCCLXIII, 6 hs. prls. y una blanca y 371 pp.»

La traduccion está en octavas reales, conservando las frases y áun los versos de Camoens, siempre que imitó á Virgilio. La versificacion es en general valiente y rotunda.

El segundo tomo contiene los seis últimos libros.

La 3.ª ed. es de Lisboa, na Typ. Rollandiana, 1808, 2 ts., 420 y 429 pp. Sin el prólogo ni los sonetos laudatorios de las antiguas.

(ccc) «Commentarii in P. Virgilium Maronem, nunc primò juxta ordinem verborum, post tamen uberioribus notis locupletandi. Tomnus secundus complectens sex priores libros Æneidos. In hac quinta impressione maxime correcti... Scribebat D. Gaspar Pinto Correa. Theologus Lusitanus... Barcellorum Collegiata Canonicus Pænitentiarius. Ulyssipone, apud hæredes Dominici Carneiro. Anno 1698.»

Una h. de prels. y 352 pp. 4.º Contiene el argumento y explicacion de cada libro, el Ordo verborum con una traduccion literalisima y destinada para las aulas, y algunas notas y comentarios. Ayudó á Gaspar Pinto Correa, su hermano, de quien es el comentario á los libros 6.º, 7.º y 8.º de la Eneida. Esta obra, hasta por la fecha de la publicacion, hace pendant con la de Fr. Antonio de Moya.

Además de la edicion de 1698 que tengo á la vista, las hay de 1644 (Lisboa, por Pablo Craesbeck), 1668 (Coimbra, por la viuda de Manuel de Silva), 1670 (Lisboa, por Antonio Craesbeck de Mello).

Del tercer tomo, que comprende los seis últimos libros, hay impresiones de Lisboa, por Antonio Craesbeck de Mello, (1653 y 1665).

(ddd) En la Academia de Ciencias de Lisboa se conserva autógrafa, en cinco tomos en 4.º, una traduccion de la Eneida por Cándido Lusitano (P. Francisco J. Freire.)

(eee) El P. Francisco Furtado, jesuita de los expulsos á Italia, tradujo en octavas todas las obras de Virgilio, pero no se imprimieron, y hoy sólo se conserva el manuscrito de las Geórgicas[14].

(fff) El matemático Francisco J. Monteiro de Barros dejó traducida en verso parte del segundo libro de la Eneida.

(ggg) José Rodriguez Pimentel y Maia tiene en sus Obras Poéticas (Lisboa, 1805-6-7, tres cuadernos), algunos trozos de la Eneida traducidos.

(hhh) «Eneidas de Virgilio en verso, traduzidas do idioma latino en nosso vulgar por Luis Ferráz de Novaes, fidalgo da Casa de sua Magestade e Alcaide Mor da villa de Redondos. Lisboa, na off. de Felippe José de França e Liz. 1790. 4.º, 536 pp.»

La portada es apócrifa, y algunos atribuyen esta version á Pedro Viegas de Novaes, jurisconsulto, muerto en 1782 ó 1785.

No tiene notas ni discurso preliminar.

(iii) Antonio Ribeiro dos Sanctos en las Poesías de Elpino Duriense (nombre arcádico suyo)—Lisboa, 1812, tiene traducida en verso una parte del libro I de la Eneida, Eu soi aquelle que cantei outr’hora, hasta el pasaje en que Júpiter envía á Mercurio á Dido para que dé hospitalidad á los Troyanos. En verso suelto.

(jjj) Filinto Elysio (Francisco Manuel do Nascimento) en el tomo I de sus Obras completas (Paris, na officina de A. Bobée, 1817), tiene traducido un pasaje del libro IX de la Eneida (el episodio de Niso y Euríalo).

(kkk) Manuel Mattias Vieira Fialho de Mendonça tradujo la mayor parte de la Eneida, pero en la invasion francesa se le extraviaron los tres primeros libros. Hoy sólo conocemos un fragmento del cuarto, impreso por primera vez en 1814 en el Investigador, periódico portugues de Lóndres y reproducido en 1864 en el 2.º volúmen de O Instituto, jornal scientífico e litterario, que se publica en Coimbra (pág. 274 y 75). Este trozo es la mejor traduccion de Virgilio que he visto en portugues.

(lll) Francisco Evaristo Leoni en sus Obras Poéticas... (Lisboa, typographia patriótica de Cárlos José da Silva... 1836) inserta (pág. 109) una traduccion de la muerte de Príamo, episodio del libro II de la Eneida. En verso suelto.

(mmm) Antonio José de Lima Leitão. As Obras de Publio Virgilio Maro, traduzidas en verso portuguez e aumentadas (Monumento a elevação da colonia do Brasil a Reino e ao Estabelecimento do triplice Imperio Luso)... Tomos II y III. Rio Janeiro, Na Typ. Real. 1819. 8+239 pp. el uno y 228 pp. el otro.

—«Monumento a elevação da colonia do Brazil a Reino e ao Establecimiento do Triplice Imperio Luso. As Obras de Publio Virgilio Maro, traduzidas en verso portuguez e annotadas por Antonio José de Lima Leitão, Cavalleiro da Ordem de Chisto, Doutor em Medicina pela Escolla de Paris, e Physico Môr da Capitanía de Moçambique... Tomos II y III (1819). Rio de Janeiro: Na Typographia Real. 8+239 pp. el 1er tomo, y 228 el 2.º»

—«As obras de P. Virgilio Maro, postas no texto latino o mais correcto e vertidas em verso portuguez com as mais precisas annotaçoens. Lisboa, Imp. Nacional, 1842.» 8.º mayor, 56 pp. (Tirada de 46 ejemplares.) Contiene los 300 primeros versos de la Eneida con muchas correcciones respecto á la traduccion impresa en 1819.

Tiene esta traduccion la singularidad de comprender la dedicatoria de la Eneida á Vénus, que sólo se halla en el códice de Lóndres, y es de autor ignorado:

Si mihi susceptum fuerit decurrere munus,

Oh Venus, oh sedes quæ colis Idalias!...

Lima Leitão (que tambien interpretó á Horacio, Lucrecio, Milton y Boileau) era filólogo concienzudo, pero mal poeta y durísimo versificador.

(nnn) Juan Nunes de Andrade, profesor de latinidad, publicó:

«Amores de Dido con Eneas: traducçào da quarta Eneida (sic) de Virgilio. Offerecido ao illmo. sr. José Práxedes Pereira Pacheco, dignísimo patriota e honrado brasileiro, auxiliador amante do progresso.» Rio-Janeiro, Typ. Brasiliense de Francisco Manuel Ferreira, 1847, 8.º, 97 pp.

Traducção do terceiro libro de Virgilio (con el texto al frente). Rio-Janeiro, 1849.»

Traducciones parafrásticas de muy poco valor.

(ppp) «Eneida, de Virgilio Maro, traduzida por Jose Victorino Barreto Feio... Lisboa, na imprensa Nacional, y en la typographia del Panorama.»

Tres tomos 8.º, el 1.º de 289 pp., comprende 4 libros, el 2.º (319) otros cuatro, el 3.º (377) lo restante del poema, que desde la mitad del libro 9.º no fué traducido ya por Barreto, sino por José María da Costa e Silva.

Está en verso suelto, con breves notas. Anteceden al primer tomo seis hojas sin foliar, con una dedicatoria al Baron de Foscòa y un prólogo.

Barreto Feio era consumado latinista, como lo acreditó en sus versiones de Salustio y Tito Livio, y se distingue más que el otro Barreto por su constante adhesion al texto, así en la sustancia como en la diccion. Aun así, es bastante inferior á Odorico Mendes.

(qqq) José Bonifacio de Andrade y Silva (á quien se atribuye parte en el poema Reino de la estupidez con Francisco de Mello Franco) dejó inédito (á su muerte, acaecida en 1838) alguna parte de la Eneida, traducida y comentada.

(rrr) «Eneida Brazileira ou Traducção Poetica da Epopéa de Publio Virgilio Maro. Por Manuel Odorico Méndes, da cidade de S. Luis de Maranhão. Paris Na Typographia de Rignoux, 1854.»

4.º 392 pp. Los preliminares son un prólogo y una advertencia, donde el traductor anuncia que seguirá el texto de la Rue. A cada libro siguen notas en que Odorico Mendes se muestra muy al tanto de los últimos trabajos extranjeros sobre Virgilio.

Traduccion notable por la perfecta inteligencia del original y por la concision, en favor de la cual no esquiva Odorico Mendes palabras compuestas, latinismos y audaces inversiones. Traduce, por ejemplo, el

. . . . . . . . . femineo ululatu

Tecta fremunt. . . . . . . . . . . .

Com femineo ululado os tectos fremem.

—«Virgilio Brazileiro ou traducçào do poeta latino. Paris, na Imp. de W. Renquet y Compañía (1838.) 8.º mayor, 800 pp.»

Con muchas variantes y notas, y un prólogo laudatorio de Borges de Figueiredo. Los 901 exámetros del original están traducidos en 9.944 endecasílabos.

(sss) Juan Gualberto Ferreira dos Sanctos, profesor en Bahía, publicó una traduccion de los libros IV y VI de la Eneida, que quizá esté incluida en sus Poesias (Bahía, 1833, 4 tomos).

(ttt) Cárlos Norris publicó Interpretaçào da Eneida de Virgilio, Principe dos poetas latinos... Lisboa, na off. Silviana, 1855. 8.º, VIII+173 pp. No la he visto más que citada por Inocencio da Silva. Tiene poca ó ninguna fama.

M. Menéndez Pelayo.

ENEIDA

ENEIDA.
LIBRO SÉPTIMO.

I.

Tú, del troyano capitan nodriza,

Tambien, Cayeta, á nuestras playas nombre

Impusiste muriendo, que eterniza

Tu fama, y hace que al lugar asombre:

El sepulcro que guarda tu ceniza

En la Hesperia mayor, aquel renombre

Léjos le avisa y firme le señala,

Y con póstuma gloria te regala.

II.

Hechos, pues, los piadosos funerales,

Erigido de tierra un monumento,

Las altas olas contemplando iguales

Tornó Enéas al líquido elemento.

Ministras de la noche las geniales

Auras la anuncian con creciente aliento,

Y sendas alumbrando á la fortuna

Rïelan sobre el mar rayos de luna.

III.

No distante de allí la costa yace

Do Circe, hija del Sol, potente mora;

Y ya de dia con sus cantos hace

Sonar sus altos bosques; ya á deshora

Su alcázar regio iluminar le place

Con el cedro oloroso que atesora,

Y ella misma tejiendo se desvela

Con el peine sonoro rica tela.

IV.

Allí rugen leones, que furiosos

En la noche reluchan en cadena:

Allí erizados jabalíes, y osos,

En jaula que sus ímpetus enfrena,

Se embravecen: aullidos dolorosos

Horribles lobos dan; el bosque suena:

¡Ay! ¡hombres fueron ya, monstruos ahora!

Con hierbas los mudó la encantadora.

V.

Neptuno que tan duro mal probasen

Los piadosos Troyanos no querria,

No, que á esas playas pérfidas tocasen;

Un viento largo á la sazon envía,

Y así concede que volando pasen

Tras el hórrido golfo. Nuevo dia

En su carro gentil la rubia Aurora

Anuncia en tanto, y horizontes dora.

VI.

Calláronse las auras de repente,

Muda y sólida calma sobrevino;

Clavados en el mármol resistente

Bregan los remos por abrir camino.

Vido Enéas en esto un bosque ingente,

Y al Tibre, que por él al mar vecino,

Bullente en ondas, rojo con la arena,

Trae sus aguas en corriente amena.

VII.

Por cima allí y á par de las orillas

Cantan con dulce pico alborozadas

Y al bosque vuelan miles de avecillas

Que en la sombra recatan sus moradas.

Holgóse Enéas, y mandó las quillas

Inclinar á las playas deseadas;

Y alegre de ocuparlas, al umbrío

Hospicio acude ya del bello rio.

VIII.

De los reyes del Lacio tú la lista

Muéstrame, Erato: lo que el Lacio era,

Tiempo es ya que presentes á mi vista,

Aun ántes que á sus playas extranjera

Nave arribase. Tú de la conquista

El orígen descubre, y yo esa éra,

Yo esa historia marcial diré en mi canto,

¡Musa! si ya á mi voz concedes tanto.

IX.

Guerras, hórridas guerras y legiones

He de cantar: de furia el pecho lleno,

Convertidos los reyes en leones:

Congregado el ejército tirreno:

Volando de la Hesperia los varones

A las armas: de Hesperia rojo el seno.

Nuevo cuadro á mi ojos resplandece;

Crece el asunto y la osadía crece.

X.

Campos, ciudades florecer veia

Anciano, en paz antigua, el rey Latino:

Él de Fauno y Marica procedia,

Ninfa aquélla de orígen laurentino;

Pico de Fauno padre sido habia,

Y de Pico el orígen fué divino;

Tú, Saturno, su padre: por primero

Autor te aclaman del linaje entero.

XI.

No fué el monarca, si felice, abuelo

Ni padre de varones: muerte fiera

Quitóle en flor por voluntad del cielo

El único varon que le naciera.

Daba á Latino en su vejez consuelo,

De sus reinos opimos heredera,

Sola una hija en su estancia poderosa,

Ya en sazon llena para ser esposa.

XII.

Del Lacio y toda Ausonia, á la doncella

Muchos pretenden. A su afecto tierno

Aspira, y bizarrísimo descuella

Turno entre todos, del blason paterno

Opulento heredero. Para ella

Le quiere esposo, y ya elegido yerno

Le ve la Reina; mas proyectos tales

Tropiezan con visiones funerales.

XIII.

Al raso, en medio del palacio, habia

Rico en sacro follaje un lauro anciano,

Que en años veneró la gente pia.

Es fama que Latino por su mano

En dedicarle á Febo holgóse un dia

No bien le halló, cuando en el campo llano

Echaba á sus alcázares cimiento;

Y de ahí á la ciudad nombró Laurento.

XIV.

Hé aquí, de este árbol á ocupar la cima,

Mil abejas bajaron de repente,

Y, por los piés trabadas, se arracima

El ruidoso tropel, y así pendiente

Quedó de un ramo. «Á nuestra costa arrima

Varon extraño con armada gente»,

Cantó un augur: «de do el enjambre vino,

Vendrá la muerte del poder latino.»

XV.

Yendo otra vez, y el genitor con ella,

En el ara á encender con mano pura

Místicas luces la rëal doncella,

Vióse súbita chispa que fulgura

Sobre el suelto cabello, y baja y huella,

No sin ruido, la blanca vestidura,

Y el velo regio y la diadema ardia

Opulenta del oro y pedrería.

XVI.

En humo envuelta y rojos resplandores

Esparce ella despues lampos de llama

Por muros, techos. Fúnebres temores

El suceso en los ánimos derrama;

Que si aquellos prodigios superiores

A ella prometen dizque gloria y fama,

Guerra amenazan á la Patria. En eso

Cava Latino, de terror opreso.

XVII.

Fauno ocurre á su mente: el Rey la planta

Mueve al gran bosque en cuyas sombras cela

Su armonioso raudal la Albúnea santa;

Mefítico vapor en torno vuela:

Que allí del tiempo venidero canta

El vatídico padre, y lo revela;

Italia, Enotria toda, allí sus pasos

Guian en tristes dudas y arduos casos.

XVIII.

De noche el sacerdote que sus dones

Allí á ofrecer acude reverente,

Si al descanso, tendiéndose en vellones

De inmoladas ovejas, da la mente,

Ve en sueños revolarle apariciones

Peregrinas; delgadas voces siente;

Habla con Dioses, y su mudo acento

Penetra de Aqueronte el hondo asiento.

XIX.

Fué allí sus dudas á calmar Latino;

Y habiendo, segun rito, degollado,

En obsequio al oráculo divino,

Cien lanudas ovejas, acostado

En sus pieles dormia; cuando vino

Súbita y misteriosa voz del lado

Más secreto del bosque: «¡Prole mia!

De ajustados enlaces desconfía.

XX.

»Tú de una hija la mano á descendiente

Itálico no des. Foráneo yerno,

Su linaje empalmando con tu gente,

Hará nuestro renombre sempiterno.

Él nacion fundará grande y potente;

Tal, que el espacio que en dominio alterno

Sobre un mar y otro mar el sol rodea,

Todo á sus piés se humille y suyo sea.»

XXI.

Latino mismo estos avisos, dados

En la callada noche, no recata;

Y de Ausonia por campos y poblados

Ya la alígera Fama los dilata:

Ella daba la vuelta á los Estados

Del Rey, en los momentos en que ata

La juventud troyana el hueco leño

Al promontorio aquél verde y risueño.

XXII.

Enéas, los caudillos principales

Y Ascanio yacen en la sombra amiga

Con que, sus ramos prolongando iguales,

Árbol excelso la campaña abriga.

Tortas de flor extienden, cereales

Manteles (Jove mismo les instiga)

Que con frutas silvestres luégo acrecen,

Para encima poner viandas que cuecen.

XXIII.

Mas no al hambre la cena satisface;

Ojos se van y manos tras la monda

Delgada Céres que tendida yace:

Voraz diente á los panes la redonda

Márgen y abiertos cuartos roe y pace,

Que significacion entrañan honda;

Y «¡Aun las mesas se come el hambre aguda!»

Yulo clamó, sin que al misterio aluda.

XXIV.

Fué esta voz primer nuncio que declara

Á los Teucros ventura. El padre al hijo

La palabra quitóle; mas se pára

Con asombro, un instante, y regocijo,

Y recobrado, «¡Salve, Tierra cara!»

Y «¡oh Penates de Troya, gracias!» dijo:

«Cumplióse el voto: el lance aquí me muestra

La anunciada heredad, la patria nuestra!

XXV.

»Ya de estos milagrosos accidentes

Mi amado genitor me dió la clave:

«Cuando el hambre aguzando edaces dientes

»(Pegada á playa incógnita tu nave)

»Haga que tras las viandas te apacientes

»De las mesas, tu voz al Cielo alabe,

»Que patria hallaste; y con alegre pecho

»Pon allí muro propio y dulce techo.»

XXVI.

»Hé aquí el hambre temida: de cuidados

Término justo y de cruel destino.

Animo, pues: del sueño recreados,

Con el albor primero matutino

De aquí saldremos por diversos lados

El país á explorar circunvecino:

Quiénes son de estos términos los amos;

Qué campos pueblan, qué ciudad, sepamos.

XXVII.

»Hora en honor de Júpiter clemente

Bebed; á Anquíses invocad; más vino!»

Hablaba Enéas, y la noble frente

Ceñida ostenta en ramo peregrino.

Primero á la alma Tierra, y del presente

Lugar invoca al Protector divino;

Las Ninfas á que el bosque da guaridas;

Rios sin nombre y fuentes escondidas.

XXVIII.

Á la Noche despues y sus fanales,

Á Cibéles y á Júpiter de Ida;

Y á sus padres, que moran inmortales

Cielo y Erebo, en órden apellida.

Jove tres veces, en momentos tales,

Desde lo alto del cielo truena, y cuida

Mostrar en medio del fragor sonoro

Nubes de fuego y ráfagas de oro.

XXIX.

Al Dios el pueblo atónito veia

Blandir él propio el nimbo rutilante.

Rumor que de fundar llegó ya el dia

La anhelada ciudad, en un instante

Circula y crece. Todos á porfía,

Orgullosos de agüero tan brillante,

Renuevan las gozosas libaciones

Y con flores de Baco ornan los dones.

XXX.

Con el primer albor del nuevo dia

Van, costa y lindes á explorar: los vados

Estos son de Numicio; ésta es la ria

Del Tibre: campos éstos son poblados

Por los fuertes Latinos. Cauto envía

Cerca del Rey augusto cien legados

Enéas, que en sus tercios selecciona;

Y ya el árbol de Pálas les corona.

XXXI.

Cargados de presentes, mensajeros

De paz, que da á sus sienes verde gala,

A la vecina capital ligeros

Marchan. Enéas mismo allí se instala;

Y ya con zanja humilde los linderos

De la futura poblacion señala,

Y cual ciñendo un campamento, ordena

Tender la empalizada, alzar la almena.

XXXII.

Ya los nuncios, al fin de su jornada,

Ven las casas y torres presumidas,

Y ascienden á los muros. A la entrada

Y en torno á la ciudad, corre en partidas

Alegre juventud: regir le agrada

Potros y carros con mañosas bridas;

Y con rígidos arcos y ligeras

Flechas, tiros ensayan y carreras.

XXXIII.

Tomó uno de á caballo á su cuidado

Trasmitir nuevas tales al oido

Del viejo Rey: acorre; haber llegado

Unos hombres, anuncia, con vestido

Peregrino, de cuerpo agigantado.

Que á su presencia vengan, comedido

Latino manda. «Al punto,» dice, «oirélos;»

Y va el trono á ocupar de sus abuelos.

XXXIV.

Fábrica en cien columnas sustentada,

Grande, augusta, soberbia, en una altura

De la ciudad descuella; consagrada

Por religion antigua y selva oscura.

De Pico Laurentino real morada

Fué antaño. Por presagio de ventura

Allí los nuevos reyes recogian

El cetro y fasces que al poder se fian.

XXXV.

Templo era y tribunal: en sus altares

Corderos inmolando, los señores

De la corte á gustar sacros manjares

Sentábanse en contínuos cenadores.

Cada príncipe vió las tutelares

Imágenes allí de sus mayores

El vestíbulo ornar, nobles y enhiestas,

Obras de antiguo cedro, en órden puestas.

XXXVI.

Ítalo allí; y aquel que al italiano

Suelo trajo la vid, el buen Sabino,

A quien, áun hora, figurado anciano,

La corva hoz le asoma, autor del vino:

El gran Saturno y el bifronte Jano

Muestran, callando, su poder divino:

Otros reyes les siguen, con heridas

Marciales, por la patria recibidas.

XXXVII.

De antiguos triunfos testimonios mudos,

Hay en los sacros postes mil despojos:

Armaduras suspensas, penachudos

Yelmos, corvas segures ven los ojos:

Ven sin número allí dardos y escudos,

Ven de puertas grandísimos cerrojos;

Cautivos carros, y espolones graves

Quitados por valientes á las naves.

XXXVIII.

Pico, de potros domador ufano,

Con trábea corta, allí tambien se muestra,

Báculo quirinal tiene en la mano,

Sentado, y sacra adarga en la siniestra:

Pico, á quien ya, de ardor tocada insano,

Hirió con vara de oro maga diestra,

Circe, amante cruel; con hierbas malas

Mudóle en ave y le pintó las alas.

XXXIX.

En este, pues, de Dioses templo digno,

De sus abuelos en el rico trono,

El Rey audiencia concedió benigno.

Entraron los legados, y él con tono

Manso y afable, de clemencia signo,

«Hablad, Dardanios; vuestro ruego abono,»

Les dice: «ántes que vistos anunciados,

Yo vuestro oriente sé, sé vuestros hados.

XL.

»Mas ¿cuál deliberada causa, ó ciega

Necesidad á nuestra costa impele

Y á puerto ausonio vuestra escuadra apega?

¿Fué que el rumbo perdisteis? ¿Ó, cual suele

Avenir al que en alta mar navega,

Tras rodear tan largo, al leño imbele

Embistió ronca tempestad? Propicio,

Siempre, tendreis en nuestra casa hospicio.

XLI.

»Á los Latinos apreciad: lejanos

De pacto escrito y de penal violencia,

En dulce paz cultivan como hermanos

Antiguos usos, de Saturno herencia.

Y ya entre los Auruncos hallé ancianos

Que, si bien entre sombras (influencia

Envidiosa del tiempo), en la memoria

Aun guardasen de Dárdano la historia.

XLII.

»Fué de ésta, dicen, suya, á patria ajena;

Fué á las frigias ciudades, cabe el Ida,

Y de la tracia Sámos el arena

Honró, que hoy Samotracia se apellida:

Dejó á Corito y su mansion tirrena;

Y en el celeste alcázar ya le anida

Aureo solio que esmaltan luminares,

Y goza él, nuevo Dios, culto y altares.»

XLIII.

«Sangre ilustre de Fauno, gran Latino!»

Palabras tales respondió Ilioneo:

«No aquí impelida nuestra flota vino

Por rudo soplo en agitado ondeo;

Estrella no torció nuestro camino,

Ribera no engañó nuestro deseo:

Trajo nuestros bajeles á esta rada

Concorde voluntad nunca arredrada.

XLIV.

»De la nacion mayor que peregrino

Viniendo de los límites de Oriente

El sol miraba, nos lanzó el destino.

Tiene en Jove principio nuestra gente;

La juventud dardania del divino

Abolengo se precia. A aquella fuente

El que á tí nos envía está cercano,

Hijo de Diosa, Enéas, Rey troyano.

XLV.

»Cuántas nubes de muerte de Micénas

Á asolar fueron la ciudad troyana;

Cuál lucharon al pié de sus almenas

Asia y Europa con crueza insana,

Lo sabe el que las últimas arenas

Pisa do va á quebrarse espuma cana;

Lo sabe á quien la zona ancha intermedia

Aisla, y sol abrasador asedia.

XLVI.

»Despues de aquel diluvio y largo viaje,

Sobrio asilo en tus costas, lo que asombre

Nuestros Dioses, pedimos, y hospedaje:

El aire y agua, propiedad del hombre.

No será al reino nuestro ingreso ultraje;

Crecerá nuestro amor y tu renombre:

¡Si á Troya, Ausonios, vuestro seno abriga,

No la vereis ingrata ni enemiga!

XLVII.

»Y esto lo juro por lo que es Enéas;

Por su diestra, no ménos ya probada

En sellar pactos que en vencer peleas.

Muchos pueblos—tenernos en nonada

Excusa, ¡oh Rey!, aunque extender nos veas

En las manos la oliva; aunque embajada

De súplicas traigamos—gentes muchas

Ligas nos propusieron y no luchas.

XLVIII.

»Mas por divina voluntad guiados

A los bordes venimos de tu imperio:

A la cuna de Dárdano los hados

Traen los nietos de Dárdano. Con serio

Ordenamiento, á los tirrenos prados

Que honra el Tibre, y, envueltas en misterio,

Nos mueve á las vertientes de Numico,

El sabio Apolo, de promesas rico.

XLIX.

»Que en prenda de concordia aceptes fia

Los breves restos de la Patria cara,

Memorias de otra edad, quien los envía:

Vé en qué oro libó Anquíses en el ara;

Mira cuáles, si al pueblo reunia,

En su alto tribunal cetro y tïara

Príamo usaba, y el bordado arreo

Por damas de Ilïon.» Habló Ilioneo.

L.

Suspenso el Rey le escucha; mas no tanto,

Miéntras, bajos los ojos, con prolija

Pausa los vuelve, en el purpúreo manto,

Ni en el cetro rëal la atencion fija:

Ideas tales no le ocupan, cuanto

El proyectado enlace de la hija;

Y la voz del oráculo elocuente

Revuelve pensativo allá en su mente.

LI.

«Que éste es,» se dice, «el anunciado yerno

Con quien mi cetro he de partir, medito;

El que hará de su raza el nombre, eterno,

Y de su imperio el ámbito, infinito.»

«Vos el augurio que feliz discierno,»

Exclama luégo con gozoso grito,

«Dioses, sellad, y coronad mi idea!

Troyano, en lo que á tí, cual pides sea.

LII.

»Ni menosprecio el dón. Miéntras Latino

Impere, no de fértiles terrenos

Opimos frutos, de Ilïon divino

Magnificencias no echareis de ménos.

Y ¡oh! si unir con el nuestro su destino,

Si hospedaje leal, dias serenos

Anhela vuestro Rey, ¿por qué me niega

De verle el gozo, y ante mí no llega?

LIII.

»Ojos amigos le verán; y en muestra

De la alïanza que firmar decido,

Estrecharé su diestra con mi diestra.

Id, y en mi nombre referidle, os pido,

Que una hija tengo que en la patria nuestra

Hallar no puede para sí marido;

Con profética voz glorioso abuelo,

Con visiones de horror lo impide el Cielo.

LIV.

»Vendrá yerno extranjero á mi palacio;

Me le anuncia infalible profecía:

En él sus esperanzas finca el Lacio;

Y él, su raza empalmando con la mia,

De nuestro nombre llenará el espacio:

Por tal el hado á vuestro Rey me envía;

Créolo, y si es verdad lo que adivino,

Lo anhela el corazon.» Habló Latino.

LV.

Y manda que, uno á uno, á los Troyanos

Lleven sendos caballos: de trescientos

Que en reales cuadras hay, los más lozanos.

Con púrpura y bordados paramentos

Y colleras riquísimas ufanos

Van los ágiles brutos, opulentos

Con el profuso aurífero tesoro,

Y el bocado volviendo, muerden oro.

LVI.

Hermoso carro para el Rey ausente,

Y dos potros con él, despacha luégo,

Que, renuevos de eléctrica simiente,

Por la abierta nariz despiden fuego:

Los bridones del Sol secretamente

Sagaz con yegua oculta á fértil juego

Circe movió: fruto éstos de esa traza,

Bastardos brotes son de etérea raza.

LVII.

Así, en régios corceles caballeros

Y de régias mercedes abrumados,

Portadores de paz, ya mensajeros,

Tornaban á su campo los legados.

Partiendo, á la sazon, de los linderos

Argivos, con los céfiros alados

Volando va de Júpiter la esposa

En su carro gentil soberbia Diosa.

LVIII.

Y léjos, desde el sículo Paquino,

Ve ledo á Enéas; ve á su gente, dada,

En la tierra á quien fia su destino,

Bases á echar de sólida morada,

Las naves olvidando. En su camino

Paróse adolorida y asombrada

La Diosa, y meneando la cabeza,

Sola consigo á razonar empieza:

LIX.

«¡Oh raza aborrecida! ¡Oh frigios hados,

Por siempre opuestos á los hados mios!

¡Qué! ¿Cautivos quedar, y no estorbados?

¿Eso logran? ¿Sin fuerza, y no sin bríos?

¿Ilesos de sus muros abrasados

Salir, y de las hondas de sus rios?

¿Y entre aceros y llamas, ruina y muerte,

Hallar camino y restaurar la suerte?

LX.

»¡Á bien que de venganzas satisfecha

Yo, ó cansada de odiar, desistiria!

Luégo que el hado de Ilïon los echa,

Prófugos restos, á la mar bravía,

Mi cólera en las olas los estrecha,

Les cierro á toda empresa toda via,

Y armada, último golpe, les afronto

Con las iras del cielo y las del ponto!

LXI.

»¿Qué me sirvió Caríbdis vasta, ó Scila,

Ni qué las Sirtes? La nacion troyana

Libre del mar, respecto á mí tranquila,

Ya el Tibre deseado ocupa ufana.

¡Y á los Lápitas fieros aniquila

Marte! ¡y en manos pone de Dïana

Jove á los Calidonios por perdellos!

¿Cuál el gran crímen fué de éstos ó aquéllos?;

LXII.

»¡Y yo, esposa de Júpiter, que empleo

Cuanto recurso da el furor; que ensayo

Cuanto plan dicta el odio, ¿qué granjeo?

¡Ser de Enéas vencida!... ¡Aun no desmayo!

Ajena mano, si en la lid flaqueo,

Irá á encender de mi venganza el rayo;

Y si el Cielo á mover mi voz no alcanza,

Empeñaré al Averno en mi venganza!

LXIII.

»No ya el imperio del país latino,

Ni de Lavinia la ofrecida mano

(Si así inflexible lo ordenó el destino),

Quitar pretendo al príncipe troyano.

Mas yo estorbos sin cuento en su camino,

Yo pondré entre ambas razas odio insano;

A ambos reyes tan caro así les cueste

Ser yerno éste de aquél, suegro aquél de éste!

LXIV.

»La sangre de dos pueblos es tu dote,

Y madrina á tu union Belona asiste,

Vírgen!... Hacha nupcial que incendios brote,

Hécuba, no tú sola concebiste;

Que tambien de dos pueblos para azote,

De Páris ominoso copia triste,

Nació el hijo de Vénus. Boda nueva

Ya á Troya renaciente estragos lleva.»

LXV.

Dijo, y el carro la soberbia Diosa

Con rápido descenso inclina á tierra;

Y de aquella region que tenebrosa

Las hermanas frenéticas encierra,

Evoca á la ímpia Alecto, que rebosa

En fraudes, iras y rencor de guerra;

Que todo crímen é intencion dañada

Tiene en ella su nido y su morada.

LXVI.

Horrible es entre monstruos infernales;

Pluton mismo su padre, y las hermanas

Tartáreas la detestan; ¡visos tales

Y tantas apariencias inhumanas

Toma y muda, afligiendo á los mortales!

¡En serpientes tan ásperas é insanas

El crin le abunda que su cuello eriza!

Juno á hablarle empezó, y así la atiza:

LXVII.

«Tú sola, hija de la Noche, puedes

Conseguir lo que imploro; ¡oh vírgen! fio

Que en tan estrecha coyuntura, vedes

Que sucumba mi honor y el poder mio:

No dejes tú que, entre nupciales redes

de Latino envolviendo el albedrío,

A mansalva el troyano aventurero

Los ítalos confines tome artero.

LXVIII.

»Tu ardiente azote altera y tu veneno

Públicos y domésticos enlaces;

Por tí hermanos unánimes, terreno

Sangriento van á disputar: falaces

Tienes mil nombres, artes mil. Tú el seno

Astuto anima, pues: juradas paces

Rompe; discordias siembra: audaz asome

La juventud; pida armas, armas tome!»

LXIX.

Al punto, el corazon y las miradas

Infectas de ponzoña medusina,

Del Rey á detenerse en las moradas,

Alecto vuela á la region latina:

Mueve en silencio á Amata sus pisadas:

Amata á la llegada repentina

De los Troyanos, y á la ansiada boda

De Turno, su atencion dedica toda.

LXX.

En congojas y lloros femeniles

Se abrasaba la Reina, cuando vino

La Furia á su mansion con pasos viles:

Tírale del cabello serpentino

Uno de sus cerúlëos reptiles,

Y se lo hunde en el seno, porque el tino

Pierda, y corra el palacio, y á él trasmita

Todo el furor del monstruo que la agita.

LXXI.

Y ya el áspid sutil por entre el bello

Seno y las ropas de la Reina gira;

Ya, sin que la infeliz se cure de ello,

Víbora, alma de víbora le inspira:

Crece, y dorada alhaja orna su cuello;

Crece, y cinta elegante atar se mira

Sus cabellos y sienes; crece, y blanda

Hincha sus venas, por sus miembros anda.

LXXII.

Miéntra el vírus primero que destila

De la ponzoña húmida, resbala

Por los sentidos tímido, y vacila

El fuego oculto que los huesos cala;

Miéntras no oprime al ánima intranquila

Toda la fuerza del incendio, exhala

La dolorida Reina quejas tales

A estilo y en acentos maternales:

LXXIII.

«¿Tú nuestra única hija» (y largo lloro

Por la hija y frigias bodas derramaba,

Así hablándole al Rey), «nuestro tesoro

Darás á advenedizos? ¿Ni hallas traba

En su suerte, en mi amor, en tu decoro?

Haya viento propicio, ¡y por esclava

Llevarásela á bordo, y dejaráme

En duelo eterno el robador infame!

LXXIV.

»Ejemplo toma del pastor troyano

Que de Esparta á Ilïon llevóse á Elena.

¿Qué? ¿y tus santas promesas son en vano,

Tu patriótico zelo? ¿Harás ajena

Esa que veces mil paterna mano

Tendiste á Turno ya de afecto llena?

Oigo me arguyes que forzoso agüero

Subyuga el Lacio á príncipe extranjero.

LXXV.

»Si Fauno así sobre tu mente impera,

No se rinde por eso mi deseo;

Region independiente es forastera,

Que á esto los Dioses aludieron creo:

El orígen de Turno considera:

Ínaco, Acrisio, entre los nombres leo

Que, honrando patria extraña, honran su gente;

Y la clara Micénas fué su oriente.»

LXXVI.

En balde hablaba así la Reina: mira

Que en Latino sus voces no hacen mella;

Y ya, quemando sus entrañas, gira

El veneno furial por toda ella:

Movida, en fin, de ponzoñosa ira,

Fantasmas ve, respetos atropella,

Y por la ancha ciudad el paso ciego

Abrevia con febril desasosiego.

LXXVII.

Cual peonza que en plaza despejada

De juguetones mozos circuida,

Va, del torcido látigo azotada,

Que hace que, vueltas dando, espacios mida;

A ver el boj tornátil de pasada

Necia, curiosa ociosidad convida

Absorta turba; y ni el herir se aplaca,

Ni él ménos bríos de los golpes saca:

LXXVIII.

Por medio á la ciudad, y entre sus gentes

Indómitas, el paso precipita

La Reina así con ímpetus ardientes.

Nuevas furias concibe ya, medita

Escándalo mayor: en accidentes

Convulsivos, semeja que la agita

Interno Baco: á selva hojosa, inculta,

Lleva á la hija consigo; allí la oculta.

LXXIX.

Tál eludir ó deshacer aquella

Boda intenta que teme y que desama:

Y gritando ¡Evohé! de la doncella

Unico digno á tí, Baco, proclama;

Que por tí, dice, en tiernas hojas ella

Viene á vestir tu predilecta rama;

Por tí, ofrecida á tí, danzando en coro,

Suelta de sus cabellos el tesoro.

LXXX.

Corre la nueva; y del furor tocadas

Ya todas las matronas, desparcidas

Las melenas al viento, sus moradas

Dejan, buscando insólitas guaridas:

Astas vibran de pámpanos ornadas,

Y de rústicas pieles van vestidas;

Otras dan voces de dolor. Blandea

Amata en medio improvisada tea.

LXXXI.

Y anuncia á voces, con mirar de llama,

De Lavinia y de Turno el himeneo;

Y «¡Oid!» en brozno acento, «Oid,» exclama,

«Oh matronas del Lacio, mi deseo:

Si áun á la triste Reina amais que os ama,

Si honrais fueros maternos, el arreo

De las sienes al punto desatando

Que órgias conmigo celebreis os mando.»

LXXII.

Así en los bosques, en feral desierto,

Con estímulos báquicos incita

Alecto á Amata; y como mira cierto

Prender la llama que atizó maldita,

Y en conflicto por ende y desconcierto

Ve la real casa, y lo que el Rey medita,

Hácia el rútulo audaz la Diosa triste

Va en negras alas que su cuerpo viste.

LXXXIII.

Tiende ella el vuelo á la ciudad que él ama,—

La cual Dánae, traida á la ribera

Al ímpetu del Noto, fundó, es fama,

Con acrisios colonos. Ardea era

Floreciente el lugar, Ardea hoy se llama:

Cambió la suerte, el nombre persevera.

Allí, mediada ya la noche umbría,

En su excelsa mansion Turno dormia.

LXXXIV.

Deja Alecto su cuerpo horrible, deja

Su apariencia furial; la toma humana;

Ara con rugas mustia faz de vieja;

Con venda ciñe la melena cana

Y con rama de oliva; y ya semeja

A Cálibe, al andar, ministra anciana

De Juno y de su templo. De esta suerte

Muéstrase á Turno, y voces tales vierte:

LXXXV.

«¡Turno! ¿y así permitirás que nada

Te sirvan tantos méritos, y lleve

Huésped dardanio en mengua de tu espada

El cetro que en justicia se te debe?

Aquel enlace y dote conquistada

Por tí con sangre, el Rey te niega aleve:

Y á un extranjero en tu lugar convida.

¡Vé, y por ingratos luégo expon tu vida!

LXXXVI.

»Vé, y los Tirrenos debelando fuerte,

La paz á los Latinos asegura!

Estos avisos mándame traerte

Entre el descanso de la noche oscura,

Saturnia poderosa. ¡Sús! despierte

Tu ardor la juventud, y la conjura

Los muros á dejar, de armas provista,

Y haz que á los Frigios animosa embista!

LXXXVII.

»Tú á ésos, que yacen junto al bello rio,

Y á sus pintadas naves fiero hostiga

Con rayo abrasador. El labio mio

Te enseña lo que el cielo á hacer te obliga.

Latino propio si en infiel desvío

Niega el pactado enlace, como amiga

Probó tu mano ya, pruébela ahora

Justiciera tambien y vengadora!»

LXXXVIII.

Burlándose el doncel de la adivina,

«No ha faltado,» contesta, «cual supones,

Nuncio que á la ribera tiberina

Me avise que llegaron galeones.

¿Mas tú á notificarme de rüina

A qué vienes con lúgubres ficciones?

No ha puesto la alta Juno todavía

En olvido mortal la causa mia.

LXXXIX.

»Ya: decrépita edad, y asombradiza

De suyo la vejez, tu mente, ¡oh buena

Mujer! con temorcillos martiriza,

Y de especies fatídicas te llena

Viendo entre reyes la empeñada liza.

Cuidar las aras tu deber te ordena;

Hazlo, y deja del reino á los magnates

Acordar treguas ó librar combates.»

XC.

En cólera creciente se inflamaba

Alecto oyendo á Turno; y Turno, yerta

Paró la vista, áun bien de hablar no acaba:

Espantosa vision le desconcierta,

Convulsivo terror sus miembros traba.

¡Así disforme á demostrarse acierta

La Furia, al propio sér vuelta de lleno!

¡Tanto silban las hidras de su seno!

XCI.

Y ya con vista que abrasando mata,

Al jóven, que algo, en la ocasion estrecha,

En balde de añadir medroso trata,

Sus ojos tuerce y la intencion desecha;

Y dos gemelos áspides desata

De la crin ruda de serpientes hecha,

Chasquéalos su mano, ira rebosa,

Y esto agrega con boca ponzoñosa:

XCII.

«¡Mira la ilusa aquí, la asombradiza,

Á quien el peso de los años, buena

Mujer, con temorcillos martiriza!

¡La que de especies vanas anda llena

Viendo entre reyes empeñada liza!

Torna, torna á mirar, si no te apena:

Furia soy de los reinos infernales;

Guerras llevo en la mano y fieros males!»

XCIII.

Así diciendo, vengativa tea

Al jóven lanza, en cuyo triste pecho

Ya con negro fulgor hundida humea.

En sudor copiosísimo deshecho,

Que brota y cala, pavorosa idea

Su letargo interrumpe; y ya en el lecho,

Ya fuera, con voz ronca y mano brusca,

Armas pide frenético, armas busca.

XCIV.

Y en sed de sangre criminal, en fiera

Rabia arde loco. Así en sonante llama

Los costados de férvida caldera

Cerca y envuelve allegadiza rama:

Siente el agua el ardor, bulle ligera,

Y enciéndese, y borbota, y se derrama

La desbordada espuma, y vuelto nube

El cálido vapor al aire sube.

XCV.

Hé aquí á sus nobles contra el rey Latino,

Rompida entre ambos pueblos la alïanza,

Turno señala militar camino,

Y armados los convoca á la venganza:

A Italia defender es su destino,

Y rechazar al invasor; que alcanza

Por sí sola, dice él, la fuerza suya,

A que el Latino ceje, el Teucro huya.

XCVI.

Hecho á los suyos Turno estas razones,

Y á los Dioses pedido fuerza y guía,

Entre sí los rutulios corazones

A la lid se estimulan á porfía:

Corren unos á armarse campeones

Ricos de juventud y lozanía;

Quiénes fieros con sangre régia, y quiénes

Con brazo ilustre y triunfadoras sienes.

XCVII.

Turno inflama á los Rútulos; y vuela

A los Teucros en tanto Alecto impía:

Con nueva traza, al márgen va do anhela

Tras las fieras Ascanio ó las espía;

Y con violento ardor hace que huela

Rastros de ciervo la sagaz jauría

Que Ascanio lleva. Rústicos furores

Aquí nacieron; y despues, horrores.

XCVIII.

Con altos cuernos y gentil figura,

Temprano hurtado al maternal sustento,

Hubo un ciervo á quien daban con ternura

De Tirreo los hijos alimento—

Tirreo, aquel que en campos de verdura

Custodiaba del Rey greyes sin cuento;—

Mas si querido á los mancebos era,

Silvia ante todos en su amor se esmera.

XCIX.

Ama él su servidumbre, ella le adora:

Plácida jóven, la enastada frente

Con süaves guirnaldas le decora,

Peina á su ciervo y lávale en la fuente:

Manso á la mesa va de su señora,

Ledo caricias de su mano siente;

Ociosas horas en la selva pasa,

Mas de noche, aunque tarde, vuelve á casa

C.

De la querencia, á la sazon, distante,

Ansioso el ciervo de apacible frio,

Sesteaba en la playa verdeante,

Nadando á tiempos á merced del rio.

Los podencos de Ascanio, allí cazante,

Fieros le avientan con ardiente brio;

Y á impulso Ascanio de ambicion inquieta,

Lanza del combo arco una saeta.

CI.

Y dió acierto fortuna á su descuido;

Que á herirle los ijares, por el viento

Volando al ciervo fué con gran rüido

La flecha aguda. El triste huye sangriento

A la usada mansion, y con gemido

Como quien llora y llama en su lamento,

Entra en su establo, y los contornos llena

Con los ecos dolientes de su pena.

CII.

Con las palmas los brazos se golpea,

Y alza Silvia tristísimos clamores;

Fué el primer llamamiento que á pelea

Convocó los fornidos labradores.

Ellos (pues ya invisible la ímpia Dea

Sembrara en la ágria selva sus ardores)

Al punto comparecen: éste saca

Tizon agudo; aquél ñudosa estaca.

CIII.

Cuanto ha tomado, en armas lo convierte

La rabia, y toma cuanto á mano mira.

Con recias cuñas, con empuje fuerte,

Tirreo á la sazon á hender aspira

Un roble colosal. Y como advierte

Amenazas venir, fuego respira

Del hacha asiendo arrebatado, y llama

Los suyos á su lado y los inflama.

CIV.

Volando en esto la terrible Diosa,

Que alta el momento de dañar espía,

Precipítase audaz, y el ala posa

En la cumbre mayor de la alquería;

Y desde allí la seña sonorosa

Que á pastores reune, al aire fia,

Y por el campo, con el corvo cuerno,

Hace sonar los ecos del Averno.

CV.

Y el campo se estremece y la arboleda,

Y atónita retumba selva anciana

En són profundo; y aunque léjos queda,

Oye el clamor el lago de Dïana,

Y el Velino, y el Nar, que blanco rueda

Pues de vertientes sulfurosas mana;

Trémulas madres, al rumor del trueno,

Apretaron los hijos contra el seno.

CVI.

Corren al són de la bocina insana

Los rústicos, tomando armas á tiento;

Corre, á auxiliar á Ascanio, la troyana

Juventud en abierto campamento.

Ordénanse las haces: no es villana

Riña ya, ni se ostenta el ardimiento

Con macizas estacas ó tizones;

No; que blanden el hierro, y son legiones.

CVII.

Oscura miés de puntas encontradas

El campo cubre, y en dudosa liza

Reflejan en las nubes las espadas

Del sol los rayos. Tal primero eriza

El piélago sus ondas, y encrespadas,

Más y más cada vez se encoleriza,

Y encumbrándose, en fin, desde su asiento,

Esforzado amenaza al firmamento.

CVIII.

Hé aquí, lidiando en avanzada hilera,

Crujiente flecha á su garganta asida

Almon cayó, que entre los hijos era

De Tirreo, el mayor. La cruda herida

Con la ferviente sangre que aglomera,

La húmida voz y la delgada vida

Extinguió del mancebo, á cuyos lados

Muchos otros sucumben derribados.

CIX.

Allí murió Galeso, que intervino

Medianero de paz, ¡infortunado!

Rico en tierras cual no otro convecino,

Él, viejo ilustre, y de virtud dechado:

Contaba en sus dehesas de contino

Rebaños cinco de mayor ganado

Y cinco greyes de lanosa cria;

Y el campo con cien yuntas revolvia.

CX.

Miéntras pugnaban con incierto marte,

Firme en cumplir lo que á su fe se fia

Habiendo Alecto por su fuerza y arte

Comprometido en bélica porfía

Y funeral destrozo á cada parte,

Arrebola con sangre su alegría,

Deja á Italia, veloz cruza la esfera,

Y á Juno en voz de triunfo dice fiera:

CXI.

«Lo que ansiaste, atroz guerra, odios insanos,

Te doy: sangre ha corrido: ahora, si puedes,

¡Vé, reconcilia á Ausonios y Troyanos!

Más allá iré, si gracia me concedes:

Azuzaré los pueblos comarcanos,

Y atraeré sus auxilios con mis redes

Al incendiado campo de la guerra:

De armas, si faltan, sembraré la tierra!»

CXII.

«Basta de ardides y traspasos; tente!»

Juno así respondió: «robusta nace

Esta guerra por sí: sangre reciente

Tiñe las armas que el furor les hace,

Y trábalos él mismo en lid patente.

Que á tan ardiente union y estrecho enlace

Venga de Vénus la famosa casta

Y el rey Latino mismo, ésto me basta.

CXIII.

»¡Y véte al punto! El que en Olimpo impera

No ya en paz que siguieses llevaria

Vagante Furia en superior esfera:

Si áun hay algo que hacer, á mí lo fia.»

Miéntras hablaba así Juno altanera,

Con áspides Alecto descogia

Las bramadoras alas, deja el cielo,

Y al Cocito veloz despeña el vuelo.

CXIV.

Hay en mitad de Italia, sojuzgado

De montes, noble sitio, por la fama

En apartadas tierras celebrado,

A quien valle Omnisanto el vulgo llama:

Selva le ciñe de uno y otro lado

Con medrosa negrura y densa rama;

Y entre rocas, en óndico tumulto,

Por el bosque un torrente suena oculto.

CXV.

Horrenda cueva allí la vista espanta,

Á Pluton y sus reinos abertura:

Roto Aqueronte, férvida garganta

Gran vorágine abre, y nube oscura

De vapores pestíferos levanta;—

Allí el odioso Númen su figura

Escondió derribándose al profundo,

Y su serenidad devuelve al mundo.

CXVI.

Entretanto á los bélicos furores

Juno cuida poner última mano.

A la ciudad los míseros pastores

Acorren, y sin vida á Almon lozano

Exponen; y esforzando los clamores,

Hendido el rostro de Galeso anciano

Enseñan; y cobrando la esperanza

A los Dioses y al Rey piden venganza.

CXVII.

En medio al alegato se presenta

Turno feroz, el cual de sangre y llama

El terror con sus voces acrecienta:

Que á reinar á los Teucros se les llama,

Que frigia raza en su lugar se asienta,

Y á él se pone á las puertas, dice, y brama;

Y hacen parte con él hijos de aquellas

Que de Amata en furor siguen las huellas.

CXVIII.

Miéntras las madres en vinosa danza

Atropellan florestas y collados,

(¡De una reina el ejemplo tanto alcanza!)

Ellos de un númen infernal tocados,

Convocan en tropel á la matanza,

Contra el querer del Cielo y de los hados,

Contra el temor de oráculos y agüeros;

Y las puertas del Rey asedian fieros.

CXIX.

Cual peñon en los mares, él resiste;

Como el peñon á quien con golpe rudo

En fragor recio el oleaje embiste,

Y él las ondas ladrantes oye mudo,

Y escollos, rocas que la espuma viste

Hirviente en derredor, los ve desnudo,

Y firme mira, en sus costados rota,

Ir y venir el alga que le azota.

CXX.

Yendo las cosas á merced de Juno,

Al fin el mal consejo halló camino;

Tál que, habiendo á los Dioses uno á uno

Y á los vientos alígeros Latino

Conjurado con votos importuno,

«En ondas,» dice, «adversas el Destino

Nos arrastra. Vosotros, homicidas,

La impiedad pagareis con vuestras vidas.

CXXI.

»Á ti está reservado acerbo filo;

Tarde á los Dioses volverás tu ruego,

¡Oh Turno desdichado! Yo al asilo

Que abre la tumba á mi esperanza, llego;

Sólo me privas de morir tranquilo!»

Habló Latino, y encerróse luégo,

Y á tristes pensamientos entregado,

Las riendas abandona del Estado.

CXXII.

Fué en el Lacio costumbre;—los albanos

Pueblos la honraron luégo; y la gran Roma,

Hoy si á los Getas lleva ó los Hircanos

Luto, ó sobre los Arabes asoma,

Ó á Oriente ó á los Indos va lejanos,

Ó enseñas propias á los Partos toma,

Roma, abriendo á sus triunfos la carrera,

En la misma costumbre persevera:—

CXXIII.

Y es así que dos puertas tiene iguales

El templo que renombran de la Guerra,

Por ritos consagrado inmemoriales,

Y por Mavorte, que sangriento aterra:

Guarnécenle cien barras, y son tales

El bronce y hierro que lo mura y cierra,

Que el tiempo destructor los muerde en vano;

Y firme los umbrales guarda Jano:

CXXIV.

Y apénas el Senado la balanza

Inclina por la guerra, ya, ceñida

Romúlea toga á la gabina usanza,

Vistoso el Cónsul presentarse cuida;

Las chilladoras puertas abre, y lanza

El grito que venganzas apellida:

Le sigue el pueblo, y la guerrera pompa

El clangor solemniza de la trompa.

CXXV.

Estas puertas de lúgubre destino,

Rebelde chusma con furor tirano,

Siguiendo la costumbre, al buen Latino

Mandaba abrir contra el poder troyano;

Mas á alargar el Padre no se avino

Al ministerio vil la régia mano,

Y en sombras ocultóse. El vacuo puesto

La Reina de los Dioses llena presto.

CXXVI.

La cual del cielo rápida desciende,

Y ella misma las puertas rechinantes

Empuja, y los ferrados postes hiende.

Italia, al punto, adormecida en ántes,

En bélico furor toda se enciende:

Quiénes á pié se ensayan; arrogantes

Quiénes, en polvo envueltos, potros doman;

Ya todos piden armas, armas toman.

CXXVII.

Y á las hachas dan filo, y pulimento

Á los lisos escudos y saetas;

Quieren banderas tremolar al viento,

Que el viento hieran voces y trompetas:

Renuevan, pues, al yunque el armamento

Cinco ciudades, á porfía inquietas:

Árdea, Atina potente, Crustumero,

Y Antena torreada y Tíbur fiero.

CXXVIII.

Aperciben las cóncavas celadas,

De cabezas reparo; adargas nuevas

De varillas de sauce conformadas,

Y corazas metálicas y grevas,

Hecho el argento láminas delgadas;

Y nadie ya ni en hoces ni en estevas

Ocupa el pensamiento; que humillado

Yace y se esconde el arte del arado.

CXXIX.

¿No ves cuál de sus padres los aceros

Reforjan en el horno? El clarin suena;

Pasa de mano en mano entre guerreros

El símbolo marcial: aquél estrena

Yelmo arrumbado en casa; aquéste fieros

Potros á desusado yugo enfrena;

Y la de triple franja, áurea loriga,

Toma, el escudo fiel, la espada amiga.

CXXX.

¡Hora, Musas, abridme el Helicona,

Mi númen sed! Qué jefes principales

Corrieron á ganar triunfal corona

Decid, qué gentes los siguieron; cuáles

Nobles varones en la hesperia zona

Ya florecian: honras desiguales

Da Fama oscura á tan insignes hombres;

Vosotras los sabeis, dictad sus nombres!

CXXXI.

Mezencio de los términos tirrenos,

De los Dioses reidor, primero vino,

Y armó los suyos de coraje llenos:

Lauso con él, mancebo peregrino,

El cual gallardo sobre todos, ménos

Turno, se ostenta, y de otro rango dino;

Hábil jinete y cazador de fieras:

¡Nunca hijo de Mezencio, ay triste, fueras!

CXXXII.

De Agilina mil hombres sacó en vano

Lauso infeliz. En pos de estas legiones

Noble Aventino en el gramoso llano

Su carro y sus indómitos bridones

Lanza, con palma triunfadora ufano:

De Hércules la hermosura y los blasones

Heredó, y á su escudo da ornamento

Hidra ceñida de culebras ciento.

CXXXIII.

Dióle á luz en las sombras del collado

Que, como él, goza el nombre de Aventino,

Rea, sacerdotisa, que al agrado

Cedió, débil mujer, de un sér divino,

Luégo que, habiendo á Gerïon postrado,

A las regiones de Laurento vino

El semidios, y en tiberinas olas

En paz lavó sus vacas españolas.

CXXXIV.

Trae el hijo de Alcídes su vestido,

Que ancho los hombros y hórrido cubriendo

Arrastra en puntas á los piés partido:

Piel que muestra, á su frente adorno horrendo,

Los albos dientes de un leon vencido

Tal á su regio alcázar va tremendo

Aventino marchando. Sus peones

Menean fieros dardos y rejones;

CXXXV.

Y la sabina pica aterradora

Blandiendo van. Tras éstos, dos hermanos

Dejan, Catilo y el fogoso Cora,

Argiva copia, jóvenes lozanos,

Los tiburtinos muros que decora

Nombre fraterno; y á lidiar insanos

Acorren, y con armas delanteras

A romper del contrario las hileras.

CXXXVI.

Hijos de nubes dos Centauros, cuando

De níveas cumbres rápidos descienden.

Así, ancho espacio abriendo, resonando,

Arbustos postran y la selva hienden.

Tambien Céculo vino con su bando,

Fundador de Preneste, el cual entienden

Todos los siglos que entre vil ganado

Nació, y fué pronto junto al fuego hallado.

CXXXVII.

De todas partes campesina hueste

Al Rey se adscribe que engendró Vulcano:

Los que tratan las cimas de Preneste,

Los que de Gabia, á Juno grata, el llano;

Los que el gélido Anio, y el agreste

Hérnico monte con arroyos cano;

Los que las tierras de la rica Anaña;

Padre Amaseno, y las que tu onda baña.

CXXXVIII.

No armados todos van de firme hoja,

Ni hacen ellos sonar carro y escudo:

Gente es que en balas pardo plomo arroja;

Algunos blanden doble dardo agudo:

De piel de lobo capellina roja

Les defiende la sien: de cuero crudo

Lleva el derecho pié cerrada abarca;

Desnudas huellas el izquierdo marca.

CXXXIX.

Gran domador de potros vino luégo

Mesapo, el hijo de Neptuno: el hado

Le protege, y ni á espada ni con fuego

Su sacra vida vulnerar es dado.

Él á su pueblo, en secular sosiego

A pacíficas artes avezado,

A la guerra de súbito apellida,

Empuñando el primero arma homicida.

CXL.

Forman la multitud que le acompaña

Los que el suelo Falisco y Fescenino,

Los que el alto Soracte, y la campaña

Flavinia, y lago y bosques de Cimino

Tratan, y de Capena la montaña.

Más que terrestre, ejército marino,

No de hombres, sino de aves le creyeras,

Movidas con estruendo á las riberas.

CXLI.

En ordenadas filas los loores

Cantando de su Rey marchaban ellos,

Cual entre húmedas nubes sus candores

Muestran los cisnes de Caistro bellos

Cuando vuelven del pasto, y triunfadores

Cantos exhalan de los largos cuellos;

Y el rio suena y los asianos vados

De la celeste música agitados.

CXLII.

Guiando Clauso va grandes legiones,

Igual él mismo á una legion potente;

Clauso, ilustre varon, de los varones

Antiguos de Sabinia procedente,

Del cual por las latinas poblaciones,

Tribu admitida al fin, la Claudia gente

Se propagó, desde que Roma dada

Fué en parte á los Sabinos por morada.

CXLIII.

Los de Amiterna, innumerable cuento.

Los de Cúres y Ereto habitadores

A Clauso unirse veo en un momento:

La olivosa Mutusca guerreadores

Da á su turno, y la villa de Nomento,

Y el campo de Velino, rico en flores;

Y van los que en Severo desabrido

Y en las Tétricas cumbres hacen nido.

CXLIV.

Y la Casperia y Forunila gente,

Y la que Himela en sus riberas cria;

La que bebe del Tibre en la corriente,

Y en las aguas de Fábaris: la fria

Nursia y Orcia tambien su contingente,

Y el latino país el suyo envía;

Tambien arma sus hijos la campaña

Que Alia (¡nombre nefasto!) cruza y baña.

CXLV.

En número á las ondas van iguales

Que ruedan en el piélago africano

Si triste se hunde en aguas invernales

Orion; ó á las que de Hermo en fértil llano

Ó en las mieses de Licia candeales

Espigas densas tuesta rayo insano;—

Y suenan los escudos, y la tierra

Treme, de piés batida, en són de guerra.

CXLVI.

Griego, Haleso odia á Troya: sus bridones

Unce al carro, y á Turno, á lid dispuestas

Arrastra mil valientes poblaciones:

Aquellos que del Másico en las cuestas

Cultivan, Baco, tus preciosos dones;

Los que enviaron de sus ágrias crestas

Los Auruncos ancianos; los vecinos

De los húmedos campos Sidicinos;

CXLVII.

Y los que á Cáles dejan y las bravas

Satículas guaridas, y el asiento

Que tú, Volturno, con tus ondas lavas;

Llegan al par los Oscos ciento á ciento:

Todos redondas y erizadas clavas

Prendidas llevan con flexible amiento:

Adarga que la izquierda cubre enseñan

Y el corvo alfanje con que en lid se empeñan.

CXLVIII.

Ni á tí en mis versos dejaré en olvido

En la ninfa Sebétide engendrado,

Ebalo, por Telon, cuando adquirido

Hubo de los Telebos el reinado,

Y en Cáprea, anciano ya, sentó su nido.

Estrecho el hijo en el paterno estado,

A los campos Sarrastes le dilata,

Y á los llanos tambien que el Sarno trata.

CXLIX.

Y de Bátulo y Rúfras las regiones

Le obedecen, y el valle de Celena,

Y la que Abela entre altos torreones

Campiña mira al pié de pomas llena.

Tercian la pica á guisa de Teutones:

Almete de alcornoque la melena

Ciñe en torno: de acero cicaladas

Brillan las peltas, brillan las espadas.

CL.

Dichoso en lides, rico en gloria, Ufente,

A tí á la guerra Nersa montuosa

Tambien te diputó. La esquiva gente

De los Ecuos te sigue, que escabrosa

Tierra ocupa, y de asaltos impaciente

En la caza de monte no reposa:

Siempre á nuevos despojos se aperciben,

Armados andan y de presas viven.

CLI.

Tambien, marruvio sacerdote, vino

Umbron á combatir; movióle á tanto

El rey Arquipo: sobre yelmo fino

Tiende sus hojas el olivo santo.

Él los monstruos del reino serpentino

Con el tacto domaba y con el canto;

Iras durmiendo de dragon furente

Manso paraba el ponzoñoso diente.

CLII.

¡Mísero sabio! no será que vede

El paso á la troyana arma homicida

Tu canto soporífero; ni puede

Hierba sanar la inevitable herida

Si en Marsos montes se buscase adrede.

El bosque te lloró que Anguicia cuida,

Y las diáfanas olas de Fucino;

Vivos lagos lloraron tu destino.

CLIII.

Luégo, prole de Hipólito, dechado

Llegó, Virbio, de garbo y lozanía:

Con la prístina gloria señalado

Materna Aricia á pelear le envía

Del fondo de la selva en que educado

Fué por Egeria, cabe la onda fria,

A par del ara ilustre de Dïana,

Rica en votos, no tinta en sangre humana.

CLIV.

Es fama que despues que sin ventura,

Por traza infame de madrastra fiera

Y de padre cruel sentencia dura,

Fué Hipólito arrastrado en la ribera

Por caballos sin freno, al aura pura

Tornóse á alzar y á la superna esfera,

Por merced de Dïana y su cuidado

Con médicas raíces reanimado.

CLV.

Miró indignado el Padre Omnipotente

Que un hombre de los reinos infernales

Volviese así con apacible frente

A la luz y á los hálitos vitales,

Y ráfaga flechó de fuego ardiente

Contra el de ciencia tanta y hierbas tales

Sabio descubridor, hijo de Apolo,

Y en las estigias aguas sepultólo.

CLVI.

Compadecida entónces la alma Diosa

A Hipólito tendió su mano pia,

Y en morada le oculta nemorosa

Y allí á la ninfa Egeria le confía:

Oscuro así y en soledad dichosa

Una vida ingloriosa viviria

Por las selvas itálicas, cual hombre

Nuevo, de Virbio bajo el nuevo nombre.

CLVII.

Al templo y á los bosques de Dïana

Por eso á los cornípedos corceles

Llegar no es dado, pues la mar cercana

Huyendo, y monstruos de la mar crueles,

Tiraron mozo y carro en fuga insana.

Él no ménos audaz, ellos más fieles,

Sus potros en el campo el hijo incita,

Y su carro á la guerra precipita.

CLVIII.

Revuélvese ante todos corpulento

Y sobre todos la cabeza eleva

Armado Turno, cuyo almete al viento

Triple penacho ofrece, y alta lleva

Quimera que respira etneo aliento:

Ella su ardor al parecer renueva

Envuelta en tristes llamas, á medida

Que la lid se ensangrienta embravecida.

CLIX.

Con altos cuernos y relieves de oro

En tanto el terso escudo abulta Io,

Prole aparente de cerdoso toro

(Nobiliaria leyenda); Argos impío

Custodio allí de virginal tesoro

Osténtase tambien; tambien un rio

Figurado de líquida abundancia

De la urna cincelada Ínaco escancia.

CLX.

Con trabadas rodelas en los llanos

Una nube le sigue de peones:

Allí van los Argivos, los Sicanos

Antiguos, en cerrados batallones,

Y Rútulos, y Auruncos, y Sacranos;

Los Labicos, que pintan sus blasones;

Los que te explotan, Tibre, en bosques rico,

Y tus sagradas márgenes, Numico.

CLXI.

Y las gentes que rútulos collados

Cultivan; las que tratan la colina

Circea; las que campos sojuzgados

A Júpiter Anxur, y el que domina

Holgándose en sus verdes arbolados

Feronia; las que la húmeda Pontina

Laguna, y hondos valles por do Ufente

Helado va en el mar á hundir la frente.

CLXII.

Con gallardo escuadron la marcha cierra

Honor, Camila, de la Volsca gente:

Sus jinetes temblar hacen la tierra

Acorazados de metal luciente.

No á hilar, no á tejer mimbres, mas en guerra

A lidiar y á sufrir, manos y mente

Dió la animosa vírgen, que en su vuelo

Vence al aura y apénas toca el suelo.

CLXIII.

Sobre campos y mieses pasaria

Sin mover las aristas la doncella

En su rápido curso; cruzaria

Con planta enjuta y fugitiva huella

Hinchadas olas de la mar bravía

Como suspensa aparicion. Por vella,

Mozos, hembras, en campos y poblados,

Acuden á su paso embelesados.

CLXIV.

Y áun de léjos admiran cómo vuela

Gentil; cómo con púrpura los bellos

Hombros, terciando regio manto, vela;

Y cómo los undívagos cabellos

En auríferos hilos encairela;

Cómo con licia aljaba da destellos;

Y cuál blande con noble desenfado

El mirto pastoral de hierro armado.

LIBRO OCTAVO.

I.

Así que de la guerra el estandarte

Turno en su alcázar tremoló en Laurento,

Y con ronca trompeta á toda parte

El alarma llevó, y en movimiento

Sus potros puso y el tropel de Marte,

Los ánimos se turban al momento,

Todo el Lacio á su voz tiembla y le imita,

Toda la juventud arde y se agita.

II.

Por sumos jefes van Mesapo, Ufente,

Y aquel que de los Dioses se reia

Mezencio audaz: de agricultora gente

La campaña doquier dejan vacía,

Recursos rebatando. Incontinente

A Vénulo sagaz allá se envía

Do el gran Diomédes asentó su corte,

Que anuncios lleve y de él favor reporte.

III.

Cómo con frigias naves ha llegado

Al Lacio; cómo ocupa la ribera

Con sus vencidos Dioses, y del hado

Corona y triunfos en el Lacio espera

El troyano adalid; cómo á su lado

Muchos corren, y, nuncio á su bandera,

Toma el dardanio nombre alas de fuego:

Esto el embajador dirále al Griego.

IV.

Más que el rey Turno y más que el rey Latino,

Dirále, en fin, mirar él mismo debe

A donde á ese invasor, si con destino

Propicio entrare, fácil es le lleve

De ambiciosas conquistas el camino.

Sabe en tanto que el Lacio se conmueve,

Y fluctúa en revuelto mar de ideas

Con zozobrante afan mísero Eneas.

V.

Va, y viene, y torna el ánimo agitado,

Tienta todo y no pára en una cosa:

Así un rayo de luz del sol dorado

O la alba luna, vibra y no reposa

Sobre jarron de bronce reflejado,

En que diáfano líquido rebosa;

Trémulo, acá se anima y allá muere,

Sube, y los altos artesones hiere.

VI.

Es de noche: en los árboles y en tierra

Mudas yacen las aves y ganados;

Letárgico placer sus ojos cierra.

En tanto Enéas, presa de cuidados,

Lleno del pensamiento de la guerra,

Rindió á tardío sueño los cansados

Miembros, del cielo bajo el dombo frio,

En las amenas márgenes del rio.

VII.

Y hé aquí de entre la plácida corriente

Y pompa de los álamos umbría

Al Dios que guarda el Tibre, el Rey durmiente

Vió alzarse venerable, y que vestia

Cendal verdoso, y en su anciana frente

A las húmedas crines retejia

Oscuras juncias. Habla, y de esta suerte

Consuelo el Númen y esperanzas vierte:

VIII.

«¡Hijo de diva estirpe soberana,

Salve! tú, que arrancada al enemigo

Nos restituyes la ciudad troyana,

Y á Pérgamo inmortal llevas contigo!

Ya sus muros á tí Laurento allana,

Y á tí sus campos abre el Lacio amigo.

Nada temas de próximos combates;

Que patria al fin tendreis tú y tus Penates.

IX.

»Calmóse de los cielos la tormenta,

Y hechos abonan la palabra mia;

Que aquí una hembra de cerdo corpulenta

Pronto verás entre robleda umbría,

Con treinta lechoncillos que alimenta,

Alba, en torno á sus ubres la alba cria;

Y aquí podrás, alzando al patrio muro,

De afanes tantos descansar seguro.

X.

»Treinta años pasarán, y Ascanio ufano

Fundará, coronando tu destino,

La ilustre basa del poder albano.

Apacibles verdades adivino;

Ilusiones no son de sueño vano.

Mas cómo por ahora abrir camino

Te cabe de tu triunfo al cumplimiento,

Diré en breves razones; oye atento:

XI.

»Los Árcades habitan este suelo,

Que nietos de Palante, acompañaron

Aquí á Evandro, su rey, con fiel anhelo

Siguiendo su pendon: sitio adoptaron,

Y con nombre sacado del abuelo

La ciudad Palantina edificaron

Sobre los montes. Ellos de contino

En guerra están con el poder latino.

XII.

»Tu campo hermana con el suyo, y liga

Trata con ellos de amistad sincera.

Fácil á par de mi ribera amiga

Yo he de llevarte en direccion certera,

Tál que venzan subiendo sin fatiga

Tus remos mi raudal. Tú á la primera

Luz del dia, con votos y con preces

Vé de Juno á amansar las altiveces.

XIII.

»Cuando conquistes del valor la rama

Gracias tributarás al poder mio.

Yo soy aquel que hoy miras cuál derrama

Su caudal sobre fértil señorío;

Soy el cerúleo Tibre, ilustre en fama

Y de los Dioses predilecto rio:

Aquí en grandioso alcázar me solazo;

Nobles ciudades en mi cuna abrazo.»

XIV.

Dijo el rio, y se hundió cual si buscara

El hondo lecho. Á un tiempo se retira

La noche en ese instante, y desampara

El sueño á Enéas. Yérguese él, y mira

Ya en oriente del sol la lumbre clara;

Y agua cogiendo (Religion le inspira)

Alzala de las palmas en el hueco,

Y así con llena voz anima el eco:

XV.

«¡Vos, Ninfas de Laurento (en quien los rios

Hallan, raza gentil, su ilustre oriente),

Y oh padre Tibre de raudales pios!

A Enéas acoged, y de su frente

Clementes apartad golpes impíos!

Doquier escondas tu sagrada fuente,

Doquiera, ¡oh bello Dios! secreto mores,

Tú apiadado calmaste mis dolores.

XVI.

»De mí por siempre en himnos bendecido

Serás, y honrado con perpetuos dones,

¡Tú, de cuernos undívagos ceñido,

Rey de rios de Italia en las regiones!

Sólo espero me asistas, sólo pido

Que ratifiques ya tus predicciones.»

Dijo; y dos barcos de su flota alista,

Y gente hecha á bogar, de armas provista.

XVII.

En este punto; (¡oh místicas señales!)

Cándida hembra de cerdo con sus crias

Enéas ve, que, en la color iguales,

Se han tendido en las márgenes umbrías

Sobre la verde hierba. Ofrendas tales

El troyano adalid con manos pias

Te hará, ¡máxima Juno! Ya ante el ara

Dones presenta, y con la grey se pára.

XVIII.

Y el Tibre, que bajó la noche entera

Hinchado, su corriente á la mañana

Con reflujo suavísimo modera

Y como estanque plácido la allana,

Y abre á las quillas próspera carrera.

Con gozoso rumor la caravana

Ya remos bate, y sobre el fondo quieto

Fugaz resbala el embreado abeto.

XIX.

Los árboles se asombran de la orilla

Viendo venir por el cristal sereno

La pintoresca copia, y cómo brilla

Distante con las armas de su seno.

Dia y noche bogando la escuadrilla

El rio sube de recodos lleno;

En selvas laberínticas se pierde,

Y cruza en ledo giro el bosque verde.

XX.

En medio ya de su radiante vuelo

Ardia el sol, cuando avistó el Troyano

Muros y alcázar, blanco á su desvelo,

Y casas esparcidas, que el romano

Poder más tarde levantó hasta el cielo;

Que era Evandro modesto soberano,

Y modesta su corte. Apriesa inclinan

Las proras ya, y á la ciudad caminan.

XXI.

Solemnes por ventura en aquel dia

El Rey árcade honores tributaba,

Antes de la ciudad, en selva umbría,

Al semidios de la invencible clava.

Allí Palante, hijo del Rey, se via,

Rudo senado y juventud no esclava,

Incesando á los Númenes. Gotea

Caliente sangre y ante el ara humea.

XXII.

Ellos, viendo que fáciles ascienden

Por entre el bosque opaco altos navíos,

Y hombres que, al parecer, los brazos tienden

Sobre los remos con callados bríos,

La ceremonia con temor suspenden;

Levántanse. Culpables descarríos

Palante audaz reprime, y el acero

Empuña, y al peligro va ligero.

XXIII.

Ya de un alto estas voces firme envía:

«¿Quiénes, mancebos, sois? ¿Cuál clima esconde

Vuestra cuna y orígen? ¿Quién por via

Tan desusada os impelió, y á dónde?

¿Paz, ó guerra traeis? ¿Qué intento os guia?»

En pié sobre la popa así responde

Enéas á Palante, y en la diestra

Rama de oliva, alegre anuncio, muestra:

XXIV.

«Hijos somos de Troya peregrinos,

Y aquestas armas que confuso admiras,

Armas contrarias son á los Latinos,

Que nos rechazan con rebeldes iras.

Ver ansiamos á Evandro: á sus destinos

Unir los nuestros, con leales miras

Proponemos Dardanios principales.

Tal pedimos; tú lleva anuncios tales.»

XXV.

Pásmale el nombre que oye, y,«¡Vén conmigo!»

Palante dice, «vén, quienquier tú seas,

Donde hables á mi padre, y al abrigo

De mis Penates hospedado seas.»

Tómale de la mano, y como amigo

En las suyas retiene la de Enéas;

Y enselvándose juntos se desvían

Del Tibre, y hácia el Rey los pasos guian.

XXVI.

Manso á Evandro habló Enéas: «Ofrecerte

La verde rama de ínfulas vestida,

¡Oh el mejor de los Griegos! hoy la suerte

Me depara feliz. Ni me intimida

Arcade y jefe á tí de Dánaos verte

Y consanguíneo de uno y otro Atrida.

Hanme traido oráculos sagrados,

Y mi propio querer y el de los hados;

XXVII.

»Y tu fama tambien, que espacio luengo

Discurre por el mundo; y la lejana

Comun raíz que con tu raza tengo:

Padre y autor de la ciudad troyana,

Hijo Dárdano fué, nuestro abolengo,

De Electra (en Grecia tradicion anciana

Lo acredita); hija Electra fué de Atlante,

Que á cuestas lleva el fuego rutilante.

XXVIII.

»Mercurio, de otro lado, es vuestro abuelo,

Que de Maya gentil nacido un dia,

Por vez primera de la luz del cielo

Gozó en la cumbre de Cilene fria;

Y, si ya sin incrédulo recelo

En arraigada tradicion se fia,

Hija Maya es de Atlante, el mismo Atlante

Que á cuestas lleva el cielo rutilante.

XXIX.

»Así un tronco en dos vástagos se parte,

Y una sangre tenemos. Con legados

No me anuncié, por eso, ni con arte

Pretendí tu amistad tentando vados;

Mas yo mismo en persona, aquí á obligarte

Ocurro al corazon de tus Estados.

Y es comun nuestro honor: la Daunia gente

Tú y yo tenemos enemiga enfrente.

XXX.

»¿Y quién no ve que si ella nos extraña,

El territorio entero á la coyunda

Humillará de su arrogante saña,

Y el mar que á Hesperia superior inunda

Suyo será, y el que inferior la baña?

Mutua fe dos ejércitos confunda:

Por mí, aporto á la union de ambos pendones,

Sufridos y valientes corazones.»

XXXI.

Habló Enéas: Evandro larga pieza,

Miéntras hablaba, con afan prolijo

Mírale de los piés á la cabeza,

Y «¡Oh el más valiente de los Teucros!» dijo:

«¡Con qué placer (pues con cabal certeza

Quién eres contemplándote colijo)

Te doy mis brazos! En tu faz, tu acento

Miro á tu ilustre padre, á Anquíses siento.

XXXII.

»Yo recuerdo que á Hesíone su hermana

Visitando, y su corte, en Salamina,

Por la Arcadia pasar, de nieves cana,

Príamo quiso. Con su flor divina

Me arrebolaba juventud temprana.

¡Cuánto á la comitiva peregrina

Admiré entónces! Mas Anquíses era

Entre nobles figuras la primera.

XXXIII.

»Yo hablarle y estrechar su mano ansiaba,

Jóven el alma y de entusiasmo henchida;

Llegué, y al muro que el Feneo lava,

Oficioso llevéle. A su partida

Licias saetas y una insigne aljaba

Y una clámide de oro entretejida,

Y dos frenos me dió, tambien de oro,

Que hoy de Palante son gala y tesoro.

XXXIV.

»En fin, cual lo pedís, la mano mia

Os doy en prenda de amistad sincera.

Y á fe que al primo albor del nuevo dia

Ireis con los auxilios que mi esfera

Consiente. Con partícipe alegría

(Pues dilatarlo más delito fuera)

A celebrar en tanto yo os convido

Este anual sacrificio interrumpido.

XXXV.

»Y desde hora á un festin y á unos altares

Mostraos á concurrir á nuestro lado.»

Dijo; alejados vasos y manjares

Pide; céspedes da de herboso estrado

Por sillas á los nuevos auxiliares;

Y á Enéas en lugar privilegiado

Rústico solio de arce y piel lanuda

De soberbio leon, brindar no duda.

XXXVI.

Y jóvenes selectos, y del ara

Canos ministros, traen en seguida

Entrañas que el divino fuego asara,

Cestas do con su dón Céres convida,

Tazas do su caudal Baco depara.

Enéas y su guardia, allí tendida,

Lomos de un buey entero, trozos hacen,

Y consagrados intestinos pacen.

XXXVII.

Calmada el hambre, que ávida devora,

Evandro dijo así: «No rito vano,

No vil supersticion, despreciadora

De antiguos dioses, fué, huésped troyano,

Quien el solemne altar que ves ahora

Y estas mesas alzó por nuestra mano;

Fué justa gratitud: piadoso culto

Rendimos, salvos ya de fiero insulto.

XXXVIII.

»¿Ves esa roca en peñas sustentada

Y tanta piedra en torno desparcida,

Y desierta del monte la morada?

¿El estrago no ves que en su avenida

Hicieron recias moles? Tu mirada

Contempla la recóndita guarida,

El antro hondo de quien huésped era

Caco, mitad humano, mitad fiera.

XXXIX.

»No visitó su lóbrego recinto

El sol: siempre de víctimas recientes

Estaba el suelo con la sangre tinto;

Y en las puertas terríficas pendientes

Gustaba ver su criminal instinto

Torvas cabezas. De su boca ardientes

Humos lanzaba, de Vulcano prole

El monstruo, al menear su inmensa mole.

XL.

»Trayéndonos, al fin, un sér divino,

El tiempo coronó nuestro deseo:

Máximo vengador, despues que al trino

Gerïon humilló, con el trofeo

Riquísimo ufanado, Alcídes vino

Rigiendo en victorioso pastoreo

Ganado hermoso, y vímosle guialle

A par de este almo rio, en este valle.

XLI.

»Cuatro toros proceros, porque nada

Sin ensayar dejase en fraude ó crímen,

Y cuatro vacas hurta á la majada

Caco sagaz, y de su cueva al límen

Tíralos por la cola: revesada

La senda, huellas sin concierto imprimen;

Así, quienquiera que á buscarlos pruebe,

Rastro no habrá que á término le lleve.

XLII.

»Entre tanto á partir apercibido,

Amenazaba Alcídes su ganado

Repleto asaz, que con mayor bramido

Ya aqueste deja atras, ya aquel collado:

Estremece los bosques el gemido

Por quejumbrosos ecos dilatado,

Y una novilla en la caverna honda

Da un gran mugido que á la grey responda.

XLIII.

»Así un lamento de la res esclava

La esperanza burló, turbó el sosiego

Del tirano raptor. En furia brava

Hércules todo enardecióse, y ciego

Arrebatando la nudosa clava,

A la cumbre del monte corre luégo;

Y por primera vez Caco en los ojos

Mostró terrores en lugar de enojos.

XLIV.

»Y huye, vuela al sagrado de su gruta

Más que el Euro veloz; de alas le dota

Los piés el miedo que la faz le inmuta:

Huye, y se esconde, la cadena rota

Que á la entrada suspende piedra bruta:

(Merced del padre, que en edad remota

Forjó los eslabones); y la puerta

El soltado peñon deja cubierta.

XLV.

»Murado el monstruo, el héroe que el camino

Le seguia, llegó de rabia insano;

Mira acá, torna allá, perdido el tino,

Los dientes cruje, y su furor es vano.

Él tres veces da vuelta al Aventino,

Tres veces él con vengadora mano

Entrada busca sin que modo halle,

Y tres rendido se sentó en el valle.

XLVI.

»El dorso coronando de la cueva

Hubo á dicha una roca agreste, aguda,

Que á los ojos altísima se eleva

De contornos simétricos desnuda:

Infausto alado ejército la aprueba

Porque á hacer nidos en su cumbre acuda;

Y ella propia hácia la onda tiberina,

Que á izquierda huyendo va, mira y se inclina.

XLVII.

»Fuerte y mañoso, por el diestro lado

Opuesto Alcídes al peñon, ensaya

Moverlo, y de raíz desencajado,

Ya sin que estorbos á sus fuerzas haya,

Empújalo: con eco prolongado

El aire en torno retumbó; la playa

Tiembla oprimida por la enorme piedra

Y medroso el raudal salta y se arredra.

XLVIII.

»En su palacio y lóbrega caverna

Caco al punto aparece á descubierto,

Cual si en su fondo la region inferna

Mostrase el suelo de repente abierto,

Y las sombras de aquella Noche eterna

Que aborrecen los Númenes, incierto

De luz un rayo penetrara, y ése

A los Manes de asombro estremeciese.

XLIX.

»Sorprendido en su cóncavo agujero,

Viendo la claridad que se derrama

Intempestiva á denunciarle, fiero

En modo inusitado Caco brama:

Tírale dardos Hércules ligero

Del borde, y armas en su auxilio llama

De toda especie, porque al monstruo oprima:

Ramos, disformes piedras le echa encima.

L.

»Ya perdida de fuga la esperanza,

Caco (¡nuevo prodigio!) en su defensa

Columnas de humo de las fauces lanza,

Y el ámbito entoldando en nube inmensa.

Roba á los ojos cuanto á ver se alcanza,

Y une fuego siniestro y sombra densa

En caótico horror. Mas sus ardides

No acobardaron el valor de Alcídes.

LI.

»Ántes él donde ve que más agita

Ondas el humo, y más su hervor enciende

El negro abismo, allí se precipita

Con salto audaz: entre sus brazos prende

Al que incendios inútiles vomita,

Y vigoroso le comprime, y hiende

Seca de sangre la feroz garganta

Y los hórridos ojos le quebranta.

LII.

»Y volcada la puerta, al claro dia

Las reses y rapiñas que el perjuro

Guardaba y pertinaz negado habia,

Salen: crece el concurso: al aire puro

Arrastran por los piés la mole fria;

Ni se hartan de mirar el rostro, el duro

Gesto, y pecho cerdoso cual de fiera,

Y extinta la garganta que fué hoguera.

LIII.

»Desde entónces, cual ves, el beneficio

Grata celebra en cada aniversario

Cada generacion. Autor Poticio

Fué del culto de Alcídes, y el Penario

Linaje guarda el religioso oficio.

Él puso en este hojoso santüario

Esa ara, que por máxima tenemos

Siempre, y siempre por máxima tendremos.

LIV.

»¡Ea! de hojas ceñida la cabeza,

Alzad los vasos y verted del vino,

Honrando, amigos, la feliz proeza,

É invocad todos á Hércules divino

Que á todos cubre con igual largueza.»

Dijo el Rey; y entre verde y blanquecino,

Caro, el álamo, al Dios, vistió las frentes

Con sombra circular y hojas pendientes.

LV.

Y llenando la diestra el cáliz santo,

Liban todos con rostro placentero,

Y á los Dioses invocan. Entre tanto

El Héspero, rodando el hemisfero,

Enciende su fanal. Y ya con manto

De piel, los sacerdotes (el primero

Poticio) marchan, por ritual costumbre

Llevando en hachas la sagrada lumbre.

LVI.

Renuévase el banquete: los presentes

De gratísimos dones y manjares

Segundas mesas cubren, y con fuentes

Rebosantes coronan los altares;

Y cercando las aras relucientes,

A entonar ya sus plácidos cantares

Los Salios van, á quien con sacro adorno

El álamo la sien guarnece en torno.

LVII.

De mancebos un coro, otro de ancianos,

De Hércules cantan los gloriosos hechos:

Cómo dejó con infantiles manos

Los dos gemelos áspides deshechos

Que envió su madrina; los troyanos

Cómo hundió luégo y los ecalios techos,

Y pruebas mil un dia y otro dia

Venció bajo agrio Rey y Diosa impía:

LVIII.

«Trajiste, invicto, al hierro de la muerte

Nubígenas biformes, Folo, Hileo:

Monstruos en Creta domeñaste fuerte,

Y entre sus rocas al leon Nemeo:

Tiemblan las aguas del Estigio al verte;

Y del Orco el guardian inmundo y feo

Tembló en su hórrido antro, donde allega

Huesos roidos que con sangre riega.

LIX.

»No se halló sombra que cejar te hiciera,

Ni áun Tifeo, y armado y corpulento,

Ni vió turbarse tu razon, la fiera

Hidra, al sitiarte con cabezas ciento.

¡Salve, prole de Jove verdadera!

¡Al coro divinal nuevo ornamento!

A los tuyos, aquí, y al sacrificio

Vén con fáciles pasos, vén propicio.»

LX.

Cantaba el coro así: la áspera roca

De Caco, en fin, su lóbrega guarida

Conmemora, y al monstruo, por la boca

Fuego arrojando, aliento de su vida.

Mueve el canto á la selva, y lo revoca

El eco por los montes. En seguida

Las sacras ceremonias ya acabadas,

A la ciudad dirigen las pisadas.

LXI.

A un lado el hijo, el huésped á otro lado,

Caduco en ambos sostenido iba

El buen Rey, y el camino el varïado

Hablar recrea. La mirada viva

Pasa de cosa en cosa, embelesado

Enéas con la amena perspectiva,

Y pide, á cada antiguo monumento,

Para ojos y oidos alimento.

LXII.

Y Evandro, rey que á alcázares romanos

Echó la basa, de este modo empieza:

«Oye: indígenas Ninfas y Silvanos

Poblaban de estos bosques la aspereza,

Y unos hijos de robles, medio humanos,

Ni á poseer hacienda, ni riqueza

Allegar avezados, ni á uncir bueyes:

Gentes duras, sin hábitos ni leyes.

LXIII.

»Cruda caza y el árbol más vecino

Nutríanlos. Saturno fué el primero

Que á esta region desde el Olimpo vino

De Jove huyendo el vengativo acero:

Destronado en el cielo, peregrino

En la tierra, el linaje aquél grosero,

Disperso en la selvática fragura,

Trajo á obediencia y á civil cultura.

LXIV.

»Lacio quiso llamar al suelo hesperio

Que dió refugio á su deidad latente;

Y vió bajo su sacro magisterio

Lucir de oro la edad la humana gente:

En paz ejerció el Dios su blando imperio,

Hasta que en cambio vino lentamente

Siglo ménos hermoso, germinando

Amor de lucro y ambicion de mando.

LXV.

»Al Lacio entónces las Ausonias gentes

Vinieron, y vinieron los Sicanos;

Y de nombre mudó veces frecuentes

La tierra de Saturno; y de tiranos

Fué regida: uno de ellos, el de ingentes

Miembros, Tíbris feroz; los Italianos

Trasladámos al Tibre su apellido,

Que antaño Albula fué: nombre perdido.

LXVI.

»Yo del país que vió rodar mi cuna

Fugitivo, á marítimos azares

Lancéme: omnipotente la fortuna

Y el hado incontrastable aquí mis lares

Plantaron de raíz. Con oportuna

Inspiracion Apolo en altos mares,

Y mi madre Carmenta con tremenda

Profética leccion, me abrieron senda.»

LXVII.

Dice; y andando, al rey de los Troyanos

Señala el ara y puerta que, en memoria

De aquella Ninfa que explicando arcanos

El arte ejercitó divinatoria,

Carmental apellidan los Romanos:

Ella de los Enéadas la gloria

Profetizó sobre el país latino,

Y el futuro esplendor del Palatino.

LXVIII.

Y el bosque ingente enséñale que un dia

Tornó en asilo Rómulo guerrero;

Y el Lupercal bajo la roca fria,

Así nombrado como Pan lobero

Por costumbre que entre Árcades regía;

De Argos, su huésped, cuenta el caso fiero,

Y de Argileto el sacro umbroso abrigo

Muestra, y toma el paraje por testigo,

LXIX.

Y la roca Tarpeya, en el camino,

De ahí, y el Capitolio Evandro enseña,

Hoy mole rica y oro peregrino,

Mustio collado ayer y áspera breña:

Aun entónces el vulgo campesino

Reverenciaba el bosque y tosca peña,

Tocado ya del religioso miedo

Que reina del sagrado sitio en ruedo.

LXX.

«¿Ese collado ves, que señorea

Frondosa cima?» dice Evandro; «mora

En ese bosque una deidad; cuál sea

El misterioso Dios sólo se ignora:

Al mismo Jove ya, cuando menea

La negra egida en diestra vengadora

Y á tempestad el cielo todo mueve,

Jura haber visto no una vez la plebe.

LXXI.

»Repara luégo este y aquel anciano

Monumento; esparcidos los pedrones

Contempla: ves reliquias de lejano

Imperio y de antiquísimos varones.

Una fundó Saturno y otra Jano

De esas dos arruinadas poblaciones;

Janículo por ello ésta se nombra,

Y Saturnio apellido á aquélla asombra.»

LXXII.

Hablan; y ajena al esplendor del oro

Tienen delante la rëal morada;

Y donde asombran hoy Romano Foro

Y espléndidas Carenas, ven manada

Tranquila vagueando, y manso toro

Oyen mugir. Evandro, ya á la entrada,

«Pasando estos umbrales,» dijo, «Alcídes

Bajó la frente victoriosa en lides.

LXXIII.

ȃl tuvo por palacio el hogar mio:

Anímate, y tú mismo á un Dios te iguala;

Tesoros menosprecia, y sin desvío

Vén, huésped bueno, á una mansion sin gala.»

Dice; y entrando, con afecto pio

Da á Enéas corpulento estrecha sala,

Y en un lecho de hojas le reposa

Con piel cubierto de africana osa.

LXXIV.

Rueda entretanto, y con su sombra parda

La noche abraza al mundo. Y Vénus bella,

Que á punto mira de que en guerras arda

Laurento, el azorado afan que en ella

Trabaja, ya no enfrena, y más no tarda,

Y en el lecho de oro donde sella

Vulcano su aficion, frases enhila

En que miel de divino amor destila:

LXXV.

«Cuando Ilïon sin esperanza alguna

Dilataba tan sólo su caida,

Y más que de altos reyes, de Fortuna

Iba á ser Troya en llamas destruida,

No á tí para los tristes, importuna

Pedí entónces, esposo de mi vida,

Armas; en ejercicio de tu arte

No quise inútilmente fatigarte.

LXXVI.

»Callé prudente, aunque debia tanto

De Príamo á los hijos, y á menudo

De Enéas los esfuerzos, no sin llanto,

Vi frustrarse. Hoy que al fin llegar él pudo

Con el favor de Jove, ¡oh númen santo!

Al país de los Rútulos, yo acudo

Á tí, yo á tí mis súplicas dirijo;

Y madre, armas te pido para un hijo.

LXXVII.

»Vencerte supo la hija de Nereo

Y con su llanto la Titonia esposa;

¡Y yo...! ¿Esas gentes que en marcial arreo

Hierros forjan, en liga poderosa

Ves? ¡En muros cerrados yo las veo

Mi ruina maquinar!» Habló la Diosa,

Y con sus brazos de aparente nieve

Blanda al lento marido ciñe y mueve.

LXXVIII.

En medio del letargo, de repente

Recibe el Dios la conocida llama,

Y el calor que le llaga dulcemente

Rápido por sus huesos se derrama:

Así cuando en relámpago fulgente

La ennegrecida atmósfera se inflama,

Con lumbre devorante cruza inquieta

El seno de las nubes ígnea grieta.

LXXIX.

Cuánto el poder de su hermosura obliga

Conoció Vénus en el buen suceso

De la añagaza. Respondióle, en liga

De inacabable amor Vulcano preso:

«De argüir con recuerdos, la fatiga

Excusa; ¿en mí no fias? Si ántes eso

Que hoy piensas, me dijeses, los Troyanos

Armas, Diosa, llevaran de mis manos.

LXXX.

»Ni Jove omnipotente ni el Destino

Á Troya ni á su Rey negado habria

Vivir diez años más. Y pues te vino

En gustos hoy guerrear, y hay tal porfía,

Cuanto con hierro ó con electro fino

Labrar es dado, cuanto el arte mia

Consigue laboriosa, cuanto puedo.

En suma, concederte, lo concedo.

LXXXI.

»El aire y fuego me obedece: en duda

No pongas la eficacia de tu ruego;

Todo lo alcanza, y mi poder te ayuda.»

Así razona cortésmente, y luégo

Rendido á la beldad Vulcano anuda

Los vínculos de amor, de amores ciego,

Y dichoso en los brazos de su dueño

Se deja poseer de un manso sueño.

LXXXII.

Cual matrona obligada que granjea

Con la rueca y labores delicadas

El sustento á la vida, la tarea

Al desvelo añadiendo, aletargadas

Cenizas se alza á reanimar, y emplea

En la obra á la lumbre sus criadas,

Y así el lecho que el cónyuge le fia

Guarda sin mancha, y los hijuelos cria;

LXXXIII.

No ménos listo y á la misma hora

(Cuando va en la mitad de su carrera

La Noche, y al alado Sueño azora,

Gustada apénas la quietud primera),

Del estrado en que Vénus le enamora

Alzase el Dios que sobre el fuego impera,

Y del cielo á la tierra en que trabaja,

Vulcania en nombre y obediencia, baja.

LXXXIV.

Esta á la eolia Lípara se arrima

Y á la sícula costa, isla ardua: humea

De riscos erizada: en honda sima

Truena la ancha caverna ciclopea,

Etna nuevo que el negro oficio lima:

Golpe duro los yunques martillea;

El candente metal no da sosiego,

Zumba el aire, en la fragua aceza el fuego.

LXXXV.

Bronte, Esteropo y Piracmon desnudo,

Ciclopes esforzados, á porfía

En la vasta oficina un rayo agudo,

De aquellos que en ardiente lluvia envía

Jove del alto Olimpo al orbe mudo,

Fabricaban. El rayo aparecia,

Al arribo del Padre ignipotente,

Pulido en parte, en parte deficiente.

LXXXVI.

Tres dardos de granizo en la obra bella,

Tres de agua etérea, tres de alado viento,

Tres de fuego que fúlgido destella,

Mezclado habian; y en aquel momento

Tonante voz, terrífica centella

Añadian, y sordo aturdimiento

E incendio vengador. En otra parte

Ruedas labran prestísimas á Marte:

LXXXVII.

Ruedas labran al carro en que alborota

Al mundo el Dios que guerras siembra y llamas;

Y á Pálas más allá, broquel y cota

En que esplenden auríferas escamas,

Tersan tambien, donde el que mira nota

De hidras feroces peregrinas tramas

Y, apto á que el pecho á la deidad defienda,

Segado vulto de mirada horrenda.

LXXXVIII.

«Alzad,» dijo llegando el Dios herrero,

«Cuanto empezado habeis, Ciclopes mios;

Alzad; y atentos escuchadme: quiero

Armas para un varon de grandes bríos.

Manos pujantes y exquisito esmero

Aquí todos poned, y aquí lucíos

De magistral destreza haciendo alarde:

Sús! la obra empiece, y en salir no tarde!»

LXXXIX.

Dice; y al punto la labor partida,

A ella corren con ímpetu ligero:

Bullen torrentes de oro; se liquida

En la ancha fragua el llagador acero:

Y escudo ingente, impenetrable egida

Que contraste al latino campo entero,

Al paladino los Ciclopes trazan

Con siete discos que entre sí se abrazan.

XC.

Cuáles, en medio á la comun fagina,

Suenan los sopladores fuelles; cuáles

Zabullen en el agua allí vecina

Con estridor fogoso los metales:

Gime de heridos yunques la oficina:

Alzando con gran fuerza el brazo, iguales

Alternos golpes dan; tenaza emplean

Mordaz, y el hierro sin cesar voltean.

XCI.

En tanto que así brega el buen Vulcano

En su antro humoso, en su tranquilo lecho

La luz bendita y gorjear temprano

De las aves que triscan en el techo

A Evandro despertaban. El anciano,

La túnica vistiendo al fuerte pecho,

El nuevo dia á saludar se alza;

Las sandalias tirrenas ciñe y calza;

XCII.

Del hombro abajo acomodar no olvida

Al cinto puesta la tegea espada,

Y del izquierdo lado desprendida

Tercia una de leopardo piel manchada;

Y ya dos canes que en su guarda cuida

Y parejos anuncian su llegada,

No bien de su alto nido los umbrales

Ha traspuesto, con él saltan leales.

XCIII.

De las habidas pláticas, no en vano

Recuerda el prometido contingente

El Rey, y con su huésped mano á mano

Anhela de partir secretamente.

Pues no ménos que el Arcade, el Troyano

Madrugador anduvo y diligente:

Hace á Enéas Acátes compañía;

Evandro con Palante el paso guía.

XCIV.

Ya las diestras se estrechan; ya convida

El uno al otro á la interior morada;

Siéntanse en soledad apetecida,

Y así el Rey empezó con voz pausada:

«¡Oh ilustre capitan, que á nueva vida

Alzas contigo tu nacion postrada!

No por mi fama y por las glorias tuyas

Grande el auxilio que te ofrezco arguyas.

XCV.

»Flaco es nuestro poder; que de una parte

Jurisdiccion nos quita el tusco rio;

De otra, el Rútulo audaz con fuerza y arte

Brama en torno á los muros. Mas yo fio

Con un pueblo magnánimo asociarte,

Fuerte en recursos y apazguado mio:

Propicia la ocasion te anuncia bienes;

Al llamamiento de los hados vienes.

XCVI.

»De aquí trecho no grande Agila dista,

Ciudad fundada en secular cimiento,

Que de la Lidia gente fué conquista

Cuando en montes de Etruria hizo ella asiento,

De armas que suele el triunfo honrar, provista.

Años muchos de paz tuvo y contento,

Hasta que al rey Mezencio dar le plugo

Muestras de amo cruel y atroz verdugo.

XCVII.

»¿Quién sus maldades hay que en fiel trasunto

Describa? ¡Mal contadas al tirano

Le sean, y á sus hijos! Á un difunto

Cuerpo atar le era fiesta un cuerpo sano,

Diestra con diestra, el rostro al rostro junto,

(¡Oh de martirizar modo inhumano!)

Y en duro abrazo y entre inmunda baba

Así á un mezquino muerte lenta daba.

XCVIII.

»Alzóse un dia armado el pueblo: afronta,

Cansado de sufrir, al Rey: su casa

Sitia, hervidero de maldades: pronta

Muerte á los suyos da: ya el techo abrasa

El fuego, que enojado se remonta.

En medio del estrago huye él, y pasa

Al campo de los Rútulos: le asila

Turno, y el hierro en su defensa afila.

XCIX.

»En justa indignacion toda se enciende

Etruria, y de rebato á la cuchilla

El cuello criminal traer pretende.

Tú á esos miles de bravos acaudilla,

¡Oh Enéas! te abriré camino; atiende:

Empavesada hervia ya en la orilla

La densa escuadra, cuando oyó de un viejo

Arúspice el fatídico consejo:

C.

«¡Meonia juventud, flor y corona

»De antigua raza! Apruebo que á Mezencio

»Siga el justo furor que le destrona,»

Dice, «mas en Italia no hay, sentencio,

»Tan gran pueblo á vencer, capaz persona;

»Buscad jefe extranjero!» Hondo silencio

Al divino pronóstico sucede,

Y aterrado el Etrusco retrocede.

CI.

»Hoy la acampada hueste á mí se fia:

Cetro, diadema, insignias imperiales

Con legados aquí Tarcon me envía,

Y que vaya me pide á sus rëales

Y ejército gobierne y monarquía.

Flojas mis fuerzas son á empresas tales,

Flacos mis hombros á tan grave carga,

Fria é inerte senectud me embarga.

CII.

»Y no á Palante en mi lugar envío;

Que en lo extranjero no es cabal; sabina

Madre altera su orígen. Esto, y brío

Juvenil, tienes tú, y una divina

Voz te llama. No tardes, huésped mio;

¡A su gloria dos pueblos encamina!

Yo este buen hijo, de mi edad caduca

Gloria y solaz, te allego; tú le educa.

CIII.

»Edúcale en las armas: tú dechado,

Tú en armas le serás ejemplo y guia:

Aprenda desde mozo á ir á tu lado,

Paciencia ejercitando y valentía.

Jinetes además, lo más granado,

Te doy doscientos de la gente mia;

Y otros doscientos de ánimo arrogante

En nombre suyo aportará Palante.»

CIV.

Dijo. Enéas sin voz, sin movimiento,

Y Acátes, duda amarga, triste idea

Revuelven en el alma. En tal momento

Dales á cielo abierto Citerea

Clarísima señal. El firmamento

Con subitáneo estruendo centellea,

Y que cruje parece y se derrumba,

Y de tirrena trompa el eco zumba.

CV.

Alzan los ojos: se oye el estallido

Otra vez y otra, y por region serena

Ven en convoy de nubes conducido

Un haz de armas lumbrosas, y que suena

Sienten de léjos el metal herido.

Pásmanse todos. Mas la voz que truena

Conoce Enéas, y que cumple, entiende,

Vénus su alta promesa y le defiende.

CVI.

«No escrutes, noble valedor,» exclama,

«El prodigioso agüero; en mí confía:

Esa voz del Olimpo á mí me llama;

Es fausto anuncio que mi madre envía,

Mi madre, alta deidad. Cuando la llama

Marcial prendiese, me ofreció daria

Esa señal: su protectora mano

Armas me trae que forjó Vulcano.

CVII.

»¡Y oh qué gran mortandad miro presente

Al malhadado campo Laurentino!

Al polvo, Turno, inclinarás la frente;

¡Y tú cuánto broquel, Tibre divino,

Cuánto yelmo darás en tu corriente,

Y derribado cuerpo al mar vecino!

¡Vengan ahora á desplegar sus haces;

Vengan, y rompan las juradas paces!»

CVIII.

Dice; y del alto solio se levanta:

El muerto fuego á Alcídes consagrado

Devoto anima sobre el ara santa;

Al Lar despues, la víspera obsequiado

Y á los Penates húmiles la planta

Mueve: Evandro y los Teucros, lado á lado,

Por fuero y religion inmemoriales

inmolan escogidos recentales.

CIX.

Encamínase luégo hácia las naves

El dux troyano á revistar su gente:

Para la dura guerra y trances graves

Lo más lucido elige y más valiente:

En blando flote y vueltas van süaves

Los otros, á merced de la corriente;

Con éstos enviar al hijo quiso

De sí mismo y su empresa fausto aviso.

CX.

La marcha, al par, terrestre se acelera:

Caballos danse al héroe y su mesnada;

La alfana que á él le traen cubre entera

Piel de leon roja de uñas de oro armada.

Ya la exigua ciudad sabe y pondera

Que al Rey tirreno vuela una brigada:

Doblan votos las madres: creces toma

Al susto el riesgo; inmenso Marte asoma.

CXI.

Al hijo estrecha el Rey, su mano asida,

Y «¡Oh! hiciérame volver favor celeste

A los pasados años de mi vida,

Cuando eché á tierra la primera hueste»—

Dice en larga llorosa despedida—

«Aquí mismo, en el valle de Preneste,

Y los escudos de las rotas filas

Quemé triunfante en levantadas pilas!

CXII.

»Á Herilo allí, descomunal guerrero,

Tumbó esta diestra al Tártaro profundo:

De su madre Feronia (¡caso fiero!)

Tres formas recibió viniendo al mundo:

Rey de alma triple y desdoblado acero,

Muerto un tronco, quedábale el segundo

Y otro despues. Mas á los golpes mios

Rindió sus armas y agotó sus bríos.

CXIII.

»Fuese así, no á mis brazos te arrancaras,

Buen hijo; ni insultando la frontera

Con mengua mia, tantas vidas caras

Mezencio criminal segado hubiera;—

¡Desolada ciudad, no así lloraras!...

Vosotros, ¡oh! de superior esfera

¡Dioses! ¡gran Jove, reinador supremo!

A vuestro númen recurrir no temo.

CXIV.

»¡Oh! ¡del árcade Rey el desconsuelo

Os mueva á compasion, y de un anciano

Padre las preces escuchad! ¡Si el Cielo

Ha de volverme mi Palante sano;

Si él algun dia alegrará mi duelo;

Si firme unirle á mí no espero en vano,

El término alargad de mi partida:

Trabajos sufriré; quiero la vida!

CXV.

»Mas si un hado cruel fúnebres lazos

Á mi esperanza tiende y mi deseo,

Lícito sea fenecer los plazos

De esta mísera vida, hora que áun veo

Incierto lo futuro, y que en mis brazos

Te tengo, hijo, y en verte me recreo,

¡Tú, tan tarde gozado y tan querido!

Nunca nueva fatal hiera mi oido!»

CXVI.

Tal sus adioses últimos plañia

El Rey; y enajenado de sentido,

En brazos sus criados á porfía

Le restituyen al desierto nido.

Y sale la veloz caballería

Por las abiertas puertas con rüido:

En primer línea Enéas va y Acátes;

Otros siguen en pos teucros magnates.

CXVII.

Con rica sobreveste gallardea

Ostentando en sus armas sus blasones

Entre todos Palante: así campea

El lucero que en líquidas regiones

Se baña, cuyo fuego Citerea

Ama sobre el de cien constelaciones,

Cuando su faz divina alza en el cielo

Y rasga de la triste noche el velo.

CXVIII.

Desde el muro las madres aterradas

Ven las nubes de polvo cuál se extienden,

Y siguen con atónitas miradas

Las bandas que con tanto acero esplenden.

Por desechas de zarzas erizadas,

Abreviando camino, armados hienden,

Y en escuadron que clamoroso cierra

Galopando á compas baten la tierra.

CXIX.

Cabe el helado Ceretano rio

Hay un gran bosque; y mucho negro abeto

Que alturas forma en torno, hácele umbrío;

Le consagró tradicional respeto.

Es fama que á Silvano, númen pio,

Apropiaron aquel lugar secreto

Los antiguos Pelasgos, los primeros

Que ocuparon del Lacio los linderos:

CXX.

El sitio al Dios de campos y ganados

Le dedicaron, y un solemne dia.

No léjos de estas selvas sus soldados

Tarcon apercibidos guarecia;

Y podíase ya de los collados

Altivos, contemplar en lejanía

La legion que en los llanos acampaba,

Y dónde empieza, ver, y dónde acaba.

CXXI.

Al bosque ameno acuden, que recrea

La fatiga á caballo y caballero.

Vénus que á la sazon, radiante Dea,

En voladora nube el dón guerrero

Traia al paladin, no bien le otea

Cabe el frio raudal, solo y señero

En un repuesto valle, ante él parece,

Y la hadada armadura así le ofrece:

CXXII.

«Cata, hijo, aquí las armas inmortales

Que sola de mi esposo el arte traza:

Las prometidas armas con las cuales

Arrostrarás de Turno la amenaza

Y el soberbio furor de sus parciales!»

Dice, y al hijo Citerea abraza,

Y de una encina al pié, que estaba enfrente,

Deposita el arnes resplandeciente.

CXXIII.

Reconocido el adalid y ufano

Por la honra excelsa y recibida gracia,

El tesoro contempla soberano

Y la vista sobre él gozosa espacia:

Las piezas, ya en el brazo y ya en la mano,

Revuelve, y de mirarlas no se sacia:

La espada incontrastable, la garzota,

El yelmo aterrador que incendios brota.

CXXIV.

Ya en la enorme loriga brilladora,

Recia en el bronce, en el matiz sangrienta

Como nube cerúlea á quien colora

Fogoso el sol, los ojos apacienta;

Ya de las pulcras grevas se enamora,

De electro y oro que al más fino afrenta;

La lanza admira, y el labrado escudo,

Que humano idioma describir no pudo.

CXXV.

Los ítalos orígenes, las glorias

En él grabó de la romana gente,

No desconocedor de las historias

Venideras, el Dios ignipotente:

De Ascanio y su linaje las victorias

Dispuso de uno en otro descendiente,

Y tanta famosísima batalla,

Quien contempla el escudo, en órden halla.

CXXVI.

Allí el antro de Marte se descubre,

De una parida fiera verde alcoba:

Dos risueños rapaces, que el salubre

Sustento solicitan de la loba,

Cuélganse en torno á la materna ubre;

Y ella con mansa lengua los adoba,

Ya á éste volviendo en su comun cariño

La robusta cerviz, ya al otro niño.

CXXVII.

Viene tras esto la naciente Roma;

Y las sabinas asaltadas, tales

Aparecen allí como las toma

La ocasion de los juegos Consuales;

Y nueva guerra y súbita, que asoma

De Rómulo á la vez á los parciales,

Y á los Curites y al anciano Tacio,

Pueblo viril de corazon rehacio.

CXXVIII.

Con sus armas, y en pié, y allí cercanos,

Depuestas ya las mutuas amenazas,

Ambos reyes ostentan en las manos

De Jove ante el altar sagradas tazas;

Una cerda que inmolan cual hermanos

Acredita la union de entrambas razas;

Y de Rómulo brilla recien hecho

Tosco palacio de pajizo techo.

CXXIX.

Luégo en diversas direcciones Mecio

De rápida cuadriga por el llano

Arrebatar se mira;—así en desprecio

No tuvieses tu fe, mísero Albano!—

Arrastrar al follon (¡castigo recio!)

Manda implacable el vencedor romano;

Y entre zarzas pasando y entre abrojos

Rastro dejan de sangre los despojos.

CXXX.

Tú, Pórsena, á tu vez, por el proscrito

Tarquino instando, la ciudad bloqueas;

Y ya de libertad corren al grito

Espadas á blandir nietos de Enéas:

En el ceño el furor llevas escrito,

Y que amagas advierto, como veas

Que osó el puente hundir Cócles, y que libre

Clelia ya de prision, trasnada el Tibre.

CXXXI.

En lo alto del escudo está presente

Manlio, guardian de la Tarpeya roca,

Que en defensa del templo, el eminente

Capitolio ocupando, se coloca;

Y vese allí que de la Gala gente

Que á los umbrales en silencio toca,

Volando avisa con clamor sonoro

Argénteo ganso en pórticos de oro.

CXXXII.

Entre matas la hueste avanza artera,

Y ya de aquella deseada altura,

Ya casi entre las sombras se apodera,

Dádiva todo de la noche oscura:

Les luce de oro á par la cabellera,

De oro abunda la gaya vestidura.

Y el blanco cuello, que á la leche iguala,

Ciñe, de oro tambien, maciza gala;

CXXXIII.

Y llevando ante sí largos escudos,

Blande cada uno doble dardo alpino.

El de Salios danzantes, y desnudos

Lupercos, á este grupo está vecino:

Señálanse los ápices lanudos

Y el ancil sacro que del cielo vino;

Y matronas, que insignias venerandas

Honestas llevan en carrozas blandas.

CXXXIV.

El mundo de las penas, la alta boca

Del Tártaro tambien la arte divina

Grabó léjos de allí. Tú de una roca

Que amenazando está siempre rüina,

Apareces pendiente, y la ira loca

Temblando de las Furias, Catilina.

Más allá de los justos las mansiones,

A quien dicta Caton sábias lecciones.

CXXXV.

En medio á estas escenas, mar hinchado,

Un piélago de oro se dilata,

Que en vivo movimiento simulado

Copos de espuma albísimos desata:

En círculo nadando dilatado

Tersos delfines de luciente plata

Girando van, y con alzadas colas

Barrer parecen las hirvientes olas.

CXXXVI.

Cautiva en medio al ponto las miradas

De Accio el conflicto, el próximo remate

Incierto aún: en órden las armadas

Con férreas proas van; hierve Leucate:

Sus ítalas legiones arriscadas

Conduce Augusto César al combate;

Yérguese en popa; el Pueblo y el Senado

Tiene, y los Dioses de la Patria, al lado.

CXXXVII.

Yérguese en la alta popa: fuego alienta

Radiante cada sien; su coronilla

La estrella Julia fúlgida sustenta.

Agripa, que sus tropas acaudilla,

Enhiesto en otra parte se presenta:

Dioses y vientos le cortejan: brilla

Sobre su frente la rostral corona

Que navales hazañas galardona.

CXXXVIII.

Allí Antonio á su vez bárbara hueste

Manda, con vario militar arreo:

Triunfante la region que la celeste

Aurora ilustra y piélago Eritreo

Ha dejado, y ejércitos del Este

Trae: al Egipcio acompañarle veo,

Y al remoto Bactriano; y (¡mancha odiosa!)

Tambien le sigue forastera esposa.

CXXXIX.

Precipítanse á un tiempo las galeras

Hácia alta mar; y cúbrenla de espuma

Revolviéndola toda, las guerreras

Proras y remos con violencia suma.

Ver bogando las Cícladas creyeras

O montes que, éste á aquél, cayendo, abruma;

¡Tanto estrechan la lid! ¡con mole tanta

Un torreado buque á otro quebranta!

CXL.

Volante hierro y encendida estopa

Caen doquier: la atroz carnicería

En sangre el campo de Neptuno arropa.

Con el egipcio sistro desafía

Cleopatra; y, armados en su popa,

A Anúbis labrador, y á cuantas cria

Feas deidades su país, reserva

Contra Neptuno y Vénus y Minerva.

CXLI.

Ella mirar no ha osado todavía

Los dos zagueros áspides. En tanto

Arde Mavorte en medio á la porfía,

Tallado en hierro; y esparciendo espanto

Bajan tras él por la region vacía

Las Furias: corre con rasgado manto

Riendo la Discordia; y hiere al viento

Belona en pos con látigo sangriento.

CXLII.

Apolo Accio, que dudoso mira

El trance, desde lo alto el arco tiende;

A Indo y á Egipcio horror mortal inspira:

El Árabe, el Sabeo fuga emprende;

Todos vuelven espaldas á su ira.

Ni á más la Reina espavorida atiende:

Ya, ya jarcias afloja, da la vela,

Vientos convida, por el golfo vuela.

CXLIII.

Grabó á la triste el Dios ignipotente

Con el Yápiga huyendo, á quien invoca

Entre el estrago, pálida la frente

Al soplo de la muerte que la toca;

Y puso al caudaloso Nilo enfrente,

Que abriendo en su dolor séptupla boca,

A su seno cerúleo y honda cama

Con suelta ropa á los vencidos llama.

CXLIV.

Y luégo en triple triunfo á los romanos

Muros César avánzase opulento:

Máximos á los Dioses italianos

Santuarios fundar tres veces ciento

En Roma, ofrece, y sus alzadas manos

Expresan el eterno juramento.

Y plazas vense y calles en festivas

Danzas bullir y en jubilosos vivas.

CXLV.

Tiene aras cada templo, y centenares

Reune de matronas: sacrifica

Reses el sacerdote en los altares.

César, de Febo en la albicante y rica

Entrada, las ofrendas populares

Reconoce, á las puertas las aplica;

Y ante él desfilan las vencidas gentes

En veste, armas y lengua diferentes.

CXLVI.

Allí el Nómade, el Áfrico, á ligeros

Trajes usado; y Lélegas en fila

Vense, y Carios allí; diestros arqueros

Los Gelones; Eufrátes, más tranquila

Su corriente arrastrando; y los postreros

Morinos; y el que doble cuerno estila,

Reno undoso; y los Dahas renuentes,

Y Aráxes, no enseñado á sufrir puentes.

CXLVII.

Tales asuntos el sin par Vulcano

En el escudo figurado habia.

De su madre el obsequio soberano

Contempla el paladin, y se extasía

En sus primores; con anhelo vano

Enigma tanto descifrar porfía,

Y de futuros nietos y de Roma

Gloria y poder sobre sus hombros toma.

LIBRO NONO.

I.

Miéntras Fortuna en el etrusco suelo

En tal manera los sucesos guia,

Hácia el osado Turno desde el cielo

Juno, hija de Saturno, á Íris envía.

En el bosque de un valle que el abuelo

Pilumno consagró, Turno yacia,

Y así empiézale á hablar puesta delante,

Con róseos labios la hija de Taumante:

II.

«Lo que deidad ninguna, por corona

A humano ruego, prometer osara,

Por sus pasos el tiempo te ocasiona,

Turno, y ansa de triunfos te depara:

Sus proyectados muros abandona,

Y flota y compañeros desampara

Enéas, y de Evandro palantino

Al poder y amistad tienta camino.

III.

»Y áun más: en las etruscas poblaciones

Penetra, incita la nacion tirrena,

Levas hace de rústicos peones.

Corta demoras tú: sazon es buena

Para armar carros, para uncir trotones;

¡Vé, y su campo turbado desordena!»

Dice, y huyendo con parejas alas,

Entre nubes de su arco abre las galas.

IV.

Conocióla el mancebo, tiende iguales

Las manos á la vírgen, y en su vuelo

Léjos la sigue con palabras tales:

«¡Íris, nuncia gentil, joya del cielo!

¿Quién así de los cercos siderales

Envuelta en nubes te redujo al suelo?

¿Qué imprevista estacion? ¿qué cambio es éste?

Aléjase la bóveda celeste,

V.

»Y en el éter erráticas estrellas

Contemplo. Ya el belísono mandato

Que con agüero de esplendores sellas,

Quienquier tú fueres, obediente acato.»

Dice, á las aguas se encamina, y de ellas

Toma en las palmas, y á los Dioses grato

Sus nombres invocando muchas veces,

Hinche la esfera de devotas preces.

VI.

Ya las armadas tropas á porfía

Marchando en los abiertos campos veo,

Ufanas con veloz caballería

Y ricas de oro y de vistoso arreo:

Mesapo las primeras haces guia;

Las últimas, los hijos de Tirreo:

En medio alto adalid Turno campea,

Y á todos corpulento señorea.

VII.

Así el Gánges en plácida creciente

En siete brazos silencioso fluye;

Y el Nilo, cuando á su álveo la corriente,

Con que inunda los campos, restituye,

Así avanza tambien calmosamente.

Ya la nube de polvo que circuye

Al ejército, han visto los Troyanos

Negra formarse en los tendidos llanos.

VIII.

Y de frontero alcor así el primero

Gritó Caíco: «¿Á quién horror y grima

No pondrá, ciudadanos, ese fiero

Tenebroso turbion que se aproxima?

¡Sús! ¡dardos hay aquí! ¡venga el acero!

¡Y á los muros trepemos, que está encima

El enemigo!» Y con clamor ingente

Cierra las puertas la troyana gente.

IX.

Que Enéas, sabio capitan, el dia

Que partió, de apariencias lisonjeras

No fiarse jamás mandado habia,

Ni salidas hacer: que las trincheras

Guardasen, dijo, con tenaz porfía.

Sus puestos á ocupar corren ligeras

Las armadas legiones; y es en vano

Que ira en contra y pudor se den la mano;

X.

En vano, que encendida en ellos arda

La muchedumbre por lanzarse: cuida

De obedecer primero, y densa aguarda

Y firme en huecas torres la avenida.

Turno, en tanto, á su hueste en pasos tarda,

Adelántase audaz, suelta la brida,

Con veinte caballeros de alta cuenta,

E improviso ante el muro se presenta.

XI.

Sobre un corcel de Tracia lozanea

Que blancas manchas luce; cresta roja

Sobre el dorado morrïon ondea.

«¿Quién de vosotros, á mi ejemplo, enoja

Con fiero reto á los contrarios? ¡Ea!»

Dice, y blandiendo un dardo, alto le arroja,

Nuncio marcial, y el potro que sofrena

Con garbosa altivez lanza á la arena.

XII.

Síguenle en clamoroso movimiento...

Mas ¿quién de ellos pensara lo que mira?

El Troyano, en inerte encogimiento,

No igual lid á empeñar armado aspira,

A cobijar su campo sólo atento.

Los muros registrando Turno gira

Furioso en su corcel, y abrir espera,

Por donde entradas no hay, de entrar manera.

XIII.

Cual, llena, asedia un lobo á una majada

En alta noche; y vientos y aguaceros

Arrostra, y por la cerca tienta entrada;

Balan bajo las madres los corderos;

Él ruje, y ya en su presa, áun no tocada,

Ceba sus apetitos carniceros;

Que el hambre acumulada le atormenta

Y arde, áridas sus fauces, sed sangrienta:

XIV.

El Rútulo adalid, de igual manera,

Mirando los rëales y los muros

En ímpetu fogoso se exaspera,

Derrítele el dolor los huesos duros:

Penetrara en la plaza si pudiera;

Y piensa cómo á los que ve seguros

Encerrados Troyanos, fuéra llame

Y á igual lid en los campos los derrame.

XV.

Con surtas popas la troyana armada

En la orilla contigua á los reales,

Yacia de trincheras resguardada,

Con foso, en derredor, de aguas fluviales.

Abalánzase Turno á la estacada:

A los suyos, que llegan con triunfales

Aplausos, al incendio alienta, excita;

Él mismo un inflamado pino agita.

XVI.

De Turno en pos la juventud se arroja,

Que del jefe el ejemplo la espolea;

Los hogares intrépida despoja,

Y ármase cada cual de negra tea:

Con densas nubes sobre llama roja

Ya aquel, ya este tizon arde y humea;

Y al cielo remontándose Vulcano

Las pavesas esparce al aire vano.

XVII.

¡Musa! ¿cuál Dios de la troyana flota

Apartó, dí, la vencedora llama?

La evidencia del hecho está remota,

Mas tradicion eterna lo proclama.

Cuando leños del Ida á mar ignota

Enéas iba á confiar, es fama

Que al poderoso Júpiter, su hijo,

La alma Diosa Cibéles así dijo:

XVIII.

«Sé propicio á mi ruego y mi querella,

Ya que el cetro me debes con la vida:

Tuve yo una floresta que descuella

Entre pinares, coronando el Ida;

Muchas ofrendas recibí yo en ella,

Largos años por mí favorecida:

Huecos sagrarios, con la sombra oscuros

De pinos resinosos y arces duros.

XIX.

»Yo he cedido estos árboles de grado

Al dardanio mancebo, de bajeles

Menesteroso. Hoy roedor cuidado

Me aflige: tú le ahuyenta; tú á Cibéles—

Filial premio á sus preces reservado—

Da que sus tablas nunca hundan crueles

Viento ni mar, señuelos ni embestidas;

¡Válgales en mis montes ser nacidas!»

XX.

«¿Qué pretendes,» responde, «madre mia?»

El que mueve los cercos siderales:

«¿Á naves, obra de un mortal, cabria

El fuero de las cosas inmortales?

¿Andar seguro por incierta via

El troyano adalid? ¿Caprichos tales

Habian de alterar leyes del Hado?

¿Tal poder á cuál Dios jamás fué dado?

XXI.

»Concedo, empero, por calmar tus penas,

Que al fin—cuando por líquidos caminos

Hayan á las itálicas arenas

Llegado, y en los campos laurentinos

Puesto á su capitan, de mal ajenas—

Su sér mortal las naves de tus pinos

Pierdan, y cada cual se trueque en Dea,

Cual Doto de Nereo ó Galatea,

XXII.

»Y esotras que, del mar húmedas Diosas,

Cortan con pecho de marfil liviano

Del piélago las capas espumosas.»

Por las riberas del Estigio hermano

Con torrentes de pez vortiginosas

Juró lo dicho el Númen soberano;

La frente inclina, y del Olimpo dueño,

El Olimpo estremece con su ceño.

XXIII.

Cumplido el plazo por las Parcas fuera,

Llegaba, en fin, el prometido dia:

De la flota á apartar la llama fiera

Turno á la Diosa en su feroz porfía

Constriñe. En esto iluminó la esfera

Nueva luz; nube inmensa Oriente envía,

Cruzar la ven el ámbito sereno

Y que coros del Ida hinchen su seno.

XXIV.

Y una voz resonó tremenda y clara

Que á Rútulos envuelve y á Troyanos:

«¡Teucros! á defender mi flota cara

Alados no acudais ni armeis las manos;

Cual si los mares á incendiar probara,

Saldrán de Turno los intentos vanos.

¡Huid, diosas del mar! ¡Cada una horra—

Vuestra madre os lo manda—el ponto corra!»

XXV.

Y suéltase cada una en tal momento

Del cable que la tuvo prisionera;

Y de proa zabullen, y el asiento

Solicitan del piélago, á manera

De nadantes delfines; y ¡oh portento!

¡Oh pasmo! cuantas vido la ribera

De bronce en su recinto ancladas proras,

Tantas vírgenes surgen bullidoras.

XXVI.

Los Rútulos temblaron: del espanto

Mesapo mismo poseer se deja

Que á sus caballos alborota; en tanto

Que, formando sus ondas ronca queja,

No á impelerlas se anima el Tibre santo,

Medroso, y de la mar la planta aleja.

Mas del audace Turno nada alcanza

A abatir la soberbia confianza.

XXVII.

Ántes enciende, y entusiasmo inspira

Con su elocuencia: «Este prodigio,» exclama,

«A los Troyanos solamente mira

Infausto. Si es que Júpiter los ama,

Hoy su auxilio á las claras les retira;

Ya sobra nuestro acero y nuestra llama,

¿En el mar qué les queda ni en la tierra?

Sendas de salvacion el mar les cierra:

XXVIII.

»Nada esperan allá, y en nuestras manos

Acá la tierra ven; que mil legiones

Itálicas la cubren. Hoy, hoy vanos

Esos presagios son y predicciones.

Que orgullosos ostentan los Troyanos;

¡Qué! ¿de Ausonia en las fértiles regiones

Ya no surgieron? Con lo cual sobrado

A Vénus dióse y á la ley del Hado.

XXIX.

»Yo tambien tengo mi inmutable síno:

A una gente de esposas robadora

Destruir por la espalda es mi destino!

De los Atridas el dolor, yo ahora

Lo pruebo: ni á Micénas sola avino

Ser de justa venganza ejecutora!...

¿Qué capital castigo una vez basta?...

¿Mas si la ruina la maldad no gasta?

XXX.

»Esos golpes mortales de la Suerte

Leccion han sido que enseñar podia

Contra toda mujer odios de muerte!

¡Demente obstinacion! Ved cómo fia

En valla y foso, contra golpe fuerte

Breve retardo, la nacion que un dia,

Aunque obra de Neptuno mal seguros

Vió en llamas perecer sus altos muros!

XXXI.

»¿Quién ahora, elegidos compañeros,

De vosotros, vendrá á meter conmigo

El hacha en esos frágiles maderos?

¿Quién á invadir ese tremente abrigo?

No; ni armas de Vulcano, ni guerreros

Buques mil, contra mísero enemigo

He menester; y porque más se aneguen,

Que todos los Etruscos se les lleguen!

XXXII.

»Ni teman de nosotros, cual del Griego

Que robó el Paladion, cobarde, oscuro,

Cruel asalto, ni que al vientre ciego

De un caballo trepemos; no: les juro

Que en pleno sol y cara á cara, el fuego

En torno llevaremos de su muro;

¡Y así, que con los Dánaos no pelean

Que Héctor diez años entretuvo, vean!

XXXIII.

»Mas la parte mejor pasó del dia;

Y porque bien habeis entrado, el resto

Justo es dar al descanso y la alegría,

Y esperad nueva lid con nuevo arresto.»

Así habló Turno; y á Mesapo fia

El dar, enfrente á las salidas, puesto

A vigilantes tropas delanteras,

Y las murallas rodear de hogueras.

XXXIV.

Toca á catorce jefes escogidos

El cerco de la plaza; cien soldados

Atentos á cada uno dan oidos:

Y ya con roja pluma empenachados

Rondan, en oro espléndido ceñidos:

Remúdanse: en la hierba recostados

Encomiéndanse á Baco, y se solaza

Vaciando cada cual su henchida taza.

XXXV.

Hacen guardia, al fulgor de las hogueras,

Y jugando entretienen el desvelo.

Desde lo alto, á la vez, de sus trincheras

Mirando están el ocupado suelo

Los Troyanos; y puertas y barreras

Requieren, no sin tímido recelo;

Y las torres con puentes relacionan,

Y las ceñidas armas no abandonan.

XXXVI.

Mnesteo y el intrépido Seresto

Dirigen la defensa. Para cuando

Sobreviniese temporal funesto,

Enéas, al partir, á ambos el mando

Encomendó de aquella gente. Puesto

Cada cual, los peligros sorteando,

Con solícito afan á ocupar vuela,

Y hacen todos por turno centinela.

XXXVII.

Niso una puerta á la sazon guardaba,

Niso, el hijo de Hírtaco, guerrero

Terrible, á quien el Ida, cuna brava,

Selvática mansion, por compañero

A Enéas envió, con llena aljaba

Y firme dardo cazador ligero:

Euríalo con él, gallardo mozo

A quien apénas apuntaba el bozo.

XXXVIII.

Más que Euríalo hermoso, armas troyanas

Mancebo no vistió; verle enamora:

Fueron en paz y en guerra almas hermanas

Los dos; comun deber los junta ahora.

«¡Euríalo! ¿algun Dios á las humanas

Mentes dará este afan que me devora?»

Niso dice: «¿ó su propio terco anhelo

Cada uno juzgará ser voz del Cielo?

XXXIX.

»A la lid, ó á algo grande, arduo, me instiga

Implacable hace rato el pensamiento.

¿Cuál confianza el Rútulo no abriga?

¿Ves? rara luz alumbra el campamento:

Los vence el vino, y ya el sopor los liga;

Ningun rumor se siente ó movimiento

En la vasta extension. Mi interna lucha

Contempla ahora, y lo que pienso escucha:

XL.

»Quieren todos, el Pueblo y el Senado,

Llamar á Enéas, y enviarle quienes

Hagan fiel relacion de nuestro estado.

Si me prometen lo que pida, y vienes

Tú en llevarlo (yo quedo asaz pagado

Si glorioso suceso honra mis sienes),

Iré; que al pié de aquel collado, creo,

Hay senda cierta al monte Palanteo.»

XLI.

Quedó atónito Euríalo con esta

Revelacion; y ya con sed de fama

El ánimo encendido, así contesta

Al noble amigo que en su ardor le inflama:

«Niso, tu ingenio á conquistar se arresta

Tanta gloria, ¿y contigo al que te ama

No has de llevar? ¿Y yo sin compañía

Tanto riesgo arrostrar te dejaria?

XLII.

»¡No! á más nobles acciones fuí criado

Cuando, naciendo entre el marcial rüido

Y las desgracias de mi Patria, alzado

Me hubo en brazos Oféltes, aguerrido

Varon, mi padre; y luégo acá, á tu lado,

A más altos objetos he venido,

Miéntras siga por áspero sendero

Al buen Rey mio hasta el confin postrero.

XLIII.

»Hay aquí un alma que la vida en nada

Aprecia ante la gloria. Con mi vida

Yo tu gloria daré por bien comprada.»

Niso á esto replicó: «Jamás temida

Fué por mi en pecho heroico accion menguada;

¡No! así Jove, así el Dios que en mi partida

Haya de ser de mi intencion testigo,

A los brazos me vuelva del amigo!

XLIV.

»Mas atiende: si ya fortuna loca,

Desdichada ocasion, deidad esquiva

(Que á casos tantos mi ambicion se aboca,

Cual ves), en este lance me derriba;

De ambos, á tí sobrevivir te toca,

Que no á mí, por tus años: sobreviva

Quien mi cuerpo, del campo del combate

Traido, ó recobrado por rescate,

XLV.

»Mande á la tierra;—ú honras, y, vacía,

Me dedique una tumba, si es que fiera

Niega aquello la suerte... ¿Y yo sería

Quien, causando fracaso igual, hiriera

El tierno pecho de una madre pia

Que, excepcion entre ancianas, va doquiera

Siguiéndote, garzon, en nuestras huestes,

Y el regio hospicio despreció de Acéstes?»

XLVI.

«Vanas razones en tejer porfías,»

Interrumpe el intrépido mancebo:

«Abreviemos el paso; no en mis dias

Me apartarás de la intencion que llevo.»

Y diciendo, despierta á los vigías,

Que por órden acuden al relevo.

Sigue Euríalo á Niso; á andar empiezan,

Y al príncipe los pasos enderezan.

XLVII.

Por los campos los otros animales

Ya anegaban en sueño sus cuidados

Y la ingrata memoria de sus males.

Trataban á ese tiempo, congregados,

De la ardua situacion los principales

Caudillos y la flor de los soldados:

¿Qué haremos, dicen, en angustia tanta?

¿Quién hácia Enéas moverá la planta?

XLVIII.

En pié están, en mitad del campamento,

Apoyado cada uno en luenga lanza,

Puesto al brazo el escudo. En tal momento

Llegaron, y agitados de esperanza,

Los dos piden audiencia: un pensamiento

Anuncian, que con creces la tardanza

Resarcirá que causen. Acogida

Les da Ascanio, y á Niso á hablar convida.

XLIX.

El cual les dice: «Sin injusto ceño,

Nobles jefes, oid nuestras razones;

Ni por la edad juzgueis de nuestro empeño.

Yacen los enemigos escuadrones

Entorpecidos del licor y el sueño:

Campo á nuestras astutas intenciones

Propicio allí se ofrece, do la puerta

Que mira al mar, dos sendas abre incierta.

L.

»Negro vapor al cielo enviando, humea

Á largos trechos moribundo fuego.

Si permitiereis que ensayado sea

Por nuestras manos de fortuna el juego,

Y á la ciudad vayamos Palantea

A buscar nuestro jefe, luégo, luégo

Terrible con la sangre y los despojos

Le gozarán presente vuestros ojos.

LI.

»Y no temais que entre el silencio mudo

Andando de la noche, un extravío

Avenga: en estos sitios á menudo

Hemos cazado, y desde valle umbrío

Descubrir la ciudad la vista pudo,

Y explorado tenemos todo el rio.»

Calló Niso; y Alétes, noble viejo,

Sabio varon de magistral consejo,

LII.

«Númenes, cuyo brazo patrocina

A Troya!» exclama: «á fe que á los Troyanos

No preparais una total rüina

Cuando así en años suscitais tempranos

Ímpetus tales de virtud divina!»

Y á ambos ciñe los hombros, y las manos

Estréchales, y en llanto de alegría

El rostro humedeciendo, proseguia:

LIII.

«Premios á vuestros méritos iguales,

Mancebos, ¿dó hallaré que os galardonen?

Lo primero, los Dioses inmortales

Y las propias conciencias os coronen!

Apreciadores de servicios tales,

Segunda recompensa á fe que os donen,

Enéas hoy, y cuando llegue el dia

Ascanio, que olvidaros mal podria.»

LIV.

«Más digo,» Ascanio interrumpiendo exclama;

«Por los Lares de Asáraco, y el fuego

De Vesta inextinguible, y cuantos ama

Grandes Dioses mi casa, Niso, os ruego

Volvais el padre al hijo que lo llama,

Que se cuenta sin él perdido y ciego:

Mis esperanzas y el destino mio

Yo en vuestros pechos sin reserva fio.

LV.

»Venga él, y en gozos trocará lamentos,

Y el hado amansará que nos maltrata.

Dos vasos de abultados ornamentos,

Que él ya ganó en Arisba, obra de plata,

Dos trípodes tambien, y dos talentos

Grandes de oro, os dará mi mano grata;

Ni añadir una antigua taza olvido

Que recibí de la sidonia Dido.

LVI.

»Que si el hado me otorga que conquiste

El itálico suelo, y se sortea

Espléndido botin, óyeme: ¿viste

El caballo en que Turno gallardea

Y las doradas armas que se viste?

Tuyo el caballo con las armas sea,

Exentos, Niso, del comun despojo;

Tuyo el escudo y el penacho rojo.

LVII.

»Que añadirá mi padre á dones tales

Doce hermosas esclavas, adivino;

Luégo, doce cautivos, con marciales

Arreos cada cual; y de Latino,

En fin, los predios rústicos reales.

En cuanto á tí, mancebo peregrino,

A quien mi edad sigue el alcance, lazos

Anudando de amor te doy mis brazos;

LVIII.

»Mi corazon te doy, y te recibo

Desde aquí por perpetuo compañero:

De hoy más, sin tí gozosas no concibo

Glorias, que dividir contigo quiero.

Ya el laurel me corone ó ya el olivo,

En todas ocasiones tú el primero

Amigo, á quien el alma nada esconde,

Mio serás!» Euríalo responde:

LIX.

«Nunca, nunca será que yo desdiga

De este animoso arranque; así la suerte

Amiga se presente... ¡ó enemiga!

Mas que ante todo premio pido, advierte:

Tengo una madre, de la estirpe antiga

De Príamo, á quien no razon tan fuerte,

Ni patrio sol, ni regio hospicio, nada

Hubo que de seguirme la disuada.

LX.

»Yo parto sin hablarla; ella, ¡ay! no sabe

Cuántos riesgos el hijo desafía!

Por la noche y tu diestra, que no cabe

En mí á su llanto resistencia impía;

Venciérame. Consuelo tú süave

Sé, y arrimo, á la pobre madre mia!

Si en tí fincar esta esperanza puedo,

Iré al peligro con mayor denuedo.»

LXI.

Con lágrimas responden de ternura

Los Troyanos presentes. Renovado

El recuerdo del padre, Ascanio apura

Su afecto en él; y el rostro hermoseado

Con llanto, dice: «En esta ardua aventura,

Euríalo, no temas resultado

Que á tan glorioso acometer no cuadre;

Sí, tu madre tambien será mi madre.

LXII.

»Llamárase Creusa, y madre fuera

Mia del todo: en cambio es madre tuya,

No pequeño renombre. Comoquiera

Que esta empresa magnánima concluya.

(Júrolo por mi vida, á la manera

Que ántes mi padre), ó ya te restituya,

Ó no, próspera suerte, honra no escasa

Siempre daré á tu madre y á tu casa.»

LXIII.

Dice Ascanio llorando, y desanuda

Del hombro al punto una dorada espada,

No de su vaina de marfil desnuda,

De Licaon cretense obra extremada:

Una, de leon despojos, piel velluda

Mnesteo á Niso da: con él celada

Permuta Alétes. De metal cubiertos

Marchan los dos, con hados ¡ay! inciertos.

LXIV.

Los siguen los caudillos principales

Hasta las puertas, jóvenes y ancianos

Con votos y plegarias. Bríos tales

Ascanio ostenta y pensamientos canos

No ya cual de su edad; y mil filiales

Mensajes encomienda: ¡intentos vanos!

Las fugaces palabras recogían

Vientos que á sordas nubes las confían.

LXV.

Salen, pues, y los fosos ya salvados,

Envueltos en la sombra, la carrera

Encaminan á campos malhadados

En que á muchos la muerte ántes espera:

Ven rendidos á trechos los soldados

Y los carros en alto en la ribera;

Entre armas, ruedas, bridas, vino y todo

Mudo yace el ejército beodo.

LXVI.

Habló el hijo de Hírtaco primero:

«¡Euríalo! osar mucho importa ahora;

Propicia es la ocasion, y éste el sendero.

Tú, no se alce tal vez mano traidora

A hacernos por la espalda un desafuero,

Ten alerta la vista indagadora;

Que yo dando la tala en torno mio

Por ancha brecha conducirte fio.»

LXVII.

Dice, y hace silencio, y á Ramnete

Que en su alta tienda y cama entapizada

Daba roncos bufidos, arremete

Con brazo firme y con desnuda espada.

Rey á un tiempo y augur, á quien somete

El rey Turno sus dudas, fué; mas nada

Valieron artes al dormido mago

Contra el poder de un invisible amago.

LXVIII.

Á tres pajes que entre armas, mezcla ciega,

Yacen, y al escudero y al auriga

De Remo, al pié de sus caballos, llega

Y las flojas cabezas les desliga

A hierro; al amo, en pos, el cuello siega,

Y el tronco deja que abortando siga

Raudales: de cadáveres sembrada

En cálido cruor la tierra náda.

LXIX.

Y á Lamo oprime, á Lámiro, á Serrano,

Mozo éste de gentil fisonomía

Que hasta tarde despierto estuvo, en vano,

Con el mucho jugar; ya en fin dormia

Puesto en brazos de un sueño asaz temprano,

Con el mucho beber. ¡Feliz si al dia

Aguardase! si, hurtándose al sosiego,

Igualara la noche con el juego!

LXX.

Como leon que, en el furor agudo

De hambre voraz, entre el rebaño vaga

Tierno de carnes y en su espanto mudo,

Que hinche el aprisco, y ya le aferra y traga;

Brama su boca ensangrentada: crudo

Así Niso se ceba: irle á la zaga

Euríalo no quiere, y muertes hace

En la ignorada grey que en torno yace.

LXXI.

Él á Ábaris y á Fado asalto fiero

Y á Herbeso y Reto dió: Reto, que en vela

Todo viéndolo está; medroso empero

Tras una jarra enorme el bulto cela:

En su pecho, al erguirse, entra el acero

Que, sacado, mortal caso revela:

Vierte el triste la vida, y sangre y vino;

Y el nocturno agresor se abre camino.

LXXII.

Ya al cuartel de Mesapo va, do espira

Sin pábulo la lumbre: allí la hierba

Paciendo atados los bridones mira.

Niso en breves palabras (pues observa

Cuán léjos va llevándolos la ira

Que matando se enciende y exacerba)

Dijo: «La odiosa luz próxima advierto:

No más sangre; ancha senda hemos abierto.»

LXXIII.

Mucha arma allí, mucha maciza plata,

Mucho vaso y riquísimo tapete

Abandonan. Euríalo arrebata

Para sí de Mesapo el justo almete,

Que al viento plumas de color desata;

Despues que los galones de Ramnete

Y el cinto, que áureos clavos ornamentan,

Alzó: en vano sus hombros los sustentan!

LXXIV.

(De Cédico opulento éstas un dia

Galas fueron; el cual al tiburtino

Rémulo como prenda las envía

De alma hospitalidad y afecto fino:

En legado, al morir, éste las fia

Al nieto, y con su muerte, en guerra, vino

A manos de los Rútulos la rica

Herencia, y al más fuerte se adjudica).

LXXV.

Salen ambos del campo, y ya por via

Segura echan á andar. En tal momento

Respuestas para Turno conducia

Parte de una legion: tres veces ciento

Jinetes son;—atras la infantería

A marchar se apercibe:—de Laurento

Salieron adelante, y á su frente

Va, con broquel cual los demas, Volcente.

LXXVI.

Llegan ya al campo y muro, cuando aquellos

Bultos miran que á izquierda mano tienden.

El yelmo de Mesapo da destellos

Que entre el nocturno clarear ofenden

La vista á quien observe: huyes, mas ellos,

Desmemoriado Euríalo, te venden!

«No equívoca vision mi mente inflama,»

De en medio del tropel Volcente clama.

LXXVII.

Y «¡Alto!» intima: «¿quién sois? decid; ¿de dónde

Ó á dónde os dirigís? ¿Á qué bandera

Adscritos militais?» Nadie responde:

Uno y otro á los bosques acelera

El paso, y á la noche, que le esconde,

Fiado huyendo va. Sin más espera

Cierran al bosque entradas y retretes

En alas desplegados los jinetes.

LXXVIII.

Selva de encinas negras y jarales

Tendíase ancha allí, de agrios abrojos

Ceñida, y de espesísimos breñales:

Rara trillada senda ven los ojos

En medio de sus calles naturales.

Euríalo, á quien pesan sus despojos,

Y los ramos asombran del recinto,

Piérdese en el confuso laberinto.

LXXIX.

Niso huye, huye impróvido, y ya fuera

Va del alcance de enemiga mano,

El campo atras dejando en su carrera

Que por Alba despues nombróse Albano:

(Campo del rey Latino entónces era,

Y en él grandes majadas). ¡Ay! en vano,

Cuando hubo de parar, buscó al ausente

Amigo, y dijo al fin con voz doliente:

LXXX.

«¡Euríalo infeliz! ¡yo te he dejado!

¿Por dónde, ¡ay triste! he de seguirte ahora?

¿Dónde hallarte?» Y con rumbo retrogrado

Otra vez de la selva engañadora

Intríncase en el seno enmarañado;

Sus propias huellas afligido explora,

Y entre las matas ásperas camina

En que silencio funeral domina.

LXXXI.

Caballos siente, oye el tropel, escucha

De horda perseguidora el alto aullido;

Ni de tiempo medió distancia mucha

Cuando nuevo clamor hiere su oido,

Y á Euríalo distingue, que relucha

En vano, de contrarios sorprendido:

Turbóle senda ambigua y sombra ingrata;

Y fuerza superior ya le arrebata.

LXXXII.

¿Cómo será que al mísero liberte?

¿Con qué armas defender podrá al amigo?

¿Entre heridas buscando honrosa muerte,

Arrojaráse en medio al enemigo?

¿Qué hará? Blande un astil con brazo fuerte,

Y á la Luna tomando por testigo,

Que alto su carro á la sazon regía,

En voz sumisa esta plegaria envía:

LXXXIII.

«¡Honor de los celestes luminares,

Custodia de los bosques, sacra Luna!

Si á Hírtaco, mi padre, en tus altares

Poner viste en mi nombre ofrenda alguna;

Si, cazador en selvas seculares,

Tu gloria acrecenté con mi fortuna

Tus bóvedas colgando de despojos,

Compasiva á mi afan vuelve los ojos!

LXXXIV.

»¡Oh! dame que ese grupo desordene,

Y á este dardo en el aire abre sendero!»

Orando así, con cuantas fuerzas tiene

Arroja el arma. En ímpetu ligero

El asta parte despedida, y viene,

Hendiendo sombras, á Sulmon frontero,

Y rómpese en su espalda, y la madera

Hecha astillas las vísceras lacera.

LXXXV.

Agobiado Sulmon rueda al instante,

Y con hondo estertor, trémulo, frio,

Las entrañas fatiga, agonizante,

Y de encendida sangre vierte un rio.

No hay quien no torne á ver, quien no se espante

Niso, entretanto, renovando el brío,

Puesto el brazo á la altura de la oreja,

A asestar otro tiro se apareja.

LXXXVI.

Temblando están del invisible amago

Todos, cuando otra vez dardo estridente

Llega, que ambas las sienes pasa á Tago

Y en su hendido cerebro híncase ardiente.

El causador no indaga del estrago

Llevado de la cólera Volcente,

Ni en quién le cumpla desfogarse mira;

Ciego salta, y bramando estalla en ira:

LXXXVII.

«Tu sangre ha de correr, quienquier que él sea;

Y en tí de entrambos tomaré venganza!»

Así diciendo, el hierro ya menea

Desnudo, y sobre Euríalo se lanza.

Lleno, á par, de terror, Niso vocea;

Fuera, tambien, de sí, Niso se avanza:

Más tiempo oculto estar no lo tolera

El duro trance, ni él callar pudiera.

LXXXVIII.

«¡Acá, acá, revolved! ¡yo soy!» les dice;

«¡Contra mi pecho encaminad la espada!

¡Oh Rútulos! mirad que ese infelice

Nada osó hacer, ni hacer pudiera nada.

Todo yo lo tracé, todo lo hice.

Por los astros lo juro y la morada

Celeste. Fué su culpa, demasiado

Á un sin ventura amigo haber amado.»

LXXXIX.

Miéntras en vano así Niso clamaba,

Ya la amenazadora punta llega,

Y al costado de Euríalo se clava

Y el tierno pecho le destroza ciega.

Cae el triste, y la vida se le acaba:

Roja sangre sus blancos miembros riega,

Y, doblándose lánguida, reposa

Sobre los hombros la cerviz hermosa.

XC.

Tál flor purpúrea á quien tronchó el arado

Desfallece á morir; tál la amapola

Sobre su débil vástago doblado

Inclina mustia la gentil corola

Que la lluvia agobió. Desesperado

Niso penetra el escuadron, y á sola

La persona, entre todos, de Volcente

Solicita su cólera impaciente.

XCI.

Acá y allá, ya aquel, ya este guerrero,

Le resisten y estorban: él no cia,

Antes á todos lados el acero

Fulmíneo revolviendo ábrese via;

Hasta que al fin al Rútulo, que fiero

Gritando á la sazon la boca abria,

Por ella adentro le escondió la lanza:

Próximo así á morir tomó venganza;

XCII.

Y encima se desploma herido, inerme,

Del muerto amigo á quien unió su historia,

Y en paz allí su último sueño duerme.

¡Oh, felices los dos! si alguna gloria

Puedo yo de mis versos prometerme,

Siglos no eclipsarán vuestra memoria

Miéntras sustente inmoble el Capitolio

El prez de Enéas y de Jove el solio!

XCIII.

Vencedores los Rútulos en tanto

Recogido el botin, al campamento

Exánime á Volcente van con llanto

Conduciendo. Menor no es el lamento

Que en los reales cunde, y el espanto,

Cuando á Ramnete ven sin movimiento,

Y tanto noble jefe á quien abruma

Comun calamidad: Serrano, Numa...

XCIV.

Cerca á los que ó difuntos ó mortales

Están, acude multitud ingente:

Ven de espumosa sangre los raudales

Y tibio aún de mortandad reciente

El campo. Reconocen los marciales

Despojos: de Mesapo allí el luciente

Casco; allí el cinto, recobrado á un muerto,

El rico cinto, de sudor cubierto.

XCV.

El áureo lecho de Titon la Aurora

Tímida deja, entre celajes raya,

Y ya su lumbre que horizontes dora

Secretos descubriendo, el sol explaya

Por el mundo. Con voz animadora

Turno, no sin que él mismo armado vaya,

Cual suele, de los piés á la cabeza,

Al arma á todos á llamar empieza.

XCVI.

Á su voz cada jefe sus legiones

Ferradas, en batalla ordena: ceban

La rabia vomitando maldiciones;

¿Qué más? en astas que en el aire elevan,

De los dos degollados campeones

Los rostros clavan, y, á doquier los muevan,

¡Oh espectáculo! ¡oh bárbaro trofeo!

Síguelos de la plebe el clamoreo.

XCVII.

De sus muros, en tanto, á la siniestra

Los sufridos Troyanos aparecen;

Protegidos del rio, á mano diestra,

Sus anchas fosas á la par guarnecen.

¡Ah! de sus altas torres pasan muestra

Al campo, ¡y cuán de véras se entristecen

Viendo (ni cabe engaño) aquellos vultos

Horribles con la sangre y blanco á insultos!

XCVIII.

Alada en la ciudad la fama rueda,

Y á la madre de Euríalo al oido

Tristes cosas murmura. Ella se queda

Pálida, sin calor y sin sentido:

Va la aguja á los piés, se desenreda

Cayendo de las manos el tejido.

Mesando luégo la melena blanca

Altos gemidos de su pecho arranca;

XCIX.

Y al muro, á la falange delantera

Frenética ella corre, ella no cuida

Que entre armas y varones acelera

El paso, ni el peligro la intimida;

Y de quejas despues hinche la esfera:

«¡Que así te miro, ay hijo de mi vida!

Tú, arrimo á mi vejez mísera y triste,

¡Cruel! ¿dejarme en soledad pudiste?

C.

»Pues riesgos ibas á correr tan graves,

¿Cómo no me avisaste la ardua empresa,

Ni oí palabras de tu amor süaves?

¡No que hora en tierra ignota yaces, presa

A los latinos perros y á las aves!

Ni honrar me es dado, Euríalo, tu huesa;

Que recoger no pude tus despojos,

Tus heridas lavar, cerrar tus ojos.

CI.

»Ni la ropa vestirte que de dia

Yo y de noche labraba, mis pesares

Consolando en la edad caduca mia.

¡Ay! ¿á dónde seguirte? ¿en qué lugares

Tu destrozado cuerpo quedaria?

¿Y para esto por tierras y por mares

Anduve acompañándote? ¿y es esta

Vision cruel cuanto de tí me resta?

CII.

»¡Rútulos! si teneis piedad alguna,

Todos aquí asestad; yo la primera

Caiga; ¡matadme!... Ó tú de mi fortuna

Duélete, ¡Padre de los Dioses! Hiera,

Hiérame un rayo tuyo: esta importuna

Memoria acabe: el Tártaro me espera;

Precipítame allá, pues de otra suerte

No es dado á esta infeliz que halle la muerte!»

CIII.

Lloran todos con ella; y ya al deseo

De combatir, con el comun quebranto

Las fuerzas van faltando. Actor é Ideo

A la triste, que enciende duelo tanto,

Acuden, por mandato de Ilioneo,

Y de Yulo, que vierte largo llanto;

Sustentándola en brazos se encaminan

A su hogar, y en el lecho la reclinan.

CIV.

Óyese del clarin el són agudo;

El canoro metal de alarma llena

Los campos, y ya el aire, en ántes mudo,

Con los ecos terríficos resuena.

Formada ya la militar testudo

De Volscos el ejército se ordena,

Y á cubrir apercíbese en batalla

El ancho foso y á arrancar la valla.

CV.

Buscan unos entrada, y por escalas

Á trepar se dirigen á la parte

Do las haces parece estar más ralas

Que coronan el muro y baluarte.

Se arman los Teucros á su vez; tan malas

Armas no habrá que no utilice el arte,

En que ya los formó la patria tierra,

De guardar plaza fuerte en larga guerra.

CVI.

Picas vibran, y áun vuelcan ya pedrones

Cuyo peso del Rútulo consiga

Romper los defendidos batallones.

¿Y qué? ¿será que conllevando él siga

Tan rudos golpes sin sufrir lesiones

Bajo la densa concha que lo abriga?

No; ni el número basta. ¿Veis do ileso

Marchando viene el peloton más grueso?

CVII.

Pues ya á esa parte misma risco horrendo

Los Troyanos arriman, ruedan: postra

Anchamente á los Rútulos cayendo

Y desbarata su ferrada costra.

La muchedumbre audaz, retrocediendo,

Tal lluvia en ciego asalto más no arrostra,

Y á los sitiados á ofender aspira

Sólo con flechas que de léjos tira.

CVIII.

Ostentando á su vez Mezencio insano

Su catadura amenazante y fea,

Viene por otra parte, y en su mano

Etrusco pino tenebroso humea.

Mesapo, prole de Neptuno, ufano

Porque indómitos potros señorea,

El vallado tambien romper decide

Y escalas ya para los muros pide.

CIX.

¡Oh Calíope! ¡oh Musas celestiales!

¡Inspirad al cantor! Cuántos encierra

Estragos ese campo funerales,

Decid; á quiénes Turno echó por tierra,

Y otros á otros tambien, cuáles á cuáles;

Desenrollad el libro de la guerra,

Y mi vista contemple aquellos hombres:

¡Vosotros los sabeis, decid sus nombres!

CX.

Con arduos puentes á asombrosa altura,

En oportuno sitio al aire vano

Erguíase una torre. Se conjura

A embestirla el ejército italiano

Con extremado alarde de bravura.

En agolpados grupos el Troyano

Defiéndela con piedras, y á porfía

Por troneras abajo armas envía:

CXI.

Turno osado, primero en los primeros,

Tira una hacha encendida, que se pega

A un lado de la torre: á los maderos,

Acrecentada por el viento, llega

La llama devorante. Los guerreros

Que adentro ven el gran peligro, en ciega

Confusion á salvar corren la vida,

Buscando en vano y de tropel salida.

CXII.

Y en tanto que se agolpan, en su anhelo,

Á un punto ajeno al fuego, se derrumba

Súbito por su peso el fuerte: el cielo

Con fragoroso estrépito retumba:

Y vienen, medio exánimes, al suelo,

No sin que la alta mole en pos sucumba,

Transfijos por sus armas los soldados

Y de duras astillas lastimados.

CXIII.

Á todos el tremendo golpe acaba,

Salvo á Helénor y á Lico. En años era

Tierno aquél: en secreto, de la esclava

Licimnia al rey Meonio le naciera;

A la guerra de Troya, aunque le estaba

Vedada, ella envióle. De ligera

Armado, iba inglorioso, con desnudo

Acero, y sin divisa el limpio escudo.

CXIV.

El cual mirando acá, y allá, y doquiera,

Mil haces que le estorban la salida,

Determina morir. Como la fiera

Que de perseguidores circuida

En densa red, contra la opuesta hilera

Se embravece en furiosa arremetida,

Y de un salto sin miedo ni esperanza,

Por cima de los dardos se abalanza;

CXV.

Así Helénor se arroja, y donde advierte

Más densa la erizada tropa, fiero

Entrando por allí corre á la muerte.

Lico miéntras, más que él de piés ligero,

A una fuga veloz fia su suerte

Entre tanto enemigo hórrido acero;

Trepa al muro, cubierto de Troyanos,

Y alto asidero busca, amigas manos.

CXVI.

Á la carrera Turno y con la lanza

Habiéndole seguido, ya cercano

Le mira, ya sobre él victoria alcanza.

«¡Qué! ¿de librarte de mi fuerte mano

Concebiste, demente, la esperanza?»

Dice, y cogiendo al que trepaba en vano,

No sin parte del muro á que se aferra

A sí le trae y le derriba en tierra.

CXVII.

Con uñas corvas por el vago viento

Á blanco cisne, así, ó á liebrezuela,

La armígera de Jove al firmamento

Arrebata feroz, y encima vuela;

Y al corderillo así, que anduvo á tiento,

Por quien la baladora madre anhela,

Roba el fiero animal que sirve á Marte.

Ya clama el sitiador por toda parte;

CXVIII.

Corre y los fosos terraplena, y pega

Antorchas á los muros, con desprecio

Del peligro de muerte á que se entrega.

A las puertas terrífico Lucecio

Llamas vibrando amenazante llega.

Venir le mira, y un peñasco recio,

Como roca de monte desprendida,

Lanzó Ilioneo, y él rindió la vida.

CXIX.

Ligro en Ematio, Asila en Corineo

(Hábil uno en lanzar venablo fuerte,

Otro, falaz saeta) atroz deseo

Sacian. Ceneo á Ortigio da la muerte;

Turno derriba al vencedor Ceneo,

Y á Itis, á Dioxipo deja inerte,

Y á Prómolo, y á Clonio, y á Sagares,

Y á Ida, que guardaba altos lugares.

CXX.

A Priverno quitó Capis la vida.

Habíale primero rasguñado

Temílas con su lanza. Él, que á la herida

Fué la mano á llevar, desacordado

Tira el escudo. En alas conducida

Vino una flecha, y al izquierdo lado

Clava su mano, entra, la entraña hiere

Que aire recibe y da, y el triste muere.

CXXI.

Arcencio, el de figura señalada,

Allí, de ibera púrpura luciente,

Su rico arnes y clámide bordada

Mostraba. (Le envió su padre Arcente

De la selva á la madre consagrada,

Do le criara, á par de la corriente

Del Simeto, que ve en ofrendas rico

El altar propiciable de Palico.)

CXXII.

Así como tan bellas galas mira,

Dardos suelta Mezencio, honda estridente

Toma, y tres veces la sacude y gira

En torno á su cabeza, y al de Arcente

Encaminando la amenaza, tira

Eala, forjada ya de plomo ardiente,

Y ambas sienes le pasa, y de la almena

Le hace caer á la tendida arena.

CXXIII.

Entónces dicen que por vez primera

Arco y flechas el príncipe troyano,

Temidas ya de fugitiva fiera,

Usó en guerra homicida; y por su mano

Mató á un fuerte guerrero, de quien era

Rémulo sobrenombre al de Numano,

Y por mujer, de Turno, poco hacía,

A la hermana menor tomado habia.

CXXIV.

El cual amenazando horrenda tala

Va delantero, y del reciente enlace

Haciendo y de sus fuerzas muestra y gala;

Y clama audaz cuanto decir le place:

«¡Oh pobres Frigios, los de suerte mala!

¿Tercer asedio enrojecer no os hace?

¿Y pensais que os serán reparo fuerte

Frágiles tablas contra instante muerte?

CXXV.

»¡Y tal linaje en actitud guerrera

Nuestras esposas pide, ó nuestras vidas!

¿Qué Dios os trajo, ¡míseros! qué fiera

Demencia á Italia? Aquí no hallais Atridas

Ni enlabiador Ulíses os espera;

Antes lo habreis con gentes aguerridas

Que su prole, al nacer, al rio llevan,

Y de agua y hielo en el rigor la prueban.

CXXVI.

»Juventud es la nuestra que se emplea,

Fatigando los montes, en la caza;

Que en manejar el arco se recrea,

Que en domeñar caballos se solaza.

No hay duro empeño á que inferior se vea:

Sobria, sufrida, inquebrantable raza,

Ó con rastro tenaz doma la tierra

Ó bate muros en abierta guerra.

CXXVII.

»Hierro es en todo tiempo nuestra usanza:

Si movemos la tierra, al buey tardío

Con el cuento aguijamos de la lanza:

Ni gustos muda ni el nativo brío

Edad provecta á quebrantar alcanza;

Yelmos dan á las canas atavío:

Mozo y viejo á la par conquistas hacen,

Y en vivir de despojos se complacen.

CXXVIII.

»Vosotros, los de ropas en que arde

Con el zafran el múrice de Oriente,

Teneis por dentro un corazon cobarde:

Es vuestra ocupacion ocio indolente,

Voluptuosa danza es vuestro alarde:

Con el frigio tocado ornais la frente,

De cintas rodeándola y de lazos,

Y en blandos pliegues enredais los brazos.

CXXIX.

»¡Oh Frigias, más que Frigios! ¡Id! Guarida

Alta el Díndimo os abre: á sus parciales

La flauta berecintia allá convida

Con la usual melodía; ¿y los timbales

No ois de la Deidad que reina en Ida?

Id al báquico estruendo, y las marciales

Luchas dejad á varoniles pechos;

A llevar armas no alegueis derechos!»

CXXX.

Á vueltas de sus fieros y blasones

No en calma Ascanio á tolerar se avino

Del jayan los dicterios y baldones:

Tiende el arco y atrae el nervio equino,

Los brazos en contrarias direcciones

Esforzando; mas, ántes que camino

Dé su mano á la flecha voladora,

Los ojos alza y reverente ora.

CXXXI.

«¡Oh Jove omnipotente! así me ampares

Y premies con el éxito que imploro

Mi empeño audaz; y ofrezco á tus altares

En sacrificio un jóven y albo toro

Que ya á las astas de su madre, pares

Yerga las suyas, retocadas de oro,

Que muestre corneando su ardimiento

Y polvo con los piés esparza al viento!»

CXXXII.

Oyóle el Padre complacido, y truena

Á izquierda mano, despejado el cielo.

Descargándose al punto el arco suena,

Y disparado el homicida telo

De la cuerda tirante se enajena,

El aire rasga en estridente vuelo,

Llega, y traspasa con el hierro insano

Las sienes cavernosas á Numano.

CXXXIII.

«¡Anda, soberbio, y al valor regala

Con burlas que el castigo desafían!

Los pobres Frigios, los de suerte mala,

Esta respuesta á tu arrogancia envían.»

Conciso Ascanio así su furia exhala.

Los Teucros, que admirados le veían,

En aplauso triunfal su nombre elevan

Y al cielo la esperanza en alas llevan.

CXXXIV.

Desde un punto sereno de la esfera

En una nube, sobre el aura pura,

Apolo, el de la hermosa cabellera,

Miraba en ese instante por ventura

El fiero asalto y la defensa fiera,

Y á Yulo vencedor así conjura:

«¡Bien hayas, jóven de inmortal destino!,

¡Sigue! ¡ése es de los astros el camino!

CXXXV.

»¡Bien hayas, nieto ya, y futuro abuelo

De Dioses! Cuanta guerra el hombre enciende,

Trocarse en paz verá dichoso el suelo

Reinando tu familia. A tí no extiende

Troya su hado cruel.» Dice, y del cielo,

Rasgando el aire vibrador, desciende

A Ascanio, y de sus formas se desnuda,

Y el rostro en el del viejo Bútes muda.

CXXXVI.

El cual del noble Anquíses escudero

Y su fiel guardapuertas fuera un dia;

Tiempos despues lo dió por compañero

A Ascanio Enéas, y por útil guia.

En la blanca cabeza y ceño austero

Apolo, andando, á Bútes contrahacia,

Y en la voz y el color y la apostura,

Y en el bronco sonar de la armadura.

CXXXVII.

Y á Yulo enardecido, «¡Hijo de Enéas!

¡Basta!» dícele el Dios, «basta á tu gloria

Que así á Numano castigado veas

Bajo tu brazo. Esta primer victoria

Apolo te concede, y, que le seas

Émulo ya en el arma venatoria,

No mira, no, con voluntad aviesa.

Mas tú ya en el combate, ¡oh niño! cesa.»

CXXXVIII.

Trunco el discurso, y la mortal figura

Deponiendo, á los ojos se evapora

El Dios, raudo cruzando el aura pura.

Descubrióse en la fuga voladora:

Leve han visto los jefes su armadura,

Y áun su aljaba alejarse oyen sonora;—

Y obedécenle ya: de la pelea

Apartan al garzon, que la desea;

CXXXIX.

Y al peligro otra vez sus corazones

Presentan. Por los muros va en aumento

El bélico clamor. Fuertes varones

Tienden el arco, ó del revuelto amiento

Tiran sus jabalinas y lanzones.

Todo de armas se cubre el campamento.

Huecos yelmos doquier suenan y escudo:

Con choques leves y con golpes rudos.

CXL.

Arrecia por momentos la batalla.

Naciendo las Cabrillas, de Occidente

Así tambien azotadora estalla

La lluvia; con granizo así estridente

Fiero turbion el piélago avasalla

Cuando el Eter, con austros inminente,

Empuja acuosa tempestad, y el trueno

A las cóncavas nubes rompe el seno.

CXLI.

Pándaro y Bícias, de Alcanor de Ida

Hijos, criados por la agreste Hiera

En la selva de Jove (en tal guarida

Ni arduo abeto ni cumbre hubo altanera

Que á aquellos mozos superior se mida),

La puerta que á guardar el Rey les diera

Abren; y en su gran fuerza ambos seguros,

Retan al enemigo á entrar los muros.

CXLII.

Á un lado y á otro armados aparecen

Adentro, á fuer de torres, con cimera

En que altivos plumajes resplandecen.

Tal orillas del Po, ó á la ribera

Del Atesis ameno, iguales crecen

Dos encinas de intonsa cabellera,

Y, el pié afirmando en el bañado suelo,

Mueven la vana cresta allá en el cielo.

CXLIII.

Los Rútulos, la entrada al ver patente,

Se lanzan. Cada cual con su cohorte,

Sin más tardar avanzan ya: Quercente,

Y Aquícolo, en las armas y en el porte

Hermoso, y Tmaro, de ánimo vehemente,

Y Hemon, alumno del feroz Mavorte:

Estréllanse en su arrojo, y los primeros

Dejan en el umbral vidas y aceros.

CXLIV.

Y, siguiendo á sus jefes los soldados,

Ya espaldas vuelven los que atras venían;

Mas cobra la ira hostil mayores grados,

Y otra vez atacar tal vez porfían.

Por su parte los Teucros, agolpados

Hácia aquel punto, más y más confían;

Y salen, y alejados de la puerta,

Persiguen al contrario en liza abierta.

CXLV.

El rey Turno que, en otra parte, insano

El espanto y la muerte á muchos lleva,

Oye que encarnizándose el Troyano

A abrir sus puertas orgulloso prueba;

Del asalto emprendido alzando mano,

Con ira que sus ímpetus renueva

Acude, acorre á la patente entrada

Por gemelos gigantes custodiada.

CXLVI.

Y á Antífate ante todos, que gallardo

Ante todos tambien la planta mueve

(Del alto Sarpedon hijo bastardo

Que le nació de una mujer de Tebe),

De itálico cerezo arroja un dardo

Que en su garganta, hendiendo el aura leve,

Va á hundirse: ancha la herida brota un rio,

Y arde, hincado al pulmon, el hierro impío.

CXLVII.

A Afidno luégo, á Mérope, á Erimante

Rinde, y á Bícias, que amenazas pára

Rugiente, con mirada centellante;

Contra venablos el arnes le ampara.

Ni azagaya lanzó Turno al gigante;

Con zumbadoras cuerdas le dispara

Falárica mortal cual rayo fiero:

A su empuje el taurino doble cuero,

CXLVIII.

Y áun con dobles escamas de oro fino

La fiel loriga resistir no pudo:

Desmayado el gran cuerpo al suelo vino,

Tembló la tierra y retumbó el escudo.

Con golpe así y estruendo repentino

Yerto pilar que giganteo y mudo

En ántes dominara el mar de Bayas,

Cae tal vez en las soberbias playas,

CXLIX.

Y rueda así con ímpetu y rüina

Y en el fondo del piélago se ensena:

Toda se turba la extension marina

Al impulso, y resurte negra arena;

Y estremécese Prócida vecina

Desde su asiento, y con espanto truena;

Truena el áspero lecho de Inarime,

Donde á Tifeo Júpiter oprime.

CL.

Entónces Marte armipotente asiste

Y enérgicos estímulos añade

A los Latinos, y de ardor los viste

(A los Troyanos á la vez invade

Con Pavor tenebroso y Fuga triste);

Y ya, porque en sus almas se persuade

El Dios guerrero y á la lid los guia,

Invasores acuden á porfía.

CLI.

Como, postrado el cuerpo y la faz muerta,

Al hermano infeliz Pándaro mira

Y el mal suceso ve, cierra la puerta;

Ella al empuje vigoroso gira:

Con sus hombros anchísimos cubierta

Él la tiene por dentro, y en su ira

A muchos de su gente allende el muro

Mezclados deja en el combate duro.

CLII.

Á otros, empero, de tropel, consigo

Adentro recibió. ¡Ciego y demente!

Que no ha echado de ver cómo al abrigo

De aquella confusion, entre la gente

El jefe del ejército enemigo

Siguiendo impetüoso la corriente

Penetra, como tigre despiadado

En medio de pacífico ganado.

CLIII.

Entran, pues. Mas de súbito á sus ojos

Brilla extraña vision: altos se mecen

Sobre yelmo gentil crestones rojos;

Crujen hórridas armas que estremecen,

Y luz fiero broquel vibra á manojos...

Al punto aquel semblante que aborrecen,

Y aquel brazo feroz que temen tanto,

Los Teucros reconocen con espanto.

CLIV.

Pándaro, en el furor á que la muerte

De su mísero hermano le arrebata,

Alzase entónces corpulento y fuerte,

Y «El palacio dotal no ves de Amata,»

Exclama, «ni Árdea es ésta que á tenerte

Abre el recinto de sus muros, grata

A un hijo vencedor. ¡Turno! has entrado

En campo hostil, y ya salir no es dado!»

CLV.

Y Turno, con sonrisa de bonanza:

«Mide, pues, esa diestra con la mia,

Y á Príamo dirás que en mi pujanza

Otro Aquíles topó tu cortesía!»

Con nudos y corteza áspera lanza

Pándaro desembraza; la desvía

Juno en su vuelo: á herir el hierro acierta

Los aires sólo, y se clavó en la puerta.

CLVI.

«No será cual la tuya inobediente

Arma de esta mi diestra manejada,

Ni ella sus golpes eludir consiente,»

Dice Turno; y se empina, alta la espada.

Y en la mitad descarga de la frente

A Pándaro tan recia cuchillada,

Que no paró sin que con ancha herida

Las impubes quijadas le divida.

CLVII.

Cae el jayan; y el suelo en són profundo

Treme, no acostumbrado á golpes tales.

Con sangre y sesos el arnes inmundo

Tiende en tierra, y á par descomunales

Sus miembros, el coloso moribundo;

A hierro en partes dividida iguales

Cuélgale la cabeza á entrambos lados;

Y cuantos miran esto huyen turbados.

CLVIII.

Si al vencedor al punto se ocurriera

A sus parciales franquear la entrada

Rompiendo con su mano la barrera.

Fuera aquella ocasion postrer jornada

A la emprendida lid, y luz postrera

A la raza de Príamo cuitada;—

Mas de sangre la sed, que sangre huele,

De los que huyen en pos loco le impele.

CLIX.

Y á Fáleris, y á Gíges, un jarrete

Habiéndole en la fuga herido, alcanza:

Con picas de éstos á otros acomete;

Juno el fuego le da de su venganza.

Clavó á Fégeo en su escudo, y arremete

Tras de Hális, y hácia aquellos ya se lanza

Que están desde los muros braveando:

Prítanis, y Halio, y Noemon, y Alcrando...

CLX.

¡Tristes! no le aguardaban. Se le aboca

Linceo, empero, entre ellos avisado,

Y contra él, aunque tarde, los convoca:

Turno se le adelanta, en un vallado

Se apoya, el hierro esgrime, y le derroca

De un tajo, con el yelmo destroncado

La segada cabeza. Y luégo á Amico

Postra, en despojos de la selva rico,

CLXI.

Cazador que cual nadie el arte y dolo

De enherbolar saetas conocia.

Mató despues á Clicio, hijo de Eolo;

Y á Creteo, á quien fué la compañía

Fiel de las Musas su deleite solo,

Su ejercicio el laud, la poesía

Su amor. Carros marciales, lides bravas

Siempre, ¡vate infeliz! cantando estabas.

CLXII.

Oyen los jefes que el peligro llama:

Mnesteo y el intrépido Seresto

Allá acuden, y al ver que se derrama

Medrosa turba ante invasor enhiesto

Que aterra la ciudad, Mnesteo exclama:

«¿A dó huis, insensatos? Más repuesto

¿Qué otro sitio hallareis ni más seguro?

¿Ó qué muro buscais allende el muro?

CLXIII.

»¿Un hombre triunfará de mil Troyanos

Áun en medio de vallas y de aceros?

¿Y él solo entre vosotros, ciudadanos,

Correrá haciendo impune estragos fieros?

¿Y para el Orco segarán sus manos

La flor de nuestros jóvenes guerreros?

¡Qué! ¿Dioses, Patria, Rey nada os merecen,

Ni os inspiran piedad ni os enrojecen?»

CLXIV.

Encorajados con palabras tales

Rehácense, y en densa infantería

Avanzan ya. Con armas desiguales

Pausadamente del combate cia

Turno, y hácia la parte en que fluviales

Ondas besan el muro, se desvía,

Miéntras con nuevo ardor y altos clamores

Auméntanse sobre él los ofensores.

CLXV.

Cual leon de monteros acosado,

Que los venablos contrapuestos mira

Receloso, y á paso retrogrado

Con miradas sañudas se retira:

El valor en su raza vinculado

Huir no le permite, ni la ira;

Mas por medio de la áspera barrera

Romper no puede, aunque romper quisiera;

CLXVI.

Así Turno tambien dudoso y lento

Retrocediendo va; mas no desmaya,

Y arde en vivo furor su pensamiento.

Embestir una vez y áun otra ensaya,

Y una vez y otra su ímpetu violento

Pone á muchos en fuga, á otros á raya;

Pero al fin en su daño se congregan

Cuantos hay en el campo y juntos llegan.

CLXVII.

Ni ya la hija de Saturno osa

Confortar al ahijado en su porfía

Con nuevo aliento; que á Íris vaporosa

Júpiter mismo desde el cielo envía,

Y, encaminados á su régia esposa,

Mensajes no süaves le confía,

Que abandonar á Turno ordenan, caso

Que de los muros él no arredre el paso.

CLXVIII.

Nada el mancebo, pues, con el escudo,

Nada ya con la armada diestra puede;

¡Tanto el asalto arrecia áspero y rudo!

Hace que en torno de sus sienes ruede

Ruido asordante, el incesante, agudo

Repiquete del yelmo: ábrese, y cede

La armadura de bronce á las pedradas;

Las rojas plumas vuelan arrancadas.

CLXIX.

Contra nube de dardos enemiga

¿Qué hará la copa de un broquel? Circunda

A Turno ya la multitud; le hostiga

Mnesteo con su lanza furibunda:

Mana el sudor copioso en su fatiga;

Raudal como de pez su cuerpo inunda:

Fáltale aire vital; convulso aliento

Al moribundo pecho da tormento.

CLXX.

¡Ved! con todas sus armas de repente,

Como último arranque de su brío,

Arrójase á las aguas. Blandamente

En su rojo regazo el sacro rio

Recíbele, y sumido en su corriente,

Sangre, polvo y sudor le lava pio,

Y devuélvele en ondas sosegadas

Hermoso de su gente á las miradas.

LIBRO DÉCIMO.

I.

El palacio de Olimpo omnipotente

Se abre entretanto. El Padre de inmortales

Y Rey supremo de la humana gente

A concilio en las salas siderales

Convoca. Él desde allá ve el continente,

Y las huestes del Lacio, y los reales

Troyanos. Altos Númenes asoman,

Y en el ámplio conclave sillas toman.

II.

«¡Celícolas ilustres!» Jove empieza;

«¿Por qué mudais de acuerdo? ¿Por qué insanos

Os dais á pelear con tal crueza?

Yo vedara que Italia á los Troyanos

Resistiese; ¿en qué cóleras tropieza

Mi voluntad? ¿Por qué terrores vanos

Acá el uno, allá el otro á lid se lanza

Y va el hierro á empuñar de la venganza?

III.

»Ya la hora sonará de las batallas

(No el tiempo acelereis), cuando Cartago

Rompa el Alpe, y de Roma á las murallas

Descargue por la brecha horrendo estrago.

Podreis entónces desbordar sin vallas

Hasta rapaces triunfos vuestro amago:

Hora enfrenadle, y con semblante amigo

Benditas paces afianzad conmigo.»

IV.

Conciso Jove habló. Ménos somera

Fué la espléndida Vénus, que en su duelo

Vuelta al Padre razona en tal manera:

«¡Rey y eterno Señor de tierra y cielo,

Divina Majestad! ¿ni en quién pudiera,

Sino en tí, mi dolor hallar consuelo?

Los Rútulos me insultan: ¡mira, mira

Cómo entre ellos soberbio Turno gira!

V.

»Ya con propicio Marte hinchado llega

Al cerco; audaz le invade: mal seguros

Traban los Teucros áspera refriega

Puertas adentro y en sus propios muros;

Su misma sangre ya los fosos ciega.

Enéas, ¡ay! sus míseros apuros

Ausente ignora. ¿Y contra el duro asedio

Nunca tú, nunca ya darás remedio?

VI.

»Renace Troya, mas con ella nace

Otro ejército hostil como el aqueo;

Ni se alza en pié, sin que, saliendo audace

De Arpos etolia, el hijo de Tideo

Otra vez á sus muros amenace.

No han de cerrarse ya mis llagas, creo;

Armas que á esta hija tuya ántes hirieran,

Mortales armas, hoy tambien me esperan!

VII.

»Si á hurto ya de tí, ó á tu despecho,

Fueron á Italia los Troyanos, lleven

La justa pena del culpado fecho;

¡No tus furores, tu justicia prueben!

Mas si camino solamente han hecho

A do Dioses y Manes á ir los mueven

Una vez y otra vez, ¿quién tus mandados

Torcer intenta y reformar los hados?

VIII.

»¿Quién? ¿Ya no has visto en sicilianos mares

Nuestras naves arder?... ¿No desencierra

Éolo sus alados auxiliares?...

¿Íris no baja con mision de guerra?...

Y hoy, porque áun parte tomen los hogares

Independientes de Pluton, á tierra

Sale Alecto, de allá abortada, y cruza

A Italia, y cual bacante iras azuza!...

IX.

»Del prometido imperio nada alego;

¡Pude esperarle en hora más dichosa!...

¡Venza hoy quien quieras! Mas si en su odio ciego

Á mis Teucros negar juró tu esposa

Todo terreno hospicio, esto te ruego

Por Troya hundida y su reliquia humosa.

¡Sálvese Ascanio del feral combate;

Al nieto, ¡oh Padre! tu favor rescate!

X.

»Torne Enéas al mar, y rumbos déle

Voltaria Suerte en ondas ignoradas.

Mas este niño... verle me conduele;

Yo le quiero librar de las espadas:

Yo á Citera ó á Páfos llevaréle,

O á Idalia y sus pacíficas moradas,

Donde robado al militar rüido

Consuma el tiempo en inglorioso olvido.

XI.

»Y reinen, si te place, hijas de Tiro;

Cartago á Ausonia oprima en férreo mando;

Y de este infante y su feliz retiro

Nada teman... ¡Mas oh remate infando!

¿A los Teucros para eso en largo giro,

El hierro y fuego asolador burlando,

Que venciesen dejaste mil azares

Por tantas tierras y por tantos mares?

XII.

»¿Y hoy que á Troya restauren en el Lacio

Consientes, porque caiga en nueva guerra?

¡Valiera más que en el yermado espacio

Que de sus padres la ceniza encierra

A alzar tornasen imperial palacio!

Su Janto y Símois, su nativa tierra

Vuélveles, ¡ay! Si á muerte los destinas,

Perezcan de la patria en las rüinas!»

XIII.

Habló á su vez con ímpetu iracundo

La reina Juno: «La ocasion me obliga

Un silencio á romper largo y profundo,

Y el gran dolor á divulgar que abriga

Secreto el corazon. ¿Quién ya en el mundo,

Dí, mortal ó inmortal, es el que instiga

A Enéas á la ofensa? ¿Quién le mueve

A que al buen rey Latino guerras lleve?

XIV.

»¿Hados á Italia le impelieron? Cierto:

¡Casandra en su furor le abrió la via!

Mas si hoy deja su campo, ¿el desacierto

Que en dejarle comete, es culpa mia?

¿Eslo, si da su vida á un soplo incierto,

Y el mando militar á un niño fia?

¿Que así la fe tirrena solicite,

Y quietos pueblos sedicioso agite?

XV.

»Pues si él de propio acuerdo torpe yerra,

¿Hay decir que á su mal Juno le acosa,

Y que Íris baja con mision de guerra?

¡Oh! ¡en el ítalo pueblo indigna cosa

Es llevar llamas con que á Troya encierra

Naciente; indigna en Turno (á quien la Diosa

Venilia madre fué, Pilumno abuelo)

Que en paz ocupe su nativo suelo!

XVI.

»¡Y cosa no ha de ser indigna y fea

En el Troyano, si una tierra extraña

Invadiendo feroz con negra tea

Tala y subyuga en torno la campaña!

No, si el suegro se apropia que desea

Y ajena esposa en el hogar apaña;

Ni ha de ser vergonzoso en frigias tropas

Mentir sus manos paz y armar sus popas!

XVII.

»Tú sí que á Enéas en peligros graves

Áun de las manos de los Griegos puedes

Redimirle, y al cuerpo echarle sabes

De aire y niebla sutil propicias redes;

Tú en Ninfas de la mar truecas sus naves:

¡Y á fuero haciendo estás tantas mercedes,

Y yo á tuerto he de obrar si en lado opuesto

Un corto auxilio á mis parciales presto!

XVIII.

»Ignore Enéas lo que ausente ignora,

Y tú olvídale en Páfos ó en Citera,

O en tus grutas de Idalia. No que ahora

En daño suyo, á una nacion guerrera

Provocas, y á una raza vencedora!

¿Quién de frigias reliquias acelera

El fin: yo, ó el que á los Griegos dando paso,

Causó de Troya misma el gran fracaso?

XIX.

»¿Rompiendo antigua paz con rapto insano,

Yo á Europa y Asia en militar porfía

Comprometí? ¿Yo al forzador troyano,

Cuando á Esparta asaltó, serví de guia?

¿Armas y amores ministró mi mano

Al grande incendio? ¡Entónces te cumplia

Por los tuyos mirar! ¡Al aire entregas

Injustas quejas hoy, hoy tarde llegas!»

XX.

Tal Juno declamaba. Asentimiento

Mostraban las Deidades sordo y vario

Murmurando entre sí; cual suele el viento,

Cuyos soplos el bosque centenario

Erizan en templado movimiento,

Y rondando el hojoso santüario

Crecen luégo en rumores murmurantes,

Nuncios de tempestad á navegantes.

XXI.

Habló entónces el Padre omnipotente,

El que todo lo rige y lo compasa

Con cetro universal. Profundamente

Enmudece á su voz el alta casa

De los Dioses; el éter eminente

Calla; tiembla la tierra en su ancha basa;

Encogidos los Zéfiros no alientan;

Los mares su encrespada pompa asientan.

XXII.

«Atentos escuchadme, y lo que os diga

Tened presente. Pues traer no es dado

Teucros y Ausonios á amistosa liga,

Ni tregua admite vuestro encono airado;

Ya bogue el uno en esperanza amiga,

Ya fie el otro en su presente estado,

O Rútulo adalid ó Teucro sea,

No ha de ser, no, que yo parcial los vea.

XXIII.

»Ora arribado hubiere á extraño suelo

Por suerte adversa al Ítalo, ó por vano

Error de patria y seductor señuelo,

A resistir embates el Troyano,

Ni á él redimo ni al otro. Ó gloria ó duelo

Lábrele á cada cual su propia mano:

El cetro universal yo á nadie inclino;

Por sí los hados se abrirán camino.»

XXIV.

Por las riberas del Estigio hermano,

Vorágines de negro ardiente lodo,

Juró lo dicho el Númen soberano:

La frente inclina, y al moverla, todo

Tiembla el Olimpo. A aquel debate vano

Término dando en tan solemne modo,

Se alzó del áureo solio: á los umbrales

Condúcenle entre sí los inmortales.

XXV.

El asedio estrechando á la muralla

Instan á la sazon por toda parte

Los Rútulos, cuidosos de tomalla

Con llamas vivas y sangriento Marte.

El troyano gentío entre su valla

Vese acosado, y de salir no hay arte:

¡Ay tristes de sus nobles campeones

Que las torres defienden y bastiones!

XXVI.

En ya ralo cordon cubren guerreros

El muro. Ambos Asáracos en vano

Se ofrecen, peleando en los primeros;

Timete Hicetaonio, Timbre anciano,

Y Asio, y Castor. Les fueron compañeros

De Sarpedon el uno y otro hermano,

Claro á par y Temon, á aquella guerra

Venidos desde Licia, noble tierra.

XXVII.

Veis al lirnesio Acmon, que arrastra inerte

Mole, parte de monte no pequeña,

Y, cual su hermano Menesteo, fuerte,

Y cual Clicio su padre, la despeña,

Todo el cuerpo tendiendo. De esta suerte

El agredido en arrojar se empeña

Ya volador astil, ya piedra grande;

Y hachas el agresor y dardos blande.

XXVIII.

Como perla de fúlgido destello

En rojo oro engarzada, cuyo oficio

Es dar adorno ya á la sien, ya al cuello;

Ó bien como con clásico artificio

Embutido marfil esplende bello

En terso boj ó terebinto oricio,

Tal Ascanio entre todos resplandece;

Tal descubierta la cabeza ofrece

XXIX.

El digno barragan que Vénus ama,

Y hermoso así por su cerviz de nieve

El tendido cabello se derrama,

Que á su frente hilo de oro ciñe leve.

Mnesteo allí tambien (á quien la fama,

Porque á él de Turno la expulsion se debe,

Ha engrandecido) á la defensa asoma,

Y Cápis, de quien Capua nombre toma.

XXX.

Tambien allí lidiando, los arpones

Lanzaste que homicidas enherbolas

A vista de magnánimas legiones,

Tú, que tu nombre, ¡oh Ismaro! arrebolas,

De ilustre orígen lidio con blasones,

Hijo de aquel país donde con olas

Doradas el Pactolo se desliza

Y cultivados campos fertiliza.

XXXI.

Así unos y otros, sin ganar terreno,

Recia lid pelearon todo el dia.

Y en tanto Enéas á la mar el seno,

Bogando en medio de la noche, hendia.

Pues él, dejado á Evandro, y al tirreno

Campamento venido, hablado habia

Al jefe: nombre y patria le revela;

Lo que ofrece le dice, y lo que anhela;

XXXII.

Y los recursos le describe luégo

Que ha asociado Mezencio á su venganza;

Píntale á Turno en sus enojos ciego;

Pondérale cuán poca confianza

Merece humano cálculo; y el ruego

Añade á la razon. A la alïanza

Tarcon se inclina, y, sin que instantes pierda,

Sus fuerzas une y ya la marcha acuerda.

XXXIII.

A un extranjero príncipe obediente,

Librada así del veto de los hados,

Entrégase á la mar la etrusca gente,

En los buques subiendo aderezados.

La real nave de Enéas en la frente

Muestra frigios leones sojuzgados,

En tanto que en su popa se alza el Ida,

Imágen á expatriados tan querida.

XXXIV.

Allí, en la popa, el ánimo constante

Con pensamientos bélicos fatiga

El grande Enéas. Muévele Palante,

A su izquierda sentado, á que le diga

Ya los astros que rumbo al nauta errante

En noche opaca dan con lumbre amiga,

Ya de su propia vida los azares,

Cuantos corrió por tierras y por mares.

XXXV.

¡Hora, Musas, abridme el Helicona!

¡Inspirad al cantor! Decidme, cuáles

Nobles salieron de la etrusca zona

En auxilio de Enéas; qué navales

Fuerzas ganosas de triunfal corona

Corrieron á los líquidos cristales.

Abrió Másico el rumbo: nao ferrada,

Ante todas su Tigre sobrenada.

XXXVI.

Mil jóvenes reune su bandera

Que de Clusio vinieron y de Cosas,

Y con aljaba al hombro andan ligera,

Con arco audaz y flechas sanguinosas.

Lanza su nave á par de esta primera,

Con lucido escuadron de armas vistosas

Abante adusto, y un Apolo de oro

Presta á su popa tutelar decoro.

XXXVII.

Populonia, su patria, con seiscientos

Mancebos le acudió para la guerra,

No de experiencia militar exentos;

Elba, que hierro inagotable encierra,

Isla famosa, le envió trescientos.

Adivino del cielo y de la tierra

A quien tierra ni cielo nada oculta,

Tercer caudillo, Asila, al mar insulta.

XXXVIII.

Él interpreta lo que parla un ave,

Ve lo que abierta entraña significa,

Y de los astros los secretos sabe,

Y presagos relámpagos explica.

En masa hórrida y densa, tras su nave,

Arrastra mozos mil que calan pica:

Ciudad los reclutó que de Elis viene,

Nueva Pisa, y toscano asiento tiene.

XXXIX.

Sígueles de hermosura y de esplendores

Vestido Astur; Astur, que va fiado

En su potro y sus armas de colores:

Con voluntad unánime, de grado

Le acompañan trescientos guerreadores

Que su nativa Cérete han dejado,

Y á Gravisca insalubre, y la campaña

Que Pirgo ilustra y la que Minio baña.

XL.

Tambien, Cínira, á tí nombrarte cuido,

¡Oh de Ligures capitan valiente!

Ni á tí, Cupavo, dejaré en olvido,

Que llevas por insignia de tu frente

Un plumaje de cisne, envanecido

Penacho tuyo y de tu electa gente:

Amor fué vuestra culpa; vuestra gloria

Eternizar del padre la memoria.

XLI.

Pues Cisne amó á Faeton, le honró con llanto;

Y entre álamos frondosos, en su duelo,

De las hermanas á la sombra, en tanto

Que daba, dicen, al pesar consuelo

Con la música dulce de su canto,

Vistió de ancianidad el cano hielo,

Blandas plumas tomó, y alzóse en ellas,

Tendiendo en su clamor á las estrellas.

XLII.

El hijo á sus paisanos sigue ahora

Con pequeño cortejo: monta el grande

Centauro, y de los remos avigora

El movimiento, porque el monstruo ande:

El cual representado está en la prora;

Un asido peñon la arma es que blande,

Sobre el agua amagando lo suspende,

Y ya con larga quilla el ponto hiende.

XLIII.

Ocno tambien de su natal ribera

Una legion levó para la armada:

Del tusco rio y Manto la agorera

Hijo famoso: aquel que á tu morada

Muros y nombre (el de su madre) diera,

¡Oh ciudad en abuelos bien dotada

Que no de una, de triple estirpe vienes,

Y tribus cuatro en cada raza tienes!

XLIV.

Centro es comun á tan diversas gentes

Mantua; mas de su fuerza y poderío

En la sangre toscana están las fuentes.

Rencores granjeó Mezencio impío

Allí tambien: quinientos combatientes

Mincio conduce en vengador navío

Dende el padre Benaco al mar salado,

De verdes espadañas coronado.

XLV.

Marchando va majestuoso y lento

Auléstes: con cien árboles azota

El mar en levantado movimiento,

Y la masa de mármol hierve rota:

Es su nave un Triton, que corpulento

Con su concha los senos alborota

Del piélago cerúleo, y el semblante

Cerdoso imita de un jayan nadante.

XLVI.

Tiene el monstruo los miembros desiguales,

Busto viril y vientre de ballena;

Y, hendiendo con el pecho los cristales,

Medio hombre, medio pez, la espuma suena.

En treinta buques con caudillos tales

Así, en fin, el ejército se ordena

Que en pro de Troya por los mares vino

Con piés de bronce en líquido camino.

XLVII.

Desamparó los cielos aquel dia;

Ya en alto la alma Febe el hemisferio

En su carro noctívago impelia.

Enéas desvelado, al ministerio

De las velas atiende él mismo, y guia

Firme el timon. En esto, en coro aerio,

Ninfas, que fueron ya sus compañeras,

Mira venir festivas y ligeras.

XLVIII.

Ninfas, de húmidos reinos moradoras

Por superior mandato de Cibéles,

Que de la mar transfiguró en señoras

Tablas que fueron en la mar bajeles.

Juntas bullen, y tantas como proras

Férreas orlaron la ribera: fieles

Reconocen de léjos á su dueño,

Y le cortejan en tropel risueño.

XLIX.

Llegó jovial la que entre todas sabe

Las gracias del decir, Cimodocea;

Con la diestra la popa ase á la nave

Cuyo dorso ella misma señorea,

La izquierda boga en mudo afan süave,

Y nuevas dando á aquel que las desea,

«¿Velas,» le dice, «hijo de Dioses? Vela!

Y sús! con alas desplegadas vuela!

L.

»Troncos fuimos nosotras ya en el Ida,

Naves tuyas despues, del Oceano

Ninfas hoy. Como aleve á nuestra vida

El Rútulo atentó con fuego insano,

Nuestra divina Madre condolida

Mudónos: cables que anudó tu mano,

Mal de grado rompimos; y ella Diosas

Nos hizo de las mares espumosas.

LI.

»De tí, Enéas, venimos en demanda.

Entre muros y fosos, y en aceros

Envuelto Ascanio, arrostra con su banda

Del Latino los ímpetus guerreros.

Ya el sitio ocupan que tu voz les manda

Arcades y toscanos caballeros;

Mas no sin que abocar Turno se apreste

Entre ellos y el real su armada hueste.

LII.

»Animo, pues; y al despuntar temprano

De la próxima luz llama tu gente

Al arma; y el escudo que Vulcano,

Invicto dón de diestra ignipotente,

Te dió, con cercos de oro, embraza ufano.

Si tú confías que mi voz no miente,

De Rútulos atroz carnicería

Verá en pilas alzada el nuevo dia.»

LIII.

Dice; y como quien sabe el modo, y tasa

La fuerza, da á la popa, al irse, un tiento,

Y la despide, como astil que pasa,

Por hábil mano disparado, al viento:

Todas la imitan; la onda apénas rasa

Alígera la flota. El gran portento

Al punto Enéas vió con mente absorta;

Fausto agüero le juzga, y se conhorta.

LIV.

Y á la celeste bóveda serena

Vuelto, «¡Oh del Ida alma Deidad!» exclama;

«Madre que honras el Díndimo, y almena

Triunfal te ciñes, y al leon que brama

Trajiste á la coyunda que le enfrena!

Vén, vén propicia al pueblo que te llama!»

No dijo más. La Noche en tanto huia;

Y ya de lleno resplandece el dia.

LV.

Manda á su gente el adalid que apronte

Los aceros, que á bélicas señales

Preste el sentido, y al peligro afronte

Fuerzas cobrando á la ocasion iguales.

En pié él mismo en la popa, el horizonte

Domina, y á su vista los reales

Troyanos tiene. Con la izquierda luégo

En alto embraza su broquel de fuego.

LVI.

Lo vió el pueblo sitiado, y de los muros

Unánime clamor el aire envía;

Lanzan todas las manos dardos duros,

Creciendo la esperanza en osadía:

Tal grullas de Estrimon nublos oscuros

Cruzan con ruido en la region vacía,

De los Austros huyendo, y libres de ellos

Gritan gozosas con acordes cuellos.

LVII.

Oyó la voz que el entusiasmo exhala

Pasmado el sitiador, que tal no espera;

Hasta que, á ver tornando, mira en ala

Las popas arrimarse á la ribera

Y que en velas envuelto el mar resbala.

Ardele al héroe la gentil cimera,

Ígnea lengua en el aire es su garzota,

Y el escudo de oro incendios brota.

LVIII.

Así tal vez en noche vaga y pura

A los mortales pechos amedrenta

Fúnebre desatando allá en la altura

Cometa asolador su crin sangrienta;

Y así tambien terrífico fulgura

Fogoso Sirio en estacion sedienta,

Y de hambre y peste amenazando al suelo

Con su présaga luz contrista el cielo.

LIX.

Turno audaz áun por eso no desmaya;

A los que llegan repeler emprende

Antecogiendo la interpuesta playa,

Y así en su ardor los ánimos enciende:

«¡Mancebos! de las manos no se os vaya

La ocasion codiciada que os atiende:

En campo abierto, igual á cada parte,

Ya, ya podemos reducir á Marte.

LX.

»Recuerde cada cual lo que á su esposa

Y á su familia debe amenazadas,

Y á ejemplo tome tanta accion famosa

Que honró de sus mayores las espadas.

¡Sús! al agua corramos miéntras posa

Inciertas en la arena las pisadas

El invasor: atrevimiento pido;

Asiste la fortuna al atrevido!»

LXI.

Tal dice; y vacilante considera

Á quiénes dejará los bloqueados

Muros, con quiénes él á la ribera

Correrá. Por escalas sus soldados

Desde las altas popas echa fuera

Enéas á su vez. Cuál á los vados

A saltar se aventura, donde mira

Que el piélago desmaya y se retira;

LXII.

Cuál por los remos á bajar se afana.

Tarcon la playa explora, y do serena

Entrada observa, que ni espuma cana

Quebrantada murmura, ni el arena

Rehierve allí, mas en creciente plana

Se desliza la mar calmosa y llena,

Súbito á ese lugar proas convierte,

Y exhorta á sus guerreros de esta suerte:

LXIII.

«¡Selecta juventud! sobre esa orilla

Lanzad, lanzad con ímpetu de guerra

El robusto espolon á dividilla!

Batid el remo: en enemiga tierra

Abrase surco nuestra misma quilla!

¡Oh! si el suelo una vez mi mano aferra,

Nada me importa que en el punto mismo

Rompido mi bajel vaya al abismo.»

LXIV.

Dijo; y aquellos que con él navegan

Mueven el remo, y con acordes bríos

Por hender los latinos campos bregan

Impeliendo espumosos los navíos,

Hasta que á descansar las proras llegan,

Sin contraste de escollos ni bajíos,

En lo enjuto. No así, Tarcon, tu popa,

Que en un banco de arena áspero topa.

LXV.

Y allí en el agrio dorso, entre los vados,

Pende, y despues de vacilar instantes,

Fatigando las ondas sus costados,

Abierta enajenó los navegantes

Sobre las aguas. Remos destrozados

Les impiden, y escaños fluctuantes,

De los brazos la accion, y retrogradas

Los enredan de piés las oleadas.

LXVI.

Ni á Turno embarazó torpe tardanza;

Toda su hueste arrebatando fiero,

Sobre los Teucros retador se lanza.

Sonó el clarin. Enéas el primero

Contra la agreste muchedumbre avanza,

Y á hijos vence del Lacio (¡fausto agüero!)

A su encuentro, de todos adelante,

Vino Teon, descomunal gigante.

LXVII.

Al cual, del acerado coselete,

Y túnica con oro retesada,

Enéas las junturas rompe, y mete

Por el costado adentro honda la espada.

Con ella luégo á Lícas acomete,

Quien, ya en el claustro maternal salvada,

Infante, ¡oh Febo! te ofrendó su vida;

Fuéle piadoso el hierro, hoy homicida!

LXVIII.

Mató despues á Gias corpulento

Y al fornido Ciseo, cuyas clavas

Peones derribaban ciento á ciento;

Ni altos brazos ni hercúleas armas bravas

Les valieron, ni haberte el grande aliento

Heredado, ¡oh Melampo! á tí que andabas

Un tiempo al lado del invicto Alcídes,

Partícipe en sus suertes y en sus lides.

LXIX.

Veis á Faro, que voces da impotente;

Enéas crudo acero hunde en su boca.

Y tú, Cidon, que el blanco más reciente

Sigues de tu pasion de mozos loca

Siguiendo á Clicio, á quien la faz riente

Temprana edad de blando bello toca,

Tambien á golpes de dardania mano

Allí yacieras con tu ardor vesano;—

LXX.

Mas no; que cuando herirte se promete

Aquella mano, en ala en torno densa

Los siete hijos de Forco dardos siete

Lanzan, cada uno el suyo, en tu defensa:

En el divino escudo y el almete

Parte rebotan sin causar ofensa;

Parte van á la piel, y entrado habria

El hierro, cuando Vénus lo desvía.

LXXI.

Y al fiel Acátes vuelto dijo Enéas:

«¡Oh! dame, dame el arma que solia

Los cuerpos erizar de las aqueas

Postradas huestes en mi patria un dia,

Y á fe que contra Rútulos no veas

Golpe con ella errar la diestra mia!»

Dice, y á la venganza lisonjero,

Fornida lanza toma al escudero.

LXXII.

Voló el hierro que el héroe desembraza,

Y el escudo á Meon y la loriga

Atraviesa, y su pecho despedaza.

Acudiendo Alcanor con diestra amiga,

Al hermano al caer sostiene, abraza.

Mas su ímpetu furioso no mitiga

El asta, y sanguinosa en su carrera

Pasa el brazo á Alcanor, y áun sale afuera.

LXXIII.

Quedóle al infeliz pendiente y flaca,

Mal atada á los músculos, la mano.

Acude entónces Numitor, y saca

Del lacerado cuerpo del hermano

El venablo de Enéas, con que ataca

A Enéas mismo. Fué su arrojo en vano;

Que sólo á rasguñar un muslo alcanza

Al grande Acátes la sesgada lanza.

LXXIV.

De Cúres con los suyos Clauso vino

Presumido en su edad y lozanía.

Rígida lanza este adalid sabino

Desde léjos á Dríopes envía:

Bajo la barba abriendo hondo camino

Entra ella, y vida y voz róbale impía:

Su rostro enmudecido el suelo besa,

Y sangre de su boca mana espesa.

LXXV.

Sigue Clauso, y en modo vário atierra

Tres Tracios, de la estirpe enaltecida

De Bóreas; y otros tantos que á la guerra

Enviaron el padre de ellos, Ida,

E Ísmara su patria. Haleso cierra,

Y cierran los Auruncos en seguida,

Y Mesapo, aquel hijo de Neptuno,

En caballos insigne cual ninguno.

LXXVI.

Cada uno á su adversario al mar cercano

Lanzar intenta con ardiente brío:

Confin de Ausonia aquel humilde llano

Fué cerrado palenque al desafío,

Donde latino ejército y troyano

Disputan de la tierra el señorío:

Ya en pugna cada vez más densa y brava,

Brazo con brazo, pié con pié se traba.

LXXVII.

No de otra suerte en la region vacía

En desapoderado afan los vientos

Alzan tal vez descomunal porfía

Con fuerza igual de opuestos movimientos;

Y ni los nublos ni la mar bravía,

Ni entre sí los contrarios elementos

Ceden: larga es la lid, y en fiel persiste;

Todo, en conflicto universal, resiste.

LXXVIII.

Entre tanto los árcades soldados

Han venido á un lugar donde el terreno

Dejó un crecido arroyo de arrancados

Arboles, y rodadas piedras, lleno:

Soltando los trotones, mal hallados

En tan fragoso sitio á usar del freno,

Si supiesen, á pié combatirian;

Mas principiaron mal, y pronto cian.

LXXIX.

Palante dar les ve la espalda, y luégo

Mira al Latino que les va al alcance,

Y con voces ya amargas, ya de ruego

(Postrer recurso en tan difícil trance),

«¡Compañeros!» les dice, «¿un pavor ciego

Será que á fuga ignominiosa os lance?

Por tanto paso en que adquirísteis gloria,

Por tanta conquistada alta victoria,

LXXX.

»Por nuestro rey Evandro, y la esperanza

Que en vosotros cifró la ambicion mia,

Émula de mi padre á la alabanza,

¡Oh! ¡volved caras! Hay que abrirnos via

Entre enemigos á poder de lanza;

Y donde grupo hostil nos desafía

Más denso, por allí la Patria manda

Que atraviese Palante con su banda!

LXXXI.

»¡No hay Dioses en la lid! somos mortales,

Y es mortal el contrario que os aterra;

Brazos tenemos y ánimos iguales.

O á Troya ó á la mar: la mar nos cierra

El paso con sus moles colosales;

Troya nos llama; efugio no hay por tierra;

Amigos, elegid sin más tardanza!»

Dice, y entre el tumulto se abalanza.

LXXXII.

El primero en ponérsele delante

(A quien mala ventura su rüina

Aconseja) fué Lago: en el instante

Que un gran guijarro á desraigar se inclina.

Venablo duro voleó Palante,

E híncaselo allí donde la espina

Por medio las costillas demarcaba;

Ya adherido á los huesos, lo desclava.

LXXXIII.

Miéntras él á cobrar el arma atiende,

En venganza se arroja y en relevo

Del muerto amigo, Hisbon, y airado emprende

Sobrecoger el árcade mancebo.

Inútil fué su arrojo; le sorprende,

Mal prevenido contra golpe nuevo,

Palante, revolviendo de contado,

Y húndele el hierro en el pulmon hinchado.

LXXXIV.

Y á Estenio, y á Anquemolo, de la gente

De Reto antigua originario, embiste,

El cual de la madrastra osó impudente

Manchar el lecho, y hoy á Turno asiste.

Al filo de su acero juntamente

Caiste tú, Laride, y tú caiste,

Mísero Timbro, en los rutulios llanos:

Hijos de Dauco, idénticos hermanos.

LXXXV.

¡Cuán dulce el confundir los dos gemelos

Fué á sus padres! Con arma hora los pide

Que el suyo le ciñó, Palante; ¡y hélos,

Qué atroz desemejanza los divide!

Pues rodó tu cabeza por los suelos,

¡Oh Timbro! y dueño busca en tí, Laride,

Semiviva tu diestra cercenada,

Y áun los dedos crispando, ase la espada.

LXXXVI.

Sigue Palante, y penetrando el viento

Con un fiero lanzon que á Ilo dispara,

Clava á Reteo, que á la fuga atento

Su carro de dos potros alanzara

En medio á éste y aquél. Por un momento

Ilo así, sin pensarlo, el golpe pára;

Cayó el otro, y asurcan sus talones

El campo de las rútulas legiones.

LXXXVII.

Y fué así que Reteo en ese instante

De tí, gran Teutra, y de tu digno hermano

Tíres, dábase á huir; que de Palante

Ya entónces el ejemplo no era en vano:

No; que á su voz, á su ímpetu arrogante

El dolor y el pudor se dan la mano

A armar las de los Arcades, que anhelan

Venganza, y de él en torno densos vuelan.

LXXXVIII.

Tal, por diversos puntos, en verano

Pastor cuidoso un bosque incendia, y tales

Con el viento las haces de Vulcano

Vencen los interpuestos matorrales

Y unidas corren sobre el ancho llano:

Él, en alto sentado, los triunfales

Esfuerzos de las llamas y su ira

Con victoriosa complacencia mira.

LXXXIX.

Haleso, de otro lado, en armas fuerte,

Embebido en las suyas se adelanta,

Y á Féres, á Demódoco da muerte,

Y á Ladon. A Estrimonio, que levanta

El brazo, un tajo asesta, y cae inerte

La mano que amagaba á su garganta.

Con piedra hunde á Toante el cráneo, y huesos

Mezclados esparció de sangre y sesos.

XC.

Cuidó en las selvas ocultar temprano

Á Haleso, de desgracias agorero

Su padre; mas no bien cerró, ya anciano,

Los blancos ojos al sopor postrero,

Las Parcas, salteando al hijo arcano,

De Evandro le consagran al acero.

Contra él Palante, ántes que el dardo libre,

En sumisa oracion invoca al Tibre:

XCI.

«¡Padre Tibre!» murmura, «porque hiera

Al duro Haleso el corazon, envío

Esta arma voladora: en su carrera

Tú concede fortuna al hierro mio,

Y colgaré á una encina en tu ribera

El despojo marcial.» Oyóle el rio;

Y Haleso, á punto en que á Imaon guarnece,

El pecho al golpe arcadio inerme ofrece.

XCII.

Al gran fracaso del sin par guerrero

Temiendo que se arredre y desbarate

El ejército, avánzase ligero

Lauso, en la guerra alto poder: su embate

De frente Abante recibió el primero,

Que era el nudo y firmeza del combate;

Y sucumben tras él árcades gentes,

Y sucumben tirrenos combatientes,

XCIII.

Y áun vos, reliquias del rebato griego,

¡Oh Teucros! Ya ambas huestes férreos lazos

Con caudillos iguales, igual fuego

Traban, y abrevian de la lid los plazos:

Apremian los de atras; el tropel ciego

Menear no permite armas ni brazos;

Y á un punto acorren con vigor pujante

Contrarios entre sí Lauso y Palante.

XCIV.

En edad uno y otro floreciente,

Ambos son en belleza singulares,

Emulos en fortuna, ¡ay! que inclemente

Tornar les veda á los nativos lares;

Mas el Rey del Olimpo no consiente

Que lleguen á medir sus fuerzas pares:

A mayor enemigo reservados

Marchan los dos bajo terribles hados.

XCV.

A Turno su divina hermana exhorta

A que salte, y auxilio á Lauso preste;

Y él, á su voz arrebatado, corta

En carro volador la armada hueste,

Y, á los suyos mirando, dice: «Importa

Que treguas deis: yo lidiaré; sea éste

Combate singular; Palante es mio.

¡Así viese su padre el desafío!»

XCVI.

Dijo, y campo la turba le franquea

Pasmado oyendo aquel audaz mandato,

Y viendo el pronto obedecer, rodea

Palante á Turno con la vista un rato;

Por su cuerpo gigántico pasea

Los ojos: rabia muda en ceño ingrato

Muestra á distancia: al fin, sin más respeto,

Sale, y contesta del tirano el reto:

XCVII.

«Despojo opimo arrancará mi espada,

Ó, con gloria tambien, daré la vida.

A un caso y á otro apercibido, nada

Del padre ausente el ánimo intimida.

Modera tu soberbia desbocada!»

Dice, y avanza á do sus fuerzas mida:

El árcade escuadron tiembla y recela:

En los pechos la sangre el pavor hiela.

XCVIII.

De su carro á la vez Turno se apea,

De dos brutos tirado; y marcha al duelo

En silencio y á pié. Cual leon, que otea

En lontananza á un toro audaz que el suelo

Escarbando se apresta á la pelea,

Y á él de su alta guarida acude á vuelo,

Tal fué del adalid la semejanza

En el momento en que á lidiar se avanza.

XCIX.

Ya que Palante á Turno estar advierte

A tiro de asta, él desde luégo embiste,

Por si, premiando al más audaz, la suerte

Al ménos esforzado fausta asiste;

Y ántes al aire inmenso de esta suerte

Oró: «Tú, Alcídes, si de Evandro fuiste

Huésped, y amigo te sentó á su mesa,

¡Oh! dame ayuda en mi arriesgada empresa!

C.

»Haz que Turno me mire á él moribundo

Arrancarle las armas en despojos,

Sangrientas; y al cerrarlos hoy al mundo

Haz que me sufran vencedor sus ojos!»

Oyó Alcídes su voz, y en lo profundo

Del pecho comprimió tristes enojos

Haciendo inútil llanto. Jove al hijo

Estas palabras de consuelo dijo:

CI.

«A cada cual fijado está su dia;

De la vida los términos estrechos

Mortal ninguno traspasar podria;

Mas la fama extender con grandes hechos

Es dado á la virtud. ¿Hora sombría

A cuántos no abatió, gloriosos pechos

De sangre diva, al pié de la alta Troya?

Aun mi hijo Sarpedon se hundió en la hoya.

CII.

»Turno mismo á la meta señalada

Ya llega: el hado inevitable gira

Sobre su frente.» Dice, y la mirada

Del campo de los Rútulos retira.

Palante á esta sazon su lanza osada

Con grande esfuerzo á su adversario tira,

Y arranca de la vaina incontinente

La espada, que en su mano arde luciente.

CIII.

Allí el asta fué á dar donde eminente

La armadura protege al hombro, y pudo

Rasguño leve, al fin, al cuerpo ingente

De Turno hacer, despues que de su escudo

Las orlas penetró. Calmosamente

Fornido azcon que acaba en hierro agudo

Blandiendo Turno estuvo rato largo,

Y estas voces lanzaba en tono amargo:

CIV.

«Tú ahora probarás si es más certero

Mi dardo, y más que el tuyo penetrante.»

Dijo; y aunque de láminas de acero

Cubierto, y férreas planchas, de Palante

El broquel, y aforrado en recio cuero,

Por medio hendió la punta con vibrante

Empuje, y dividiendo la trabada

Loriga, el ancho pecho al triste horada.

CV.

El cual, en vano, arráncase caliente

El hierro de la llaga; sangre y vida

Huyen por una senda juntamente.

Agobiado cayó sobre la herida;

Aquel suelo enemigo con la frente

Ensangrentada hirió, y en su caida

Las armas resonaron. En voz alta

Así clamando Turno encima salta:

CVI.

«Id, Árcades; y á Evandro en nombre mio

Direis que al hijo, en la manera aciaga

Que por su culpa granjeó, le envío.

Que los honores últimos le haga

Permítole, consuelo, ¡ay de él! tardío,

Pues caro siempre el hospedaje paga

De Enéas.» Calla, y con la planta izquierda

Hace al yerto adalid que el polvo muerda.

CVII.

Del rico talabarte le despoja

Al mismo tiempo, el cual ostenta impresos

Cincuenta infaustos tálamos que moja

Sangre de esposos míseros, opresos

Por viles fembras, en mortal congoja

Vuelto el gozo nupcial: fieros sucesos

Que en chapas de oro ayer Clonio esculpiera;

Hoy de ello Turno ufano se apodera!

CVIII.

Mas ¡ay! alucinada fantasía

Del hombre, que la suerte venidera

No conoce jamás; jamás, el dia

De la dicha, sus ímpetus modera!

Tiempo será en que Turno compraria

La vida de Palante si pudiera,

Nunca manos pusiera en él, y á enojos

Este triunfo tendrá y estos despojos!

CIX.

Los Árcades, con gran gemido y llanto,

A Palante sacaron de la arena

Puesto sobre un escudo. ¡Ay triste! ¡cuánto

De gloria al genitor, cuánto de pena

Llevas! Róbate envuelto en alto espanto

El dia mismo que en la lid te estrena;

Mas no sin que ántes dejes de hombres muertos

Los campos de los Rútulos cubiertos!

CX.

En tanto á Enéas, no el susurro llega,

Sí mensajero cierto del fracaso;

Que es perdida, le dice, la refriega,

Si él no acude. A su voz se lanza, y paso

Se abre á filo de espada; en torno siega

Cabezas, ancho campo deja raso,

Y á Turno, que en su triunfo se encarniza,

Ardiente busca en la revuelta liza.

CXI.

No se apartan un punto de su mente

Palante, Evandro: aquellos fraternales

Banquetes á que huésped fué presente,

Aquellas diestras que estrechó leales.

Cuatro hijos de Sulmon, cuatro que Ufente

Nutriera, coge vivos, á los cuales

La amada sombra honrando él mismo hiera,

Y su cautiva sangre dé á la hoguera.

CXII.

De léjos lanza airada arroja luégo

A Mago, que mañoso el golpe esquiva

Y á sus rodillas con lloroso apego

(Por encima la lanza fugitiva

Pasó vibrando) exhala humilde ruego:

«Deja que á un padre yo, que á un hijo viva;

Hazlo en amor de ese hijo en quien esperas,

Por la sombra del padre á quien veneras!

CXIII.

»Rescate ofrezco: tengo una alta casa,

Y allí de plata, en sótano profundo,

Cincelados talentos, y sin tasa

De oro labrado y sin labrar abundo.

¿O piensas que á tu campo el triunfo pasa

Porque esta alma mezquina huya del mundo?

¿Qué gaje para tí, qué gloria es ésta?»

Enéas irritado le contesta:

CXIV.

«Libre herede tu prole, de oro y plata

Ese caudal que tu palacio encierra;

Turno, muerto Palante, el fuero mata

De los pactos y trueques de la guerra.

Esta es al padre, ésta es al hijo grata

Sentencia.» Dice; con la izquierda aferra

El yelmo, y hasta el puño en la doblada

Cerviz del suplicante hunde la espada.

CXV.

Ved al hijo de Hemon que se avecina,

Sacerdote de Febo y de Dïana:

Honra sus sienes la ínfula divina,

Y todo él resplandece, de galana

Ropa cubierto y de armadura fina.

Cierra Enéas con él, con furia insana

Le echa á tierra, y sobre él se regocija,

Y con sombra de muerte le cobija.

CXVI.

Recoge en hombros el soberbio arreo

Seresto: á tí, que el campo en sangre bañas,

Alzarle ha, rey Gradivo, por trofeo.

Ya en contra veo á Umbron (que las montañas

De los Marsos dejó), con él ya veo

Restablecer la lid con sus hazañas

A Céculo, hijo ardiente de Vulcano.

A ellos se lanza el adalid troyano.

CXVII.

El cual de un tajo derribado habia

A Anxur la izquierda mano y del escudo

El cerco ponderoso (Anxur, que fia

En cierta frase mágica, y desnudo

Por ella de temor, ya al cielo erguia

El pensamiento, y prometerse pudo

Edad prolija y venerables canas:

¡Todo error grande y esperanzas vanas!);

CXVIII.

Cuando, con armadura refulgente,

De Fauno que en las selvas habitaba

Y la ninfa Driope procedente,

Tarquito arrostra audaz su furia brava:

A éste la cota y el paves ingente

Con su asta misma él de traves entraba,

Y la cabeza al que, rogando, áun iba

Mil cosas á decir, hiere y derriba.

CXIX.

Y el caliente cadáver impeliendo,

Con pecho rencoroso dice encima:

«Madre aquí no vendrá, ¡jayan tremendo!

Que tu cuerpo con blanda tierra oprima,

Ni habrás patrio sepulcro. Te encomiendo

A las aves de presa, ó á la sima

Te lleven de la mar sus ondas vagas

Y peces gusten tus sangrientas llagas.»

CXX.

Luégo á Anteo y á Luca se convierte,

Avanguardia de Turno, al bravo Numa;

Y al hijo de Volcente, aquel Camerte

De faz bermeja, á quien riqueza suma

De tierras entre Ausonios cupo en suerte,

Y reinó en la callada Amicla, abruma;—

Caliente ya su acero, en la campaña

Desborda el héroe inatajable saña.

CXXI.

No de otra suerte contra el cielo un dia

Cien brazos Egeon y manos ciento

Ejercitaba en dura rebeldía,

Y de sus pechos inflamado aliento

Por las cincuenta bocas despedia,

Y de Jove á los rayos igual cuento

Contrapuso de escudos y de puntas,

Todos crujiendo, y amagando juntas.

CXXII.

Ya á los cuatro caballos se encamina,

Que briosos avanzan, de Nifeo;

Ven que los dientes con furor rechina,

Venle acercarse á paso giganteo,

Y temieron, y en fuga repentina

Dan al carro hácia atras brusco rodeo:

Quedó en tierra tirado el triste auriga,

Y vuela al mar la alígera cuadriga.

CXXIII.

Al campo en esto, rebosando en ira,

En carro llegan Líger y Lucago

Que alba pareja de caballos tira:

Las riendas rige aquél; haciendo estrago

Este la espada fulminante gira.

No sufrió Enéas el soberbio amago;

Y ya á los dos hermanos firme avanza,

Gigantesco de verse, alta la lanza,

CXXIV.

«Caballos de Diomédes frigia tierra

Aquí no ves hollar, ni aquesta brida

De Aquíles rige el carro: aquí la guerra

Acabará, y acabará tu vida!»

Esto Líger diciendo, ¡cuánto yerra!

Léjos voló su necio hablar. Ni cuida

Enéas con razones contestalle;

Con arma, sí, que de terror le acalle.

CXXV.

A aguijar los trotones se doblega

Lucago, y en sazon que echa adelante

El pié siniestro, á lid dispuesto, llega

Y la orla baja del broquel brillante,

Y la ingle izquierda luégo, el asta ciega

Taládrale. Rodando en el instante

Moribundo se arrastra el infelice;

Y en tono amargo el vencedor le dice:

CXXVI.

«No de enemiga fila espectro vano,

Ni ya de tus bridones tardo el vuelo,

Lucago, te entregó. Saltaste al llano

Sobre las ruedas por tu propio anhelo.»

Dice, y ase del tiro. El triste hermano

Del carro mismo se escurriera al suelo

Y las inermes palmas extendia,

Y esta plegaria balbuciente envía:

CXXVII.

«Por tí, y aquellos á quien es debido

Tu sér, ¡que con piedad, señor, me veas,

Y esta vida me dejes que te pido!»

Rogando sigue; y replicóle Enéas:

«No así hablabas en ántes, fementido;

Vé, y fiel hermano con tu hermano seas!»

Y con la espada el pecho vengadora,

Santuario del alma, hondo le explora.

CXXVIII.

Por el campo con ímpetu creciente

El dardanio adalid destrozos tales

Hacía, cual horrísono torrente

Ó cual negra legion de vendavales

Enfurecido. Y ved que de repente

Salen, desamparándolos rëales,

El infantil caudillo y sus soldados

Con dicha á dura extremidad llegados.

CXXIX.

«Amadísima esposa y dulce hermana!»

Así Jove entre tanto dice á Juno,

A ella vuelto de grado: «no fué vana

Tu prevision; auxilio da oportuno

Vénus sin duda á la nacion troyana:

Ni ánimo ellos viril ni ardor alguno

Tienen para la guerra (bien dijiste);

Ni fuerza ni constancia les asiste!»

CXXX.

Sumisa contestó la excelsa Diosa:

«Hermosísimo esposo de mi vida!

¿Por qué haces en esta ánima, medrosa

De tus duros mandatos, nueva herida?

Si áun dieses, cual debieras, á tu esposa

De aquel antiguo amor llena medida,

No me negaras, soberano dueño,

Sacar á Turno del sangriento empeño.

CXXXI.

»Y yo á Dauno su padre le tornara

Incólume... ¡Pues no! ¡ruede en el suelo,

Y en su sangre inocente enmienda cara

Tomen los Teucros! Por tercero abuelo

Cuente en vano á Pilumno; su preclara

Estirpe en vano se remonte al cielo,

¿Qué te importa? y de ofrendas mil en vano

Haya ornado tus pórticos su mano.»

CXXXII.

Así entónces le dió respuesta breve

El Señor del etéreo alcázar: «¿Plazo

Quieres mayor para el doncel que debe

Caer al fin bajo enemigo brazo?

Si eso te basta, no será que pruebe

Tu justo anhelo en mí duro rechazo:

Prófugo á Turno saca del combate,

Y que el golpe inminente se dilate.

CXXXIII.

»Y nada más: si á vueltas de tu ruego

Halagas encubierta confianza

De reprimir de la discordia el fuego

Y en los hados hacer total mudanza,

Hasta ese punto en mi poder no llego,

Y alimentas inútil esperanza.»

Tornó Juno, los ojos hechos fuente,

A hablar, y dijo así con voz doliente:

CXXXIV.

«¡Si lo mismo, Señor, que áun no deparas

En voz expresa, el corazon queriendo

Lo acordase, y la vida aseguraras

Que hoy á Turno perdonas! ¡No que horrendo

Fin le espera inculpable! ¿Ó á las claras

Yo, de asustada, la verdad no entiendo?

¡Ojalá que me engañe, y dé tu Alteza

Rumbo mejor á lo que á ser empieza!»

CXXXV.

Dijo, y de lo alto se lanzó del cielo

Moviendo tempestoso torbellino,

Cubierta en torno de nimboso velo:

A las haces troyanas y al latino

Campamento encamina recto el vuelo;

Luégo, á imágen de Enéas (¡oh divino

Prodigio!), de sutil vapor su mano

Un espectro fabrica hueco y vano.

CXXXVI.

Y de imitado arnes y falso escudo

Reviste á aquel fantasma; de la hadada

Cabeza del Troyano el penachudo

Morrion le finge, y la dardania espada;

Voz vana, acento de intencion desnudo

Le da, y remedo de viril pisada;

Cual soñada vision, ó aparecida,

Que se alza, dicen, al faltar la vida.

CXXXVII.

Ya el fingido guerrero sale á plaza,

Y acicalado á vista gallardea

De las primeras filas, y amenaza

Al contrario, y le llama á la pelea.

Encárasele Turno, y desembraza

Desde léjos la lanza que blandea,

Silbante: la fantástica figura

Vuelve la espalda y huye con presura.

CXXXVIII.

Cayó Turno en la red; y á la esperanza

De acabar con Enéas, aire toda,

El alma, lisonjero á la venganza,

Abrió sedienta, de placer beoda.

Y «¿A dónde, Enéas, vas?» grita, y se lanza;

«No, no abandones la ajustada boda!

Tierra que, hendiendo el mar, buscando vienes,

Te la dará mi diestra; aquí la tienes!»

CXXXIX.

Tales clamores, insensato, exhalas

Vibrando el hierro vengador, que envía

Centellas; ¡y no ves que el viento en alas

Tu deseo se lleva y tu alegría!

Echado el puente y puestas las escalas,

Pegada á un alto escollo estar se via

La nao en que de Clusio el rey Osinio

Llegara allí con militar dominio.

CXL.

A ella la sombra, tímida y ligera,

Corre á ocultarse. No se desconhorta

Turno, demoras vence, de carrera

Los altos puentes salta, al barco aporta.

Mas no bien de la proa se apodera,

Juno invisible ya la amarra corta,

Al lance atenta, y de la orilla suelto

El casco arrastra sobre el mar revuelto.

CXLI.

Ni ya el fantasma de ocultarse trata,

Mas alzándose en forma inconsistente

Oscura nube al aire se dilata.

Y miéntras busca á su rival ausente

En medio Enéas de la liza, y mata

A cuantos por do pasa le hacen frente,

Envuelto en impensado torbellino

Ya Turno de alta mar lleva camino.

CXLII.

Ingrato á un beneficio que no entiende

Tornó á mirar, y con doliente grito

Entrambas manos hácia el cielo extiende:

«¡Omnipotente padre! ¿Qué delito

Cometí, que tu saña así se enciende

Y mal tan grande sobre mí concito?

¿Qué es de mí? ¿dónde estoy? ¿Qué fuerza nueva

A dónde, en fuga, y como quién me lleva?

CXLIII.

»¿Acaso hácia Laurento rumbo sigo?

¿Ó volveré por suerte á mis reales?

¿Y qué dirán aquellos que conmigo

Vinieron á la guerra, y á los cuales

(¿Es verdad? ¡oh vergüenza!) al enemigo

Abandoné y á horrores funerales?

Ya, ya los veo que dispersos mueren;

¡Ay! ¡sus lamentos mis oidos hieren!

CXLIV.

»¡Abriese, á devorarme, una honda boca

La tierra! Ó vos, más bien, al ruego mio

Venid, ¡oh vientos! contra dura roca

Arrebatad piadosos mi navío;

Esperanzado en vos Turno os invoca!

¡Allá estrelladme en áspero bajío,

Do Rútulos no lleguen, ni importuna

Fama me siga ni memoria alguna!»

CXLV.

Dice, y en zozobrante afan no sabe

Entre intentos dudosos qué decida:

O si ya, enloquecido por tan grave

Afrenta, el pecho sin piedad divida

Con frenético acero; ó de la nave

Se arroje, y á poder de brazos pida

En su bélico ardor la orilla corva

Venciendo el ponto que lidiar le estorba.

CXLVI.

Tres veces uno y otro pensamiento

Traer á ejecucion el triste ensaya,

Y tres veces tambien su osado intento

La Diosa que le asiste puso á raya,

Condolida; y en blando movimiento

Hace que en brazos resbalando vaya

De hirviente espuma á términos seguros:

Del padre Dauno á los antiguos muros.

CXLVII.

Mezencio á esta sazon, por sugestiones

De Jove, suple del que huyó la falta,

Y con valor sereno las legiones

Teucras invade, á quien el triunfo exalta;

Embisten los tirrenos escuadrones

Al odiado adalid que al campo salta;

Contra él, todos contra él vuelven sus miras

Con densas armas y comunes iras.

CXLVIII.

Mas él, como alto escollo, inmoble, osado,

Que reina sobre el mar, y combatido

Por las ondas y vientos, sin cuidado

Oye de hondas y vientos el bramido,

Así resiste á un lado y á otro lado.

A Hebro Dolicaonio, sin sentido

Echa á tierra, y á Látago derriba,

Y á Palmo en su carrera fugitiva.

CXLIX.

No á estos dos de una suerte; que de roca

Con un pedazo enorme se adelanta

A Látago, y le aplasta rostro y boca;

Mas á Palmo una corva le quebranta,

Y déjale arrastrar, miéntras coloca

La ganada armadura, que levanta,

En los hombros á Lauso, y en la frente

El creston del rendido combatiente.

CL.

Mató luégo Mezencio al frigio Evante:

Y á Mimante, que á Páris compañía

Hizo, en edad y en gustos semejante:

Hécuba el hacha que soñado habia

Dió á luz la noche misma en que Mimante

A Amico de Teana le nacia:

Aquel reposa bajo el patrio cielo;

Cae éste oscuro en peregrino suelo.

CLI.

Cual jabalí que en años se aposenta

Allá en Vésulo, entre alto y alto pino,

O de selvosas cañas se apacienta

Oculto en el pantano Laurentino;

El cual feroz se pára, y nadie intenta

De cerca herirle, si á las redes vino

A colmilladas de uno y otro perro;

Los dientes cruje, eriza frente y cerro,

CLII.

Y á todo lado impávido amenaza;

Y á distancia dan voces y se airan

Los monteros en torno, y él rechaza

En sus lomos los chuzos que le tiran:

Contra Mezencio en semejante traza

Los que con justa indignacion le miran,

Muestran, no cuerpo á cuerpo, sus furores,

Sino á trechos, con dardos y clamores.

CLIII.

Vino ganoso de marcial trofeo

De la antigua Corito Acron, de griega

Raza, que por su fuga, su himeneo

Dejó sin consumar. En la refriega

Con ricas plumas y purpúreo arreo

Que su novia le dió, luciente llega.

Mezencio en un tropel aquella roja

Vislumbre vió, y alegre allá se arroja.

CLIV.

Tal, cuando altas majadas importuno

Ha rondado un leon con rabia hambrienta,

Si alguna cabra huyente ó ciervo alguno

Divisó de engreida cornamenta,

Salta á su presa, y, largo tiempo ayuno,

Abre ancha boca, crespa crin avienta,

Y á las entrañas con ardor se clava,

Y en negra sangre el rostro horrendo lava.

CLV.

Cayó el mísero Acron, y semivivo,

Batiendo con los piés la odiosa tierra,

Roto dardo ensangrienta. Fugitivo

Iba Oródes; pero hecho á franca guerra

Más que él, y ménos que él á plan furtivo,

No quiso herirle á salva mano, y cierra

Mezencio pecho á pecho, y le derriba,

Y con el pié y la lanza en él estriba.

CLVI.

Y dice: «¿Á Oródes el de insigne fama

Visteis, amigos, en la lid? ¡Pues hélo

Bajo mis piés!» Con él la turba clama,

Y el grito de victoria sube al cielo.

«Quienquier seas, tambien, tambien te llama,»

Repuso el moribundo, «aqueste suelo

No harás impune de mi muerte alarde,

Ni será, no, que la venganza tarde!»

CLVII.

Mezencio, con sonrisa que señales

De ira disfraza, replicó: «¡Tú muere!

El Señor de mortales é inmortales

Disponga allá de mí como quisiere.»

Pronunciando feroz palabras tales

La lanza arranca, sin que á más espere:

A eterna noche al mísero destierra

El férreo sueño que sus ojos cierra.

CLVIII.

Sacrator sin piedad á Hidaspe trata;

Triunfante á Alcato Cédico acomete;

Rapo á Partenio y á Orses, que recata

Gran fuerza, humilla; á Cronio y á Ericete,

Hijo de Licaon, Mesapo mata:

A aquél tendido en tierra, audaz jinete

Por su bridon indómito arrojado;

A éste pugnando á pié, de á pié soldado.

CLIX.

Ágis de Licia á estos combates vino,

Tambien como peon: con él Valero

Cierra, y le vence, insigne paladino

De prístinas virtudes heredero.

Salio á Tronio; Neálces, que camino

A flechas alevosas da certero,

A Salio hirió á su vez. Tal iba Marte

Mezclando el campo, igual á cada parte.

CLX.

Todo era estrago y confusion: caian

Vencidos á la par y vencedores,

Y ni los unos ni los otros cian.

De Jove en los altivos miradores

Pensar duele á los Dioses cuál porfían

Los hombres tan sin fruto en sus furores:

Vénus acá, allá Juno ven la riza;

Pálida Furia en medio se encarniza.

CLXI.

Viene Mezencio amenazante y feo

Gran lanza sacudiendo, como esguaza,

Orion á pié los golfos de Nereo

Con mole descollante, cual de caza

Tornando de los montes giganteo

Añoso fresno empuña á fuer de maza,

Corren sus piés sobre la humilde broza

Y allá entre nubes la cabeza emboza.

CLXII.

Tal va con grandes armas el tirreno;

Y Enéas, que veloz llegar quisiera,

Con los ojos le busca, de ardor lleno,

Allá á lo largo de enemiga hilera:

Firme el otro en su basa ve sereno

Al osado adversario á quien espera;

Mide el tiro á la lanza con la vista,

Y «¡Así esta diestra, que es mi Dios, me asista,

CLXIII.

»Y aqueste hierro que vibrante á Enéas,»

Dice, «en castigo á su insolencia arrojo!

¡Y á fe, Lauso, y á fe que con preseas

Que á ese bandido arrancaré en despojo,

Trofeo vivo de mi triunfo seas!»

Calla, y tira de léjos en su enojo

La silbadora lanza. Ella el escudo

Troyano hiere, mas entrar no pudo;

CLXIV.

Y á distancia en su vuelo rechazada,

Va de allí al noble Antor, y hondo camino

Le abre entre las costillas y la ijada.

Compañero de Alcídes, de Argos vino

Antor, y á Evandro unido, hizo morada

En ítala ciudad. Hoy ¡triste síno!

Cae de extraviado golpe: al cielo mira,

Y su Argos dulce recordando, espira.

CLXV.

Tocó á Enéas su vez: su lanza vuela,

Y lienzos, bronce triple y triple cuero

Traspasa á la ancha y cóncava rodela

De Mezencio; va á la ingle; pierde empero

Su fuerza allí: brota la sangre: vela

Gozoso el agresor; tira ligero

De la espada, pendiente al muslo, y salta

Sobre el herido, á quien la fuerza falta.

CLXVI.

De dolor y de amor lanzó un gemido

Y dejó por su faz correr el llanto

Lauso, en viendo á su padre mal herido.

¡Mancebo memorable! no en mi canto

Callaré tu alabanza; ni en olvido

Caerán (si á una virtud de precio tanto

Crédito ha de prestar la edad futura)

Tus nobles hechos y tu muerte dura.

CLXVII.

Perdido ya el vigor, la accion perdida,

Pasos Mezencio daba atras doliente,

Trayendo en el broquel la asta homicida.

Interpúsose entónces impaciente

El mancebo, y haciendo que divida

La atencion el troyano combatiente,

Entretiene la furia de la daga

Con que éste, alta la diestra, ávido amaga.

CLXVIII.

Así del vencedor el movimiento

Lauso embarga; y con alta gritería

Apóyanle los suyos, miéntras lento

El padre resguardado se desvía

Por la pelta del hijo. Armas sin cuento

Sobre Enéas la turba en tanto envía

De léjos; y él, ardiendo en furia nueva,

Firme y guarnido el choque sobrelleva.

CLXIX.

¿Quién vió tal vez en recio pedrisquero

Romper las nubes y azotar la tierra?

Huyen los labradores; y el viajero,

Como en alcázar natural, se encierra

En cava umbrosa ó sólido agujero

Que algun rio le ofrece ó agria sierra;

Y aguarda allí para seguir su via,

Que calme la tormenta y abra el dia:

CLXX.

Así de todas partes asaltado

Eneas se recoge y acoraza

Miéntras escampa el áspero nublado;

Y á solo Lauso increpa, á él amenaza,

Diciéndole: «¿Dó vas, dó vas, cuitado?

¿Qué audaz resolucion incauta abraza

Tu voluntad? A tanto no eres fuerte;

Tu atolondrado amor corre á la muerte!»

CLXXI.

No por eso el mancebo se modera;

¡Y cuál sube de punto y se derrama

Del Troyano el furor! Parca severa

A Lauso no perdona: de su trama

Vital recoge ya la hebra postrera.

¡Demente! él mismo el golpe adverso llama:

Vibrando Enéas el brioso acero

Por medio al infeliz lo esconde entero.

CLXXII.

Pasó el hierro la pelta (asaz ligera

Arma á tanta arrogancia) y la loriga

Que de hilos de oro tierna madre hiciera;

Llenóla en sangre; y triste se desliga

El alma, y á otro mundo huye ligera.

Ni pudo Enéas ya como á enemiga

Aquella faz mirar, faz moribunda

Que extraña palidez baña y circunda.

CLXXIII.

Tan bello ejemplo de filial ternura

Movióle á compasion, tiende la diestra

Y dice á Lauso: «¡Ay jóven sin ventura!

¿Ya el pio Enéas qué ha de darte en muestra

De homenaje á virtud tan noble y pura?

Al ménos tu ceniza él no secuestra;

¡Oh! si algo valen fúnebres honores

Al lado dormirás de tus mayores!

CLXXIV.

»Lleva esas armas, tu delicia enántes,

Y este consuelo en tu forzosa muerte,

Que caiste, no á manos infamantes,

Del grande Enéas bajo el brazo fuerte!»

Dijo, y á los parciales vacilantes

De tardos riñe, y alza á Lauso inerte.

¡Mísero Lauso! en sangre mancha aquellos

Que á la usanza aliñó pulcros cabellos.

CLXXV.

Entretanto á la márgen tiberina

Fuerzas cobrando el genitor doliente,

Con la linfa restaña cristalina

De la herida cruel la abierta fuente,

Y de un árbol al tronco el cuerpo inclina.

De un ramo más allá se ve pendiente

El yelmo duro, y el arnes pesado

Ocioso está sobre el tapiz del prado.

CLXXVI.

Flor de mozos guerreros le rodea:

Él anhelante, sin vigor que rija

Sus acciones, el cuello que flaquea

Apoya; y cubre el pecho con prolija

Rizada barba. Oir nuevas desea

De Lauso, en Lauso está su mente fija;

Y mensajeros de su afan cuitado

Envía, que le vuelvan á su lado.

CLXXVII.

Mas ya sobre sus armas extendido,

Ingente él mismo y con ingente llaga,

Traen á Lauso, haciendo gran plañido,

Sus soldados. De tanto mal presaga

El alma léjos entendió el gemido;

Y sus canas manchando en polvo, halaga

Mezencio su dolor; las palmas tiende

Al cielo; el hijo entre sus brazos prende.

CLXXVIII.

«¿Tanto el halago de existir convida,»

Dice, «y tanto obró en mí, que al enemigo

Te entregué en mi lugar, prenda querida?

¡Y yo (¡padre infeliz!) viviendo sigo!

¡El hijo que engendré me da esta vida,

Yo la muerte le doy! Siento y maldigo

El peso horrendo de mi suerte ingrata;

¡Esta sí es honda herida, esto sí mata!

CLXXIX.

»¡Y tu nombre tambien con mi pecado.

Hijo del alma, yo manché, del trono

De mis padres, por odios arrojado!

¡Así de mis vasallos al encono

Con muertos mil hubiese allá pagado

Mi crímen! ¡No que en mísero abandono

Sobrevivo! ¿Y no dejo todavía

Los hombres y la odiosa luz del dia?...

CLXXX.

»¡Dejaréla!» Y diciendo se levanta

Sobre el enfermo muslo: aunque le impide

Fiero dolor mover la torpe planta,

Animo cobra, y su caballo pide

Que con bien le sacó de guerra tanta:

En él su gloria y su aficion reside,

Noble consolador, fiel compañero.

Al afligido bruto habló el guerrero:

CLXXXI.

«Hemos vivido á fe tiempo sobrado,

Rebo, yo y tú, si mucho tiempo dura

Cosa alguna mortal. Ó ensangrentado

Hoy el vulto traerás y la armadura

De Enéas, y á mi Lauso harás vengado;

O si todo camino cierra dura

La desgracia al valor, caerás! Te digo

Que has de vencer ó de morir conmigo.

CLXXXII.

»Que tú, digno bridon, nunca á villanos

Yugos el cuello inclinarás; ¿ni cómo

Habrias de admitir amos troyanos?»

Dice, y monta el corcel, que humilla el lomo

A recibirle; se llenó las manos

De agudos dardos, y asentóse á plomo:

Guarnecida de bronce centellea

Su frente; áspera crin encima ondea.

CLXXXIII.

Rápido á los contrarios se abalanza;

En el pecho le hierven á porfía

Impetus de vergüenza y de venganza,

Y del herido amor la frenesía

Y el probado valor de su pujanza.

Llama á Enéas, y á lid le desafía

Con grande voz tres veces. El Troyano

Reconocióle, pues, y exclama ufano:

CLXXXIV.

«¡De los Dioses el Padre así lo quiera!

¡Quiéralo el alto Apolo!—Ya contigo

Soy en batalla.» Hablando en tal manera

Con fatídica lanza á su enemigo

Ocurre. El cual replica: «¡Cruda fiera!

Lo acertó tu crueldad; la luz maldigo;

Mátasme un hijo y la esperanza, ¿y quieres

Despues de eso asustarme? ¡Necio eres!

CLXXXV.

»Amenaza no habrá con que me espantes:

No hay Dios á quien respete: no me inspira

Miedo el morir; vengo á morir; mas ántes

Estos dones te traigo.» Dice, y tira

Un dardo, y otro, y otros: incesantes

Lanzándolos, en vasto cerco gira

Volando en torno al campeon, que al rudo

Asalto opone firme el áureo escudo.

CLXXXVI.

Tres veces dió la vuelta el caballero

Sobre la izquierda, armas lanzando á mano;

Y tres cubierto todo en fino acero,

Movió consigo el adalid troyano

Aquel de hincadas puntas bosque entero:

Desclavar tanta flecha, empeño es vano;

Y Enéas lleva á mal que se dilate,

Urgente ya, tan desigual combate.

CLXXXVII.

Medita: al fin en presto movimiento,

A do las huecas sienes le divida,

Dispara al bruto de guerrero aliento

Su lanza. El cual, no bien sintió la herida,

Estribando en los piés azota el viento

Con las manos, y sigue en su caida

Al enredado caballero, y rueda

De bruces, y él bajo sus lomos queda.

CLXXXVIII.

Ambos campos el cielo á grito herido

Encienden. Vuela Enéas, y el acero

Desnudando sobre él, «¿A dónde es ido

Aquel Mezencio,» dice, «ántes tan fiero?

¿Qué se ha hecho ese arrojo tan temido?»

Apénas el exánime guerrero

Cobró, volviendo al cielo la mirada,

La luz perdida y la razon turbada,

CLXXXIX.

Y responde: «¡Acerbísimo enemigo!

¿A qué suspendes sobre mí la muerte?

¿Qué me increpas si á nada yo te obligo?

Libre eres de matarme; ni á moverte

Con ruegos vine aquí, ni ya contigo

Pactos hizo mi Lauso de esa suerte.

Mas si áun queda piedad para el vencido,

Una sola merced muriendo pido:

CXC.

»¡Da que sea mi cuerpo sepultado!

Vengativas escucho en torno mio

Rugir las olas de mi pueblo airado;

¡Sálvame tú de ese furor impío!

Pueda de un hijo reposar al lado!»

Esto dijo no más, y sin desvío

Entregó la garganta á la honda herida.

Y en sangre envuelta derramó la vida.

LIBRO UNDÉCIMO.

I.

En este medio alzándose la Aurora

Del Oceano las regiones deja.

Enéas, aunque el ánsia le devora,

Con que á dar sepultura se apareja

A sus aliados, y consigo llora,

Y el dolor de las pérdidas le aqueja;

Sus votos, vencedor, cumple primero,

Con el albor del matinal lucero.

II.

Cúmplelos; y en la cima de un collado

Hace hincar luégo una robusta encina,

Habiéndola de ramas desnudado;

En ella la armadura diamantina

De Mezencio pondrá: trofeo alzado

Al Dios que en guerras triunfador domina.

Ya le acomoda el yelmo, ya la cota,

Por doce partes perforada y rota.

III.

Truncos vuelve sus dardos al guerrero

En efigie, y su cresta ensangrentada,

Préndele á izquierda el gran broquel de acero,

A su hombro cuelga de marfil la espada.

Y él, entre los aliados el primero,

A hablarles se alza luégo: en apiñada

Y silenciosa turba su persona

Los jefes cercan ya; y así razona:

IV.

«Ya lo difícil acabasteis: llano,

Soldados, lo que falta os adivino.

Ved los despojos del cruel tirano;

Ricas primicias son: ¡en esto vino

Mezencio á dar por obra de mi mano!

Sabed que á la ciudad del rey Latino

Marchar nos cumple. En el marcial intento

Ocupad desde ahora el pensamiento.

V.

»Prevenidos estad, porque llegada

La hora que darán á mi ventura

Los Dioses, de mover el campo, nada

Los ánimos sorprenda, ni á pavura

Ó á dañosa demora los persuada.

A los muertos en tanto sepultura

Demos: único honor que á ellos alcanza

Del Aqueronte en la profunda estanza.

VI.

»Sí, á egregias almas que este patrio nido

Con su sangre nos dan generadora,

Que últimas honras tributeis os pido.

Palante al patrio pueblo que le llora

Sea en fúnebre pompa conducido:

Virtud no le faltó: funesta un hora

Robóle á nuestro amor, robóle al suelo,

¡Ay! para hundirle en sempiterno duelo!»

VII.

Y llora, y al umbral los pasos guia

Donde Acétes, anciano y fiel guerrero,

De Palante infeliz custodia hacía

Al tendido cadáver. Escudero

El del parrasio Evandro fuera un dia,

Y vino en esta vez por compañero

De aquel amado alumno, con auspicios,

Cual ántes no lo fueron, impropicios.

VIII.

En torno ostentan en comun su duelo

Turba troyana y mustia servidumbre,

Y damas, suelto al aire el rico pelo

En señal de dolor, cual fué costumbre.

Entró Enéas al pórtico, y al cielo

Alza inmenso clamor la muchedumbre,

En gran lamentacion hiérense el pecho,

Y suena con el llanto el regio techo.

IX.

Él, viendo de Palante sostenida

La frente, y blanco el rostro á par de muerte

Y en aquel pecho hermoso la ancha herida

Que ausonia lanza abriera, y sin que acierte

El llanto á contener, «¿Tú aquí sin vida,»

Clama, «amigo infeliz? Cuando la suerte

Más propicia á mis armas sonreia,

¡Ay! de mi lado te arrebata impía!

X.

»No quiso la cruel que el triunfo mio

Vieses, y vencedor entre marciales

Pompas volvieses al solar natío!

No hice á tu padre, no, promesas tales

Cuando, enviándome á excelso poderío.

Al darme en tierno abrazo tristes vales

Me advirtió receloso que lo habria

Con gentes bravas en tenaz porfía.

XI.

»¡Y él hora por ventura se complace

En trocar á esperanzas sus temores,

Y ofrendas en el ara y votos hace,

Miéntras damos estériles honores

Al jóven que, pues ya sin vida yace,

Nada debe á los Dioses superiores!

¡Por tí, padre infeliz, cuánto me aflijo!

¡Tú el cruel funeral verás de un hijo!

XII.

»¿Y éste es el triunfo ansiado? ¿éste el festivo

Regreso? ¿ésta mi fe tan engreida?

Mas no le viste, Evandro, fugitivo

Ni echado de la lid con torpe herida;

Ni por qué preferir tendrás, él vivo,

Acerbo trance, ¡oh padre! á infame vida.

¡Cuánto pierdes en él, Ausonia, y cuánto

Tú, hijo mio!» Así habló vertiendo llanto.

XIII.

Que el mísero cadáver se levante

Ordena; y eligiendo mil guerreros

Entre toda la hueste, de Palante

La fúnebre custodia y postrimeros

Honores les encarga: que delante

Lleguen de Evandro, y tristes mensajeros,

Consuelo den, pequeño á duelo tanto,

Mas á un padre debido en tal quebranto.

XIV.

Otros, en este medio, con presteza

De encina y de madroño acopian rama

Con que féretro blando se adereza

Hecho de zarzos en flexible trama:

Verde toldo de rústica maleza

Forman despues á la funérea cama,

Y los miembros del jóven delicado

Tienden en fin sobre el hojoso estrado,

XV.

Cual flor, por dedo virginal cogida,

De muelle viola ó de jacinto tierno,

Que áun formas guarda y esplendor de vida

Falta de jugo y del favor materno.

Dos túnicas Enéas en seguida

Saca, que en leda ostentacion de interno

Afecto dió, labradas de su mano,

La excelsa Dido al capitan troyano.

XVI.

Triste él con una y otra (de ambas era

Grana el fondo, que fino oro recama)

Cubrió el cuerpo, y la hermosa cabellera

Veló, que pronto abrasará la llama.

Cautivas armaduras aglomera

Que de Palante son conquista y fama,

Y en larga serie desfilar ordena

Cuantos ganó despojos en la arena.

XVII.

Allí arneses, caballos. Sordo al ruego

Ya las manos atras ligado habia

A los mancebos cuya sangre al fuego

Dará, en obsequio que al finado envía.

Manda á los mismos capitanes luégo

Arboles lleven que á la luz del dia

El nombre ostente del que fué vencido

Por trofeo, y sus armas por vestido.

XVIII.

Bajo la carga de la edad maltrecho

Acétes miserable en pos se lleva,

Y ora á golpes ofende el flaco pecho,

Ora uñas fieras en su rostro ceba,

Ó de la tierra sobre el duro lecho

Largo se extiende, y su dolor renueva.

El carro de Palante ya aparece

Que con rútula sangre se enrojece.

XIX.

Y Eton, su buen corcel, á su mesnada

Se avanza, del marcial jaez desnudo,

La faz en gruesas lágrimas bañada,

¡Que tanto en él el sentimiento pudo!

Otros su asta y morrion (cinto y espada

Turno se reservó) llevan, y mudo

El ejército á pié la marcha cierra,

El cuento de las lanzas vuelto á tierra.

XX.

Paróse Enéas, cuando en larga hilera

La pompa funeral pasó adelante,

Y dió en alto gemido su postrera

Despedida al cadáver ya distante:

«La misma de la guerra ley severa

A otros llantos, ¡oh máximo Palante!

Y á nuevo afan nos llama. ¡Salve, amigo,

Por siempre, y para siempre adios te digo!»

XXI.

Calló, y á sus reales se encamina

Tendiendo al alto muro. Allí, entretanto,

Llegados son de la ciudad latina

Embajadores, que de olivo santo

Con la rama adornados peregrina

Piden tregua, en la cual los que sin llanto

Honroso á fil de espada yacen muertos,

Sean de tierra por piedad cubiertos.

XXII.

Tregua piden y paz con los finados,

Y que armisticio Enéas á varones

Conceda, á quienes diera ya dictados

De huéspedes y suegros. Las razones

El Troyano aprobó de los legados,

Y añade, al otorgar tan justos dones:

«¡Latinos! ¿qué fortuna indigna os cierra

En estos lazos de forzada guerra?

XXIII.

»¿Por qué á nuestra amistad fuisteis esquivos?

Paz para aquellos me pedis que muertos

Han sido en el combate;—¡áun á los vivos

Quisiera yo otorgarla! A vuestros puertos

No vine con intentos ofensivos,

Mas sumiso al mandato de hados ciertos

Mansion perpétua á establecer. Tampoco

A guerra yo vuestra nacion provoco.

XXIV.

»De la hospitalidad faltando al fuero

El rey Latino en Turno armado fia.

Que Turno á estrago tal, solo y señero

Se expusiese, ¿más justo no sería?

Pues quiere echarnos, y á poder de acero

La guerra terminar, aquí debia

Reñir conmigo; de los dos viviera

A quien Dios ó su brazo se la diera!

XXV.

»Hora los compañeros malhadados

Id á imponer en la funérea pira.»

Dijo. Atónitos callan los legados;

Cada uno, vuelto el rostro, al otro mira.

Dránces, que lustros ya cuenta avanzados,

Que contra el jóven Turno odios respira

Y en daño suyo acusaciones vierte,

Responde, al fin, por todos de esta suerte:

XXVI.

«¡Oh tú, máximo en lid, rico en blasones!

¿Cómo sabré á los cielos ensalzarte?

¿Cuál te honra más, lo justo en las acciones,

O lo sufrido en el rigor de Marte?

Gratos, príncipe, á tí, de tus razones

A la patria ciudad daremos parte;

Y si á ello la Fortuna abre camino,

Te enlazaremos con el rey Latino.

XXVII.

»Turno otro auxilio busque entónces: juro

Que á cuestas hemos de llevar de grado

Para cimiento del troyano muro

Piedras que cumplan lo que manda el Hado!»

A estas palabras con murmullo oscuro

Asienten los demas. Quedó pactado

Que dure, de los muertos en servicio,

Seis dias y otros seis el armisticio.

XXVIII.

Viéronse en él mezclarse los soldados;

Y vagando á la par teucro y latino,

Con hachas abatir por los collados

Fresno que herido cruje ó yerto pino,

Y los cedros rajar de olor cargados,

Con cuñas, y los robles, de contino,

Y quejigos de agreste cabellera

En plaustros gemebundos sacar fuera.

XXIX.

Entretanto la Fama voladora,

Que ya á Palante vencedor mentia,

De lúgubres alarmas nuncia ahora

En torno á Evandro va, llenando impía

Muros y techos donde Evandro mora.

Los Arcades acorren á porfía

Hácia las puertas, y segun costumbre

Antorchas asen de funérea lumbre.

XXX.

Brilla de luces prolongada hilera

Despartiendo los campos que ilumina.

La frigia turba, en tanto, plañidera

A los muros sus pasos encamina.

Reúnense ambos pueblos; ya la entera

Procesion á los techos se avecina:

Las matronas la ven, y altos lamentos

Por la triste ciudad dan á los vientos

XXXI.

A moderar á Evandro no es bastante

Fuerza humana. Allá vuela, allá se arroja,

Y deteniendo el féretro, á Palante

Postrado abraza, en lágrimas le moja,

Contra el seno le estrecha sollozante.

Cuando hubo apénas la mortal congoja

Dado paso á la voz, gimiendo dice:

«¡Ay hijo de mi alma! ¡ay infelice!

XXXII.

»En vano me ofreciste cautelarte

Del peligro fatal. Yo bien sabía

Cuánto en la guerra á seducir es parte

De la gloria el sabor; con qué energía

En el primer conflicto arrastra Marte

La juvenil ardiente fantasía!

¡Tristes primicias de tu edad lozana!

¡Dura preparacion de lid cercana!

XXXIII.

»¡Ay! que mis votos y mis preces nada

Me valieron. Y tú, bendita esposa,

No á tan fieros dolores reservada,

¡Cuánto fuiste, muriendo, venturosa!

Por modo opuesto, yo de mi jornada

He vencido la senda trabajosa,

De las pruebas triunfé del hado esquivo,

Y ya ¡padre infeliz! me sobrevivo.

XXXIV.

»¡Hubiera yo seguido los reales

Troyanos, y los Rútulos me hubiesen

A dardos abrumado, y pompas tales

A mí, no á mi Palante, aquí trajesen!

Mas aquellos banquetes fraternales,

¡Oh Teucros! no temais que hora me pesen,

En que la diestra os di como alïado;—

¡Golpe era aquéste á mi vejez guardado!

XXXV.

»Que si fué tu destino en tan tempranos

Años caer, cayeras á los ménos

—Muertos ántes mil Volscos á tus manos—

Guiando al Lacio el paso de tan buenos

Compañeros! Piadoso el Rey troyano,

Nobles Frigios y en masa los Tirrenos

Te han hecho, sí, muníficos honores;

Yo mismo no te hiciera otros mayores.

XXXVI.

»Traer les miro en árboles triunfales

Armados cuerpos que humilló tu acero.

Las fuerzas de la edad fuesen iguales,

Y gran tronco llegaras tú el primero,

Turno! —Mas ¡ay de mí! ¿por qué, mis males

Llorando, os privo del laurel guerrero?

Id ya, y á vuestro Rey en nombre mio

Llevad estas palabras que le envío:

XXXVII.

»Causa eres tú que yo viviendo siga,

Muerto Palante, en este odioso suelo;

Pues nos debes de Turno la enemiga

Cabeza á mí y á él. De tí en mi duelo

Y de Fortuna esta esperanza abriga

Mi pecho. Para mí ya no hay consuelo

Humano; mas á un hijo en su honda estanza

Nuevas quiero llevar de su venganza!»

XXXVIII.

Despierta con sus rayos celestiales

El nuevo dia, que en oriente raya,

Al usado ejercicio á los mortales.

Ya el padre Enéas, ya en la corva playa

Tarcon ha alzado piras, en las cuales

Vaya el Troyano y el Tirreno vaya

A colocar los muertos de su bando,

Los patrios ritos cada cual guardando.

XXXIX.

Arde la lumbre lúgubre, y oscura

Nube envuelve del cielo las regiones.

Revestidos de espléndida armadura

Tres veces han marchado los peones

En derredor del fuego que fulgura;

Y tres los de á caballo en sus bridones

Lustran la triste funeral hoguera,

Y lanzan de dolor voz lastimera.

XL.

Plañendo de consuno, el largo lloro

Riega el suelo y al par las armas riega:

De las trompetas el clangor sonoro

Y el clamor de la gente al cielo llega.

Quién á las llamas el marcial tesoro

A los Latinos arrancado, entrega:

Finos yelmos, magníficas espadas;

Frenos y ruedas, á encenderse usadas.

XLI.

Otro tal vez á la funérea pira,

Prendas notorias de los que ella abrasa,

Los escudos y aquellas armas tira

Que ántes ciñeron con fortuna escasa.

Mucho novillo en cerco arder se mira,

Híspidos cerdos, víctimas sin tasa

Traidas de los campos: hierro fuerte

Las rinde al fuego y las consagra á Muerte.

XLII.

Caros cuerpos por toda la ribera

Vense humear; y nadie se retira

De la que guarda medio extinta hoguera,

En tanto que en silencio húmeda gira

Tachonada de luces la alta esfera.

Y allá tambien innumerable pira

(Que allá gimen tambien tristes destinos)

Han alzado en su campo los Latinos.

XLIII.

Y á sus muertos, en parte, acogimiento

Bajo la tierra con piadosas manos

Mullen; otros envían á Laurento,

Llevan otros á predios comarcanos;

Y los demas sin distincion ni cuento

Hacinados consumen. Ya los llanos

En su vasta extension lucen doquiera

Con el émulo ardor de tanta hoguera.

XLIV.

Así como ahuyentó con luz serena

Gélidas sombras el tercero dia,

Ruedan la alta ceniza, y tibia arena

A los revueltos huesos que envolvia

Encima acopian... Mas oid cuál suena,

En esta de dolor larga porfía,

La ciudad y su alcázar opulento

Con mayor alarido y movimiento.

XLV.

Madres allí, ternísimas hermanas,

Y huérfanos y viudas la homicida

Guerra maldicen en querellas vanas,

Y la boda de Turno prometida:

Que las armas él solo empuñe insanas,

Que él solo, exclaman, con las armas pida

El imperio de Italia y la corona,

Y los sumos honores que ambiciona!

XLVI.

De las hembras dolientes el dictámen

Fiero apoyando Dránces, acredita

Que á Turno emplaza á singular certámen

El Troyano, y á solo Turno cita.

Parciales hay tambien que á Turno aclaman,

Ya abogando por él, ya en ronca grita:

Con cien trofeos triunfador le nombra

Voz popular; le da la Reina sombra.

XLVII.

En medio á tan ardientes altercados,

De vuelta de Argiripa floreciente

Veis aquí se presentan los legados

Que allá marcharon; y, con triste frente,

Que tan grandes trabajos empleados

Empeño fueron, dicen, impotente:

Nada han valido con el jefe griego

Dádivas, oro, ni apremiante ruego.

XLVIII.

Ó á otra alianza, pues, tentar camino

Ó proponer las paces al Troyano

Será forzoso. El mismo rey Latino

En profunda afliccion cayó. No en vano

Las claras muestras del furor divino,

Y los alzados túmulos del llano

Que recientes se ofrecen á la vista,

Incontrastable anuncian la conquista.

XLIX.

Y así el Rey de su corte á los primeros

Varones, en sus altos penetrales

Cita á solemne junta. Ellos ligeros

Van, llenando avenidas y portales.

Venerable entre tantos consejeros

Por sus canas é insignias imperiales,

Grave en medio de todos él se asienta;

Ni es ledo aspecto el que su faz ostenta.

L.

Y luégo á los legados que, cumplido

El cargo, han vuelto del etolio estado,

Manda que de tan grave cometido

Cuenten punto por punto el resultado.

Cesa ya de las lenguas el rüido,

Y obediente del príncipe al mandado,

«Vimos, conciudadanos, á Diomédes,»

Vénulo dice, «y sus argivas sedes.

LI.

»Asperezas vencimos del camino,

Y á término llegando, aquella mano

Tan temida tocámos por quien vino

A tierra un dia el gran poder troyano.

Triunfante el Rey, con próspero destino,

En los campos del yápigo Gargano

Echaba de Argiripa el fundamento,

Ciudad que así nombró del patrio asiento.

LII.

»Así que entrado hubimos, y licencia

Se otorgó á las palabras, nuestros dones

Ofrecimos, y nombre y procedencia

Declarámos al Griego: las razones

Expusimos despues, que á su presencia

Nos llevaron; la guerra que varones

Extranjeros nos mueven. Manso oyónos,

Y habló á su turno en apacibles tonos:

LIII.

«Antigua raza, Ausonios fortunados,

»Que en paz gozais de la saturnia tierra,

»¿Qué os instiga, viviendo sosegados,

»A provocar desconocida guerra

»Y en demanda á correr de nuevos hados?

»¡Oh! quien eso pretende, ¡cuánto yerra!

»Nosotros profanámos con el hierro

»A Troya; y ved nuestro ejemplar destierro!

LIV.

»No en las pérdidas sólo que nos cuesta

»El largo sitio, mi escarmiento fundo;

»Ni sólo el frigio Símois me amonesta

»De cadáveres lleno. Andando el mundo

»¿Qué atroz suplicio por sufrir nos resta?

»Doliera al mismo Príamo. Iracundo

»El astro de Minerva, y Cafereo

»Cruel lo sabe, y el peñon Eubeo.

LV.

»A otra zona lanzados, Troya hundida,

»Llegó hasta las Columnas de Proteo

»Peregrinando Menelao Atrida;

»Llegó Ulíses al antro Ciclopeo.

»¿Recordaré de Pirro la caida,

»Derribado el altar de Idomeneo,

»Y la locrina juventud, ahora

»De las líbicas costas pobladora?

LVI.

»El mismo miceneo Rey, que un dia

»De los grandes Aquivos tuvo el mando,

»Fué, entre su mismo penetral, de impía

»Consorte muerto bajo el brazo infando;

»Venció así á quien vencido á Troya habia,

»Villano burlador. Y yo, tornando

»Al patrio hogar, la deseada esposa

»No hube de ver ni á Calidonia hermosa.

LVII.

»¡Iras del cielo! Y áun aquí sombríos

»Me siguen y fatídicos portentos:

»Mudados ya los compañeros mios

»En aves, cruzan los delgados vientos,

»Siguen el curso á los desiertos rios

»(¡Inaudita expiacion! ¡fieros tormentos!)

»Y con fúnebres ecos de gemidos

»Hinchen ¡ay! los escollos maldecidos.

LVIII.

»Temer debí tan espantosos males

»Desde que en liza desigual, insano

»Pude atentar á cuerpos celestiales,

»Y á Vénus ofendí la diestra mano

»Con sacrílega herida. Horrores tales

»Finaron ya: con el poder troyano

»Guerra no tengo; ni mi antigua gloria

»Renuevo con placer en la memoria.

LIX.

»Yo, pues, en vuestro intento no conspiro:

»Antes bien, que volvais á Enéas cabe

»Esos presentes que traer os miro

»De la patria. Ya golpe á golpe, en grave

»Conflicto ya, de léjos, tiro á tiro,

»Probé yo mismo el arte con que sabe

»Empinar el broquel; la gran pujanza

»Con que él menea la fulmínea lanza.

LX.

»Fiad por tanto en la experiencia mia.

»Si el suelo ideo producido hubiera

»Dos héroes más como él, llegado habria

»A inaquios reinos el Dardanio, y viera

»Grecia en duelo trocada su alegría.

»¿Quién, sino Héctor y Enéas, de guerrera

»Inmensa muchedumbre opuso terco

»Antemural al estrechante cerco?

LXI.

»Ambos hicieron con su fuerte diestra

»Que un año, y otro, y diez, dia tras dia,

»Retrocediese la victoria nuestra:

»Iguales en esfuerzo y bizarría,

ȃste en virtudes superior se muestra.

»¡Oh! paz haced con él, donde ella os ria;

»Y huid toda ocasion que en lid acabe

»Y con sus armas vuestras armas trabe.»

LXII.

»Esto, ¡oh máximo Rey! en la ardua empresa

Falla el Griego y responde.» Habló; y creciente

Rumor, pasada la primer sorpresa,

Corre de boca en boca entre la gente,

Como raudal, en natural represa

De rocas detenido, que impaciente

Murmullo forma, y la ribera brama

Con el agua que bulle y se derrama.

LXIII.

Cuando cesó la agitacion primera

El anciano monarca abrió su boca,

Y habló de su alto solio en tal manera,

Despues que á las Deidades pio invoca:

«Quise yo que en sazon se definiera

Esta causa, ¡oh Latinos! Hoy que toca

Armado el enemigo á nuestras puertas,

Tarde á civil consejo están abiertas.

LXIV.

»En guerra nos hallamos importuna

Con recia, diva gente, que fatiga

No recibió jamás de lucha alguna,

Ni las armas depone, aunque enemiga

Redoble adversos golpes la Fortuna.

Nadie en extraños esperando siga;

Faltónos la alïanza del Etolo:

Cada cual en sí mismo espere sólo.

LXV.

»Dicho está, ciudadanos, cuánto sea

Esta esperanza individual mezquina;

¿Mas quién hay que no palpe luégo y vea

Que amenazado de fatal rüina

El público edificio tambalea?

A nadie vuestro príncipe acrimina:

Ha hecho el valor cuanto al valor es dado;

Todas sus fuerzas concentró el Estado.

LXVI.

»Qué ocurre ahora á mi indecisa mente

Atended; breve soy; aquesto creo:

Un territorio á par de la corriente

Tusca, de antiguo, cual sabeis, poseo,

Que hasta el confin sicano hácia occidente

Se dilata. A labranza y pastoreo

Dan Rútulos y Auruncos sus collados.

Parte bravíos, parte cultivados.

LXVII.

»Cedamos por la paz á los Troyanos

Esa áspera region, cuan larga yace,

Con los montes piníferos cercanos.

Iguales leyes de concorde enlace

Les daremos, y parte como á hermanos

En el reino. Pues tanto les aplace

Aqueste suelo, de temor seguros

En él se arraiguen y establezcan muros.

LXVIII.

»Mas si han de ir, y el destino lo tolera,

A otras playas, es bien que les labremos

Veinte cascos de itálica madera,

O más que alcancen á ocupar: tenemos

Sobrado material en la ribera.

Brazos daré, espolones, jarcias, remos,

Y de las naves el equipo todo;

Fijen ellos el número y el modo.

LXIX.

»Además, á su campo cien varones

Vayan, eximios en la gente nuestra,

Que les lleven de paz proposiciones

—El sacro olivo en la inocente diestra—

Y por mí sellen pactos. Ricos dones

De oro y marfil conducirán, en muestra

De mi amistad, y silla y trábea, emblema

De esta que ejerzo autoridad suprema.

LXX.

»¡Ea! el remedio decretad que implora

La afligida nacion que en vos espera!»

Dránces entónces se alza, á quien devora

Por la gloria de Turno, torticera

Emulacion y envidia roedora.

Fuerte en recursos y en palabras era,

No en armas: en consejos, de prudente

Fama gozaba, agitador potente:

LXXI.

Bien que de padre incógnito, debia

Nobleza ilustre á la materna rama.

Alzóse entónces, pues, y así á porfía

Cargos amontonando iras inflama:

«¡Benigno Rey! propones, á fe mia,

Cuestion que, á nadie oscura, no reclama

Mi voz. La causa del comun fracaso

Todos la saben; mas la dicen paso.

LXXII.

»¡Dé libertad de hablar, y enfrene el vuelo

A su orgullo, el fatal ductor que hace

Con funestos auspicios—sí, dirélo,

Y siquiera de muerte me amenace!—

Tanto prócer caer, y sume en duelo

A la ciudad, miéntras con pié fugace

Del enemigo campo se desvía

Y al asordado cielo desafía!

LXXIII.

»¡Ojalá que esa espléndida embajada,

¡Oh el mejor de los reyes! y esos dones

Muchos y grandes que enviar te agrada,

Con uno solo y principal corones!

No del justo dictámen te disuada

Rebelde encono de émulas pasiones:

Da tu hija en digna boda á egregio yerno,

Y afirma así esta paz con lazo eterno!

LXXIV.

»Vamos á él mismo á suplicarle, empero,

Si tanto miedo embarga á los Latinos,

Que ceda, y deje al Príncipe su fuero

Natural ejercer, y los destinos

Contemple con piedad de un pueblo entero.

—Tú, sola causa á nuestros males, dínos,

¿Los tristes ciudadanos de esa suerte

Arrastrarás de nuevo á horrenda muerte?

LXXV.

»La guerra de salud no da esperanza:

Todos pedimos paz, dánosla luégo

Con la prenda inviolable que la afianza!

Soy el primero que á pedirla llego,

Yo, á quien émulo finges; ni hay tardanza

En mí—vesme á tus plantas—para el ruego:

¡Ten piedad de los tuyos, pon la ira,

Y léjos derrotado, te retira!

LXXVI.

»¡Cuánta muerte hemos visto! ¡cuánto estrago!

¿Qué tala en vastos campos no hemos hecho?...

Mas si es que ejerce irresistible halago

La fama en tí, si escondes en el pecho

Tanto valor, y de tu afan en pago

Esperas como dote regio techo

Que no has de renunciar, entónces, ¡ea!

Afronta á tu enemigo en la pelea.

LXXVII.

»Para que el regio enlace Turno ufano

Goce, ¿sólo á nosotros por ventura,

Sin lágrimas ni honores, en el llano

Nos toca sucumbir, caterva oscura?

Tú tambien, tú tambien, si no es en vano

Fama heredera de marcial bravura,

Sál luégo al campo, y con la frente erguida

Contempla al que á batalla te apellida!»

LXXVIII.

Turno, impaciente ya, lanzó un gemido,

Y voces tales de lo más profundo

Del pecho arranca, en cólera encendido:

«Tú el primero en llegar, tú el más facundo

En los consejos, Dránces, siempre has sido.

Brazos pida la patria, ardor fecundo,—

Jamás el labio vocinglero sellas.

¡Palabras! ¿y á qué el aula henchir con ellas?

LXXIX.

»Pomposas á volar las das seguro

Miéntras sangre los fosos áun no llena

Y áun pára al agresor trabado muro.

Por tanto en tu oracion, cual sueles, truena,

Trátame, oh Dránces, de guerrero oscuro,

Ya que tú de cadáveres la arena

Cubrir supiste, y por tu diestra veo

Alzado acá y allá tanto trofeo!

LXXX.

»Gala hacer de valor te es dado en guerra,

Ni habrás por enemigos de afanarte

Yendo á buscarlos en remota tierra;

Cercándonos están por toda parte.

¡A ellos, pues, á ellos! ¡cierra, cierra!

¿Qué aguardas?... ¿O los ímpetus de Marte

Tú jamás de otra suerte los conoces

Que en tu gárrula lengua y piés veloces?

LXXXI.

»¡Yo derrotado! ¿Quién de derrotado

Me acusará, vil monstruo, cuando vea

Que el Tibre por mi diestra acrecentado

Con la troyana sangre rojo ondea;

Que Evandro con su casa y con su estado

Sacudido de asiento bambolea,

Y que en fuga los árcades guerreros

Arrojan en el campo los aceros?

LXXXII.

»No, no tal me probaron en su dia

Pándaro y Bícias, con su gran pujanza,

Y otros mil cuyas almas á porfía

Hundió mi diestra en la tartárea estanza

Cuando ejército hostil me circuia!—

¡La guerra de salud no da esperanza!

Al régulo dardanio, á tus parciales

Vé, agorero, á cantar presagios tales!

LXXXIII.

»¡Alienta en tu alarmante clamoreo

A gente no una vez vencida, y pisa

Las esperanzas de la nuestra!... Veo

Que huyendo ya con azorada prisa

Los Mirmidones van, y el de Tideo

(¡Tanto alcanzas!) y Aquíles de Larisa,

Y vuelve su corriente espavorido

De las ondas adriáticas Anfido!

LXXXIV.

»Luégo, que amenazante le intimido

Simula, y es el miedo de la muerte

De que astuto se ostenta poseido,

Nueva ponzoña que en sus tiros vierte.

Jamás esta mi diestra, fementido,

—Escucha en paz; no has, no, por qué moverte—

Esa alma vil te arrancará del pecho

Donde su nido y su morada ha hecho!

LXXXV.

»A tí y á las consultas que propones,

Ahora, oh Padre, la atencion convierto.

Si nada de tus fieles campeones

Aguardas ya, si la esperanza ha muerto,

Si nunca la Fortuna á dar sus dones

Volvió, cuando en la guerra el desconcierto

Pudo una vez señorear las almas,

Tendamos luégo las inertes palmas,

LXXXVI.

»É imploremos la paz;—aunque ¡ah! si hubiera

Algun resto en nosotros todavía

De la virtud antigua!... ¡yo dijera

Entre todos egregio en bizarría,

Y en la coronacion de su carrera

Feliz, al que dejó la luz del dia

De una vez, por no ver tamaña afrenta,

Mordiendo el polvo de la lid sangrienta!

LXXXVII.

»Mas si hay recursos, si hay á lid dispuesta

Intacta juventud; si pueblo tanto,

Tanta ciudad itálica nos presta

Oportuno favor; si sangre y llanto

A los Troyanos su victoria cuesta,

Y asolacion igual, igual espanto

Allá domina, ¿ante el umbral primero

Rendiremos cobardes el acero?

LXXXVIII.

»¡Temblar de miembros, cuando áun no ha sonado

La retadora trompa! En su porfía

Vuelve las cosas á mejor estado

El tiempo, huyendo un dia y otro dia.

¿Fortuna qué de veces no ha sentado

En firme basa al que burlara impía?

Ni á extremo caso hemos llegado; sólo

El auxilio nos falta del Etolo:

LXXXIX.

»Nobles jefes diputan los vecinos:

Ved al fausto Tolumnio en los primeros,

Ved á Mesapo. Triunfos no mezquinos

Ganará, sí, la flor de los guerreros

Del Lacio y de los campos laurentinos!

Acaudilla tambien sus caballeros,

Honor, Camila, de la volsca gente,

Acorazados de metal luciente.

XC.

»Mas ya que á lid me citan decisiva

Los Teucros, si esto agrada, y tanto impido

La pública salud, no así huye esquiva

La victoria de mí, que tal partido

No abrace ante tan grata perspectiva.

Sí; con Enéas sin temor me mido:

Cual otro Aquíles venga si le place,

Y armas como hechas por Vulcano, embrace!

XCI.

»Ya lo he jurado, y con placer me inmolo

(Que á mis mayores en virtud no cedo)

Á vos y al Rey mi suegro.—¿Á Turno solo

Emplaza Enéas? Pues admito ledo

El singular combate. ¿Permitiólo

El Cielo por castigo? No haya miedo

Que Dránces lo padezca;—¿en nuestra gloria?

Coger no espere el lauro de victoria!»

XCII.

De esta suerte en recíproca porfía

Altercan sobre el arduo tema, cuando

Ved que Enéas su ejército movia.

Corre el palacio, y va terror sembrando

Por la ciudad con alta vocería

Un mensajero: Que el troyano bando

Ha dejado la márgen tiberina;

Que la tirrena hueste al par camina;

XCIII.

Que vienen en concorde movimiento

Cubriendo las campiñas dilatadas.

Los ánimos se turban al momento:

Renuevan, con imperio estimuladas,

Las populares iras su ardimiento;

Frenéticos bramando, á las espadas

Los jóvenes se arrojan; los ancianos

Quejas murmuran entre lloros vanos.

XCIV.

La grita de la gente hiere al cielo

Creciendo acá y allá vária y confusa,

Como en los bosques al posar el vuelo

Clamar el coro de las aves usa

Entre el hojoso y apiñado velo;

O como en el pecífero Padusa

Miles de cisnes que le habitan, suenan

En roncas voces, y el canal atruenan.

XCV.

De la ocasion asiendo que los hados

Le dan, «¡Bien, ciudadanos!» Turno grita:

«Consejo celebrad, y haced sentados

Las alabanzas de la paz bendita,

Miéntras sobre nosotros descuidados

El taimado invasor se precipita!»

Puertas afuera de la régia estanza,

Sin esperar á más, raudo se lanza.

XCVI.

«Ház que el volsco escuadron se ordene ufano

De sus señas en pos, Voluso, y guía

Tú á los Rútulos,» dice;—«y en el llano

Desplegad la veloz caballería,

Oh Mesapo, y tú, Córas, con tu hermano.

Avenidas y torres á porfía

Defiendan otros; y conmigo ande

Armado el resto á do mi voz lo mande.»

XCVII.

Correr se ve la poblacion entera

A la muralla. Al mismo Rey anciano

Obliga el triste lance á que difiera

Aquel consejo, comenzado en vano,

Y sus grandes debates. Que no hubiera

Llamado en tiempo al adalid troyano

Al reino, acreditándole por yerno,

Mucho se culpa con lenguaje interno.

XCVIII.

Quiénes ante las puertas cavan fosas,

Quiénes mueven estacas, y acarrean

Piedras á empuje. A lides sanguinosas

Instrumentos horrísonos vocean.

Y ya, en vario cordon, madres y esposas,

Y niños de tropel, largo rodean

El muro. A todos en aqueste dia

Llama el último trance y agonía.

XCIX.

Hácia el templo de Pálas, entretanto,

Que entre sacros alcázares descuella,

Se encamina la Reina: haciendo llanto

Numerosas matronas van con ella

Sus dones á ofrecer al Númen santo:

Marcha á su lado la real doncella,

Que inocente causó tantos enojos,

Y no levanta los hermosos ojos.

C.

Inciensan, en subiendo á los umbrales,

El templo, y el dolor que el pecho encierra

Exhalan, de allí mismo en voces tales:

«¡Arbitra omnipotente de la guerra!

¡Mira, oh vírgen Tritonia, á nuestros males!

Al Frigio salteador derriba en tierra,

Quiebra en su mano tú la arma homicida,

Y ante esas puertas él la arena mida!»

CI.

Turno airado á su vez se arma á batalla:

Con escamas de bronce á maravilla

Cubierta, viste la rutulia malla;

De áureas grevas ornó la pantorrilla

(La sien áun no ha cuidado resguardalla);

Ciñóse espada, y todo es oro, y brilla

Rajando airoso del alcázar alto

A anticiparse al enemigo asalto;

CII.

Cual, rotos los ronzales, sin que nada

Se oponga en campo abierto á su albedrío,

Vuela el corcel al pasto y la yeguada

Huyendo del pesebre; ó hácia el rio

En que los miembros refrescar le agrada,

Erguida la cerviz, con ágil brío,

Bufando va, y en ondas sobre el cuello

Le juega, y por los brazos, el cabello.

CIII.

Acompañada de la volsca gente

Camila al paladino se atraviesa

Al paso, y ya en las puertas, reverente

A tierra salta la gentil princesa:

Dóciles á su ejemplo, incontinente

Se apean los demas con fácil priesa;

Y á hablar ella principia de esta suerte:

«Turno, si un pecho que se siente fuerte,

CIV.

»Si un ánimo resuelto confianza

Poner puede en sus fuerzas, yo de lleno

Contrastar del Troyano la pujanza

Prometo, y sola arrostraré al Tirreno.

Deja que vaya á ejecutar venganza

Mi diestra, y de peligros fausto estreno

Haga esta vez en el combate duro;

Y tú con los de á pié guarnece el muro.»

CV.

«¡Ornamento de Italia! ¡denodada

Vírgen!» Turno á su vez exclama, puesta

En la fiera doncella la mirada:

«¿Qué gracias dignas, qué cortés respuesta

Podré dar, á tu mérito adecuada?

Mas ya que á todo riesgo estás dispuesta,

Obremos de consuno. Enéas—sélo

Por espías, y es voz que toma vuelo—

CVI.

»Ese Enéas malvado, en la llanura

Gente á caballo, armada á la ligera,

Mandó á escaramuzar; mas él la altura

Solitaria del monte en tanto espera

Vencer, y á la ciudad llegar procura.

Yo en los senos del bosque una certera

Emboscada pondréle, con soldados

El sendero asediando á entrambos lados.

CVII.

»Tú al Tirreno, reuniendo tus pendones,

Vé, y el fuerte Mesapo allá te siga,

Te sigan los latinos escuadrones

Y las bandas del Tíbur: la fatiga

Partiremos del mando.» Con razones

Tales como éstas á Mesapo instiga

Tambien, y á sus aliados capitanes;

Y marcha él mismo á coronar sus planes.

CVIII.

Hay del bosque en las vueltas, y al que tienda

Celada allí, promete buen suceso,

Un valle á quien con sombra apremia horrenda

De un lado y otro matorral espeso:

Conduce al valle una delgada senda,

Angosta boca y peligroso acceso,

Y le domina incógnita y secreta

En la cima del monte una meseta.

CIX.

De alcázar sirve aquésta y de guarida

Para bélico asalto, ó darlo quieras

A derecha y á izquierda una salida

Inopinada haciendo, ó ya prefieras

Rodar guijarros de la cumbre erguida.

Turno á aquellas regiones traicioneras

Por caminos que él sabe, vuela, y presto

Metiéndose en la selva toma puesto.

CX.

En tanto con la faz bañada en lloro,

Allá en la altura la hija de Latona

A Opis veloce, ninfa de su coro,

Interesa en su afan, y así razona:

«¡Doncella! de mis armas el tesoro

Ciñe en vano Camila, y se abandona

A una guerra cruel—Camila, aquella

Que amo ante todas en mi corte bella!

CXI.

»Ni afecto es nuevo el que Dïana abriga

Y así á dulzura singular la mueve.

A su hija tierna de Priverno antiga

Sacó, huyendo el furor de airada plebe,

El tirano Metabo: amor le obliga

A que por medio del tropel la lleve

Consigo; y alterando de Casmila,

Su madre, el nombre, la llamó Camila.

CXII.

»El destronado Rey por compañera

En su destierro la llevó consigo:

Conduciéndola en brazos va doquiera;

Con ella de agrios montes sin abrigo

Las yertas cimas prófugo supera.

Le estrecha en torno armado el enemigo:

Recorriendo los Volscos la campaña

Por víctima le buscan de su saña.

CXIII.

»Hé aquí que en medio de su fuga un dia

A la márgen llegó del Amaseno:

El agua rebosaba; tanta habia

Caido en recia lluvia. El turbio seno

Quiso á nado pasar; mas, ¡ay! temia

Por su carga preciosa: de afan lleno

Todo á un tiempo lo piensa, y de repente

Osado arbitrio avasalló su mente.

CXIV.

»Iba empuñando, á la guerrera usanza,

Con nudos, y de sólida firmeza

Que el humo examinó, disforme lanza:

De silvestre alcornoque en la corteza

Metió á la niña, al medio la afianza

Del asta, y para el vuelo la adereza:

Blande en mano robusta el arma al viento,

Y esta plegaria eleva al firmamento:

CXV.

«¡Oh de los bosques, tú, frecuentadora,

»Alma vírgen Latonia! esta hija mia

»Consagro á tu servicio desde ahora:

»Ella á dudosas auras hoy se fia

»Perseguida y volando huye y te implora:

»Tuya es, lleva tus armas; tú la guía,

»Sálvala tú!» Y aquí con gran pujanza

Doblando el brazo despidió la lanza.

CXVI.

»Suenan las ondas, y la pobre infante

Pasa sobre la rápida corriente

No en vano asida al asta rechinante.

Metabo, que ya encima el tropel siente,

Arrójase á las aguas, y triunfante,

A un césped que vistió grama riente

(¡Gran merced de la Diosa, alta fortuna!)

Arranca el dardo con la intacta cuna.

CXVII.

»Vaga, y ni aldea ni ciudad le asila;

Ni sufriera favor su índole brava:

Al modo rudo que el pastor estila,

Solitario en los montes habitaba;

Y con feral sustento á su Camila

En madrigueras hórridas criaba:

Allí en sus tiernos labios, de bravía

Yegua las ubres exprimir solia.

CXVIII.

»Y áun los pasos primeros no ha ensayado

Con vacilante pié la tierna niña,

Sin que á sus palmas él dardo aguzado

Dé, y al hombro carcaj y arco le ciña;

No, sin que en vez del manto y del tocado

De oro que el lujo cortesano aliña,

Desde la coronilla le suspenda

Sobre la espalda, piel de tigre horrenda.

CXIX.

»¡Y qué era ver la bella cazadora

Venablos impeler con breve mano,

Ó en torno de las sienes zumbadora

El honda sacudir, y al cisne cano

Ó ya la grulla derribar que mora

Orillas de Estrimon! En vano, en vano

Cien tirrenas matronas para nuera

Quisieron detenerla en su carrera.

CXX.

»Contenta con el culto de Dïana,

Ni de las armas la atencion desvía,

Ni la virginidad jamás profana

A cuyo eterno amor su gloria fia.

Oh! ¡quién me diera que en contienda insana

No hubiese ella de entrar en este dia

Con los Troyanos, y, á mi pecho cara,

Con vosotras aquí me acompañara!

CXXI.

»Mas pues su acerba suerte se acelera,

¡Ea! cruzando la region vacía

Tú al latino país baja ligera,

Vé al campo donde lid se enciende impía

Bajo auspicios infaustos, y quienquiera

Sea el que ofenda de la ninfa mia

Las carnes sacras, Ítalo ó Troyano,

Pague el hecho á mis armas y á tu mano.

CXXII.

»Recíbelas al punto, y de esta aljaba

Saca la flecha vengadora. A vuelo

Yo el cuerpo de la triste en nube cava,

Antes que le despojen, volverélo

A la tierra que de hija tal se alaba,

Y tumba le daré.» Dijo; y del cielo

Opis se lanza en negro torbellino

Y estruendosa en el aire abre camino.

CXXIII.

Hé aquí á los muros el unido bando

De etruscos y troyanos caballeros

En ordenadas haces va marchando:

Huellan el campo indómitos y fieros

Sacudiendo las bridas y bufando

Los sofrenados brutos. ¡Cuál de aceros

Erizados los llanos se estremecen,

Y en puntas mil y mil arder parecen!

CXXIV.

Mesapo, en esto, enfrente á los Troyanos

Asoma con los rápidos Latinos,

Y el ala de Camila, y los hermanos

Que mandan la legion de Tiburtinos:

Van apretando en recogidas manos

Largas lanzas, y blanden dardos finos:

Acércanse, el furor que espiran crece,

Y el bramar de los potros se enardece.

CXXV.

Cuando uno y otro ejército venido

Hubo á tiro de dardo, ambos se paran:

De ambas partes en súbito alarido

Prorumpen, y al encuentro se preparan:

Cada uno á su corcel de ardor henchido

Anima con la voz; todos disparan

Arrojadizas armas á porfía

Cual densa nieve, y se oscurece el dia.

CXXVI.

Ante todos, Tirreno y el ardido

Acónteo uno para otro van derecho,

Lanza en ristre, y en hórrido estampido

Estréllanse los dos. Pecho con pecho

Este y aquel caballo en choque herido

Se despedazan. Rueda á largo trecho

Acónteo, de violenta sacudida,

Y exhala al viento la infelice vida.

CXXVII.

Tál piedra que arrojó mural tormento

Cae, así el rayo que estallando asuela.

Turbáronse las haces al momento:

Echa cada Latino su rodela

A la espalda, y, cambiando el movimiento,

El bando urbano hácia sus muros vuela:

Como caudillo principal, Asílas

En pos impele las troyanas filas.

CXXVIII.

Y ya llegaban á las puertas, cuando

Veis que á la carga los Latinos gritan,

De los brutos volviendo el cuello blando:

A su turno los otros ejercitan

La fuga, y vuelan rienda suelta dando.

Dos veces los Toscanos precipitan

Contra el muro á los rútulos guerreros,

Dos, cubriendo la espalda, huyen ligeros.

CXXIX.

Lo mismo en el vaivén de la marea

El ponto, ora se avanza á la campaña,

Altos escollos espumoso albea,

Apartadas arenas crespo baña;

Ora retrocediendo raudo ondea,

Y riscos que rodó su hirviente saña

Torna á sorber bajando, y se repliega,

Y las húmedas playas desanega.

CXXX.

Mas así que principian el tercero

Encuentro, cada cual toma adversario,

Y entra en calcada pugna el campo entero:

Entónces fué el gemir, confuso y vario,

Los que mueren; y arnes y caballero

Nadar entre el estrago sanguinario

Confundidos; y á par de los varones

Semiánimes sucumben los bridones.

CXXXI.

Arrecia el batallar duro y ardiente.

Orsíloco del miedo se aconseja

De combatir con Rémulo de frente,

Y tirando al troton, bajo la oreja

Híncale un dardo. Empínase impaciente

Con el acerbo hierro que le aqueja,

Y de uno y otro brazo el aire azota

Furioso el animal, y al dueño bota.

CXXXII.

Mata á Yólas Catilo; á Herminio mata,

Alma grande, armas graves, cuerpo ingente:

Desnudos cuello y hombros, se desata

Undoso encima el oro de su frente:

Golpes su cuerpo de esquivar no trata:

¡Tanto á la ofensa espacio da patente!

Temblando en su ancha espalda el asta hundida

Doblóle, de dolor, la larga herida.

CXXXIII.

Sangre acá y acullá negra se vierte,

Nada el acero talador perdona,

Y todos entre golpes van la muerte

Buscando, que gloriosa los corona.

En medio á tanto horror, activa y fuerte

Ufánase Camila, de Amazona,

La de aljaba gentil, la que desnudo

Presenta un pecho en el combate rudo.

CXXXIV.

Y ya esparza la vírgen animosa

Tantos astiles con que el aire llena,

Ya el hacha de dos filos poderosa

Esgrima, siempre á su hombro el arco suena,

El arco de oro y armas de la Diosa.

Ella, áun huyendo en la tendida arena,

Vuelto el arco descárgale á deshora,

Hiriendo atras con flecha voladora.

CXXXV.

Dan á la semidiosa compañía,

Flor de Italia y su corte, la doncella

Larina, y Tula, y la que en liza impía

La ferrada segur, hiriendo, amella,

Tarpeya audaz; á quienes ella habia

Para formar su comitiva bella

Elegido por damas auxiliares,

Fuese en paz, fuese en bélicos azares.

CXXXVI.

Tal se ostenta, ya bata el Termodonte

Helado, ya el peligro en la pelea

Con armas vistosísimas afronte,

La tracia hueste de Amazonas; sea

Que á Hipólita circunden, ó que monte

En su carro triunfal Pentesilea;

La tropa femenil saltando agita

Lunadas peltas, y en tumulto grita.

CXXXVII.

¿A quién, oh vírgen de marcial talante,

Primero acometiste, á quién postrero?

¿Cuántos tu diestra derribó triunfante?—

Fué Euneo, hijo de Clicio, á quien, primero,

Largo abeto en el pecho por delante

Ella hundió. Cae el mísero guerrero,

Muerde el polvo, y muriendo, en sangre propia

Revuélcase, vertida en larga copia.

CXXXVIII.

Luégo á Líris embiste y á Pagaso

Aquél, miéntras la brida asir pretende,

Con su troton cayendo; estotro, al paso

Que acude, y al caido amigo tiende

La inerme diestra, en súbito fracaso

Ruedan: sobre ambos á la par desciende

Golpe mortal. Camila con su lanza

A Amastro, hijo de Hipota, en pos alcanza.

CXXXIX.

Tendiendo todo el cuerpo, amaga, estrecha

A Harpálico en seguida y á Tereo,

Y á Cromo y Demofonte. Cuanta flecha

Ella envía, obediente á su deseo

Mata un Frigio, ya á izquierda, ya á derecha.

Allá léjos en tanto á Órnito veo

En su caballo yápigo de caza

Moverse, armado en desusada traza.

CXL.

Cubre sus anchos hombros recio cuero

De novillo: encajadas las ingentes

Fauces de un lobo, nuevo aspecto y fiero

Con las quijadas y albicantes dientes,

Dan á su rostro. Un esparon grosero

Menea. Entre los otros combatientes

Revuélvese, y á todos su cabeza

Sobra, abultada de animal fiereza.

CXLI.

Cogió ella al cazador, ni afan le cuesta

En hueste desbandada. «¡Y qué, Tirreno!

¿Piensas,» dice, «que aquí cazar te es fiesta

Monstruos, cual de las selvas en el seno?

Tiempo es que de armas de mujer respuesta

Lleven tus voces. Ni de gloria ajeno

Vas á la sombra de tu padre: díla

Que á manos sucumbiste de Camila.»

CXLII.

Habló así, mal contenta su venganza

Con traspasarle el pecho. Y luégo humilla,

Troyanos ambos de feroz pujanza,

A Orsíloco y á Bútes. Donde brilla

La tez del cuello, que á cubrir no alcanza

Pendiente á izquierda del broquel la orilla,

Entre el yelmo y loriga del jinete,

Allí á Bute, en su fuga, el hierro mete.

CXLIII.

Busca ambicioso en circular corrida

Orsíloco, á su vez, á la guerrera:

Sigue ella al mismo de quien es seguida,

En órbita menor huyendo artera;

Y descarga sobre él, volviendo erguida,

Hacha tremenda: ruegos él reitera;

Golpes ella, y las armas párte y huesos;

Cubren la hendida faz calientes sesos.

CXLIV.

A parar cerca de ella entónces vino,

Y espantado suspéndese, el guerrero

Hijo de Auno, habitante de Apenino,

Que entre Ligures ya no fué el postrero

Miéntras sus fraudes protegió el destino.

Ve que huir no le es dado el trance fiero,

Y ve tambien que de apartar no hay traza

A la Reina cruel que le amenaza.

CXLV.

Arbitrios á idear comienza astuto,

Y dice: «Quien te aplaude, ¡oh cuánto yerra!

No tú, mujer, mas tu arrogante bruto

Autor es de tu gloria. Vén; mas cierra

El camino á la fuga: á pié disputo

Con las armas el campo: ambos á tierra

Saltemos, y veamos, frente á frente,

Si esa gárrula fama triunfa ó miente!»

CXLVI.

Sintió del pundonor punzada aguda

Camila; da el caballo á una escudera,

E igualando las armas, con desnuda

Espada, y parma sin divisa, espera.

El mancebo del éxito no duda

De su artificio, y huye: de ligera

Riendas ha vuelto, y con la espuela dura

Al veloz alazan volando apura.

CXLVII.

«¡Falso ligur! en vano el triunfo cantas

De las perfidias que aprendiste! en vano

Soberbio esperas que artimañas tantas

A tu padre falaz te vuelvan sano!»

Dijo la vírgen; con aladas plantas

Pasa, cual rayo, al fugitivo, y mano,

Delante del caballo que volaba,

Al freno pone, y del jinete traba.

CXLVIII.

Y allí en la sangre de él venganza toma,

Con la facilidad con que en el cielo,

Desde alto pico abalanzado, asoma,

Ave sagrada, el gavilan, y á vuelo

Alcance da á la tímida paloma

Sobre las nubes: cae la sangre al suelo,

Miéntras él las rapantes uñas ceba,

Y las plumas que arranca, el viento lleva.

CXLIX.

No con ojos en tanto indiferentes,

Sentado en alto en el Olimpo, mira

Trabados en la lid los combatientes

El Padre universal; y á nueva ira

Mueve á Tarcon, que en ímpetus furentes

Arde, á caballo entre el estrago gira,

Y viéndolas cejar, habla á sus bandas

En voces ora fieras y ora blandas.

CL.

Por sus nombres ya á aquél, ya á éste apellida,

Y el desigual combate restablece.

«¡Tirrenos sin pudor! ¿qué os intimida?

¿Nunca será que á demostrarse empiece

Nuestro viejo furor? Que de vencida

Os lleve una mujer ¿no os enrojece?

Si para huir vinisteis, compañeros,

¿A qué empuñar inútiles aceros?

CLI.

»No así de Vénus combatir os cuesta

En la nocturna lid. ¡Cuán de otro modo

Saltais de Baco en la ruidosa fiesta

Al són de corva flauta! ¡Id—si ese es todo

Vuestro placer, si vuestra gloria es ésta—

Rondad las mesas del festin beodo,

Miéntras bien el augur os pronostica,

Y os llama al alto bosque la hostia rica!»

CLII.

Dijo así, y á morir con gloria atento,

Pica el caballo, en el tropel se lanza,

Y á Vénulo arremete turbulento:

Con poderosa diestra le afianza,

Y, arrancando al jinete de su asiento,

Abrázale ante sí con gran pujanza.

Vuela. Gritos de asombro el aire hienden,

Y allá, todos allá la vista tienden.

CLIII.

Vuela, armado llevándose un guerrero,

Flamígero Tarcon por la llanura;

Y tróncale la lanza, y va ligero

Resquicios requiriendo á la armadura

Por do llegue de muerte al prisionero.

Mas éste rebelándose procura

Apartar de su cuello la amenaza,

Fuerza opone y la fuerza hostil rechaza.

CLIV.

Como al dragon que se arrastraba en tierra

Fiera arrebata un águila rojiza,

Y vuela en alto, y con los piés le aferra,

Y las sangrientas garras encarniza;

Llagado el monstruo se retuerce, y cierra

Las nudíferas roscas, y se eriza

Con rígidas escamas, y su boca

Silba, y erguido á su opresor provoca;

CLV.

El ave en tanto de afligir no cesa

Con corvo pico á la hidra reluchante,

Y el aire con las alas bate ilesa:

Arrancando con ímpetu triunfante

Del tiburtino campo, así su presa

El tirreno Tarcon lleva delante.

Movidos de su ejemplo y suerte buena

Tornan los Lidios á la ardiente arena.

CLVI.

Arrunte, á quien por suyo el hado sella,

Ganándola de mano, hábil espía

Con dardo á punto á la veloz doncella,

Y busca al golpe fiero fácil via.

Si furiosa enemigos atropella

En medio de la bélica porfía,

Él vuelve allá solícitas miradas

Y le sigue callando las pisadas;

CLVII.

Y si es que ella á su campo victoriosa

Torna el paso, tras recias embestidas,

Él entónces allá con insidiosa

Mano convierte las ligeras bridas.

En su mañera ronda no reposa,

Las entradas tentando y las salidas

En largo giro, y con secreto gozo

Blande el asta certera el cauto mozo.

CLVIII.

En tal sazon en medio á los tropeles

Con frigias armas luce rico y fiero

Cloreo, consagrado ya á Cibéles,

En bridon espumoso caballero:

En oro entretejidas cubren pieles,

Emplumadas de láminas de acero,

Su caballo; y él mismo se engalana

Con los esmaltes de extranjera grana.

CLIX.

Cretenses flechas lanza cuando tiende

El arco licio: al hombro el arco de oro

Tiémblale al vate, y de oro el casco esplende

Su clámide amarilla, y el sonoro

Undívago ropaje anuda y prende

En áurea joya; bárbaro tesoro

Muslo y pierna guarnece, y de la aguja

La arte sutil su túnica dibuja.

CLX.

Tras éste corre, pues, la vírgen, ora

Colgar quiera sus armas por trofeo

Al templo, ó ya vestir, de cazadora,

Cautivo el oro del vistoso arreo.

Mujeril impaciencia la devora,

Y en manos, ¡infeliz! de su deseo,

En la confusa lid con alma y ojos

Tras esa presa va y esos despojos.

CLXI.

Arrunte, la ocasion llegada al dolo,

El dardo aparejado, oró ferviente:

«¡Oh tú, á quien los Hirpinos como á solo

Dios del Soracte protector, la frente

Humildes inclinamos, almo Apolo!

Tú en cuyo honor cien pinos luz viviente

En piras dan; y á cuya sombra santa

Ascuas hollamos con segura planta!

CLXII.

»¡Númen de alto poder! préstame oido:

Matar á esa mujer, que es nuestra afrenta,

Concede á nuestras armas. Nada pido

Del triunfo para mí: ni tengo cuenta

Con los despojos, ni del prez me cuido;

Mi nombre de otros hechos se alimenta.

¡Ella caiga, ella muera! más no anhelo;

Y vuelva yo inglorioso al patrio suelo!»

CLXIII.

Parte oyó, y á la alada ventolina

Parte de la plegaria Febo entrega:

Que con muerte el mancebo repentina

Postre á la vírgen arrojada y ciega,

A eso la oreja y voluntad inclina:

Que á su alta patria torne, eso le niega

Al suplicante, y este dulce voto

La borrasca le alzó, robóle el Noto.

CLXIV.

Silba el dardo en el viento. En ese instante

Todos los Volscos con espanto mudo

Fijan de su señora en el semblante

Ojos y mente. Ella saber no pudo

De viento, silbo, ni asta amenazante,

¡Ay! hasta que llegó bajo el desnudo

Izquierdo pecho á hincarse el hierro aleve,

Y la virgínea sangre entrando bebe.

CLXV.

A recibir acuden á porfía

A la Reina temblando sus doncellas.

Con mezcla de terror y de alegría

Se hurta, ante todos, á la vista de ellas

Arrunte desalado: ya no ansía

Astuto perseguir ajenas huellas;

Sin que de más que de escapar se acuerde,

En medio del tumulto huye y se pierde.

CLXVI.

Así aquel lobo que en el campo deja

A un gran novillo, ó al pastor, sin vida,

Cobarde al punto del lugar se aleja,

El alcance temiendo, en presta huida;

La conciencia del hecho audaz le aqueja;

Medrosa bajo el vientre recogida

Vuelve la cola, y sin mirar por dónde

En marañada selva entra y se esconde.

CLXVII.

Entre tanto la vírgen moribunda

Arranca con la diestra el dardo hundido;

¡En vano! entre los huesos con profunda

Llaga se ceba el hierro encrudecido.

Sombra de muerte su mirada inunda,

Fáltale ya la sangre y el sentido,

Y la color que tuvo purpurina

Desaparece de su faz divina.

CLXVIII.

Ser llegada sintió su hora postrera,

Y á Acca se vuelve, de su corte dama,

En leales afectos la primera,

En cuya fe su corazon derrama.

«¡Acca!» dice, «¡mi dulce compañera!

Ya se acabó de mi vivir la llama,

A esta llaga no esperes que resista;

¡Toda es en torno oscuridad mi vista!

CLXIX.

»Vé, y dí á Turno mi anhelo postrimero:

Que ocupe mi lugar, y á los Troyanos

De la ciudad repela.—¡Adios! ¡yo muero!»

Calla, y huyen las riendas de sus manos;

Fria ya, desmayado el cuerpo entero,

Sucumbe renunciando á esfuerzos vanos,

Y el blando cuello y la sagrada frente

Reposa al fin la vírgen falleciente.

CLXX.

Al reino de las sombras con gemido

Huyó el alma indignada. En tal momento

Se alza del campo unísono alarido

Las estrellas á herir del firmamento.

Al caer la heroína, más reñido

Empéñase el combate. Ciento á ciento

Embisten á una vez con altas voces

Teucros, Tirrenos, Arcades veloces.

CLXXI.

De la Diosa ministra vigilante,

Impávida testigo de la liza

Sentada en alto monte allá distante

Ópis mirando está la horrenda riza.

Mas viendo en el tropel vociferante

La sentenciada Ninfa que agoniza,

Su conmovido pecho no consiente

Moderacion, y clama en voz doliente:

CLXXII.

«¡Pobrecita de tí! porque contraste

Hacer quisiste á la nacion troyana,

¡Oh, en qué modo cruel tu error pagaste!

¡Cuán cara te costó la guerra insana!

¡En vano desde niña fiel honraste

En solitarias grutas á Dïana!

¡En vano por las selvas dando asombro

Nuestro arco y flechas suspendiste al hombro!

CLXXIII.

»Consuélate; no á muerte desastrosa

A tí tu Reina abandonar pudiera;

De gente en gente sonarás famosa,

Y la mancha de inulta no te espera:

Gloria y venganza te dará la Diosa,

Gloria y pronta venganza; ¡oh, sí! quienquiera

Que haya sido el autor de tu desgracia,

Yo vengo al campo á castigar su audacia!»

CLXXIV.

La tumba de Derceno, de Laurento

Antiguo rey, del monte al pié se empina

En que Ópis vigilaba, monumento

De amontonada tierra, que una encina

Con sombra amiga cubre. En un momento

Su vuelo gentilísimo declina

Agil la Diosa allá, y en lo alto puesta

A Arrunte busca con mirada presta.

CLXXV.

Con su marcial espléndido atavío

Marchar le ha visto, en vanagloria hinchado;

Y «¿A dónde, á dónde vas con tal desvío?

Revuelve,» dice; «¡aquí te llama el hado!

Matador de Camila, yo te fio

Que llevarás el galardon ganado;

A tí, tambien á tí se ha dado en suerte

De armas divinas recibir la muerte!»

CLXXVI.

Y habiendo del carcaj, que de oro es hecho,

Sacado una saeta alada, apunta

No sin ira la Ninfa, á largo trecho

Tendiendo el arco, hasta que comba y junta

Entre sí los extremos ante el pecho,

Y, ambas manos en línea igual, la punta

Tocando está del hierro con la izquierda,

Y el seno con la diestra y con la cuerda.

CLXXVII.

El disparado arpon que rasga el viento

Sintió Arrunte, y á par del estallido,

En sus carnes el hierro entrar violento.

No alcanzó de los suyos sino olvido,

Que en medio de revuelto campamento

Lanzar le dejan el postrer gemido

Sobre el polvo ignorado. Alzando el vuelo

Ópis veloz restituyóse al cielo.

CLXXVIII.

De Camila la banda á triste huida

Se entrega: ya los Rútulos turbados,

Ya Atina, el valeroso, ha vuelto brida.

Sin jefes, sin enseñas los soldados

Al muro corren á buscar guarida,

A escape, por los Teucros acosados,

De muerte perseguidos. No hay quien mueva

Armas en contra ni á esperar se atreva.

CLXXIX.

Aliento, sólo para echar, les queda,

Al hombro el arco laxo: el suelo duro

Baten los cascos voladores: rueda

Del campo á la ciudad turbion oscuro.

Las matronas la infausta polvareda

Ven, rompiéndose el pecho, desde el muro:

Agudo sube el femenil lamento

Las estrellas á herir del firmamento.

CLXXX.

Aquellos mismos que patente entrada

Hallan, yendo adelante, no por eso

Evitan de la turba encarnizada

Que envuelta en el tropel los sigue, el peso.

Tal hubo á quien alcance dió la espada

Ya en el umbral, á do llegaba ileso,

Y en la patria ciudad, recien llagado,

Va á morir de su hogar en el sagrado.

CLXXXI.

Mas de la plaza al ver los guardadores

Que amigos y enemigos junto llegan,

Puertas danse á cerrar, y á los clamores

No osan ceder de los que ansiosos ruegan.

Nacieron del terror ciegos furores:

Estos, armas en mano, el paso niegan;

Con las suyas abrirlo aquéllos quieren,

Y en choque horrendo asaz matan y mueren.

CLXXXII.

Los exclusos, que en vano buscan senda

(Espectáculo fiero á los llorosos

Padres), ó urgidos de presion tremenda

Caen despeñados en los hondos fosos,

O contra la muralla á toda rienda

Arrójanse á estrellarse impetüosos,

Y los ferrados postes acomete

La ciega masa con furor de ariete.

CLXXXIII.

Desde el muro matronas y doncellas

Negras púas y recios leños tiran,

Si aceros faltan, y á seguir las huellas

De la Amazona intrépidas aspiran.

Puro amor de la Patria tanto en ellas

Hace, que sólo á defenderla miran

Tendiendo el cuerpo, y cada cual espera

Morir en el empeño la primera.

CLXXXIV.

En este medio allá en los escondidos

Senos del bosque á Turno desconcierta

Nueva cruel que lleva á sus oidos

Acca en gran turbacion:—Camila, muerta:

Los Volscos, destrozados, destruidos:

Del enemigo la victoria, cierta;

Suyo el abandonado campamento:

El terror á las puertas de Laurento.

CLXXXV.

El mancebo al instante ardiendo en ira

(No sin que á ello en su daño le persuada

La voluntad de Jove) se retira

Del agrio bosque y pérfida celada.

A tiempo que él de nuevo á sus piés mira

Dilatarse los llanos, la evacuada

Montaña Enéas penetró, la altura

Supera, y sale de la selva oscura.

CLXXXVI.

Raudo uno y otro á la ciudad camina;

No muchos pasos entre sí distantes

Y en órden van. La hueste laurentina

Y de polvo los campos humeantes

Delante Enéas ve: que él se avecina

Turno advierte á su vez; de los infantes

Ha sentido el concorde movimiento

Y de los potros el fogoso aliento.

CLXXXVII.

Y al combate principio allí se diera,

Si, á par que el hemisferio desampara,

No ya el rosado Febo en la onda ibera

Sus cansados cabellos recreara.

Abriendo de la noche la carrera

Fallece el dia, y sin su lumbre clara

Deja á entrambos ejércitos, los cuales

Cercando el muro asientan sus rëales.

LIBRO DUODÉCIMO.

I.

Turno, como á las haces de Laurento

Bajo impropicio Marte debeladas

Perder contemple el primitivo aliento,

Y que en torno solícitas miradas

De su palabra audaz al cumplimiento

Le empeñan, mudamente en él clavadas.

Implacable de suyo se enardece

Y con sus iras su arrogancia crece.

II.

Como leon que en la africana arena,

Si le han herido cazadores, arde

En rabia, que su roto pecho llena

Por grados; y ya, en fin, con fiero alarde

Armas mueve; sacude la melena

Sobre el fornido cuello, y el cobarde

Dardo rompiendo que llevó prendido,

Da con labio sangriento un gran rugido:

III.

No de otra suerte el fuego de venganza

En el alma de Turno se acrecienta.

Va luégo á hablar al Rey, sin que templanza

Sufra en el tono su pasion violenta:

«¡Señor!» dícele, «en Turno no hay tardanza,

Ni hay por qué de lo dicho se arrepienta

El vil Dardanio ó lo pactado altere;

Soy con él en batalla, si esto quiere.

IV.

»Tú en la forma ritual el desafío

Propon con esta ley, augusto anciano:

O ha de lanzar al Tártaro sombrío

A ese prófugo de Asia aquesta mano,

Y sentado contemple el campo mio

Que por la honra comun mi ardor no es vano;

Ó él á todos en mí vencidos vea,

Suya Lavinia con el triunfo sea.»

V.

Latino respondió palabras tales

Con grave y reposado continente:

«Lo mismo que entre todos sobresales,

Mancebo audaz de corazon valiente,

Por tus feroces ímpetus marciales,

Más que todos me cumple ser prudente,

Y es bien que todo yo lo pese y mida,

Consejos oiga y en sazon decida.

VI.

»Villas ganadas por tu esfuerzo tienes,

Y tienes de tu padre el real palacio;

Latino, como Dauno, abunda en bienes

Y en liberal afecto. Hay en el Lacio

Otras beldades de virgíneas sienes,

Nobles tambien. Perdona si me espacio

En ideas amargas: lo que siento

Te diré sin disfraz; estáme atento:

VII.

»A antiguos pretendientes la hija mia

No he debido otorgar; á tal partido

Hombres y Dioses oponerse vía.

Vencido de mi amor á tí, vencido

Fuí del deudo, y del llanto y frenesía

De la régia consorte: al recibido

Yerno quito su bien, todos los lazos

Rompo, y de impía guerra échome en brazos!

VIII.

»De entónces cuántas bélicas faenas

Me envuelven, sabes, Turno; ¿y qué no hallas,

Tú mismo, tú el que más, de ímprobas penas?

Perdimos en el campo dos batallas;

Las esperanzas de la Patria apénas

Guarecemos ahora entre murallas:

Aun cálido con sangre el Tibre ondea,

Aun de osamentas la llanura albea.

IX.

»¡Ay! ¿á qué instable acuerdos tomo y mudo?

¿Qué demencia me impele y me desvía?

¿Por qué la guerra á suspender no acudo

De una vez, vivo tú, si, muerto, habria

De atar con ellos amistoso nudo?

¡Ser no puede mi suerte tan impía

Que, porque mi hija y sociedad me pides,

A exponerte me fuerce á horrendas lides!

X.

»Los consanguíneos Rútulos ¿qué hubieran

De decir? ¿qué la Italia toda?... ¡Mira

Los altibajos que al que lidia esperan!...

¿Piedad tu viejo padre no te inspira

Si pesares su término aceleran?

¡En Ardea, ausente tú, por ti suspira!»

Habló. Turno á razones no se inclina;

Es estímulo al mal la medicina.

XI.

Insiste en sus propósitos; y luégo

Que pudo desatar la voz, turbado

De aquel furor inexorable y ciego,

«¡Monarca venerable! ese cuidado

Que tomas,» dice, «por mi bien, te ruego

Te dignes por mi bien echarle á un lado;

¡Permite que áun á costa de mi vida

Conquiste yo la gloria apetecida!

XII.

»Sí, que no es tan inválido mi acero,

Ni golpes da mi diestra tan en vago:

¡Tambien hienden mis armas cuando hiero,

Y allí brota la sangre donde llago!

No acudirá esta vez tan de ligero

Diva madre á librarle del amago;

Seránle contra mí defensa flaca

Femíneos velos entre nube opaca!»

XIII.

La Reina, en tanto, á quien temblar hacía

Aquel nuevo combate, á Turno ardiente,

Su electo yerno, detener porfía;

Y ya entre sí mortal despecho siente:

«¡Óyeme!» dice, «¡tú, esperanza mia,

Consuelo solo á mi vejez doliente!

Columna del Estado glorïosa;

Mi casa entera en tu favor reposa.

XIV.

»¡Oh Turno! por mi bien y mi decoro,

Si algun respeto y atencion me debes,

Te ruego, y por las lágrimas que lloro,

Que con los Teucros tu valor no pruebes;

¡Es la única merced de tí que imploro!

Mio será cualquiera fin que lleves;

Pues yerno á Enéas no veré cautiva:

¡No pienses ¡ah! que yo te sobreviva!»

XV.

Oye á su madre, y lágrimas derrama

Lavinia, y harto dice su mejilla;

Vivo rubor la baña de la llama

Que en los huesos empieza á consumilla:

Marfil semeja el rostro de la dama

Que en múrice sangriento tinto brilla,

Ó albo lirio á quien da profusa rosa,

Con él mezclada, su color fogosa.

XVI.

Turbado, en la beldad que le enamora

Ha fijado los ojos el guerrero,

Y arde más por lidiar. «¿Y á qué, señora,»

Conciso dice á Amata, «el triste agüero

Me ofreces de tus lágrimas, ahora

Que de Marte me arrojo al lance fiero?

¡Cesa, te ruego! A Turno, madre pia,

Parar no es dado de su muerte el dia.

XVII.

»Y tú al frigio tirano, Idmon, vé y lleva,

Mal que le suene, este mensaje: «Luégo

Que haya asomado al mundo Aurora nueva

Sobre sus ruedas de matiz de fuego,

Contra el mio su ejército él no mueva,

Guarden Teucros y Rútulos sosiego:

Sea con nuestra sangre disputada

Lavinia, en ese campo, espada á espada!»

XVIII.

Dice, y va á su mansion. ¡Con qué alegría,

Pidiendo sus caballos, ve que atentos

Bufan ante él con noble bizarría!

Blancos cual nieve, rápidos cual vientos

A Pilumno ofrendólos Oritía.

Aurigas les cortejan: los contentos

Pechos la palma en hueco són golpea,

Y el crin les peina que revuelto ondea.

XIX.

Ensáyase á los hombros la coraza,

Toda de oro erizada y de blanquizo

Oricalco; el escudo fino embraza;

Prende la espada y el creston rojizo:

Espada aquella de divina traza

Que el Dios del fuego por sus manos hizo,

Candente la templó en la estigia ola,

Y al padre Dauno él mismo reservóla.

XX.

En medio al edificio puesto habia

La recta lanza contra gran coluna:

Arrebátala airado—arma que un dia

Ganó al aurunco Actor su alta fortuna—

Y en furibunda voz: «¡Vén, lanza mia,

Nunca sorda á mis votos! Oportuna

Ocasion es llegada: Actor el grande

Ya te supo blandir; Turno hoy te blande!

XXI.

»¡Ven! (dice, y fulminante la menea)

«¡Oh! dáme que á ese Frigio afeminado

Bajo tus botes confundido vea;

Que la tersa loriga, mal su grado,

Rota, arrancada, destrozada sea,

Y el cabello gentil todo empolvado

Que unge, en mirra y con hierro ardiente riza!»

Turno así delirando se encarniza.

XXII.

Y ya al rostro el incendio que le agita

Brota, y siniestro en su mirar chispea.

Así tambien sus armas ejercita

El toro que se ensaya á la pelea;

Terríficos mugidos da, se irrita

Contra el tronco de un árbol, y en idea,

Hiriendo al aire, á su contrario llama,

Y el escarbado polvo desparrama.

XXIII.

No ménos fiero Enéas por su lado

Anímase á la lid, la lid anhela,

De las maternas armas rodeado.

Admite el reto, apláudele. Revela

A sus amigos el querer del hado,

Y al afligido Ascanio así consuela.

Nobles envía que á Latino lleven

Leal respuesta y el concierto aprueben.

XXIV.

Apénas con el rayo rubicundo

Las crestas de los montes se teñian

(A la hora en que, del piélago profundo

Los caballos del Sol saliendo, envían

Por las altas narices luz al mundo),

Y Rútulos y Teucros ya acudian

Campo á medir, ante la gran muralla,

Donde se dé la singular batalla.

XXV.

Unos, de grama, en medio del arena,

A los Dioses comunes ponen aras;

Otro, el limo vestido, y de verbena

Orlado, fuego trae y linfas claras.

El ejército ausonio á puerta plena

Sale, con picas uniforme; y raras

Y varias armas á su vez mostrando,

Viene el troyano y el tirreno bando.

XXVI.

¿Quién lid recia y de muertos altas pilas

No augurara de aquel marcial arreo?

Pasar volando en medio de las filas

A los insignes capitanes veo

Radiantes de oro y grana: el fuerte Asílas,

Nieto ilustre de Asáraco Mnesteo,

Y Mesapo, aquel hijo de Neptuno,

Domador de caballos cual ninguno.

XXVII.

Cada cual á su sitio vuelve, y mudos,

A una seña obedientes, en el suelo

Hincan lanzas y arriman los escudos.

Las madres ya, con zozobrante anhelo,

Y los ancianos, de vigor desnudos,

Y plebe inerme, á presenciar el duelo

Agólpanse á los techos y á las yertas

Torres, ú ocupan las altivas puertas.

XXVIII.

Juno en tanto, de vivo afan llevada,

Se ha posado en la cima del Albano—

Monte sin nombre á la sazon, pues nada

Al sitio daba gloria;—y sobre el llano

Solícita dirige la mirada,

Registra el horizonte, y el troyano

Ejército á la vez y el laurentino

Contempla, y la ciudad del rey Latino.

XXIX.

Tornóse á hablar la Diosa de repente

A la hermana de Turno: semidea

Que, puesta de aguas dulces á la frente

Tal vez en limpio estanque se recrea,

Tal en sonora despeñada fuente:

El alto Rey que el éter señorea

Su virginal honor robado habia,

Y premióla con esta primacía.

XXX.

«¡Ninfa, honor de las ondas cristalinas,

Carísima ante todas á mi pecho!»

(Juno la dice) «á tí entre las Latinas

Que Júpiter infiel subió á mi lecho

Sola amé y elegí, y en las divinas

Mansiones á ocupar te dí derecho

Glorioso asiento. Oye tu mal ahora,

Yuturna, en el afan que me devora.

XXXI.

»¡Oh! ¡no me inculpes! Por do ví camino

De la Suerte y las Parcas mal cerrado

A la esperanza del poder latino,

Por allí á Turno y tu ciudad de grado

Siempre auxilié. Con inferior destino

Hoy al caro adalid miro abocado

A horrendo lance, y acercarse siento

¡Ay! de las Parcas el fatal momento!

XXXII.

»No sufren, no, mis ojos esa lucha

Ni esa paz. Tú el favor que darse pueda

(Caso es urgente, y pide audacia mucha)

Corre á dársele á Turno: acaso ceda

La adversa suerte.» Atónita la escucha

Yuturna, y llanto por su rostro rueda;

Tres, cuatro veces en herir se agrada

El seno hermoso con la diestra airada.

XXXIII.

«No es tiempo» (insiste la saturnia Diosa)

«De llorar. A tu hermano vé y liberta,

Si hay medio, de la muerte que le acosa;—

Ó provoca un conflicto, y desconcierta

El pacto celebrado: ¡elige y osa!

Te doy mi autoridad.» Fuése, é incierta

Ha dejado á la Ninfa y confundida,

Con aquella en el alma triste herida.

XXXIV.

Salen los Reyes ya. Con mole ingente

Viene Latino de su campo; tiran

Cuatro brutos su carro, y de su frente

Doce áureos rayos en redor se miran,

Del Sol su abuelo emblema refulgente.

Turno va en ruedas que arrastradas giran

De dos caballos blancos, y su diestra

Dos dardos de ancha hoja en alto muestra.

XXXV.

De acá, orígen de Roma, el Rey troyano

Marcha, y con armas célicas fulgura

Y con sidéreo escudo. Al par galano

Avanza Ascanio, en quien feliz se augura

Otra esperanza del poder romano.

El sacerdote en alba vestidura

Un lechon y una intonsa corderilla

Conduce al ara donde el fuego brilla.

XXXVI.

Vuelven los ojos hácia el sol naciente:

La mola esparcen, con el hierro siegan

En la testa á la víctima presente

Breves mechones que á la llama entregan,

Y las tazas alzando juntamente

Con el sacro licor las aras riegan.

Empuña Enéas el desnudo acero,

Y así sus preces pronunció el primero:

XXXVII.

«¡Sol! ¡de mi juramento sé testigo!

¡Y tú, á do el hado al fin me da que aporte

Despues de afanes tantos, suelo amigo!

¡Y oh Rey omnipotente y real consorte,

Alma hija de Saturno, ya conmigo

Ménos severa, oidme! ¡Y tú, Mavorte,

Que sobre el haz de la anchurosa tierra

Haces rodar el carro de la guerra!

XXXVIII.

»¡Tambien las sacras fuentes y los rios,

Y cuanto númen sobre el aire impere

Y en la cerúlea mar, me escuchen pios!

Marcharán, si de Turno el triunfo fuere,

De Evandro á la ciudad Yulo y los mios;

El vencedor del campo se apodere,

Ni tema que á este reino los Troyanos

Vuelvan infieles con armadas manos.

XXXIX.

»Mas si á mí el triunfo Marte da—lo espero,

Y ¡oh! confirmen los Dioses mi esperanza!—

No haré que humille, mísero pechero,

El ítalo al Troyano su pujanza,

Ni optaré el cetro soberano. Quiero

Que, invictos ambos pueblos, de alïanza

Nudos estrechen que perpetuos duren,

E iguales leyes como hermanos juren.

XL.

»Yo los ritos daré, daré el divino

Culto; su alto poder conserve entero

Y el derecho de guerra el rey Latino;

Muro á mí los Troyanos duradero,

Que por Lavinia se dirá Lavino,

Alzarán.» Así Enéas el primero

Habló; luégo Latino, la mirada

Vuelta al cielo, y la diestra levantada:

XLI.

«Tambien, ¡oh Enéas! por el Éter puro,

Y por la Tierra y líquido Oceano,

Y por los hijos de Latona juro;

A ambos invoco, y al bifronte Jano:

Por las Deidades del Averno oscuro

Y el santuario de Pluton tirano;

Y oiga mi voz el Padre omnipotente

Que pactos sella con su rayo ardiente!

XLII.

»Toco el ara, y el almo fuego alzado

En medio de los dos, testigo sea:

¡Oh! cualquiera que fuere nuestro estado,

No llegue dia en que romper se vea

Esta paz en Italia, este tratado!

Que anegue el orbe fuerza gigantea

Y al Tártaro derribe el firmamento;—

¡No hará volver atras mi juramento!

XLIII.

»Como este cetro la palabra mia:

Falto del jugo vegetal materno,

Segado en brazos y melena umbría,

Ya verdor no dará frondoso y tierno:

Hierro al bosque arrancóle, árbol un dia;

El arte en bronce le embutió, y eterno

Emblema de los reyes de mi casa,

De mano en mano incorruptible pasa.»

XLIV.

Tal dice, y muestra al par en las reales

Manos el cetro venerado. Sellan

Ambos sus votos con razones tales

En medio de los próceres. Degüellan

Ante el fuego despues los animales

Sagrados, palpitantes los desuellan,

Y encima de las aras las calientes

Entrañas ponen en colmadas fuentes.

XLV.

Tiempo há ya que las rútulas legiones

Del iniciado pacto auguran males;

Un secreto pavor sus corazones

Ocupa, y más cuando á los dos rivales

Próximos ven, y de ambos campeones

Consideran las fuerzas desiguales.

El modo infausto como Turno avanza

Crece la popular desconfianza.

XLVI.

Mudo y á lento paso comparece

A doblar ante el ara la rodilla;

Su juvenil figura palidece,

Baja la vista, mustia la mejilla.

Ve la Ninfa al hermano, y ve cuál crece

En sordas voces la naciente hablilla,

Turbados pechos vacilar advierte;

Y entre ellos, disfrazada de Camerte—

XLVII.

Era éste un lidiador que gala hacía

De su antigua nobleza, y cuya espada

De su padre á la clara nombradía

En el ardor de bélica jornada

Correspondió con noble bizarría—

Entre ellos, de Camerte disfrazada,

Yuturna, pues, astuta el pié desliza,

Y rumores sembrando el fuego atiza:

XLVIII.

«¿Que al invasor se oponga, no es vergüenza,

Rútulos, sola un alma? ¿Ó de él, insanos,

Temblais que en fuerza ó multitud nos venza?

Ved: Arcades, y Teucros y Toscanos,

Hueste á Turno fatal: allí comienza,

Y allí acaba; están todos: si á las manos

Con dos nuestros solo uno de ellos viene,

No temo que su número se llene.

XLIX.

»Subirá de los Númenes al lado

Él, que ahora á sus aras reverente

Se ofrenda; en alas de la fama alzado

Cobrará vida en boca de la gente;

Miéntras nosotros, pueblo vil, sentado

A mirarle con ojo indiferente,

Quedaremos sin patria: el tiempo acerba

Y justa servidumbre nos reserva!»

L.

Así exalta las almas. Por instantes

Se agrandan, vueltas dando, los rumores.

No son los Laurentinos cual en ántes;

Aun los mismos Latinos, que de horrores

El término esperaban anhelantes,

Abren súbito el pecho á los furores,

De Turno el caso indigno les conduele,

Y arden ya porque el pacto se cancele.

LI.

Atenta á la ocasion que la convida,

Yuturna entónces da en el alto cielo

Gran señal que los ánimos decida

Y engañe de los Ítalos el celo.

Esforzaba en la atmósfera encendida

Tras ribereños pájaros el vuelo

La roja ave de Júpiter, y puso

En triste fuga al escuadron confuso.

LII.

A las olas de súbito se cala,

De un cisne hermoso aferra, y por el viento

Con ímpetu feroz remonta el ala.

Los Ítalos la observan; y ¡oh portento!

Clamor acorde el bando aéreo exhala,

Y en densa nube é inverso movimiento

Persigue á la cruel de quien huia;

Bajo sus plumas se oscurece el dia.

LIII.

Tanto la han acosado, y tal le pesa

Su nueva mole al águila, que al rio

Floja la garra al fin suelta la presa,

Y piérdese en el ámbito vacío.

En júbilo trocando la sorpresa

Los Ítalos, y en alto vocerío

Rompiendo, la simbólica apariencia

Saludan, y á las manos dan licencia.

LIV.

Tolumnio el adivino habló el primero:

«¡Oh! lo que tanto ansié cúmplese ahora:

Me dan los Dioses favorable agüero.

A mi ejemplo, á mi voz, sin más demora

Requerid, desgraciados, el acero

Contra ese advenedizo que os azora,

Que con tímidas aves os iguala

Y vuestras costas ominoso tala!

LV.

»A salvar nuestro Rey de uñas feroces

Venid, las filas estrechad: yo os fio

Que fugitivo el robador, veloces

Las alas soltará de su navío

A perderse en los mares.» Tales voces

Lanza el augur, y con resuelto brío

Corre adelante, y una lanza tira

A los contrarios que á su alcance mira.

LVI.

Inevitable el asta huye y rechina;

Suena inmenso clamor; tumultuosa

Agitacion los órdenes domina

De bancos, y en los ánimos rebosa.

Nueve hijos, de belleza peregrina,

Que al árcade Gilipo etrusca esposa

Dió, fiel cuanto fecunda, hizo el Destino

Que estuviesen enfrente al adivino.

LVII.

A uno de ellos, gallardo á maravilla,

Y vestido de fúlgida armadura,

Por medio al vientre, donde usado brilla

Tahalí cuyos cabos asegura

En la parte central dentada hebilla,

Por allí á traspasarle se apresura

El crudo hierro, y sus costillas hienden,

Y en el rojo arenal yerto le tiende.

LVIII.

Enciéndese mortal resentimiento

En los hermanos: arma arrojadiza

Uno toma, otro espada empuña; á tiento

La animosa legion corre á la liza.

Vuela en contra la hueste de Laurento;

Va en pro, con armas que el blason matiza,

El Arcade, y con él, ardiendo en saña,

Teucro y Etrusco inundan la campaña.

LIX.

Así á todos aguija un mismo anhelo,

El de reñir: á despojar se atreven

Las aras: se oscurece todo el cielo

Con los dardos innúmeros que llueven.

En tanto los ministros, en su duelo,

Vasos, sacros hogares léjos mueven;

Huye, en viendo deshechos los tratados,

Latino con sus Dioses ultrajados.

LX.

Aquél engancha un tiro, miéntras éste

Monta de un salto en su bridon guerrero,

No sin que el hierro centellante apreste.

Romper ansiando el pacto, á caballero

Mesapo va contra el tirreno Auleste,

Rey él mismo y de insignias régias fiero,

Quien en las aras, al ciar, tropieza,

Y hunde entre ellas, rodando, hombro y cabeza.

LXI.

Encima el agresor se precipita,

Y enhiesto, en su corcel, lanzon horrendo

Sobre el postrado príncipe ejercita;

Rogaba en vano el infeliz gimiendo.

«¡Cayó, y ante el altar!» Mesapo grita;

«Gran víctima á los Númenes ofrendo!»

Caliente aún, los Ítalos en torno

Quitan al cuerpo noble el rico adorno.

LXII.

Corineo un tizon tomó del ara,

Y como Ebuso herirle amenazase,

Fulminóle las llamas en la cara:

Arde y luce la luenga barba, y dase

Ingrata á oler. Mas él aquí no pára,

Y al que ofuscó, por los cabellos ase,

Y, poniéndole encima la rodilla,

Su flanco hiere con atroz cuchilla.

LXIII.

A Also, el pastor, por entre armada gente

En las primeras filas daba caza

Podalirio; mas vuélvese el huyente

Súbito, y al que al hombro le amenaza,

Con su hacha frente y barba de un fendiente

Párte, y riégale en sangre la coraza.

A eterna noche al mísero destierra

El férreo sueño que sus ojos cierra.

LXIV.

Enéas, la cabeza descubierta,

Tendiendo inerme está la diestra pia,

Y «¿A dónde, á dónde vais? ¿qué os desconcierta?»

Exclama en voces que á su gente envía.

«¡Oh, enfrenad esas iras! Firme y cierta

Está mi voluntad: la lid es mia,

Nada romper podrá las condiciones:

No, no al temor rindais los corazones!

LXV.

»Dejadme, y esta mano valedero

Hará el sellado pacto. Sacros ritos

A Turno deben á mi solo acero.»

En medio á estas razones y altos gritos,

Hé aquí silbando en ímpetu ligero,

En la nube de hierros infinitos

Que al impasible paladin respeta,

A herirle vino alígera saeta.

LXVI.

¿Qué fuerza la condujo? ¿de cuál mano

Partió? ¿Qué acaso, ó númen escondido

Dió tal gloria á los Rútulos? Arcano

Hondo fué. No se holgó de haber herido

Mortal ninguno al capitan troyano.

Mas cuando á Enéas alejarse vido

Y advirtió de sus nobles la mudanza,

Turno abre el pecho á férvida esperanza,

LXVII.

Y los trotones pide y las tremendas

Armas; de un salto sobre el carro, altivo

Monta, impaciente por regir las riendas.

Vuela: ya á éste, ya á esotro, semivivo

Vuelca, á la Muerte acumulando ofrendas;

O arroja sobre el bando fugitivo

Lanzones que arrebata, ó atropella

Filas, y en curso abrumador las huella.

LXVIII.

Cual cerca al Hebro helado, con sangriento

Ardor bate su escudo en són de guerra

Marte, sus potros de encendido aliento

Lanzando al llano desde la alta sierra;

Delante corren del alado viento,

Gime bajo sus piés la tracia tierra,

Cien formas de Terror, de Insidia y Saña

Cortejo son que en torno le acompaña:

LXIX.

Así el Rútulo impele sus caballos

Todos cubiertos de sudor que humea;

Y á hombres sin fin, despues de derriballos,

Con ímpetu furial en la pelea,

Concúlcalos cruel: los duros callos

Sangre desparcen que la crin gotea,

Y en ruidoso tropel, por donde pasan,

Con sangre el polvo de la lid amasan.

LXX.

Rindió de cerca á Folo y á Tamiro,

A Esténelo dió muerte, aunque lejano;

Tambien á Glauco de distante tiro

Mata, y á Lade al par, de Glauco hermano:

Formó á estos dos para la lid, ya en giro

De carro volador, ya mano á mano

En el palenque, con igual pericia,

Su padre Imbraso en la materna Licia.

LXXI.

Mézclase en otra parte en la porfía

Eumédes, prole de Dolon, preclara

En guerra: el nombre del abuelo habia

Tomado; en alma y brazos se equipara

Al padre—aquél que ya, como de espía

Al campo griego á entrar se aventurara,

Los caballos del hijo de Peleo

Pidió en premio; otro dióle el de Tideo!

LXXII.

Seguia, al aire libre, en campo abierto,

Turno á Eumédes, con leve dardo: enfrena

Su carro, salta, llega; semimuerto

Al fugitivo halló sobre la arena:

El pié al cuello le pone; al puño yerto

Le arranca hoja luciente, y se la ensena,

Tiñéndola hasta el pomo, en la garganta,

Y fiero así sobre él victoria canta:

LXXIII.

«¡Troyano! el suelo hesperio que sangrienta

Tu planta holló, mejor ya mides, creo:

Esta es mi paga al que á lidiar me tienta;

Estos los muros que te alzó el deseo.»

Sus dardos luégo á Asbute, á Daré avienta,

A Tersíloco, Síbaris, Cloreo,

Y á Timete, á quien potro asombradizo

Cerviz abajo descender le hizo.

LXXIV.

Cual bate ronco Bóreas el Egeo,

Y la mar, á sus soplos paralela

Rueda á la playa en levantado ondeo;

Alta nube en el aire huyendo vuela:

Tal densas haces arrolladas veo

Doquier que sus bridones Turno impela;

Envuélvele su propio movimiento,

Y sus plumas agita hendido el viento.

LXXV.

Tanto alarde de bárbara pujanza

Fegeo no sufrió: con mano loca

Los fieros brutos á atajar se avanza

Del freno asiendo en la espumante boca.

Arrástranle indomables; ancha lanza

Su cuerpo, aunque sedienta, apénas toca

Bajo la triple malla, por do hiende

A salvo, miéntras él del yugo pende.

LXXVI.

Mirando á su adversario, en vano embraza

Su escudo, en vano por socorro grita

Esgrimiendo la daga; le amenaza

El eje y rueda que veloz se agita.

Cayó. Por entre el yelmo y la coraza

Turno, que ya sobre él se precipita,

De un tajo la cabeza le cercena,

Y tronco informe déjale en la arena.

LXXVII.

En tanto que con ímpetus furiales

Corriendo la campaña Turno hacía

En carro vencedor destrozos tales,

Bañado de la sangre que vertía

Van á Enéas llevando á sus rëales

Fiel Acate y Mnesteo; compañía

Le da Ascanio, y él mismo en su asta larga

Cada segundo paso el cuerpo carga.

LXXVIII.

Roto el cabo, la punta que le hiere

El héroe trata de arrancar; se irrita

Su impaciencia; algun medio, aquel que fuere

Brevísimo entre todos, solicita:

Que abra los bordes de la llaga quiere

Ancha espada, y los senos que visita

Hondo el hierro, descubra; tal su ruego,

Y que á lidiar le restituyan luégo.

LXXIX.

Hé aquí venido habia á su presencia

Yápix, hijo de Yaso, aquel que Febo

Señaló con gloriosa preferencia:

Sí, que á él, estando aún tierno mancebo,

Comunicó sus dones y alta ciencia

El Dios, llevado de amoroso cebo;

De los agüeros enseñóle el arte,

Y en su cítara y arco dióle parte.

LXXX.

Mas él, que al caro padre desahuciado

Sólo pensaba en prolongar la vida,

De sanitarias plantas el callado

Estudio cultivó por escondida

Senda. En su lanza Enéas apoyado

Está, y á sordas brama, y de crecida

Juventud que le cerca, el vago espanto

Contempla inmóvil y del hijo el llanto.

LXXXI.

Remángase la veste el buen anciano

Al uso de Peon; y con discreta

En balde aplica y diligente mano

Hierbas divinas de virtud secreta;

El encarnado hierro tienta en vano;

Con tenaza mordaz tal vez lo aprieta.

¡Ah! no da el almo Apolo traza alguna,

Ni encamina el conato la Fortuna.

LXXXII.

Y ya el pavor invade el campamento,

Espantosa amenaza se aproxima,

En polvo se condensa el firmamento,

Tropel de caballeros se oye encima;

Y mil dardos y mil cruzando el viento

Van doquiera á caer, y ponen grima

Al par de combatientes y de heridos

Voces de rabia y de dolor gemidos.

LXXXIII.

Vénus, en tanto, del afan movida

Que el corazon materno le atormenta,

Díctamo coge en el cretense Ida—

Hierba que allí lozana se presenta,

De pubescentes hojas revestida;

Flores la cubren de color sangrienta,

Y pace de ella la silvestre cabra

Si cruda flecha su espinazo labra.

LXXXIV.

La raíz salutífera recata

Encubierta la Diosa en nube umbría,

Llega, y en modo oculto el agua trata

Que en limpísimos vasos puesta, hervia;

Virtud comunicándola, desata

El díctamo, y el zumo de ambrosía

Que las fuerzas vivífico recrea,

Esparce, y odorante panacea.

LXXXV.

Con esta linfa Yápix, que no sabe

La merced de la Diosa recibida,

Lava la llaga: al punto, pues, el grave

Dolor huye del cuerpo; en la honda herida

Restáñase la sangre; ya süave

Tras la mano la flecha no traida

Saliendo va; y el adalid doliente

Todas sus fuerzas reintegrarse siente.

LXXXVI.

«¡Armadle, armadle, que lidiar desea!»

Ante todos así Yápix inflama

El turbado concurso á la pelea.

«Y tú, ilustre caudillo,» luégo exclama,

«No pienses que este triunfo humano sea;

Mi arte, mi diestra nada obró: te llama

Fuerza más alta, voluntad divina

Que á mayores objetos te destina!»

LXXXVII.

Mas el héroe tardanzas no consiente:

De acá y de allá á la pierna sobrelaza

Las grebas de oro, él mismo; ase impaciente

De la fulmínea lanza, la coraza

Viste, toma el broquel resplandeciente;

Y las armas tendiendo en torno, abraza

Y fugaz por el yelmo besa al hijo:

«De mí firme virtud, teson prolijo,

LXXXVIII.

»Quiero que aprendas; de dichosa suerte

Otros,» le dice, «te darán lecciones.

Hora vuelo en la lid á protegerte,

Voy á guiarte á sus preciados dones:

Cuando llegues á edad adulta y fuerte

Recoge mis gloriosas tradiciones,

Y de ellas memorioso, Ascanio mio,

Sigue á Enéas tu padre, á Héctor tu tio!»

LXXXIX.

Dicho esto, por las puertas dilatadas

Blandiendo el asta enorme, giganteo

Arrójase adelante: sus pisadas

Mnesteo sigue, síguelas Anteo.

Hé aquí de los reales á oleadas

Toda la turba desbordarse veo;

En ciego polvo el ámbito se cierra,

Y herida de los piés treme la tierra.

XC.

Turno en esta sazon desde un frontero

Alcor aquella nube ha visto; véla

El escuadron de Ausonios; el guerrero

Ímpetu encogen, el pavor los hiela.

Fué entre todos Yuturna quien primero

Oyó el ruido, y lo entiende, y se hurta, y vuela

Medrosa. Arrastra el capitan troyano

Su negra hueste en el abierto llano.

XCI.

Cual, turbando los aires repentina

Tempestad, á la tierra nimbo aciago

Por medio de los mares se encamina;

A mieses y arboredos ¡cuánto estrago

Traerá! ¡cómo la plebe campesina

Tiembla de léjos el tremendo amago!

A anunciarlo en las playas, adelante

Los vientos van con soplo resonante;

XCII.

Tal aparece el adalid reteo;

A defenderse la asustada gente

Fórmase densa en ángulos. Timbreo

Al fuerte Osíris da mortal fendiente:

Derriba á Arcecio en el tropel Mnesteo

Acátes á Epulon, Gias á Ufente;

Y cae allá Tolumnio, el agorero,

Que el dardo impío disparó primero.

XCIII.

Un grito de terror álzase al cielo,

Y á su turno los Rútulos á viva

Fuga se dan en polvoroso vuelo.

Enéas á la turba fugitiva

Muerte no da, ni áun contrapuesto telo

O pecho firme su ímpetu cautiva;

Entre la nube que la vista ofusca

A Turno solo anhela, á Turno busca.

XCIV.

Ve Yuturna el peligro, y atosiga

Su viril corazon fiera congoja:

Muda á Metisco va, de Turno auriga,

Le arranca, y léjos del timon le arroja;

Puesta ella en su lugar, el tiro instiga,

Y ondea á su placer la rienda floja:

En la voz, en las armas y el semblante

Osténtase á Metisco semejante.

XCV.

Cual acude al castillo de opulento

Señor, y excelsos atrios la traviesa

Negruzca golondrina ronda, el viento

Hiriendo ufana con versátil priesa;

Partículas recoge de alimento

A gárrulos polluelos dulce presa;

Ya visita los pórticos vacíos,

Ya en torno trisca de los lagos frios:

XCVI.

Así volando la marcial doncella

Alanza entre enemiga muchedumbre

Los caballos, y todo lo atropella

De su carro veloz la pesadumbre:

Ora en esta region, ora en aquélla,

Muestra al hermano entre fulmínea lumbre;

Mas asir la ocasion jamás le deja,

Y siempre volteando huye y le aleja.

XCVII.

No ménos diligente las pisadas

En largo giro el héroe le rastrea,

Y en medio de las huestes destrozadas

Con grande voz le llama á la pelea.

Cuantas veces le hallaron sus miradas

Y los halados potros ya en idea

Alcanzaba, volando en pos, la ruta

Tantas torció tambien la Ninfa astuta.

XCVIII.

¡Mísero! en golfo de agitados vientos

Fluctúa en balde; hácia contrarios lados

Le arrastran diferentes sentimientos.

Contra él, en ese tiempo, reservados,

Mesapo, listo siempre en movimientos,

Llevaba en la siniestra dos ferrados

Astiles: con certera puntería

Uno de ellos blandiendo, allá lo envía.

XCIX.

Hincando una rodilla, con su escudo

Enéas guarecióse: el asta empero

Rehilando sobre el casco penachudo

Voló las altas alas del plumero.

Tener su indignacion él más no pudo,

Salteado otra vez tan contra fuero,

Al sentir que en revuelta fugitiva

El carro volador su encuentro esquiva.

C.

Y el altar que violaron, por testigo

Tomando de su fe desobligada,

A Júpiter juró; y al enemigo

Se precipita ya, con ciega espada

A ejercitar sobre él comun castigo.

Con favorable Marte ha entrado, y nada

Perdona, y hace mortandad horrenda;

¡Ay! que da á sus furores larga rienda!

CI.

¿Cuál Dios ahora inspirará mi canto?

¿Quién me dará que recordar emprenda

Tantos destrozos, y caudillo tanto

Sacrificado en una y otra senda

Por Enéas y Turno?... ¡Jove santo!

¿Y plugo que á tan áspera contienda

Concurriesen naciones que algun dia

Para siempre la paz unir debia?

CII.

Al Rútulo Sucron, al paso hallado

(Fué esta pugna, aunque breve, la primera

Que en sitio á combatir determinado

Paró á los Teucros en su audaz carrera),

La espada Enéas envasóle á un lado,

Y allí por do la muerte es más ligera,

Bien las costillas y del pecho pudo

Pasar las tramas el acero crudo.

CIII.

En tanto á dos hermanos guerreadores,

Ambos á pié (pues uno del trotero

Cayera), inmola Turno á sus furores:

A Amico, que venía hácia él primero,

Con larga lanza recibió; Dïores

Espiró en pos al filo de su acero.

Al carro ambos segados vultos cuelga,

Y en llevarlos manando sangre, huelga.

CIV.

De un golpe Enéas á la Muerte envía

A Tánais y á Talon y al gran Cetego,

Y á Onite, el de habitual melancolía,

Hirió despues, en su ira siempre ciego;

Hijo era de Equïon y Peridía.

Turno otros dos hermanos postra luégo,

Que de Licia vinieron, noble tierra,

Y de apolíneos campos á la guerra.

CV.

Rindió tambien al árcade Menédes:

En vano el infelice, odiando á Marte,

Al pecífero Lerna á echar sus redes

Tranquilo acostumbróse: tal su arte;

Allí su pobre choza; en las mercedes

De los grandes jamás tocóle parte;

Miéntras su padre, en ya provectos años,

Cultivaba alquilados aledaños.

CVI.

Como invaden de puntos diferentes

La árida selva y lauros restallantes

Voraces llamas; ó cual dos torrentes

Que hacen destrozos, entre sí distantes,

Y al mar desde las cumbres eminentes

Arrebatan sus hondas espumantes,

Así Enéas y Turno el campo talan

Que corren, y en estragos lo señalan.

CVII.

Ya la interna pasion los espolea;

Ya estallan sus invictos corazones;

¡Con toda el alma á la mortal pelea

Vuelan ya!—De las glorias y blasones

De sus antepasados alardea

En medio de los fieros escuadrones

Murrano: su ducal genealogía

Por los latinos Reyes descendia.

CVIII.

Vióle Enéas; su furia vengativa

Comunica á un pedron que enorme alanza,

Y de cabeza al mísero derriba:

En las riendas envuelto so la lanza

Del carro, ya le aplasta fugitiva

La rueda; puesto el dueño en olvidanza,

Por cima sus indómitos caballos

Baten veloces los sonoros callos.

CIX.

Hilo feroz, verboso, amenazante

Entrara en lid: á su aureada frente

Poniéndosele Turno por delante

Asesta un dardo, que al cerebro, ardiente

Clavóse, bajo el yelmo relumbrante.

Caiste y tú, Creteo, el más valiente

De los Grayos; de Turno á libertarte

Tu diestra poderosa no fué parte.

CX.

Ni á tí tus propios Dioses al Troyano

Te supieron hurtar, Cupenco. ¡Ay triste!

Puesto el pecho á sus golpes, es en vano

El broquel acerado que le asiste.

Y tú tambien al laurentino llano,

Eolo ilustre, á sucumbir viniste;

Tambien debian estos arenales

Tus espaldas medir descomunales!

CXI.

Tú del triunfante Aquíles, tú del peso

De la argiva falange tan temida,

Luchando cual leal, saliste ileso;

¡Y aquí estaba la meta de tu vida!

Gran palacio tuviste allá en Lirneso,

Gran palacio gozaste bajo el Ida;

¡Y ya te reservaba tu destino

Un sepulcro en el campo laurentino!

CXII.

Latinos y dardanios campeones,

Mnesteo y el intrépido Seresto,

Y domador Mesapo de bridones,

Y Asílas, siempre en la refriega enhiesto,

Y las etruscas y árcades legiones,

Ya todos á encontrarse, en vuelo presto

Corren: batalla universal, suprema,

Se libra; cada cual su esfuerzo extrema.

CXIII.

No hay reposo, no hay vado: el choque dura

Igual de cada parte. En tal momento

A sugerir á Enéas se apresura

Su hermosísima madre un pensamiento:

Que á los muros acorra, le conjura,

Que lleve su escuadron sobre Laurento

De improviso, y con golpes repentinos

Ponga espanto mortal en los Latinos.

CXIV.

Despues que sobre el campo en giro vario

Él ha echado solícita ojeada

Acá y allá buscando á su contrario,

Convierte á la ciudad fija mirada:

Inmune y en sosiego solitario

En presencia de lid tan ensañada,

La observa; y en imágen, de repente,

Mayor combate enardeció su mente.

CXV.

A Mnesteo al instante y á Sergesto,

Con quienes párte de la hueste el mando,

Convoca, y al intrépido Seresto:

Ocupa una eminencia; de su bando,

Al verle, en torno de ella acude el resto:

Densos, picas y escudos no soltando,

Todos esperan que los labios abra,

Y oyóse así de lo alto su palabra:

CXVI.

«¡No haya, mi voluntad impedimento!

Aunque de pronto concebida empresa

Ménos listos no os halle; á Jove cuento

De nuestra parte. Hoy mismo, hoy mismo, si esa

Militar madriguera y regio asiento,

Que es nuestra la victoria no confiesa,

No admite el freno y rinde vasallaje,

Haré en su seno asolador ultraje;

CXVII.

»Hundiré en polvo el más altivo techo

Envuelto en llamas! ¿Quién tendrá por justo

Que el tornar, ya vencido, á campo estrecho,

Espere yo que á Turno venga en gusto?

No: ¡cumpla la ciudad el pacto hecho!

Nefando monumento, centro adusto

De la guerra ella ha sido: ¡sús! con teas

Lo que debe pidamos!» Habló Enéas.

CXVIII.

Ya, formándose en cúneo á la batalla,

Animosa la tropa se encamina.

Escalas de improviso en la muralla

Se ven, y el fuego la cabeza empina.

Quién á las puertas acudiendo, acalla

A los guardias con muerte repentina;

Quién, armas empuñando, trepa: al cielo

Tejen mil dardos tenebroso velo.

CXIX.

Hé aquí entre los primeros, extendiendo

La diestra Enéas á la faz del muro,

Increpa al rey Latino con tremendo

Clamor. Que vez segunda al trance duro

Le compelen Los Ítalos, rompiendo

La nueva ley, y en su furor perjuro

Se revuelven contra él como enemigos,

Grita, y toma á los Dioses por testigos.

CXX.

Discordes entre sí los ciudadanos,

Unos las puertas franquear querrian

Y de paz recibir á los Troyanos,

Y al muro al mismo Rey llevar porfían;

Otros empero con armadas manos

Al sitiador bizarros desafían.

Así tal vez en cavernosa piedra

Silvestre enjambre se guarece y medra;

CXXI.

Y así el pastor por despojarlo, llena

De humo amargo el recinto, y las turbadas

Hijas de la recóndita colmena

Discurren por las céricas moradas:

Rumor confuso por la roca suena,

Bramando aguzan iras enconadas;

El sofocante olor penetra, y sube

Suelta en ondas al aire la hosca nube.

CXXII.

En tanto á los sitiados sobrevino

Calamidad que alto estupor derrama

Y el resto extingue del valor latino.

Vió la Reina que al muro se encarama,

Trayendo, el agresor, triunfal camino,

Vió el acero á las puertas, vió la llama;

Ni Rútulos allí, ni allí la hueste

De Turno, que el asalto contrareste:

CXXIII.

Dando al jóven por muerto la mezquina,

Sola causa del mal, única rea

Proclámase; y gimiendo desatina

Enajenada en su doliente idea;

Desgárrase la veste purpurina,

Lúgubre frenesí la aguijonea,

A yerta viga ató ominoso nudo,

Y fué aquello un morir fiero y sañudo,

CXXIV.

Hiere á las damas la nefasta nueva:

Mesándose Lavinia los floridos

Cabellos, las airadas manos ceba

En las róseas mejillas: con gemidos

Responde su cortejo; el eco lleva

Por las ámplias mansiones los plañidos;

Y ya por la ciudad su vuelo explaya

El rumor, y los ánimos desmaya.

CXXV.

En polvo vil la blanca cabellera

Mancha, rasga su veste el Rey anciano,

Vaga sin rumbo, y viendo desespera

De una infeliz consorte el fin insano

Y la ruina de un pueblo! Que no hubiera

Llamado en tiempo al adalid troyano

Al reino, acreditándole por yerno,

Mucho se culpa con lenguaje interno.

CXXVI.

Turno batallador allá en lejano

Límite en tanto, cada vez más lento,

Ménos y ménos cada vez ufano

Del de sus potros decadente aliento,

A pocos, áun dispersos en el llano,

Ensaya perseguir. El vago viento

Ya hácia aquella region lleva á oleadas

Extraño són de voces apagadas.

CXXVII.

Aguzando el mancebo los oidos

Fatídico clamor distinto siente,

Oye de la ciudad los alaridos.

«¡Ay de mí! ¿Qué gran duelo está presente

A los muros? ¿Qué fúnebres sonidos

De tan diverso punto la corriente

Del aire arrastra?» Dice, y de la brida

Tira atónito, y pára la corrida.

CXXVIII.

Sagaz la Ninfa que usurpó el semblante

Del auriga Metisco, y los trotones

Y carro y riendas guia, en ese instante

Al hermano anticípase, y razones

Tales vierte: «Sigamos adelante,

¡Oh Turno! y á enemigo no perdones;

¡Adelante sigamos! La Victoria

Abrió esta senda y nos anuncia gloria.

CXXIX.

»Los muros defender, á otros compete.

¿Y tú, cuando á los Ítalos Enéas

En reñido conflicto compromete,

Contra los Teucros tu poder no empleas?

¡Animo! á los que restan acomete,

Y á fe que ni inferior salir te veas

En número, ni en lauros ménos rica

La diestra ostentarás!» Turno replica:

CXXX.

«¡Oh! ¡tu influjo en mi bien jamás reposa!

Sentílo ya en el campo, hermana mia,

Del punto en que el tratado poderosa

Fuiste á romper usando de artería;

Y ahora mismo vanamente, oh Diosa,

Encubres tu beldad. Mas ¿quién te envía,

Quién, dime, de la sedes celestiales

Tanto mal á palpar y horrores tales?

CXXXI.

»¿Mirar querrás los míseros despojos

De tu hermano?... ¿Y qué espero? ¿Cuál reparo

Me ofrece la fortuna? Por mis ojos

Ví á Murrano caer: otro, más caro

Amigo no me queda: oí sus flojos

Acentos, tarde ya, pedirme amparo;

Yo le he visto ¡ay dolor! rendir la vida,

Ingente él mismo y bajo ingente herida.

CXXXII.

»Por no mirar nuestro baldon inulto

Presa en miembros y en armas cayó Ufente,

¿Y hora entregados á feroz tumulto

Nuestros hogares sufriré paciente?

¡Ah! ¡nos faltaba este postrero insulto!

¿Y á la furia de Dránces maldiciente

No podré contestar con mis hazañas?

¿Espaldas volveré? ¿Y estas campañas

CXXXIII.

»Contemplarán á Turno fugitivo?

¡Qué! ¿el morir es odioso á tanto grado?

Si de supernos Dioses no recibo

Ni piedad ni justicia, con agrado

Mi ruego, ¡oh Manes! acoged votivo:

No indigno de altos padres, consagrado

Mi espíritu desciende á vuestro límen,

Puro, sí, puro de afrentoso crímen!»

CXXXIV.

No bien en estas voces prorumpiera

Cuando venir vió á Sáces, ve su boca

Que reciente flechazo, dilacera:

Su espumante bridon, que apénas toca

El campo hostil, lo rompe hilera á hilera;

Mas él desaforado á Turno invoca:

«¡Turno, última esperanza en nuestros males,

Habe ya compasion de tus parciales!

CXXXV.

»Rayos á los alcázares fulmina

Enéas con su ejército, y amaga

Al poder de los Ítalos rüina;

Sobre los techos el incendio vaga.

En tí pone sus ojos la latina

Gente, á tí vuelve su clamor. Qué haga

No sabe el Rey, y en su ánima medita

Cuál yerno adopte, qué alianza admita.

CXXXVI.

»A la Reina, por tí tan decidida,

A caso extremo sus terrores mueven;

¡Ay! ¡por su mano se quitó la vida!

Bajo las puertas á arrostrar se atreven

Sólo Atina y Mesapo la embestida.

De un lado y otro los contrarios llueven.

Tantas puntas esgrime la enemiga

Hueste, que miés ferrada el campo espiga.

CXXXVII.

»¡Y á este tiempo en el más remoto prado

Turno su carro vagaroso guía!»...

Guardó torvo silencio el increpado,

Y en el pecho le hierven á porfía,

Con tantos contratiempos alterado,

Ya del herido amor la frenesía,

Ya el probado valor de su pujanza,

Fuego de pundonor, voz de venganza.

CXXXVIII.

Así que á los destellos renacientes

De la razon, la nube se retira

Que le envolvió en horrenda noche, ardientes

Los globos de sus ojos rueda, y mira

Con demudada faz los eminentes

Muros desde su carro. En roja espira

Ve el fuego que tablajes señorea

Y al cielo enderezado libre ondea.

CXXXIX.

Turno mismo, de sólida madera,

Con altos puentes guarnecida, alzara

Trabada torre; de ella se apodera

Aquel voraz turbion. «¡Hermana cara!

¿Ves, ves,» clama el cuitado, «que doquiera

El hado nos arrolla? Me pesara

Que en cerrarme insistieses el camino

Que un Dios señala y mi cruel destino!

CXL.

»¡Allá! ¡no más tardanzas! ¡Mano á mano

Lucharé con Enéas! ¡Con la muerte

Cuanto hay de acerbo á padecer me allano!

¡Trocar déjame en gloria este ocio inerte,

Y arder, miéntras aliente, en fuego insano!»

Dice, y salta veloz del carro, y fuerte

Entre hombres y armas por el campo embiste,

A Yuturna dejando muda y triste.

CXLI.

Cual rueda enorme montaraz fragmento,

Ya recia lluvia ó huracan lo bata,

O sea ya que el no sentido y lento

Trabajar de los años lo desata;

Impetuosa desde su alto asiento

Al abismo la mole se arrebata,

Y en los saltos que da desmesurados

Arboles vuelca y hombres y ganados:

CXLII.

Turno, echándose así del carro afuera,

Rompe los escuadrones, los divide,

Y por entre ellos en veloz carrera

De la magna ciudad los muros pide.

Allá en sangre empapado ve doquiera

El suelo, y ve que el aire todo estride

Con dardos borrascoso. Hizo señales

Su mano, y él lanzó clamores tales:

CXLIII.

«¡Paso, oh Rútulos, dad al paladino!

¡Y vos cesad en la marcial porfía,

Valientes del ejército latino!

Dejadme el campo; la aventura es mia.

Por vosotros lidiar es mi destino;

Mi ánima sola por el pueblo expía

El sellado concierto.» La amenaza

Todos paran al punto, y danle plaza.

CXLIV.

Aun bien Enéas de sentir no acaba

Aquel nombre de Turno, se apareja

Al singular combate, toda traba

Rompe impaciente, y de las obras ceja

Del fiero asalto que á los muros daba

Déjalos ya, las altas torres deja,

Y desciende saltando de alegría,

Truenan sus armas y el espanto cria.

CXLV.

Cual Atos ó cual Érice aparece,

Ó del padre Apenino á semejanza,

Que sus tersas encinas estremece,

Y de la nívea cúspide que lanza

A la region del rayo, se envanece.

Movidos de tan súbita mudanza

Allá Rútulos miran y Troyanos

Y todos á una vez los Italianos.

CXLVI.

Los que ocupaban el adarve enhiesto

Como aquellos que al pié de la muralla

Batían, de sus hombros han depuesto

Las armas, y uno y otro campo calla.

Latino mismo en asombrado gesto

Mira que al fin á singular batalla

Fortísimos concurren, de regiones

Tan diversas, aquellos dos varones.

CXLVII.

Corriendo ellos al campo que la guerra

Suspensa abre á sus ímpetus, distantes

Arrójanse las lanzas; luégo cierra

Uno y otro adalid, con los sonantes

Escudos de metal. Gime la tierra;

Golpes dan y redoblan las tajantes

Espadas; y de un lado y de otro, á una

Asisten el esfuerzo y la fortuna.

CXLVIII.

Como en el vasto Sila ó gran Taburno,

Marchando á combatir dos toros fieros,

Aquél á éste, éste á aquél hiere á su turno;

Retíranse medrosos los vaqueros;

El rebaño contempla taciturno;

Cuál se alce de los dos con régios fueros

Sobre el hato en los campos y en las sierras,

No saben pensativas las becerras;

CXLIX.

Ellos, en tanto, con vigor tremendo

Cuernos traban y heridas menudean,

Sus cuellos y sus brazos envolviendo

Los arroyos de sangre que chorrean;

Repite el ancho bosque el sordo estruendo:

Chocando los broqueles tal pelean

El troyano y el daunio combatiente;

E hinche los aires el fragor creciente.

CL.

Dos balanzas en fiel Júpiter tiene,

Y de ambos héroes los diversos hados

Poniendo, aguarda á ver á quién condene

El lance extremo, y cuál de aquellos lados

Con peso agobiador la Muerte llene.

Sin temer de su ardor los resultados,

Turno entónces alzó su espada larga,

Todo el cuerpo esforzando, y la descarga.

CLI.

Irguiéndose ambos campos á la hora

Prorumpen en confusa vocería.

Quebróse en medio al golpe la traidora

Hoja, y abandonado Turno habia

Finado allí, si á fuga voladora

No acude. Más ligero se desvía

Que alado viento, cuando el cabo asido

Desconoció, y su diestra inerme vido.

CLII.

Fama es que ya, cuando de pronto uncidos

Los caballos, á lid montó ligero,

Tomó, en su afan turbados los sentidos,

El de su auriga, y no el paterno acero:

A los Teucros, con él, despavoridos

Pudo acosar gran tiempo; ahora, empero,

Hierro mortal, cual hielo quebradizo,

Dando en armas divinas, se deshizo.

CLIII.

Brillan los trozos en la roja arena.

Él entretanto huye y se retira

A otra parte del campo; le enajena

El terror, y en inciertas vueltas gira:

Denso cordon que su esperanza enfrena

Formar doquiera á los Troyanos mira;

Allá el paso le impide ancho pantano,

Acá el cerco mural limita el llano.

CLIV.

Enéas el alcance no descuida,

Y aunque á tiempos retarda dolorosa

Sus rodillas aún la fresca herida,

Al que temblando va férvido acosa

Pié con pié. Tal hallarse sin salida

Suele un ciervo infeliz; corriente undosa

Acá le ataja, allá le pone miedo

De plumas de color pérfido ruedo;

CLV.

Y así umbrino ventor pieza levanta,

En pos labrando en rápida carrera;

Hace y deshace el triste, á quien espanta

El rojo valladar, la alta ribera,

Círculos mil con voladora planta:

Insta el fiero sabueso; se dijera

Que con los dientes vencedor le toca,

Y áun muerde en vago su burlada boca.

CLVI.

Alzóse en esto un gran clamor, que llega

Confuso al cielo, y de él retumba herida

La laguna, cuan ancha el campo anega.

Rabioso Turno, sin templar la huida,

A los Rútulos clama, nombra, ruega

Que la espada le traigan conocida.

Enéas, á su vez, muerte inminente

A aquel intima que mediar intente;

CLVII.

Y á todos aterrando los conmina

Con asolar los muros; y aunque herido,

No desiste: corriendo á la contina

Cinco órbitas agota en un sentido,

Cinco en opuesta direccion camina,

Que no es, á fe, lo en lid comprometido

Circense premio ni trivial presea,

Por la sangre de Turno se pelea!

CLVIII.

Viejo acebuche allí se alzaba un dia

Con sus amargas hojas: el marino

El firme leño venerar solia,

Que á Fauno estaba dedicado; y vino

Muchas veces en él su ofrenda pia

A colocar, y, al Númen laurentino

Cumpliéndo el voto, á la sagrada copa

Náufrago suspendió la húmida ropa.

CLIX.

Este árbol divinal, sin miramiento,

Por despejar el campo al desafío,

Cortaron los Troyanos de su asiento.

En la raíz fibrosa que el vacío

Sitio guardaba, atravesando el viento

Cae y se enclava con pujante brío

El asta del Dardanio. Echó él su lanza,

Ya que á hacer presa por sus piés no alcanza.

CLX.

Y el tiro á segundar corre, y porfía

La punta en desasir que honda se aferra.

Entónces Turno esta plegaria envía

Ante el peligro que su mente aterra:

«¡Duélete, oh Fauno, de la suerte mia,

Y tú esa arma retén, óptima Tierra,

Si fiel siempre os rendí el antiguo culto

Que el Troyano abatió con fiero insulto!»

CLXI.

Fácil el Númen al favor se inclina.

Pugnó Enéas gran pieza, y fuerza ó traza

Util no halló; que la raíz divina

El hierro aprieta cual mordaz tenaza.

Miéntras él en vencerla insta y se obstina,

Otra vez de Metisco se disfraza

La daunia Diosa, y al hermano llega,

Y el acero vulcánico le entrega.

CLXII.

Ardiendo Vénus de que á tales grados

Llegase de la Ninfa la osadía,

Acude, y de los senos intrincados

La pica destrabó que áun resistia.

En sus armas y fuerzas reintegrados,

Uno en su espada, el otro en su asta fia,

Y á la lid anhelosa y furibunda

Avánzanse arrogantes vez segunda.

CLXIII.

Ved al Rey del Olimpo omnipotente

Cómo habla en tanto á Juno, que atendia

Sentada en una nube refulgente

Al singular combate: «¡Esposa mia!

¿Que haya fin esta guerra, no consiente

Tu pecho? ¿Ya qué falta? Al cielo un dia

Se alzará Enéas como sér divino

Que debe á las estrellas el Destino.

CLXIV.

»Harto lo sabes, ¿y áun tu mente espera?

¿Y ahí en gélidas nubes áun te agrada

Nuevos planes trazar? ¿Justo es que hiera

A un cuerpo sacro arma mortal? ¿que espada

Recobre Turno, y fuerza extraña adquiera

Ya á punto de rendirse? A tanto osada

Sin tí una débil Ninfa ser no puede.

Tu error conoce, y á mis ruegos cede!

CLXV.

»Llegamos ya al final. En mar, en tierra

A los Troyanos agitar pudiste,

Te fué dado mover infanda guerra,

Y alta casa afligir, y en duelo triste

Envolver régia boda. El paso hoy cierra

Mi mano á nuevas cóleras;—desiste!»

Esto Júpiter dijo; reverente

Juno así respondió, baja la frente:

CLXVI.

«¡Ah! bien conozco, real esposo mio,

Tu augusta voluntad: á ella me entrego,

Y de Turno y del suelo me desvío.

Sin eso, no en cruel desasosiego

Aquí me hallaras en el éter frio

Sufriendo solitaria: armada en fuego,

En medio del combate, las hileras

Del enemigo provocar me vieras!

CLXVII.

»Yo á Yuturna, es verdad, di aliento y mano

Para salvar á Turno de inminente

Golpe; no ya para que el arco insano

Tendiese. Te lo juro por la fuente

Inaplacable del Estigio hermano

(Rito, único entre todos, que imponente

A los Dioses obliga). Y ahora cejo,

Y fatigada asaz las guerras dejo.

CLXVIII.

»Mas yo una gracia (el hado no la veda)

Que de los tuyos y el poder latino

Redunde en majestad, pedirte pueda:

Hacer sólidas paces el Destino

Y alegres bodas celebrar conceda,

Yo desde ahora á su querer me inclino;

Muéstrese, empero, el natural del Lacio

Su viejo nombre en mantener, rehacio.

CLXIX.

»No ellos Teucros se llamen ni Troyanos,

Ni de vestido muden ni de idioma:

Viva el Lacio; haya príncipes albanos,

Nada por siglos su poder carcoma;

Y derive de pechos italianos

Virtud pujante la futura Roma.

Muerta es Troya; su nombre aborrecido

Yazga con ella en perdurable olvido!»

CLXX.

Sonriendo el Autor de hombres y cosas,

«De Jove hermana y de Saturno hija

Te ostentas,» dice, «cuando áun no reposas,

Y dentro el pecho en ansiedad prolija

Esas iras revuelves procelosas!

Cálmalas ya. Ni mudo afan te aflija,

Ni me torne á asestar tristes querellas

Tu dulce boca, ejercitada en ellas.

CLXXI.

»¡Oh, sí, que te daré cuanto has pedido;

Yo todo tuyo soy! Sus tradiciones,

Su popular lenguaje y su apellido

Conservarán de Ausonia los varones:

El vencedor uniéndose al vencido

Refundiráse en él. Yo instituciones

Sacras, yo ritos les daré divinos:

Una el habla será; todos, Latinos!

CLXXII.

»Formarán ambas razas de consuno

Un pueblo que á mortales y á inmortales

Superará en virtud; y pueblo alguno

Te dará cultos á su culto iguales.»

Sus pensamientos serenando Juno

La frente inclina ante razones tales;

De los aéreos ámbitos se aleja

Al mismo tiempo, y el nublado deja.

CLXXIII.

Así aquella acordanza concluida,

Su mente sábia el Padre soberano

Vuelve á otro punto, y á Yuturna cuida

Apartar de las lides del hermano.

Hay dos plagas que Diras apellida

La Fama: á entrambas ya, por modo arcano,

De sí Noche abismosa lanzó fuera,

A un tiempo, al par que á la infernal Megera.

CLXXIV.

De iguales serpentíferas espiras

La madre armólas, y de fuertes alas,

Con que aparecen las gemelas Diras

Del Dios tremendo ante las régias salas.

Prestas mueven, ministras de sus iras,

Miedo á las gentes, si á ciudades malas

Él amenaza desolar con guerra,

O peste y mortandad manda á la tierra.

CLXXV.

Jove á una de ellas desde lo alto envía

Porque lleve á Yuturna infausto agüero.

Voló la Furia, y la region vacía

En torbellino atravesó ligero.

Cual flecha, armada de ponzoña impía,

Que el Parto ó el Cidon de arco certero

Ha tirado, y, silbando, la interpuesta

Nube traspasa, incógnita y funesta;

CLXXVI.

Tal rápido á la tierra se abalanza

Aquel aborto de la Noche oscura.

Y así que á ambos ejércitos alcanza

A divisar, abrevia su figura,

Y del pájaro toma la semblanza

Que en cementerio ó solitaria altura

En la noche callada aciago asiste

Turbando el aire con su canto triste.

CLXXVII.

Tiende á Turno, de forma tan provista,

El ominoso vuelo y se alborota

Pasando y repasando ante su vista,

Y con las alas el broquel le azota.

Terror secreto al mísero contrista

Y de los miembros el vigor le embota;

El cabello erizado se levanta,

Anúdase la voz en su garganta.

CLXXVIII.

Luégo que hubo Yuturna, en el sonido

Y en el batir fatídico del ala,

De léjos á la Euménide sentido,

De hermosas crenchas la esparcida gala

Rasga, hiérese el pecho dolorido,

Y el rostro ofende, y su dolor exhala

En voces tales: «¡Ay! en vano, en vano

Ya ayudarte querré, mísero hermano!

CLXXIX.

»¡Cruel fuérzanme á ser! De hoy más, ¿qué espero?

¡Y qué! ¿de prolongar, Turno, tus dias

Arbitrio no me queda? ¿Aqueste agüero

Deshacer no podrán las fuerzas mias?...

¡Cesad, cesad en vuestro azote fiero;

Ese vuelo, ese grito, aves sombrías,

Harto conozco y me atormentan harto!

Ya os obedezco, y de la lid me aparto.

CLXXX.

»Sí, que en vosotras el imperio siento

Del magnánimo Jove! ¿El precio es ése

De mi virginidad? ¿Qué á mi contento

Presta eterno vivir? ¡Nunca él hubiese

De la ley del comun fenecimiento

Exentado mi sér! Mortal yo fuese,

Fin diera á mi penar, y huyendo haria

A la fraterna sombra compañía!

CLXXXI.

»¡Héme ahora inmortal! ¡Oh hermano mio!

¿Qué habrá sin tí que enojos no me sea?

¿Y dónde mi doliente desvarío

Abismo tan profundo cual desea

Que me trague hallará, y en el umbrío

Reino sepulte á esta infelice dea?»

Dice, y llora, y cubierta un glauco velo,

En hondas linfas escondió su duelo.

CLXXXII.

Enéas entretanto con la grande

Arbórea lanza á su contrario acosa;

Hace el hierro brillar miéntras la blande,

Y habla; en su voz la indignacion rebosa:

«¡Qué! ¿y será que tu planta se desmande,

Turno, á nueva tardanza vergonzosa?

Con bravas armas ya, no en triste huida,

Brazo á brazo el combate se decida!...

CLXXXIII.

»¡Vé, toma formas mil! Cuantos el arte,

Cuantos recursos la pujanza encierra,

Ensaya: vuela al cielo á refugiarte,

O en los cóncavos senos de la tierra!...»

Sacude la cabeza, y «No, no es parte

Tu ira á aterrarme, ¡oh bárbaro! me aterra,»

Turno dice, «la cólera divina;

Júpiter, sí, que labra mi rüina.»

CLXXXIV.

Más no dijo; y rodando la mirada

Sobre el campo, una piedra vido ingente,

Ingente, antigua piedra, colocada

Porque allí señalase permanente

La linde de dos predios disputada.

Cargaran peso tan difícilmente,

Tendiendo fuertes cuellos á porfía,

Doce hombres de los que hoy la tierra cria.

CLXXXV.

Arrebata el pedron con mano presta

Turno, y con él, cuanto en sus fuerzas cabe,

Empínase, y veloz corre, y lo asesta.

Turbado el héroe, que acudió no sabe,

Ni que asió del peñasco, ni que enhiesta

Mueve su mano aquella mole grave;

¡Ay de él! á sus rodillas falta brío,

Cuaja su sangre de la muerte el frio.

CLXXXVI.

Arrojado del brazo prepotente,

Rodando el risco en la region vacía,

No completó su giro, inobediente

Al recibido impulso que lo guia.

Y cual finge terrores el durmiente

En el regazo de la noche umbría,

Por lánguido sopor ligado, y sueña

Que ansiosa fuga en alargar se empeña,

CLXXXVII.

Y siente en sus conatos que desmaya,

Del antiguo vigor privado, y yerta

La lengua en vano desatar ensaya,

Y voz ni grito á producir acierta;

Por dondequiera, así, que Turno vaya

A entrar brioso en la que senda abierta

Ha imaginado, allí la Diosa dura

El éxito á estorbarle se apresura.

CLXXXVIII.

Ya naufraga en angustias su esperanza:

Ha tornado á los Rútulos la vista

Y á la ciudad; mas la apremiante lanza

El pié le ataja, el ánimo le atrista:

Ni con qué traza escape se le alcanza,

Ni por cuál modo al enemigo embista;

Rastrea en torno, y su ojeada es vana,

Que ni el carro aparece ni la hermana.

CLXXXIX.

Dudar ve á Turno, y su asta fulminante

Vibra Enéas, propicio punto cata

Con los ojos, y arrójala distante,

Y entero en ella su poder desata.

No con ímpetu suele semejante

Piedra que de ballesta se arrebata

Terrífica zumbar; ni así, encendido,

Estalla el rayo en hórrido estampido

CXC.

Fiero estrago llevando, el hierro crudo

Vuela á guisa de negro torbellino,

Y por lo bajo rompe del escudo

Hasta el séptimo cerco diamantino,

Y el halda abriendo á la loriga, pudo

Crujiente en medio al muslo hacer camino.

Al fiero golpe, que de accion le priva,

Turno enorme de hinojos se derriba.

CXCI.

Alzándose, en doliente vocería,

Los Rútulos prorumpen; gime el viento,

Y tiembla en torno el monte, y á porfía

Vuelven los altos bosques el lamento.

Él, hincado, la diestra dirigia

Y miradas de humilde sentimiento

A Enéas: «He mi suerte merecido,

Y nada,» exclama, «para mí te pido.

CXCII.

»¡Venciste! todo en mí te pertenece;

Me han visto los Ausonios prosternado

Tender las palmas. Si piedad merece

Un padre (fuélo Anquíses) desdichado,

La ancianidad de Dauno compadece,

Y vivo, ó muerto, cual te venga en grado,

Este hijo tu piedad le restituya.

¡Oh! cese tu rencor; ¡Lavinia es tuya!»

CXCIII.

Paróse armado el héroe encrudecido,

Y revolviendo los ardientes ojos

La diestra reprimió: ya del rendido

El discurso amansaba sus enojos,

Cuando el infausto talabarte vido

De Palante asomar, ricos despojos

Que echó sobre sus hombros Turno ufano,

Muerto el mancebo, y con sangrienta mano.

CXCIV.

Han resaltado las que el cinto lleva

Lucientes inequívocas labores.

Conforme Enéas las miradas ceba

En aquel monumento de dolores

Insanables, la colera renueva,

Y clama así, terrible en sus furores:

«¿Con tan queridas prendas te atavías,

Y escapar de mis manos presumias?

CXCV.

»Palante es quien te hiere; sí, Palante

Quien te inmola, y se venga en tu culpada

Sangre!» Dice, y al pecho que delante

Tiene, encamina la fulmínea espada

Enardecido. Turno en ese instante

A manos siente de la muerte helada

Sus miembros desatarse, y gemebundo

Su espíritu indignado huye al profundo.

FIN DE LA ENEIDA.

NOTAS:

[1] Pongo el registro de los principios del códice sevillano:

Folio 12, libro II: «Despues desto dicho callaron todos, é estuvieron atentos catando á Eneas, por oyr lo que avie de contar...» Folio 40, libro III: «Despues que á los Dioses plogo las cosas de Asia...» Folio 63, vuelto. «O cuanto fué pagada la reyna Dido de la narracion de Eneas... De antes ferida de amoroso fuego.» Folio 87 vuelto, libro V: «Partiendo Eneas de los mares de Cartago, estando en medio de la flota...» Fol. 115. libro VI: «Despues que Eneas las precedentes dijo palabras...»

[2] Ensayo de una biblioteca de traductores españoles, páginas 67 y 71.

[3] Vid. Clemencin, Elogio, etc. pág. 45.

[4] La descripcion detallada de los códices de Madrid, Sevilla y París puede verse en mi inédita Biblioteca de Traductores. El primero que menciona las glossas de D. Enrique sobre Virgilio es Fernán Mejía en el Noviliario Vero. Cita la trad. Tamayo de Várgas en la carta preliminar al Plinio de Jerónimo Huerta. Vid. además N. Antonio, Sarmiento (Memorias para la historia de la poesía y poetas españoles), Mayans (Vida de Virgilio), Pellicer, Amador de los Rios, Ochoa (Catálogo de los ms. de París), y D. Menéndez Rayon en un art. de La Reforma.

[5] Ensayo de una biblioteca española, col. 648.

[6] Catálogo del teatro, pág. 283.

[7] Todas las obras de P. Virgilio Maron, ilustradas con varias interpretaciones y notas en lengua castellana. 1778, Valencia, librería de los Orgas.

[8] El libro I de la Eneida tiene 756 versos, el II 804, el III 718.

[9] Tengo á la vista su partida de defuncion, que me ha facilitado D. Fermin Canella y Secades, catedrático de la Universidad de Oviedo.

[10] América Poética. Valparaiso, 1846. pág. 797.

[11] Noticia que con otras muchas no ménos curiosas me ha comunicado en carta particular el Sr. Caro, refiriéndose á otra del argentino Sr. Gutierrez, fechada en Noviembre de 1874. Añade el Sr. Caro que hasta ahora no ha podido hallar los números de la Revista del Plata, á que la carta alude.

[12] Puede verse un extenso juicio de las traducciones de Leonél da Costa en el tomo VI del Ensaio biographico critico sobre os melhores poetas portuguezes por José M. da Costa e Silva, pág. 154 y siguientes. Costa e Silva no conoció la Eneida.

[13] Vid. Costa e Silva, tomo V, pp. 267 y ss. donde juzga y extracta esta version.

[14] Vide Costa e Silva Ensaio biographico, tomo VI pp. 325 á 363.