Asesta un dardo, que al cerebro, ardiente

Clavóse, bajo el yelmo relumbrante.

Caiste y tú, Creteo, el más valiente

De los Grayos; de Turno á libertarte

Tu diestra poderosa no fué parte.

CX.

Ni á tí tus propios Dioses al Troyano

Te supieron hurtar, Cupenco. ¡Ay triste!

Puesto el pecho á sus golpes, es en vano

El broquel acerado que le asiste.