Turbado, en la beldad que le enamora

Ha fijado los ojos el guerrero,

Y arde más por lidiar. «¿Y á qué, señora,»

Conciso dice á Amata, «el triste agüero

Me ofreces de tus lágrimas, ahora

Que de Marte me arrojo al lance fiero?

¡Cesa, te ruego! A Turno, madre pia,

Parar no es dado de su muerte el dia.

XVII.

»Y tú al frigio tirano, Idmon, vé y lleva,