De ordinario era Poldy apacible y afectuosa con todas las gentes y singularmente con su enfermizo hermano, para quien no tenía palabra mala. Pero entonces la cegó la ira y dijo con cruel desabrimiento al Conde Enrique:
—¿De qué te ríes, imbécil? ¿De qué te ríes?
—Pues me río, contestó el conde tartamudeando, pues me río...
—Vamos... interrumpió ella. Di, explícate. Dios te dé habla.
—Pues me río del enredo novelesco que has armado en tu cabeza, convirtiendo en príncipe indio o en algo semejante... a mi antiguo amigo y camarada de universidad, Isidoro Ziegesburg.
—Esas son simplezas tuyas. El indio se parecerá a un estudiante que tú conociste. ¿Pero de dónde había de sacar el tal estudiante todas las magnificencias indostánicas, todos los peregrinos tesoros de que en esta fotografía aparece rodeado?
—Mira, hermana, mi amigo es tan rico y abundan tanto en su casa los objetos de toda laya, que lo mismo que aparece como indostaní en la fotografía, hubiera podido aparecer griego del tiempo de Pericles, magnate egipcio de la época de los Faraones o de los Ptolomeos, Mirza contemporáneo de Hafiz o señor feudal del siglo de la primera cruzada. Y siempre con las alhajas, primores, requisitos y demás accesorios que a cada personaje caracterizan y son propios. Isidoro Ziegesburg, en una palabra, posee el más completo y admirable bazar de antiguallas y curiosidades que hay en Viena. ¿Qué digo en Viena? en toda Europa no hay otro que se le iguale. Isidoro, así por lo que heredó de su padre, como por lo que ha traído de sus peregrinaciones por todo el mundo, durante cuatro años, es el más notable y acreditado de todos los chamarileros. Comprendo lo que ha pasado y por eso me río. Me río sin poderlo remediar.
Y el conde Enrique se reía, y Poldy poniéndose colorada como las amapolas, estuvo a punto de darle de bofetones.
El conde advirtió que su hermana estaba furiosa, refrenó su hilaridad y siguió diciendo:
—Lo comprendo todo, porque Isidoro posee una bonita casa de campo a ocho kilómetros de este castillo. No extraño que lo ignores, porque tú estás siempre en Babia, arrobada en tus ensueños y sin ver la realidad de las cosas. Sin duda, en la citada casa de campo, ha de tener Isidoro algunos animales domesticados, y entre ellos la cigüeña blanca. Tuvo un día el capricho de colgar al cuello de la cigüeña las tres poesías sanscritas, de cierto compuestas por él, porque es muy ingenioso y aprovechado estudiante. El quiso embromar a alguien, sin prever a quien embromaría. Y quiso la suerte que los versos cayesen en tus manos y fueses tú la embromada. Lo demás que ha podido ocurrir, lo sabes tú mejor que yo.