No hay ya en mí calidad exótica y peregrina que te prohíba amarme. Yo poseo el antiquísimo saber de los brahmanes y de los chatrias, de cuyas castas combinadas desciendo; pero, he estudiado también y he logrado adquirir bastante del moderno saber de Europa. Y no le miro con prevención injusta, sino con cariño paternal, como retoño lozano de nuestras primeras, altas y fecundas doctrinas. Ya habrás notado que no escribo muy mal tu idioma y hasta que he imitado y casi traducido en sanscrito versos de Goëthe. No ignoro tampoco las literaturas francesa, inglesa y de otros pueblos. Y en lo tocante a religión, te diré con todo sigilo, pues no quiero aun escandalizar y alborotar a mis parientes y amigos, brahmanes y chatrias, que he renegado, tres años ha, de la religión brahmánica, y me he hecho, en secreto, tan católico cristiano, como tú eres. Se debe esta conversión a cierto Padre jesuita, de nación española, que llegó a esta ciudad, procedente de Filipinas y se detuvo algún tiempo entre nosotros. Era varón tan ilustrado, tan piadoso y tan elocuente y melifluo, que logró convencerme. Dios le bendiga y se lo pague. Callo su nombre, porque de seguro no te importa y porque no quiero lastimar su extremada modestia. Sólo añadiré que de mi trato frecuente con este bendito Padre, ha nacido en mí grande afición a la lengua castellana y que he adquirido y leído los mejores prosistas y poetas, que en ella han escrito o escriben.

Te callo también mi nombre indio, porque no quiero que le estropees y porque es tan enrevesado, que sólo aprenderás bien a pronunciarle por medio de la voz viva. Conténtate por ahora, con saber que el venerable padre jesuita mi catequizador, me puso al bautizarme, el sevillano nombre de Isidoro. No seas voluble: ámame y no me olvides: no te enamores de ninguno de esos dandies de la Hof-Adel o nobleza palatina de Viena: persuádete de que mi nobleza es por lo menos tan clara y sin la menor duda muchísimo más rancia que la de ellos. La de ellos constará acaso en antiguos pergaminos, pero la mía consta en documentos fehacientes, redactados veinte siglos antes de que el pergamino se inventase, y muchos más siglos antes de que en Austria se usara y se contara entre los recados de escribir.

Ámame, repito, y ten fe y esperanza en mi amor. No necesitas buscarme, sino aguardarme. Pronto me verás a tus pies, adorándote rendido y suplicándote con toda el alma que seas la Padmini de tu

Isidoro.»

IX

Contentísima estaba Poldy al inferir y considerar, por la lectura de la carta, que su indio era ilustre y rico y que estaba perdidamente enamorado de ella. Puntos había, no obstante, en la carta, que hacían surgir en el espíritu de Poldy, reparos, contradicciones y hasta quejas. Harto jactancioso y nada galante ni fino le pareció el encomio que hizo el indio de su nobleza, con grave detrimento y aun menosprecio de la nobleza austriaca; pero Poldy excusaba y hasta absolvía al indio, conjeturando que en este particular había de estar un tanto cuanto agriado su carácter, por que siendo él descendiente de Crishna, de Rama, de los Pandues, o tal vez de algún Avatar, encarnación de Vishnú, de los que el Mahavarata celebra, se veía sometido a la extranjera dominación de los pícaros ingleses.

Poldy disculpaba así a su amigo, pero distaba mucho de darle la razón. Pensaba ella que los documentos nobiliarios valen solo cuando goza de poder, alta posición y riqueza quien los exhibe, y que todo esto, salvo la riqueza, estaba menoscabado y deteriorado en su indio, que al fin era un humilde súbdito de S. M. Británica y cualquier inglés empleado de Hacienda o cualquier coronel de caballería podría mirarle de alto a bajo.

Poldy discurría además, que el que vence y domina es siempre el heredero legítimo del vencido y dominado. Y esto en todas las épocas y regiones. En la Edad Media, por ejemplo, ya en una encrucijada, ya en abierto palenque, topaba un caballero andante con otro, y para probar la bizarría respectiva o para hacer confesar al contrario, que su dama era la más hermosa, o por quítame allá esas pajas, se arremetían ambos con furia y se daban de lanzadas. De resultas caía derribado de la silla uno de los dos caballeros, y en el instante, toda la gloria de sus proezas, toda la nombradía que sus aventuras y hazañas le habían granjeado, se transferían al caballero vencedor como aditamento o apéndice.

Poldy recordaba también haber leído que, allá en América, cuando un cacique bisoño, que no había hecho aun cosa de provecho, se encontraba de manos a boca con otro cacique veterano, enemigo suyo, y célebre autor de doscientas mil ferocidades, y acertaba a darle tan terrible golpe con la macana que le derribaba y vencía, la fama toda del cacique veterano se trasladaba al cacique bisoño, y hasta era general creencia que en el bisoño se transfundían los bríos y la audacia del veterano, sobre todo si el bisoño le bebía la sangre o se le comía, crudo o guisado, después de haberle muerto.

Deducía Poldy de cuanto va dicho, que los verdaderos nobles del día, son los europeos, y muy singularmente los alemanes, porque ejercen con los adelantos y mejoras de nuestro siglo, todas las antiguas artes de la paz y de la guerra, por donde se señalaron y dominaron el mundo asirios y babilonios, medos y persas, egipcios, fenicios y cartagineses, y griegos y romanos, cuyas glorias todas, excelencias y privilegios se hallan hoy, según Poldy, en resumen, cifra y compendio, en sus egregios compatriotas, y por consiguiente en ella también.