«¡Oh, si ella muriera!»

¿Cómo describir aquello, sin desencadenar contra mí todos los fantasmas de esa noche mortal?

Veo todavía claramente al médico que inclinaba sobre mí su rostro amigo, lo veo darme algo de beber, algo amargo, y después... nada más.

Los primeros resplandores del alba aparecían pálidos por las ventanas cuando me desperté. Me dolía la cabeza y cuando dirigí en torno mío una mirada vaga, creí ver enfrente, trazadas en el yeso de la pared, las palabras:

«¡Oh, si ella muriera!»

Sentí un calofrío y me vino este pensamiento: «Si Marta se muere ahora, será tu deseo lo que la habrá muerto.»

Me levanté vivamente y me acerqué al espejo.

«He ahí, pues, la cara de una persona que desea la muerte de su hermana»—dije al ver reflejado mi lívido semblante.

Y, sintiendo bruscamente asco de mí misma, di un golpe al vidrio con el puño; los dedos me sangraron, pero el espejo no se rompió.

¡Insensata de mí! No sabía que en lo sucesivo el mundo entero no sería para mí sino el espejo de mi crimen.