—¿Qué quieres? ¿Me traes noticias de Marta?

—¡Sí, eso es, Marta!

Me levanté vivamente. ¡Basta de debilidades! Había recuperado esa fuerza indomable que era mi orgullo.

—Escucha, Roberto—dije,—no te marcharás mañana por la mañana.

—¿Por qué?—dijo, apretando los dientes.

—¡No quiero!

—Tu voluntad es muy respetable, querida niña—respondió él con risa mordaz,—pero no cambiará en nada mi resolución.

—¿Entonces quieres perder a Marta para siempre?

En ese instante me sentí otra vez tan fuerte y tan feliz en mi papel de protectora que, para unirlos, habría aceptado la lucha con el mundo entero.

¡Qué loca y cuán poco perspicaz era!