que le dió el conde tenía.
De noche sobre la tumba
diz que el viento repetía:
¡Mal haya quien en promesas
de hombre fía!
Apenas el cantor había terminado la última estrofa, cuando rompiendo el muro de curiosos que se apartaban con respeto al reconocerle, el conde llegó adonde se encontraba el romero, y cogiéndole con fuerza del brazo, le preguntó en voz baja y convulsa:
—¿De qué tierra eres?
—De tierra de Soria—le respondió éste sin alterarse.
—¿Y dónde has aprendido ese romance? ¿Á quién se refiere la historia que cuentas?—volvió á exclamar su interlocutor, cada vez con muestras de emoción más profunda.
—Señor—dijo el romero clavando sus ojos en los del conde con una fijeza imperturbable:—esta cantiga la repiten de unos en otros los aldeanos del campo de Gómara, y se refiere á una desdichada cruelmente ofendida por un poderoso. Altos juicios de Dios han permitido que al enterrarla quedase siempre fuera de la sepultura la mano en que su amante le puso un anillo al hacerle una promesa. Vos sabréis quizá á quién toca cumplirla.