«El arquero que velaba en lo alto de la torre ha reclinado su pesada cabeza en el muro.
»Al cazador furtivo que esperaba sorprender la res, lo ha sorprendido el sueño.
»El pastor que aguarda el día consultando las estrellas, duerme ahora y dormirá hasta el amanecer.
»Reina de las ondinas, sigue nuestros pasos.
»Ven á mecerte en las ramas de los sauces sobre el haz del agua.
»Ven á embriagarte con el perfume de las violetas que se abren entre las sombras.
»Ven á gozar de la noche, que es el día de los espíritus.»
Mientras flotaban en el aire las suaves notas de aquella deliciosa música, Garcés se mantuvo inmóvil. Después que se hubo desvanecido, con mucha precaución apartó un poco las ramas, y no sin experimentar algún sobresalto vió aparecer las corzas que en tropel y salvando los matorrales con ligereza increíble unas veces, deteniéndose como á escuchar otras, jugueteando entre sí, ya escondiéndose entre la espesura, ya saliendo nuevamente á la senda, bajaban del monte con dirección al remanso del río.
Delante de sus compañeras, más ágil, más linda, más juguetona y alegre que todas, saltando, corriendo, parándose y tornando á correr, de modo que parecía no tocar el suelo con los pies, iba la corza blanca, cuyo extraño color destacaba como una fantástica luz sobre el oscuro fondo de los árboles.