Del cuerpo abandonado

Al dulce peso hundido,

Cual si de blanda pluma y raso fuera,

Se plegaba su lecho de granito.

De la postrer sonrisa,

El resplandor divino

Guardaba el rostro, como el cielo guarda

Del sol que muere el rayo fugitivo.

Del cabezal de piedra

Sentados en el filo,