Dijese á la mañana,
Que de algún sacristán muerto en pecado
Acaso era yo el alma.
A oscuras conocía los rincones
Del atrio y la portada;
De mis pies las ortigas que allí crecen
Las huellas tal vez guardan.
Los buhos que espantados me seguían
Con sus ojos de llamas,
Llegaron á mirarme con el tiempo