Dábase á todos los diablos Don Pedro Atares, y á pesar de su natural prudencia, juraba y perjuraba que había de colgar de una encina á los cazadores furtivos, causa, sin duda, de la incomprensible escasez de reses que por vez primera notaba en sus cotos; los perros gruñían cansados de permanecer tantas horas ociosos atados á la traílla; los ojeadores, roncos de vocear en balde, volvían á reunirse á los mohinos ballesteros, y todos se disponían á tomar la vuelta del castillo para salir de lo más espeso del carrascal, antes que la noche cerrase tan oscura y tormentosa como lo auguraban las nubes suspendidas sobre la cumbre del vecino Moncayo, cuando de repente una cierva, que parecía haber estado oyendo la conversación de los cazadores, oculta por el follaje, salió de entre las matas más cercanas, y, como burlándose de ellos, desapareció á su vista para ir á perderse entre el laberinto del monte. No era aquella seguramente la hora más á propósito para darle caza, pues la oscuridad del crepúsculo, aumentada por la sombra de las nubes que poco á poco iban entoldando el cielo, se hacía cada vez más densa; pero el señor de Borja, á quien desesperaba la idea de volverse con las manos vacías de tan lejana excursión, sin hacer alto en las observaciones de los más experimentados, dió apresuradamente la orden de arrancar en su seguimiento, y mandando á los ojeadores por un lado y á los ballesteros por otro, salió á brida suelta y seguido de sus pajes, á quienes pronto dejó rezagados en la furia de su carrera, tras la imprudente res que de aquel modo parecía haber venido á burlársele en sus barbas.

Como era de suponer, la cierva se perdió en lo más intrincado del monte, y á la media hora de correr en busca suya cada cual en una dirección diferente, así Don Pedro Atares, que se había quedado completamente solo, como los menos conocedores del terreno de su comitiva, se encontraron perdidos en la espesura. En este intervalo cerró la noche, y la tormenta, que durante toda la tarde se estuvo amasando en la cumbre del Moncayo, comenzó á descender lentamente por su falda y á tronar y á relampaguear, cruzando las llanuras como en un majestuoso paseo. Los que las han presenciado pueden sólo figurarse toda la terrible majestad de las repentinas tempestades que estallan á aquella altura, donde los truenos, repercutidos por las concavidades de las peñas, las ardientes exhalaciones, atraídas por la frondosidad de los árboles, y el espeso turbión de granizo congelado por las corrientes de aire frío é impetuoso, sobrecogen el ánimo hasta el punto de hacernos creer que los montes se desquician, que la tierra va á abrirse debajo de los pies, ó que el cielo, que cada vez parece estar más bajo y más pesado, nos oprime como con una capa de plomo. Don Pedro Atares, solo y perdido en aquellas inmensas soledades, conoció tarde su imprudencia y en vano se esforzaba para reunir en torno suyo á su dispersa comitiva; el ruido de la tempestad, que cada vez se hacía mayor, ahogaba sus voces.

Ya su ánimo, siempre esforzado y valeroso, comenzaba á desfallecer ante la perspectiva de una noche eterna, perdido en aquellas soledades y expuesto al furor de los desencadenados elementos; ya su noble cabalgadura, aterrorizada y medrosa, se negaba á proseguir adelante, inmóvil y como clavada en la tierra, cuando, dirigiendo sus ojos al cielo, dejó escapar involuntariamente de sus labios una piadosa oración á la Virgen, á quien el cristiano caballero tenía costumbre de invocar en los más duros trances de la guerra, y que en más de una ocasión le había dado la victoria.

La Madre de Dios oyó sus palabras, y descendió á la tierra para protegerle. Yo quisiera tener la fuerza de imaginación bastante para poderme figurar cómo fué aquello. Yo he visto pintadas por nuestros más grandes artistas algunas de esas místicas escenas; yo he visto, y usted habrá visto también á la misteriosa luz de la gótica catedral de Sevilla, uno de esos colosales lienzos en que Murillo, el pintor de las santas visiones, ha intentado fijar para pasmo de los hombres un rayo de esa diáfana atmósfera en que nadan los ángeles como en un océano de luminoso vapor; pero allí es necesaria la intensidad de las sombras en un punto del cuadro para dar mayor realce á aquel en que se entreabren las nubes como con una explosión de claridad; allí, pasada la primera impresión del momento, se ve el arte luchando con sus limitados recursos para dar idea de lo imposible.

Yo me figuro algo más, algo que no se puede decir con palabras ni traducir con sonidos ó con colores. Me figuro un esplendor vivísimo que todo lo rodea, todo lo abrillanta, que por decirlo así, se compenetra en todos los objetos y los hace aparecer como de cristal, y en su foco ardiente lo que pudiéramos llamar la luz dentro de la luz. Me figuro cómo se iría descomponiendo el temeroso fragor de la tormenta en notas largas y suavísimas, en acordes distintos, en rumor de alas, en armonías extrañas de cítaras y salterios; me figuro ramas inmóviles, el viento suspendido, y la tierra, estremecida de gozo con un temblor ligerísimo al sentirse hollada otra vez por la divina planta de la Madre de su Hacedor, absorta, atónita y muda, sostenerla por un instante sobre sus hombros. Me figuro, en fin, todos los esplendores del cielo y de la tierra reunidos en un solo esplendor, todas las armonías en una sola armonía, y en mitad de aquel foco de luz y de sonidos, la celestial Señora, resplandeciendo como una llama más viva que las otras resplandece entre las llamas de una hoguera, como dentro de nuestro sol brillaría otro sol más brillante.

Tal debió de aparecer la Madre de Dios á los ojos del piadoso caballero, que, bajando de su cabalgadura y postrándose hasta tocar el suelo con la frente, no osó levantarlos mientras la celeste visión le hablaba, ordenándole que en aquel lugar erigiese un templo en honra y gloria suya.

El divino éxtasis duró cortos instantes; la luz se comenzó á debilitar como la de un astro que se eclipsa; la armonía se apagó, temblando sus notas en el aire, como el último eco de una música lejana, y Don Pedro Atares, lleno de un estupor indecible, corrió á tocar con sus labios el punto en que había puesto sus pies la Virgen. Pero ¡cuál no sería su asombro al encontrar en él una milagrosa imagen, testimonio real de aquel prodigio, prenda sagrada que, para eterna memoria de tan señalado favor, le dejaba al desaparecer la celestial Señora!

Á esta sazón, aquellos de sus servidores que habían logrado reunirse, y que después de haber encendido algunas teas, recorrían el monte en todas direcciones, haciendo señales con las trompas de ojeo á fin de encontrar á su señor por entre aquellas intrincadas revueltas, donde era de temer le hubiera acontecido una desgracia, llegaron al sitio en que acababa de tener lugar la maravillosa aparición. Reunida, pues, la comitiva y conocedores todos del suceso, improvisáronse unas andas con las ramas de los árboles, y en piadosa procesión, conduciendo los caballos del diestro é iluminándola con el rojizo resplandor de las teas, llevaron consigo la milagrosa imagen hasta Borja, en cuyo histórico castillo entraron al mediar la noche.

Como puede presumirse, Don Pedro Atares no dejó pasar mucho tiempo sin realizar el deseo que había manifestado la Virgen. Merced á sus fabulosas riquezas, se allanaron todas las dificultades que parecían oponerse á su erección, y el suntuoso monasterio con su magnífica iglesia, semejante á una catedral, sus claustros imponentes y sus almenados muros, levantóse como por encanto en medio de aquellas soledades.

San Bernardo en persona vino á establecer en él la comunidad de su Regla, y á asistir á la traslación de la milagrosa imagen desde el castillo de Borja, donde había estado custodiada, hasta su magnífico templo de Veruela, á cuya solemne consagración asistieron seis prelados y estuvieron presentes muchos magnates y príncipes poderosos, amigos y deudos de su ilustre fundador Don Pedro Atares, el cual para eterna memoria del señalado favor que había obtenido de la Virgen, mandó colocar una cruz y la copia de su divina imagen en el mismo lugar en que la había visto descender del cielo. Este lugar es el mismo de que he hablado á usted al principio de esta carta, y que todavía se conoce con el nombre de La Aparecida.