—¿Oísteis al cabo el Miserere?—le preguntó con cierta mezcla de ironía el lego, lanzando á hurtadillas una mirada de inteligencia á sus superiores.
—Sí—respondió el músico.
—¿Y qué tal os ha parecido?
—Lo voy á escribir. Dadme un asilo en vuestra casa—prosiguió dirigiéndose al abad;—un asilo y pan por algunos meses, y voy á dejaros una obra inmortal del arte, un Miserere que borre mis culpas á los ojos de Dios, eternice mi memoria, y eternice con ella la de esta abadía.
Los monjes, por curiosidad, aconsejaron al abad que accediese á su demanda; el abad, por compasión, aun creyéndole un loco, accedió al fin á ella, y el músico, instalado ya en el monasterio, comenzó su obra.
Noche y día trabajaba con un afán incesante. En mitad de su tarea se paraba, y parecía como escuchar algo que sonaba en su imaginación, y se dilataban sus pupilas, saltaba en el asiento, y exclamaba:—¡Eso es; así, así, no hay duda... así! Y proseguía escribiendo notas con una rapidez febril, que dió en más de una ocasión que admirar á los que le observaban sin ser vistos.
Escribió los primeros versículos, y los siguientes, y hasta la mitad del Salmo; pero al llegar al último que había oído en la montaña, le fué imposible proseguir.
Escribió uno, dos, cien, doscientos borradores: todo inútil. Su música no se parecía á aquella música ya anotada, y el sueño huyó de sus párpados, y perdió el apetito, y la fiebre se apoderó de su cabeza, y se volvió loco, y se murió, en fin, sin poder terminar el Miserere, que, como una cosa extraña, guardaron los frailes á su muerte y aún se conserva hoy en el archivo de la abadía.
Cuando el viejecito concluyó de contarme esta historia, no pude menos de volver otra vez los ojos al empolvado y antiguo manuscrito del Miserere, que aún estaba abierto sobre una de las mesas.