Perlas de variados colores colgaban en largas sartas de sus orejas sobre los hombros y hasta los codos. Su cabellera estaba rizada simulando una nube. Llevaba alrededor del cuello placas pequeñas de oro, cuadrangulares, que representaban una mujer entre dos leones empinados, y su traje reproducía en un todo los arreos de la Diosa. El bermellón de sus labios hacía resaltar la blancura de los dientes, así como el antimonio de los párpados agrandaba sus ojos. Las sandalias, hechas con plumas de pájaro, tenían los tacones muy altos. Salambó estaba extraordinariamente pálida, sin duda a causa del frío.
Llegó al fin junto a Amílcar, y sin mirarle, sin levantar la cabeza, le dijo:
—¡Salud, hijo de Baalim, gloria eterna! ¡Triunfo, placer, satisfacción, riqueza! Tiempo hace que mi corazón está triste y mi casa lúgubre; pero amo que viene es como Tamuz resucitado, y ante tu mirada, ¡oh, padre!, van a esparcirse alegría y vida nuevas.
Tomando de manos de Taanach un pequeño vaso oblongo en el que humeaba una mezcla de harina, manteca, cardamomo y vino, dijo:
—Bebe a placer la bebida del regreso, preparada por tu servidora.
Él contestó:
—¡Bendita seas! —y tomó maquinalmente el vaso de oro que ella le brindaba.
Sin embargo, la miraba con tan áspera atención, que Salambó, temblorosa, balbució:
—Te han dicho, oh, señor...
—¡Sí, lo sé! —dijo Amílcar en voz baja.