Un hondero balear dio un paso adelante, puso en su honda una bola de arcilla y remolineó el brazo: enfrente se rompió un escudo de cobre, y los dos ejércitos se mezclaron.

Los griegos, pinchando a los caballos en las narices con las puntas de las lanzas, les encabritaron y derribaron a sus jinetes. Los esclavos encargados de disparar piedras las habían cogido tan grandes que no podían lanzarlas lejos. Los infantes púnicos, dando mandobles con sus espadones, descubrían su flanco derecho. Los bárbaros adelantaron sus líneas, degollaban en masa y pisoteaban moribundos y cadáveres, cegados por la sangre que les llenaba la cara. Este montón de picas, cascos, corazas, espadas y miembros dispersos giraba sobre sí mismo, ensanchándose o estrechándose con contracciones elásticas. Las cohortes cartaginesas se vaciaban cada vez más; sus máquinas no podían salir de las arenas; por fin, la gran litera del Sufeta, con arambeles de cristal que se viera al empezar la batalla, oscilando entre los soldados, como una barca sobre las olas, cayó derribada. ¿Habría muerto Hannón? Los bárbaros se vieron solos.

El polvo se había desvanecido, y ya empezaban a cantar victoria cuando he aquí que Hannón apareció en lo alto de un elefante. Iba desnuda la cabeza, bajo un quitasol de viso que llevaba un negro detrás de él. Su collar de placas azules flotaba sobre las flores de la túnica negra; círculos de diamantes ceñían sus enormes brazos, y, abierta la boca, blandía una pica desmesurada, con la punta en forma de loto y más brillante que un espejo. La tierra pareció rajarse, y vieron los bárbaros aparecer en una sola línea todos los elefantes de Cartago, con sus colmillos dorados, las orejas pintadas de azul, cubiertos de bronce y sacudiendo por encima de sus caparazones de escarlata las torres de cuero, y en cada una de estas tres arqueros con un gran arco abierto.

Apenas si los bárbaros conservaban sus armas, y estaban formados al acaso. El terror los dejó helados y quedaron indecisos.

De lo alto de las torres venían los tiros de las jabalinas, de las flechas, de las faláricas y masas de plomo; algunos, para subir, se agarraban a las franjas de los caparazones, pero les cortaban las manos con cuchillos y caían de espaldas con sus espadas. Quebrábanse las picas, y los elefantes atravesaban las falanges como jabalíes entre matas de hierba. Con sus trompas arrancaban las estacas del campamento y lo recorrían de un extremo a otro, derribando las tiendas con sus pechos. Todos los bárbaros huyeron, ocultándose en las colinas que rodeaban el valle por donde vinieron los cartagineses.

Hannón, vencedor, se presentó ante las puertas de Útica. Hizo sonar la trompeta, y los tres jueces de la ciudad aparecieron en las almenas de una torre.

Los habitantes de Útica no querían admitir huéspedes tan bien armados. Al fin, ante la insistencia de Hannón, consintieron en recibirle con una pequeña escolta.

Las calles eran demasiado estrechas para que pasaran los elefantes, y hubo de dejarlos fuera.

Entrado el Sufeta en la ciudad, los notables vinieron a saludarle. Hannón se hizo llevar a los baños y llamó a sus cocineros.

Pasaron tres horas y todavía estaba hundido en el aceite de cinamomo que llenaba una tina; mientras se bañaba comía, sobre una piel de buey, lenguas de flamencos con granos de adormidera sazonados con miel. A su lado, su médico griego, envuelto en una larga túnica amarilla, hacía calentar la estufa, y dos mancebos, doblados en las gradas del baño, frotaban las piernas del Sufeta. Pero los cuidados de su cuerpo no obstaban al amor de la cosa pública, y al mismo tiempo dictaba una carta para el Gran Consejo, al cual consultaba qué castigo terrible se daría a los prisioneros.