—¿Y el velo? —dijo Espendio.

No se le veía en ninguna parte. ¿Dónde estaba? ¿Cómo descubrirlo? ¿Lo habrían ocultado los sacerdotes? Matho experimentaba un desgarro del corazón, y como una decepción en su fe.

—Por aquí —murmuró Espendio, guiado por una inspiración.

Llevó a Matho detrás del carro, en donde una hendidura, ancha de un codo, cortaba la muralla de arriba abajo.

Entraron en una pequeña sala redonda, y tan alta, que parecía el hueco de una columna. Tenía en medio una gran piedra negra semiesférica, a modo de tamboril; ardían llamas por encima, y por detrás se levantaba un cono de ébano que ostentaba una cabeza y dos brazos.

A distancia, les pareció una nube cuajada de estrellas; se veían figuras en las profundidades de sus pliegues: Eschmún con los Kabiros, algunos de los monstruos de antes, las bestias sagradas de los babilonios y otras desconocidas. Todo esto pasaba como un manto bajo la mirada del ídolo, y, remontándose desplegado en la pared, se agarraba a los ángulos, ora azulado como la noche, ora amarillo como la aurora; o bien purpúreo como el sol, diáfano y resplandeciente. Era el manto de la diosa, el zaimph santo que no se podía mirar.

Los dos hombres palidecieron.

—¡Tómalo! —dijo al fin Matho.

Espendio no vaciló, y apoyándose en el ídolo, desprendió el velo, que cayó arrastrándose. Matho puso la mano encima, metió la cabeza por la abertura y se envolvió el cuerpo con él, separando los brazos para verlo mejor.

—¡Vámonos! —dijo Espendio.