La misma visión preocupaba a Matho; pero la rechazó en seguida, y concentró su amor en sus compañeros de armas. Los acariciaba como porciones de su propia persona, de su odio; y se sentía con el espíritu más elevado, los brazos más fuertes; todo lo que debía ejecutar le parecía claro. Si algún suspiro se le escapaba, era por el recuerdo de Espendio.
Alineó los bárbaros en seis filas iguales. En medio puso a los etruscos, unidos por una cadena de bronce; los flecheros estaban atrás, y en las dos alas distribuyó los Nafur, montados en caballos de pelo raso, cubiertos de plumas de avestruz.
El Sufeta dispuso los cartagineses en orden parecido. A distancia de la infantería, junto a los vélites, colocó los clinabaros; más allá, a los númidas. Cuando fue de día, ambos ejércitos estaban alineados, dándose las caras, mirándose con ojos feroces. Hubo al pronto una vacilación; pero al fin, los dos ejércitos se movieron.
Avanzaban los bárbaros lentamente, para no sofocarse, batiendo la tierra con los pies. El centro del ejército púnico formaba una curva convexa. Sobrevino un choque terrible, parecido al encontronazo de dos flotas que se abordan. La primera hilera de bárbaros se entreabrió en seguida, y los flecheros que estaban detrás, lanzaron sus flechas y azagayas. La curva de los cartagineses iba aplanándose, hízose recta y luego se dobló; entonces, las dos secciones de vélites se acercaron paulatinamente, como hojas de un compás que se cierra. Los bárbaros, encarnizados contra la falange, entraron en este hueco; estaban perdidos. Matho los detuvo; y mientras las alas cartaginesas seguían avanzando, hizo salir afuera las tres filas interiores de su línea, las cuales desbordaron pronto sus flancos, apareciendo todo el ejército en triple longitud.
Pero los bárbaros, puestos en los dos extremos, aparecían los más débiles, los de la izquierda sobre todo, por haber agotado sus carcajes, y los vélites los apretaban en columna cerrada.
Matho los hizo correr a retaguardia. Su ala derecha se componía de campesinos armados de hachas; los empujó sobre la izquierda cartaginesa; al centro atacaba al enemigo, y los del otro extremo, fuera de peligro, contenían a los vélites. Entonces, Amílcar dividió su caballería por escuadrones, puso entre ellos a los hoplitas y los lanzó contra los mercenarios.
Estas masas en forma de cono presentaban un frente de caballos y paredes demasiado anchas, se erizaban llenas de flechas. Era imposible que resistieran los bárbaros; únicamente los infantes griegos tenían armaduras de cobre; los demás iban armados con cuchillos en la punta de una percha, hoces tomadas en las granjas y espadas hechas con la llanta de una rueda; sus hojas, blandas en demasía, se doblaban al herir, y en el tiempo que empleaban en enderezarlas con los talones, los cartagineses los acuchillaban cómodamente, a derecha e izquierda.
Los etruscos, atados a la cadena, no se movían; los que habían muerto no podían caer, y sus cadáveres eran un obstáculo; esta gruesa línea de bronce tan pronto se abría y se cerraba, dúctil como una serpiente e inquebrantable como un muro. Los bárbaros venían a rehacerse tras ella, descansando un minuto, y luego volvían a la lucha, con los pedazos de armas que les quedaban.
A muchos les faltaban ya y saltaban sobre los cartagineses, mordiéndoles en las caras, como perros. Los galos, por orgullo, se despojaron de sus sayos, mostrando de lejos sus corpachones blancos, y para asustar al enemigo ensanchaban sus heridas. En las sintagmas púnicas no se oía más que la voz del agitador que anunciaba las órdenes; los estandartes repetían sus señales y cada cual iba llevado por la oscilación de la gran masa que le rodeaba.
Amílcar mandó avanzar a los númidas, y los Nafur se precipitaron a su encuentro.