Extenuados los mercenarios, no podían hacer frente a estas tropas de refresco. Retrocedieron en buen orden hasta la montaña de las Aguas Calientes. El Sufeta tuvo la prudencia de no perseguirlos, y se dirigió a la desembocadura del Macar.
Túnez era suyo, pero estaba reducido a un montón de escombros humeantes. Las ruinas caían por las brechas de los muros, hasta la mitad del llano; en el fondo, entre las orillas del golfo, los cadáveres de los elefantes, empujados por la brisa, chocaban entre sí como un archipiélago de negras rocas que flotaran en el mar.
Narr-Habas, para sostener esta guerra, había echado mano de todos los elefantes de sus bosques, jóvenes y viejos, machos y hembras, y así agotó la fuerza militar de su reino. El pueblo, que los vio morir a lo lejos, quedó desolado; los hombres se lamentaban en las calles, llamándolos por sus nombres, como a amigos difuntos: «¡Ah, el Invencible! ¡La Victoria! ¡El Terrible! ¡La Golondrina!» En el primer día no se habló más que de los ciudadanos muertos; pero al siguiente, se vieron las tiendas de los mercenarios en la montaña de las Aguas Calientes, y la desesperación fue tan grande, que mucha gente, las mujeres sobre todo, se precipitaron de cabeza de lo alto de la Acrópolis.
Se ignoraban los proyectos de Amílcar. Este vivía solo en su tienda, sin más compañía que la de un joven, y nadie comía con ellos, sin exceptuar al mismo Narr-Habas, al que demostraba, sin embargo, miramientos extraordinarios desde la derrota de Hannón; pero el rey de los númidas tenía demasiado interés en ser su yerno y empezaba a desconfiar.
La inercia del Sufeta disimulaba hábiles maniobras. Con toda suerte de artificios, iba seduciendo a los jefes de pueblos; y los mercenarios se vieron arrojados, rechazados, acosados como bestias feroces. No bien entraban en un bosque, ardían todos los árboles a su alrededor; si bebían en una fuente, estaba envenenada; tapiaban las cavernas donde se guarecían para dormir. Las poblaciones que hasta entonces habían sido sus aliadas o sus cómplices, los perseguían ahora; en todas estas bandas, veían los bárbaros armaduras cartaginesas.
Muchos tenían costras y herpes en la cara, provenientes, según ellos, de haber tocado a Hannón. Pensaban otros que era por haber comido los peces de Salambó; pero lejos de arrepentirse, soñaban con sacrilegios peores, a fin de que fuese mayor el ultraje a los dioses púnicos. Hubieran querido exterminarlos.
Así fueron ambulando durante tres meses, a lo largo de la costa oriental, y después, por detrás de la montaña de Selún, hasta los primeros arenales del desierto, buscando no sabían qué refugio. Útica e Hippo-Zarita no les habían traicionado; pero Amílcar tenía cercadas las dos ciudades. Subieron más al Norte, al azar, sin conocer los caminos. Con tanta miseria, tenían turbadas las cabezas; solo les quedaba el sentimiento de una exasperación que iba en aumento; hasta que un día se encontraron en las gargantas del Cobo, ¡frente a Cartago otra vez!
La fortuna se mantenía igual; pero unos y otros estaban tan excitados, que deseaban, en lugar de estas escaramuzas, una gran batalla, con tal de que fuera la última.
Matho tenía deseos de comunicar personalmente al Sufeta esta propuesta, pero uno de sus libios se ofreció a hacerlo. Todos, al verle partir, tuvieron el convencimiento de que no volvería; pero volvió la misma noche.
Amílcar aceptaba el reto. Se encontrarían con él al amanecer, en el llano de Radés.