Apenas habían bajado los bárbaros, unos hombres ocultos en las rocas las empujaron con maderos, las derribaron; como la pendiente era rápida, estos bloques enormes, rodando juntos, cerraron completamente la boca del desfiladero.
Al otro extremo de la llanada se extendía un largo pasadizo, hendido aquí y allá por grietas, el cual conducía a un torrente que venía de la planicie superior en la que estaba el ejército púnico. En este paso, habían preparado escalas apoyándolas en las paredes del tajo; protegidos por las sinuosidades de las grietas, los vélites se habían vuelto a reunir; allí fueron izados por los compañeros. A los que estaban más atascados en la quebrada, se les arrojó cuerdas, porque el terreno en este lugar era un arenal movedizo, imposible de escalar a pie. Casi en seguida llegaron los bárbaros, a tiempo que un rastrillo, alto, de cuarenta codos, hecho a la medida exacta del hueco, se interpuso entre ellos, como un reducto caído del cielo.
Así, pues, las combinaciones del Sufeta habían surtido sus efectos. Ninguno de los mercenarios conocía la montaña, y los que marchaban al frente de la columna arrastraban a los otros. Las peñas, algo estrechas en la base, se volcaban fácilmente, y en tanto que todos corrían en el horizonte se oían gritos de angustia. Amílcar perdió la mitad de sus vélites; pero hubiera sacrificado veinte veces su número a cambio de un triunfo como el obtenido.
Los bárbaros se mantuvieron en filas compactas en el llano hasta la mañana, tratando de encontrar un paso que les librara de aquella encerrona. Al amanecer vieron a su alrededor una gran muralla blanca, tallada a pico. No había salvación. Las dos salidas naturales de este callejón estaban cerradas por el rastrillo y por el montón de rocas. Miráronse todos en silencio, y sintiendo que se les helaba la sangre intentaron el último esfuerzo. Treparon por las peñas; procuraron escalar la cumbre, pero aquellas o se desmoronaban o no ofrecían asidero a causa de su forma redonda. Quisieron hender el terreno a ambos lados de la garganta, pero sus herramientas se rompieron. Con los palos de sus tiendas encendieron una gran hoguera; pero el fuego no podía incendiar la montaña.
Embistieron el rastrillo, claveteado con púas agudas como las del puerco espín y más apretadas que las crines de un cepillo. Los primeros entraron hasta la armazón, los segundos saltaron por encima, y todos cayeron, dejando en sus horribles ramas jirones de carne humana y cabelleras ensangrentadas.
Dando una tregua a su desaliento, examinaron lo que les quedaba de víveres. A causa de haber perdido sus bagajes, apenas tenían para dos días; todo les faltaba, porque esperaban un convoy prometido por las ciudades del Sur. Pero por allí andaban errantes algunos bueyes abandonados por los cartagineses con el fin de atraer a los bárbaros. Los mataron a lanzadas, los comieron, y con el estómago lleno los pensamientos fueron menos sombríos.
Al otro día degollaron todas las mulas, unas cuarenta en junto; rasparon las pieles, hirvieron las entrañas, se apilaron los huesos; no desesperaban porque, sin duda, acudiría en su socorro el ejército de Túnez.
El hambre redobló en la noche del quinto día, y tuvieron que roer los tahalíes de las espadas y las pequeñas esponjas que cubrían el fondo de los cascos.
Estos cuarenta mil hombres estaban amontonados en la especie de hipódromo que venían a formar las montañas alrededor de ellos. Quiénes se quedaban frente al rastrillo, al pie de las rocas; quiénes erraban confusamente por el llano. Los fuertes se esquivaban y los tímidos buscaban a los bravos, que, sin embargo, no podían salvarlos.
Se había enterrado aprisa los cadáveres de los vélites, a causa de la infección; pero ya no se veía el sitio de las fosas.