El esclavo, temblando horriblemente, balbució:
—¡Soy su padre!
Amílcar siguió andando; el otro le seguía encorvado y con la cabeza medio caída. Tenía contraído el rostro por una angustia indefinible, y los gemidos le ahogaban, presa del afán de preguntar y de gritar: «¡Perdón!»
Al fin se atrevió a tocar al Sufeta con el dedo en el codo, diciéndole:
—¿Es que lo llevas para...?
No tuvo fuerzas para acabar la pregunta.
Amílcar se detuvo, asombrado de tanto dolor.
Nunca se le habría ocurrido que pudiera haber entre él y el otro algo que les fuera común: ¡tal era el abismo que los separaba! Aquello le parecía un ultraje a su persona y como una merma de su privilegio. Contestó con una mirada más fría y más pesada que el hacha del verdugo. El esclavo cayó desmayado a sus pies, en el polvo. Amílcar pasó por encima de él.
Los tres hombres de negro le esperaban en el salón, de pie, junto al disco de piedra. Amílcar rasgó sus vestiduras y se arrastró por el suelo dando agudos gritos:
—¡Ah, mi pequeño Aníbal! ¡Ah, hijo mío! ¡Mi consuelo, mi esperanza, mi vida! ¡Matadme a mí también! ¡Llevadme! ¡Qué desgracia! ¡Qué desgracia!