Al fin, comprendieron todos que la ciudad era inexpugnable en tanto que no se levantara a la altura de las murallas una larga tenaza que permitiera pelear en el mismo nivel, pavimentando la cima para rodar encima las máquinas, en cuyo caso le sería imposible a Cartago resistir.
La ciudad empezaba a padecer sed. El agua, que al comenzar el sitio, costaba dos kesita una carga, se vendía ahora a un sekel de plata; las provisiones de carne y de trigo se agotaban también; se tenía miedo del hambre; se empezaba a hablar de bocas inútiles, y esto asustaba a todos.
Los cadáveres interceptaban las calles desde la plaza de Kamón hasta el templo de Moloch, y como se estaba a final del verano, unas moscas negras muy grandes acosaban a los combatientes. Los viejos transportaban a los heridos, y la gente devota continuaba los funerales ficticios de sus allegados y amigos muertos durante la guerra. Atravesadas en las puertas, se ponían estatuas de cera con cabellos y vestidos, que se fundían al calor de los cirios que ardían junto a ellas; corría la pintura sobre sus espaldas, y el llanto por el rostro de los vivos, que salmodiaban canciones lúgubres. En todo este tiempo, la multitud corría; pasaban bandas armadas, gritaban órdenes los capitanes y oíase siempre el golpe de los arietes que batían las murallas.
La temperatura se hizo tan pesada que los cuerpos se hinchaban y no cabían en los ataúdes, por lo que había que quemarlos en los patios. Estas hogueras, en espacio tan reducido, incendiaban las paredes vecinas, saliendo de las casas grandes llamaradas, como sangre que brota de una arteria. De este modo, Moloch poseía a Cartago; estrechaba el recinto y devoraba hasta los cadáveres.
Unos hombres que llevaban en señal de desesperación mantos hechos con harapos desechados, se establecieron en las esquinas de las calles, declamando contra los Ancianos y contra Amílcar; prediciendo al pueblo una completa ruina y excitando a la destrucción y al pillaje. Los más peligrosos eran los bebedores de beleño; en sus crisis se creían bestias feroces y se arrojaban sobre los que pasaban, para destrozarlos. Se arremolinaba el populacho a su alrededor, y olvidaba la defensa de Cartago. El Sufeta pagó otros para sostener su política.
Con el objeto de retener en la ciudad el genio de los dioses, se habían cubierto de cadenas sus símbolos. Se taparon con velos negros los Pateques y pusiéronse cilicios en los altares; se procuraba excitar el orgullo y los celos de los dioses, cantándoles al oído: «¿Vas a dejarte vencer? ¿Serán otros más fuertes que tú? ¡Ayúdanos! Muestra quién eres para que los pueblos no digan ¿dónde están ahora nuestros dioses?»
Ansiedad permanente agitaba los colegios de los pontífices. Los de la Rabbetna, sobre todo, tenían miedo, porque la restitución del zaimph no había salvado la situación. Se mantenían encerrados en el tercer recinto, inexpugnable como una fortaleza. Solamente uno de ellos se atrevía a dar cara: era el gran sacerdote Schahabarim.
Iba a casa de Salambó, pero siempre silencioso, contemplándola con las pupilas fijas; o bien decía algo, y los reproches que la lanzaba eran más duros que nunca. Por una contradicción inconcebible, no perdonaba a la joven el haber seguido sus instrucciones. Schahabarim lo había adivinado todo, y la obsesión de esta idea avivaba los celos de su impotencia. La acusaba de ser ella la causante de la guerra. Según él, Matho sitiaba a Cartago para recobrar el zaimph; vertía imprecaciones e ironías sobre el bárbaro que pretendía poseer cosas santas, aunque no era esto lo que el sacerdote quería decir.
Pero Salambó no le temía ahora; las angustias de antes no las experimentaba ya. Se mostraba muy tranquila, y sus miradas, menos vagas, brillaban con límpida llama. Sin embargo, el pitón había caído enfermo, y como Salambó, por el contrario, iba mejorando, la vieja Taanach se alegraba, convencida de que pasaba a la serpiente el malestar de su ama.
Una mañana encontró a la pitón detrás del lecho de pieles de buey, arrollada en sí misma, más fría que el mármol y con la cabeza enteramente cubierta de gusanos. A los gritos de la nodriza, acudió Salambó; movió a la serpiente con la punta de su sandalia y la esclava se asombró de su insensibilidad.