Cuando al día siguiente los mercenarios volvieron a su tarea, los altos de las murallas estaban enteramente alfombrados con fardos de algodón, de telas y almohadones; las almenas, tapadas con esteras, y en los baluartes, entre las grúas, se veía una línea de palos terminados en horquillas y hoces.

Con esto empezó una furiosa resistencia.

Troncos de árboles, manejados por cables, caían y volvían a caer alternativamente, golpeando los arietes; garfios, lanzados por ballestas, arrancaban el techo de las cabañas; y de la plataforma de las torres caían torrentes de pedernal y de tejos.

Los arietes consiguieron romper las puertas de Kamón y la de Tagarte. Pero los cartagineses habían amontonado dentro tal abundancia de materiales, que las hojas no se abrieron y quedaron en pie.

En vista de esto se dirigieron los golpes contra las murallas abiertas para desencajar los bloques de piedra. Las máquinas fueron mejor gobernadas, sus sirvientes repartidos por escuadras; desde la mañana hasta la noche funcionaban sin interrupción, con la monótona precisión de un bastidor de tejedor.

Espendio no se cansaba de manejarlas. Él era quien movía las madejas de las ballestas. Para obtener una paridad completa en sus tensiones gemelas, se apretaron las cuerdas golpeando, ora a la derecha, ora a la izquierda, hasta el momento en que los dos lados daban un sonido igual. Espendio montado en su ligazón, con la punta del pie los golpeaba con suavidad y acercaba la oreja como el músico que templa una lira. Y cuando la lanza de la catapulta se levantaba, cuando la columna de la ballesta temblaba a la sacudida del resorte, volaban las piedras, y los dardos caían en montón, doblaba todo el cuerpo y abría los brazos como para seguirlos.

Los soldados, admirados de su destreza, ejecutaban sus órdenes. Alegres con su trabajo, improvisaban cuchufletas con el nombre de las máquinas. A las tenazas que aprehendían a los arietes las llamaban lobos; a las galerías cubiertas, «parrales»; había «corderos», se «hacía la vendimia», y al armar las piezas decían a los onagros: «¡Ea, cocea bien!», y a los escorpiones: «Atraviésalos hasta el corazón». Estas burlas, siempre las mismas, sostenían los ánimos.

Con todo eso, las máquinas no desmoronaban la fortificación, formada por dos murallas repletas de tierra, sino que derribaban la parte superior, repuesta en seguida por los sitiados. Matho dio orden de construir torres de madera de la misma altura que las torres de piedra. Se rellenó el foso con césped, estacas, piedras y carros con sus ruedas, y antes que se colmara, la inmensa multitud de bárbaros onduló en el llano, con un solo movimiento, y llegó al pie de las murallas como un mar desbordado.

Se adelantaron las escalas de cuerda, las escaleras rectas y los sambucos, es decir, dos mástiles del que bajaban, movidos por palancas, una serie de bambúes que terminaban en una punta móvil, formando muchas líneas rectas apoyadas contra el muro. Los mercenarios, en hilera, subían por ellas, con las armas en la mano. No se veía un solo cartaginés; ya los asaltantes llegaban a los dos tercios de la fortificación, cuando se abrieron las almenas, vomitando, como dragones, fuego y humo; llovía la arena, entrando por las junturas de las armaduras; el petróleo se pegaba a las ropas; el plomo líquido rebotaba en los cascos y agujereaba la carne; una rociada de chispas quemaba las caras, y las órbitas sin ojos parecían llorar lágrimas gordas como almendras. Los hombres, amarillos por el aceite, ardían por la cabellera; si corrían inflamaban a otros; se les apagaba echándoles a la cabeza mantas mojadas con sangre. Hubo quien sin estar herido, quedaba inmóvil, más rígido que un poste, con la boca abierta y ambos brazos extendidos.

El asalto continuó durante muchos días, porque los mercenarios esperaban triunfar por exceso de fuerza y de audacia.