La soldadesca se dividió en masas desiguales. Las lanzas, al alejarse, parecían altos tallos de hierba, y al fin, todo se desvaneció en una densa polvareda. Aquellos de los soldados que se volvían para mirar a Cartago, no vieron más que sus largas murallas, recortando en el horizonte sus almenas vacías.
Entonces los bárbaros oyeron un gran grito. Creyeron que algunos de sus compañeros, quedados en la ciudad, se entretenían en saquear cualquier templo. Rieron mucho de esta idea y continuaron su camino.
Se sentían alegres de encontrarse, como antes, marchando juntos en campo abierto; los griegos cantaban la vieja canción de los mamertinos:
—Con mi lanza y mi espada, trabajo y siego; yo soy el amo de la casa. El hombre desarmado cae a mis rodillas y me llama Señor y Gran Rey.
Gritaban, saltaban, y los más alegres narraban cuentos; se había acabado el tiempo de las miserias. Al llegar a Túnez, algunos observaron que faltaba una tropa de honderos baleares. No estarían lejos, sin duda, y no se preocuparon más de ellos.
Unos se alojaron en las casas, otros acamparon al pie de las murallas, y la gente de la población vino a hablar con los soldados.
Durante toda la noche viéronse fogatas que iluminaban el horizonte, del lado de Cartago; lumbreras como antorchas gigantes, que se agrandaban en el lago inmóvil. Ninguno, en el ejército, podía decir qué fiesta se celebraba con aquellas luminarias.
Al otro día, los bárbaros atravesaron una campiña cultivada. Las granjas de los patricios se sucedían unas a otras en los bordes del camino; las acequias corrían entre palmerales; los olivos formaban largas líneas verdes; rosados vapores flotaban en las gargantas de las colinas; montañas azules se erguían por atrás. Soplaba un viento caliente. Los camaleones rastreaban por las anchas hojas de las pitas.
Los bárbaros marchaban cada vez con más lentitud. Se disgregaron en destacamentos sueltos o seguían unos tras otros, con largos intervalos. Comían uvas al borde de las viñas, se acostaban en la hierba, miraban estupefactos los grandes cuernos de los bueyes, artificialmente torcidos, las ovejas revestidas de pieles para proteger su vellón, los barbechos que se entrecruzaban formando losanges, las rejas de los arados, como anclas de naves, y los granados que rociaban con silfio. Les deslumbraba esta opulencia de la tierra y esos inventos de la sabiduría.
Por la noche se echaron sobre las tiendas, sin desplegarlas, y dormitando de cara a las estrellas, soñaron con el festín de Amílcar.