Hannón aceptó en principio el mando; pero confió el ejército a su teniente Magdasan, para que acaudillara las tropas de desembarco, en vista que él no podía sufrir las sacudidas de la litera. Su enfermedad, destruyéndole labios y nariz, había cavado en la cara un ancho agujero; a diez pasos se le veía el fondo de la garganta, y él mismo se encontraba tan horrible que, como una mujer, se cubría la cabeza con un velo.

Hippo-Zarita no hizo caso de sus intimidaciones ni de las de los bárbaros; pero todas las mañanas los habitantes acudían con víveres en cestas, y desde lo alto de las torres se excusaban de las exigencias de la República, conminándoles a que se marcharan. Iguales protestas hacían a los cartagineses que estaban estacionados en el mar.

Hannón se limitó a bloquear el puerto, sin resolverse a correr el riesgo de un ataque. Obtuvo de los Jueces de la ciudad que recibieran dentro de ella a trescientos de sus soldados. Después se fue hacia el Cabo de las Ubars, dando un largo rodeo con propósito de envolver a los bárbaros, operación tan imprudente como arriesgada. Sus celos le impedían ir en auxilio de Amílcar; detenía a sus espías, estropeaba sus planes, comprometía la empresa. En vista de ello Amílcar escribió al Gran Consejo pidiéndole que depusiera a Hannón. Este regresó a Cartago, furioso contra los Ancianos y contra lo que llamaba cobardía del Sufeta. De este modo, después de tantas ilusiones, la situación era más desesperada que nunca; pero nadie pensaba en ella ni de ella hablaban, como si con el silencio alejaran el peligro.

Todo parecía conjurarse de golpe contra Cartago. Se supo que los mercenarios que guarnecían la Cerdeña habían crucificado a su general, tomado las plazas fuertes y degollado a todos los cartagineses. Roma amenazó a la República con una ruptura inmediata de las hostilidades, y, aceptando la alianza propuesta por los bárbaros, les envió buques abarrotados de harina y carne seca; los cartagineses los persiguieron y aprisionaron quinientos hombres; pero tres días después, la tempestad hizo naufragar una flota con víveres para Cartago. Los dioses estaban, sin duda, contra ella.

Los habitantes de Hippo-Zarita, fingiendo una alarma, hicieron subir a los trescientos soldados de Hannón a las murallas, y estando desprevenidos, cogiéndolos por los pies, los despeñaron al foso. Los que no murieron en el acto, fueron perseguidos y se ahogaron en el mar.

Útica se vio sitiada por Magdasan, a pesar de las órdenes en contrario de Amílcar. A sus soldados les daban vino mezclado con mandrágora; cuando estaban dormidos, los degollaban. Al mismo tiempo, se presentaron los bárbaros, y huyó Magdasan; se abrieron las puertas, y las dos ciudades tirias se mostraron desde entonces acérrimas partidarias de sus nuevos amigos, al par que contrarias a sus antiguos aliados.

Este abandono de la causa púnica era un consejo, un ejemplo. Ante la posibilidad de la liberación, las demás poblaciones inciertas hasta entonces no vacilaron más tiempo. Lo supo el Sufeta, y perdió la esperanza de ser socorrido. Se veía irremisiblemente perdido.

Despidió a Narr-Habas para que guardara las fronteras de su reino, y él se resolvió a ir a Cartago a agenciarse soldados y continuar la guerra.

Los bárbaros, establecidos en Hippo-Zarita, vieron a su ejército cuando bajaba la montaña. ¿Adónde irían los cartagineses? Sin duda les empujaba el hambre y, enloquecidos por los sufrimientos, presentarían batalla, a pesar de su debilidad. Pero torcieron a la derecha en señal de huida. Podían esperarlos; aplastarlos a todos, y los bárbaros se lanzaron en su persecución.

Los cartagineses fueron detenidos por el río, esta vez muy crecido, sin que soplara el viento del Oeste. Unos lo pasaron a nado, y otros sobre sus escudos. Reanudaron la marcha; hízose de noche y se perdieron de vista.