No había confiado a nadie su resolución. Para realizarla más discretamente, envió a Taanach que comprara en el arrabal de Kinvido (en vez de pedirlo a los intendentes) todas las cosas que le hacían falta: bermellón, perfumes, cinturón de lino y vestidos nuevos. La vieja esclava se asustaba de estos preparativos, pero sin atreverse a preguntar nada; llegó el día fijado por Schahabarim para la partida.
A la duodécima hora, vio Salambó en el fondo de los sicomoros un ciego viejo, con una mano apoyada en la espalda de un niño que iba delante de él, y en la otra, sosteniéndola en la cadera, una especie de cítara de madera negra. Eunucos, esclavos y mujeres habían sido escrupulosamente apartados para que nadie pudiera enterarse del misterio que se preparaba.
Taanach encendió en los ángulos de la habitación cuatro trípodes llenos de estrobos y de cinamomo; desplegó grandes tapices babilonios, que tendió sobre cuerdas alrededor de la cámara; porque Salambó no quería ser vista, ni siquiera por las paredes. El tocador de kinnos estaba agachado detrás de la puerta, y el niño, en pie, tocaba una flauta de caña. Por fuera disminuía el ruido de las calles; sombras violáceas se alargaban ante el peristilo de los templos; y al otro lado del golfo, las faldas de las montañas, los olivares y las tierras amarillas ondulaban indefinidamente, confundiéndose en un vapor azulado; no se oía ningún ruido; una postración indefinible flotaba en el aire.
Salambó se inclinó en el borde del estanque, en una grada de ónice; levantó las anchas mangas, que echó a las espaldas, y empezó sus abluciones, metódicamente, conforme a los ritos sagrados.
Taanach le trajo en una redoma de alabastro un líquido, casi coagulado; era la sangre de un perro negro, degollado por mujeres estériles en una noche de invierno, en los escombros de una sepultura. Con ella se frotó las orejas, los talones y el pulgar de la mano derecha, que le quedó un poco encarnada, como si hubiera partido una fruta.
Salió la luna, y en este instante, la cítara y la flauta tocaron al unísono. Salambó se quitó los pendientes, el collar, los brazaletes y el chal blanco; desató la venda de sus cabellos y, por algunos minutos, los sacudió suavemente sobre los hombros para refrescarse con sus ondulaciones. Afuera continuaba la música; tres notas precipitadas, furiosas, siempre las mismas; chirriaban las cuerdas, roncaba la flauta, y Taanach marcaba el ritmo con las palmas de las manos, en tanto que Salambó, balanceando el cuerpo, salmodiaba plegarias y se le iban cayendo una a una todas sus vestiduras.
Se agitó la pesada tapicería, y por encima de la cuerda que la sostenía asomó la cabeza de la pitón. Fue bajando despacio, como gota de agua que se desliza por una pared, se arrastró por las ropas esparcidas y luego, con la cola apoyada en el suelo, se enderezó recta, asaetando a Salambó con sus ojos, más encendidos que carbunclos.
El frío, tal vez el pudor, hizo vacilar a la joven; pero acordándose de las órdenes de Schahabarim, se adelantó; la pitón se aplanó, y dejándose coger por la mitad del cuerpo, formó de cabeza a cola como un collar, cuyas dos puntas tocaban en el suelo. Salambó se la ciñó a las caderas, la puso bajo sus brazos, entre sus rodillas; tomándola después por las mandíbulas, acercó a sus dientes la boca triangular de la serpiente, y con los ojos medio cerrados, se cimbreó a los rayos de la luna. La argentada luz parecía envolverla en una niebla de plata; la huella de sus pasos húmedos brillaba en el pavimento; palpitaban las estrellas en la profundidad del agua, y la serpiente apretaba a Salambó con sus negros anillos moteados de oro. Jadeaba la joven con este peso excesivo, doblaba los riñones, se sentía morir, en tanto que la pitón le golpeaba suavemente el muslo con la punta de la cola. Al fin cesó la música y la serpiente se desenroscó y cayó.
Encendió Taanach dos candelabros con luces encerradas en bolas de cristal llenas de agua, tiñó con lausonia la palma de las manos de la virgen, puso bermellón en sus mejillas, antimonio en el borde de sus párpados y alargó las cejas con una mezcla de goma, almizcle, ébano y patas de moscas aplastadas.
Sentada Salambó en una silla de marfil, dejaba hacer a la esclava. Pero estos toques, no menos que el olor de los perfumes y los ayunos que había hecho, la enervaban. De tal modo palideció, que la esclava cesó en sus operaciones.