—Estarás sola con él.

—¿Después?

—Sola en su tienda.

—¿Y entonces?

Schahabarim se mordió los labios. Buscaba una frase, un rodeo.

—¡Si tú has de morir, será más tarde; nada temas, no te asustes! Serás humilde y te someterás a su deseo, que es la orden del cielo.

—Pero, ¿y el velo?

—¡Los dioses te inspirarán! —repuso Schahabarim.

Salambó dijo:

—¡Oh, padre! ¡Si tú me acompañaras!