En medio de las tiendas vieron al Sufeta, que se paseaba dictando órdenes. Estaba armado con una coraza gris, recamada de pequeñas escamas; y seguido de su caballo, se paraba de cuando en cuando para señalar algo con el brazo derecho.

Más de un bárbaro se acordó de otros días, cuando al son de los clarines, Amílcar pasaba delante de ellos lentamente, fortaleciéndoles con sus miradas, como con vasos de vino. Les sobrecogió una especie de ternura. Por el contrario, aquellos que no conocían al Sufeta, deliraban con la alegría de capturarle.

Sin embargo, si todos atacaban a la vez, se encontrarían en un espacio tan reducido que se expondrían a una derrota. Los númidas podían lanzarse a través; pero los clinabaros, defendidos por las corazas, los aplastarían; además, ¿cómo pasar la empalizada? En cuanto a los elefantes, no estaban suficientemente amaestrados.

—¡Sois todos unos cobardes! —gritó Matho.

Y seguido de los más valientes, se precipitó contra el atrincheramiento. Le rechazó una lluvia de piedras; porque el Sufeta había recogido en el puente sus catapultas abandonadas.

Este fracaso cambió bruscamente el espíritu movible de los bárbaros. El exceso de su bravura desapareció; querían vencer, pero arriesgándose lo menos posible. Según Espendio, convenía conservar la posición que tenían y someter por hambre a los púnicos. Pero los cartagineses ahondaron pozos y descubrieron agua en las montañas que rodeaban la colina.

Desde lo alto de la empalizada lanzaban flechas, tierra, estiércol y piedras, que arrancaban del suelo, en tanto que las seis catapultas rodaban incesantemente a lo largo de la planicie.

Pero las fuentes podían secarse, agotarse los víveres e inutilizarse las catapultas; los mercenarios, diez veces más numerosos, acabarían por triunfar. El Sufeta ideó entablar negociaciones para ganar tiempo; y una mañana los bárbaros vieron en sus dos líneas una piel de carnero, cubierta de escrituras. Amílcar se justificaba de su victoria; los Ancianos le habían obligado a la guerra, y para demostrar que él mantenía su palabra, ofrecía el saqueo de Útica o el de Hippo-Zarita, a elección de los mercenarios; terminando por declarar que no los temía, porque tenía traidores ganados, gracias a los cuales se adueñaría de los otros pronto y fácilmente.

Turbáronse los bárbaros; esta proposición de un botín inmediato les hacía soñar; temían una traición, porque no suponían un lazo en la arrogancia del Sufeta, y empezaron a mirarse unos a otros con desconfianza. Se medían las palabras y los pasos; la pesadilla les desvelaba por las noches. Muchos abandonaban a sus camaradas; cambiaban a capricho de general, y los galos, con Autharita, se juntaron con los cisalpinos, cuya lengua no comprendían.

Los cuatro jefes se reunían todas las noches en la tienda de Matho, y agachados alrededor de un escudo adelantaban y retrocedían las figuras de madera inventadas por Pirro para reproducir las maniobras. Espendio explicaba los recursos de Amílcar y suplicaba no se comprometiera la ocasión, jurando por todos los dioses. Matho, irritado, gesticulaba. La guerra contra Cartago era cosa personal suya; se indignaba se mezclasen en ella sin querer obedecerle. Autharita adivinaba por su cara lo que decía, y aplaudía. Narr-Habas levantaba la barbilla en señal de desdén; hallaba funestas todas las medidas, y ya no se sonreía, sino que lanzaba suspiros, como si rechazara el dolor de un sueño imposible, la desesperación de una empresa fallida.