—¡Es una maldición! —exclamó Matho—. ¡Pero yo le esperaré, le venceré, le mataré! ¡Ah, si hubiera estado aquí!...

La idea de no haberse encontrado en la batalla lo desesperaba más que la derrota. Se quitó la espada y la tiró por el suelo.

—Pero ¿cómo os han vencido los cartagineses?

El antiguo esclavo contó las maniobras. Matho creía estar viéndolas, y se irritaba. El ejército de Útica, en vez de dirigirse al puente, debió ir a atacar a Amílcar por retaguardia.

—¡Lo sé! —dijo Espendio.

—Convenía doblar las filas, no comprometer los vélites contra la falange; dar salida a los elefantes. En último extremo, se podía probar otra vez, nunca huir.

Respondió Espendio:

—Le he visto pasar en su gran manto rojo, con los brazos levantados, más alto que el polvo, como águila que volaba al flanco de las cohortes; a todas las señales de su cabeza, estas se apretaban y se abalanzaban; la multitud nos arrastró el uno hacia el otro; él me miró, y yo sentí en mi corazón como el frío de una espada.

—¿Habrá elegido tal vez el día? —se decía Matho.

Y se hacían preguntas tratando de descubrir qué habría traído al Sufeta en las circunstancias más desfavorables. Hablando de la situación, para atenuar su falta o animarse a sí propio, Espendio dijo que aún quedaba esperanza.