Los tarentinos saltaron rápidamente de un caballo al otro, y partieron a derecha e izquierda en dirección al río y a la ciudad.
La falange exterminó a placer el resto de los bárbaros. Cuando llegaban bajo las espadas, las víctimas alargaban el cuello, cerrando los párpados. Otros se defendieron a todo trance, pero se les abrumaba de lejos a pedradas, como perros rabiosos. Amílcar tenía encargado que se hicieran cautivos; pero los cartagineses le obedecieron a regañadientes, por el placer que sentían en degollar bárbaros. Como tenían mucho calor, operaban con los brazos desnudos, a manera de segadores; y cuando se interrumpían para tomar aliento, seguían con la mirada a un jinete que galopaba tras un soldado huyendo. Conseguía cogerle de los cabellos, lo tenía así un rato y concluía por derribarle de un hachazo.
Vino la noche. Cartagineses y bárbaros habían desaparecido. Los elefantes que habían huido erraban por el horizonte con las torres incendiadas. Ardían en la obscuridad como faros perdidos en la bruma, y no se advertía otro movimiento en la llanura que la ondulación del río, engrosado por los cadáveres que iban arrastrados al mar.
Dos horas después llegó Matho. A la luz de las estrellas vio largos montones desiguales tendidos en tierra.
Eran las filas de bárbaros. Se apeó y vio que todos estaban muertos; llamó a voces y nadie le contestó.
Aquella mañana había partido de Hippo-Zarita con sus soldados, en dirección a Cartago. El ejército de Espendio acababa de salir de Útica, y los habitantes empezaban a incendiar las máquinas de guerra. Todos se habían batido encarnizadamente; el tumulto que se oía del lado del puente aumentaba de un modo incomprensible. Matho había venido por el camino más corto, a través de la montaña, y como los bárbaros huyeron por el llano, no encontró a ninguno.
A su frente, se levantaban en la sombra masas piramidales, y del lado del río, cercanas y a ras del suelo, se veían luces inmóviles. Era que los cartagineses se habían replegado detrás del puerto para engañar a los bárbaros; el Sufeta había puesto muchas guardas en la otra orilla.
Matho, avanzando siempre, creyó ver enseñas púnicas, porque las cabezas de caballo que no se movían aparecían en el aire, fijas en astas, en listones que no se podían ver; y oyó más lejos un gran rumor, un ruido de canciones y de copas que chocaban.
No sabiendo dónde se encontraba, ni cómo hallar a Espendio, lleno de angustia y perdido en las tinieblas, se volvió más aprisa por el mismo camino. Apuntaba el alba cuando desde lo alto de la montaña divisó la ciudad, con las armazones de las máquinas ennegrecidas por las llamas, así como esqueletos de gigantes junto a las murallas.
Todo reposaba en silencio y en abandono extraordinarios. Entre sus soldados, al borde de las tiendas, hombres casi desnudos dormían de espalda o con la frente en el brazo que sostenía la coraza. Algunos llevaban en las piernas vendas ensangrentadas. Los moribundos movían la cabeza blandamente, en tanto que otros les traían de beber. A lo largo de los caminos estrechos, andaban los centinelas para calentarse, o bien miraban el horizonte, con la pica al hombro, en actitud feroz.