En el fondo de los claros que dejaban se veían las cohortes de los vélites; más lejos, los grandes cascos de los clinabaros, con hierros que brillaban al sol, y corazas, penachos y banderas desplegadas. Pero el ejército cartaginés, compuesto de once mil trescientos noventa y seis hombres, parecía ser inferior a este número porque formaba un largo cuadrado, estrecho en los flancos y muy apretado en sí mismo.
Viéndolos tan débiles, los bárbaros, tres veces más numerosos, sintieron una alegría desordenada; no se veía a Amílcar. ¿Estaría allí? No importaba; el desdén que los bárbaros tenían por estos mercaderes avivaba su valor, y antes que Espendio mandara la maniobra, todos la habían comprendido y la estaban ejecutando.
Desplegáronse en una gran línea recta, que desbordaba las alas del ejército púnico, a fin de envolverlo completamente. Pero cuando estuvieron a trescientos pasos, los elefantes, en vez de avanzar, retrocedieron, y los clinabaros, haciendo un cambio de frente, los siguieron; aumentó la sorpresa de los mercenarios el ver que todos los demás hacían lo mismo. Los cartagineses tenían miedo, ¡huían! Una silba formidable estalló en las tropas bárbaras, y Espendio, desde lo alto de su dromedario, gritaba:
—¡Ah, ya lo sabía! ¡Adelante! ¡Adelante!
Cayó una lluvia de azagayas, dardos y tiros de honda. Los elefantes con la grupa acribillada a flechazos galoparon más aprisa; les envolvía una gran polvareda y, como sombras en una nube, desaparecieron.
Pero en el fondo de la masa púnica se oía un gran ruido de pasos, dominado por el son agudo de las trompetas, que tocaban con furia. Este espacio que los bárbaros tenían delante, pleno de torbellinos y de tumulto, atraía como un abismo; algunos se lanzaron. Aparecieron cohortes de infantería y jinetes al galope con otros peones a la grupa.
En efecto: Amílcar había ordenado a la falange que rompiera sus secciones y que pasaran los elefantes y la tropa ligera por estos intervalos, para que cubrieran prontamente los flancos; calculó tan bien la distancia de los bárbaros, que en el momento en que estos llegaban allí, el ejército cartaginés formaba en masa una gran línea recta.
En medio se erizaba la falange compuesta de sintagmas o cuadrados, con diez y seis hombres en cada lado. Los jefes de filas aparecían entre largos hierros agudos que desbordaban desigualmente, porque las seis hileras primeras alargaban las astas cogiéndolas por el medio, y las diez hileras inferiores, apoyándolas en la espalda de sus compañeros, se ponían delante. Las viseras de los cascos ocultaban a medias las caras; las grebas de bronce cubrían todas las piernas derechas; anchos escudos cilíndricos bajaban hasta las rodillas; y esta horrible masa cuadrangular maniobraba en un solo bloque, viva como un animal fantástico y con la regularidad de una máquina. Dos cohortes de elefantes la flanqueaban, haciendo caer la lluvia de flechas pegadas a su negra piel. Los indios, agazapados entre los montones de blancas plumas de avestruz, los retenían con el mango del arpón, y en las torres, otros hombres, ocultos hasta los hombros, se asomaban armados con grandes arcos tendidos y varas de hierro con estopas encendidas. A derecha e izquierda de los elefantes maniobraban los honderos, con una honda ceñida a los riñones, otra en la cabeza, y la tercera en la mano derecha. Venían luego los clinabaros, cada cual con un negro que les alargaba las lanzas entre las orejas de los caballos enteramente cubiertos de oro como los jinetes. A continuación se espaciaban soldados armados a la ligera con escudos de piel de lince y jabalinas en la mano izquierda; y los tarentinos, llevando del diestro dos caballos juntos, y apostados en los dos extremos de esta muralla de combatientes.
A la inversa, el ejército de los bárbaros no había podido conservar su alineación. En todo su enorme frente se habían formado ondulaciones y vacíos, y jadeaban todos, sofocados por la carrera.
La falange se puso en marcha pesadamente, blandiendo todos las picas; bajo este enorme peso, la línea de los mercenarios cedió pronto por el centro.