—¡Ha dado la hora!
Y los chiquillos se lanzaron hacia la puerta, empujándose y gritando. Anania quedó el último, al lado de la maestra, que le acarició la cabeza con su mano pequeña y descarnada.
—Muy bien,—le dijo.—¿Eres el hijo de Anania Atonzu?
—Sí, señora.
—Muy bien. Memorias á tu madre.
Naturalmente, comprendió que este saludo era para la tía Tatana; y de pronto la maestra, que le dejó para poner orden en la turba de los muchachos que alborotaban, le resultó simpática.
—¿Pero qué es esto?—gritaba á los chicos, sujetándolos y poniéndolos en orden.—¡De dos en dos! ¡En fila!
Los puso de dos en dos, y de este modo atravesaron el corredor, salieron, recorrieron un trozo de calle; después se les dejó en libertad y se dispersaron por todas partes como pajarillos escapados de las redes, corriendo y gritando. De las demás clases salían los alumnos ya mayores y más formales en buen orden. Bustianeddu cayó sobre Anania, dándole con los cuadernos en la cabeza y lo arrastró consigo.
—¿Te ha gustado?—le preguntó.
—Sí,—contestó Anania;—pero tengo hambre. No terminaba nunca.