Marta Rosa le daba rabia y lástima al mismo tiempo, y aunque sabía de qué país era, y hasta de qué familia, á veces volvía con sus locas hipótesis de que pudiera ser su madre. Sí, por lo menos deben parecerse... ¡Ah, qué triste y terrible obsesión!
Una noche, Marta Rosa y su compañera—una rubiecita picada de viruelas—pararon al estudiante en medio de la calle, invitándole á seguirlas. Él dió un empujón á la rubia y escapó, estremecido de asco y horror. ¡Dios mío! ¡Dios mío! Le parecía que era ella quien le había parado...
Desde aquella noche, cuando le veían las dos mujeres, se reían de él, y le insultaban. Despechado, firmó un segundo y un tercer recurso de los vecinos, pero después se arrepintió.
Entretanto pasaba el tiempo. Al caluroso otoño siguió un invierno templadísimo; excepto los días de viento furioso que envolvía á la ciudad en nubes de polvo, parecía estar en primavera.
Anania estudiaba con afán y escribía largas cartas á Margarita.
Su amor era completamente igual á infinitos amores entre estudiantes pobres y señoritas ricas; pero Anania creía que en el mundo nadie amaba como se amaban ellos, y que nadie había amado con la vehemencia de su amor. Á pesar de la duda de que Margarita pudiese abandonarle si llegaba á encontrar á su madre, era feliz; la sola idea de ver á su novia le ponía frenético de alegría.
Contaba los días y las horas. En todo el porvenir, misterioso y oculto, sólo descubría un punto luminoso: volver á ver á Margarita en las vacaciones de Pascua.
Á medida que pasaba el tiempo, aumentaba su afán. Sólo recordaba la cara colorada y los ojos de Margarita; todos los demás desaparecían ante la imagen querida.
En Cagliari, durante el primer año de Liceo, no tuvo amigos ni conocidos. Cuando no estudiaba ni paseaba á solas por la orilla del mar, soñaba desde su balcón, desde donde descubría el rutilante cuadro de las olas y del cielo, sobre cuyo fondo metálico parecían grabados los vapores y los barcos de vela.
Un día, á la puesta del sol, marchó hacia el Monte Urpino, más allá de unos campos en donde los almendros florecían en enero, y su exploración dió resultados maravillosos. Descubrió, en efecto, un pinar lleno de senderos desiertos, abandonados, cubiertos de alfombras de musgo, sobre las cuales el sol poniente, á través de los rosados pinos, dejaba caer reflejos delicados. Á la izquierda se entreveían verdes prados, almendros en flor, arboledas enrojecidas por el ocaso. Á la derecha bosquecillos de pinos y valles, en sombra, cubiertos de lirios.