—Ya lo creo. Cada día estrenaría un nuevo traje, a cual más precioso.

—Así, pues, ¿te preocuparás de trajes después de casada?

—Siempre.

—¿Y de tu esposo?

—Señor—exclamó de pronto mi compañero,—¿no tiene usted bastos?

—¡Vaya si tengo!

—¿Por qué, pues, no los ha echado usted?

—Dispénseme, estaba escuchando... mejor dicho, combinando... y contaba las cartas ya jugadas.

Este incidente fue causa de que perdiera algunos párrafos de la conversación que tenía lugar a mis espaldas, y que no había concluido todavía.

—¡Amarle!... ¿por qué no?... si es posible... si una se enamora...