—¡Un hombre a quien amaba! ¡una unión que la hacía dichosa!
—No se trata de eso; cuando se ha dado una palabra; cuando se tiene una hermana a quien casar... Además, enlazarse con un hombre obscuro... un Carlos Broschi, a quien nadie conoce...
—Tenía, al menos, un mérito, ¡era rico!
—Sí, un mérito que ha conservado para sí. Te juro que Fernando de Carvajal no será nunca el hermano político de Carlos Broschi. No te casarás, pues, con Isabel; te niego mi consentimiento.
—¡Ah! padre mío; ella también me niega su mano.
—Tanto mejor: estamos, pues, de acuerdo.
Y, en efecto, ¿qué esperanza podía conservar el desgraciado joven, colocado entre su padre que se oponía a su enlace, y su prometida que rechazaba esta unión?
Con gran desesperación de Fernando, Isabel redoblaba sus instancias por abrazar la vida religiosa. Había entrado como novicia en el convento de Santa Cruz, y deseaba ardientemente que llegase el momento de pronunciar sus votos.
Una ceremonia de este género, una toma de velo debía celebrarse con gran pompa, dentro de poco, en la ciudad de Granada; e Isabel, que no había cumplido todavía el tiempo de noviciado, deseaba obtener una dispensa en favor suyo. Pero la abadesa de Santa Cruz no tenía facultades para dispensarle esta gracia, y la joven experimentó un gran pesar; pero concibió alguna esperanza cuando supo que el cardenal Bibbiena debía honrar la ceremonia con su presencia y que oficiaría en la misa.
A su llegada, el prelado recibió la visita del desconsolado Fernando, que demandaba su poderosa protección cerca de su padre y de su prometida.