—»¡Y este honor!—exclamé,—¿quién podrá salvarlo ya?
—»Yo—repuso Teobaldo;—yo, por el deber que tengo de velar sobre usted.
»Y corrió a mi marido que, haciendo un supremo esfuerzo, había logrado llegar hasta el cordón de la campanilla, y tiró de él violentamente. Al oír este modo de llamar, todos los domésticos de la casa se precipitaron en la habitación. Carlos acababa de salir, pero ellos vieron al Conde tendido y bañado en su propia sangre. Teobaldo le sostenía en sus brazos, y yo permanecía arrodillada junto a él, casi desvanecida.
»Toda la servidumbre rodeó al Conde, prodigándole los socorros que aun ellos mismos creían inútiles, dada la gravedad de su herida.
—»Vayan ustedes—dijo con voz desfallecida a los criados;—hagan venir al aldermán[*], a los magistrados, porque quiero hablar delante de ellos...
[*] Oficial municipal de Londres.
—»Sí—dijo Teobaldo:—ejecuten las órdenes del señor; pero—agregó en seguida,—déjennos solos con él.
»Todos salieron del aposento, y Teobaldo se aproximó al lecho donde había sido acostado el moribundo.
—»¿Cuál es su propósito, señor Conde?—le preguntó con voz grave y solemne.
—»El de encargar a la ley mi venganza, entregar a los magistrados la adúltera y sus cómplices... para que, cuando yo muera, y a los ojos de todo el mundo, los que me han engañado y deshonrado sean a la vez deshonrados con un castigo público y deshonroso...