»Y al hablar así el sudor corría por su pálida frente.

—»¡Acabe! ¡Acabe!

—»¡Pues bien!—dijo en voz baja y haciendo un esfuerzo sobre sí mismo:—sólo a mí me ha confiado su secreto, y usted no debería saberlo nunca... ¡Ama a usted como un insensato! ¡Vea por lo que se quiere matar! ¡Vea por qué la maldición del Cielo caerá sobre él!

—»¡Ah!—exclamé:—también deberá caer sobre mí, porque sus pensamientos son los míos.

—»¡Usted, Juanita! ¡quiere morir!

»Pero, bajando la vista y sin atreverse a mirarme, continuó con voz temblorosa:

—»¿Le ama usted del modo que él la ama?

»Yo nada contesté; pero caí a sus pies. Teobaldo lanzó un grito y guardó el más profundo silencio; después, fijando sobre mí una mirada llena de bondad, me dijo:

—»Hija mía (era la primera vez que me daba este nombre, autorizado por las santas funciones de su ministerio), hija mía, ¡ojalá pueda alejar de usted y que caiga sobre mí la desgracia que ambos se han preparado! Prométame solamente renunciar a esas ideas de muerte, proyecto culpable que le cerraría las puertas del Cielo, de ese Cielo donde espero volver a encontrarla.

—»Pero entonces, ¿qué partido tomaremos?