Arturo vio entonces una hermosa cabellera negra, que caía en rizados bucles sobre la espalda. Así era como se peinaba Judit... aquella graciosa postura, aquel talle fino y delicado eran los suyos... allí encontraba su porte, sus maneras, ese invencible y poderoso encanto que se adivina y que no puede definirse!...

Por último, se levantó la desconocida.

Arturo lanzó un grito.

El era entonces quien se sintió morir... pero haciendo un esfuerzo, le dijo a media voz:

—¡Judit!... ¡Es usted, Judit!...

Ella trató de ausentarse.

—¡Quédese, por favor! Déjeme decirle que soy el más desdichado de los hombres por no haber sabido apreciar hasta qué punto merecía usted todo mi amor.

La desconocida se estremeció de nuevo.

—Sí, entonces los merecía usted... entonces era digna de los homenajes y la adoración de todo el mundo... y sin embargo, tan insensato soy que la amo aún, no amo a nadie más que a usted, y la amaré siempre... a pesar de que me ha sido infiel... ¡de que me ha traicionado!

Ella quiso responder, y la palabra expiró en sus labios... pero se llevó una mano al corazón como si tratara de justificarse.