Pero él no parecía, no iba... y Judit no podía decirle que fuese... En efecto, ¿qué podía pedirle?... Casa elegante, mesa bien servida, criados y un coche a su disposición... Nada le faltaba... ¡nada más que él!
Por otra parte, sus compañeras de teatro, al verla en posición tan brillante, rodeada de tanto lujo, vestida de ricas galas, no cesaban de interrogarla... Y sus preguntas enseñaban a Judit más de lo que ella quería saber... De aquí que, sin que acertara a explicarse el motivo, obstinárase en guardar el más profundo silencio con su tía y sus compañeras respecto a lo que había sucedido entre ella y él. Juzgando por lo que oía en torno suyo, parecíale que en la conducta del desconocido había algo extraordinario... algo de humillante para ella, y que por su propia dignidad no debía decir. Hubiera muerto antes que hablar o quejarse...
Al octavo día, que era de gran representación, distinguió en el palco del Rey a su desconocido, que la estaba contemplando. Lanzó un grito de alegría y de sorpresa, que hizo perder el compás a un bailarín que, en aquel instante, comenzaba una pirueta.
—¿Qué es eso?—le preguntó Natalia, una de sus compañeras, que la ayudaba a sostener una guirnalda de flores.
—¡Es él; está allí!...
—¡Cómo! ¡el conde Arturo de V***, uno de los caballeros de la corte de Carlos X, y que además es un buen mozo! Vaya, no puedes quejarte... Pero, ¿qué tienes? ¿Te vas a poner mala por un hombre a quien ves todos los días?
Judit no oía estas palabras; era demasiado feliz. Arturo acababa de inclinarse hacia ella y le dirigía un saludo, con grande escándalo del dorado palco en que se encontraba. Al terminar el baile, cuando se disponía a subir a su cuarto, tropezó entre bastidores con Arturo, el cual, en presencia del gentilhombre que entonces presidía las funciones de la Opera, le dijo:
—¿Me permite usted, señorita, que la acompañe a su casa?
—Será un honor para mí—balbuceó la joven temblando, sin notar que su respuesta excitaba la hilaridad de sus compañeras.
—En ese caso, apresúrese; aquí la aguardo.