—Llega usted muy tarde—me dijo uno de mis amigos, un profesor de Derecho, abonado de la Opera, que se muestre tan alegre por la noche como erudito por la mañana.
—Y hace usted mal—agregó, dándome un golpecito en la espalda, un hombrecillo vestido de negro, de voz acre y cabeza empolvada.
Volví la cabeza para ver quién me hablaba, y me encontré con el señor Baraton, notario de mi familia.
—¿Usted aquí?—exclamé;—¿y su estudio?
—Lo vendí hace tres meses. Soy rico, viudo, tengo sesenta años, he estado casado por espacio de veinte, y durante treinta he sido notario... Creo que ya es tiempo de que piense en divertirme.
—Y hace ocho días—añadió el profesor de Derecho—que se ha abonado a la orquesta.
—Sí, me gusta reírme, y a eso vengo aquí, donde se ven y se oyen las cosas más extrañas del mundo. Estos señores lo saben todo, todo lo conocen... No hay una sola localidad de la que no me hayan referido una anécdota interesante.
Y al decir esto, miraba al profesor de Derecho, el cual se sonreía con ese aire modesto y reservado que se considera como discreto, y que quiere decir: otras muchas podría contar si quisiera.
—¿De veras?—exclamé.
Y, sin darme cuenta de ello, dirigí mis ojos al palco que algunos años antes había excitado vivamente mi curiosidad. ¡Cuál fue mi sorpresa! también estaba desocupado aquella noche; de cuantos había en el teatro, era el único que se encontraba vacío.