Era ésta muy sencilla y modesta, sobre todo tratándose de un hombre que estaba abonado a un palco en la Opera durante todo el año.
—Señor—le dije,—vengo a pedirle un gran favor.
—Usted dirá.
—¿Piensa usted asistir a la representación del Roberto... en su palco?
Pareció turbarse, y me respondió con cierta vacilación:
—Desearía asistir, pero no podré hacerlo.
—¿Ha dispuesto usted de él?
—No, señor.
—Si tuviera usted a bien cedérmelo, me sacaría de un gran apuro.
El suyo era cada vez mayor... no se atrevía a negármelo... Por último, haciendo un visible esfuerzo sobre sí mismo, exclamó: