Una noche—era, si mal no recuerdo, a fines del año 1831,—bailaba la señorita Taglioni. Asistía una inmensa concurrencia. Yo había ido a reunirme a unos amigos que me habían citado, pero que, encontrándose ya demasiado estrechos, no podían proporcionarme asiento. No obstante, levantose un joven y me ofreció el suyo. Como ustedes supondrán, lo rehusé, no queriendo privarle del placer de presenciar cómodamente el espectáculo.

—No me priva usted de nada—dijo,—pues voy a salir.

En vista de ello, acepté, dándole las gracias, y observé que el joven, antes de retirarse, dirigió una última mirada al salón, y apoyándose un instante contra el palco inmediato, pareció buscar a alguien con la vista; luego, cayendo, súbitamente, en una profunda meditación, ya no pensó en marcharse. Tenía razón al decirme que no le privaría del espectáculo, porque, dando la espalda a la escena, sin ver ni oír nada, parecía haberse olvidado por completo del lugar en que se encontraba.

Entonces me puse a examinarle atentamente.

Era imposible encontrar una figura más expresiva, más bella y de más distinción. Vestido con elegante sencillez, todo en sus modales y en sus más insignificantes gestos era noble, de buen gusto y comme il faut. Aparentaba de veinticinco a veintiocho años; sus grandes ojos, negros, estaban constantemente fijos en un palco segundo, situado frente a él, al que miraba con una expresión de tristeza y desesperación indefinible. A pesar mío, volví la cabeza en la misma dirección, y vi que aquel palco estaba vacío.

—Sin duda, pensé, esperaba a alguien que no ha venido; una ella que ha faltado a su palabra... o está enferma, o a quien un marido celoso ha impedido venir... Y él la ama... y la espera... ¡Pobre joven!

Y como él, esperé y le compadecí, y habría dado cualquier cosa por ver abrirse la puerta de aquel palco que seguía obstinadamente cerrado.

El espectáculo iba a terminar, y durante dos o tres escenas en las que ya no bailaban las primeras partes y durante las cuales el público conversaba casi en voz alta, hablose de la ópera Roberto el Diablo, que se estaba ensayando entonces y que debía representarse a los pocos días. Mis amigos hiciéronme algunas preguntas respecto a la música y los bailables, demostrando deseos de asistir a los últimos ensayos. ¡Es una cosa tan curiosa y tan interesante para ciertas gentes un ensayo de la Opera! Les prometí llevarlos, y nos levantamos para salir, porque el telón acababa de caer. Al pasar junto a mi desconocido, que continuaba inmóvil en el mismo lugar, le manifesté mi sentimiento por haber aceptado su oferta y el deseo de poder corresponder a su atención.

—Nada más fácil—me dijo;—acabo de saber que es usted Meyerbeer.

—No tengo ese honor.