—Ayer tuvimos reunión, y jugamos al whist y al boston.

—¡Perfectamente! Y, a propósito, tengo que reprender a usted. Ha hecho usted jugadora a su hija.

—¡Yo!

—Usted; jugadora como las mismas cartas. A lo que parece, no piensa en otra cosa ni de día ni de noche. He aquí una prueba—continuó riendo a carcajadas:—aquí tiene usted un naipe, un rey de oros, que he encontrado enrollado debajo de su almohada. Esto es una picardía, ¿verdad?

Traté de reír, para que el general no reparase en la turbación de la Vizcondesa, que parecía herida por un rayo.

—Mire usted, mire usted—prosiguió el general dando nuevamente libre acceso a su risa.—La Vizcondesa no ríe... está desconcertada... y es que se reconoce culpable.

—¡Oh! muy culpable—murmuré interiormente.

En aquel instante bajó Enrique, y poco después Cecilia.

En seguida nos sentamos a la mesa y almorzamos en familia.

Nos encontrábamos solos y, como la víspera, los vi reservados e indiferentes; pero, mejor enterado ahora, ¡cuánto amor sorprendí en aquellos ojos que se evitaban constantemente, en aquella fingida frialdad, en aquella silenciosa unión de voluntades, fiel regulador de todos sus pensamientos!