—Pero, caballero, estése usted quieto, y sobre todo no doble usted el dedo.
—Pero, señoras, eso es fácil de decir... hacerlo ya es diferente.
—Tiene razón este señor—intervine yo,—y para que su dedo permanezca inmóvil, habrá que hacer lo que en cirugía se llama... se llama...
—¿Entablillar?—interrumpió Enrique,—¿como si se tratara, de un brazo o una pierna?
—Justamente.
—¿Y dónde encontrar el aparato?—gritaron todos riendo.
—Helo aquí.
Y tomé una carta de la mesa donde acababa de jugar al whist; creo que era un rey de oros. Lo enrollé alrededor del dedo herido; las señoras sujetáronlo con una hebra de seda, y sostenido de este modo por la cartulina, ya no era de temer que el dedo se doblara y la herida volviera a abrirse. Terminó, al fin, la cura, entre los gritos alborozados y los aplausos de todos los circunstantes, que me felicitaron por mis conocimientos quirúrgicos. Enrique me rogó que le presentara la cuenta de mis honorarios, y Cecilia me prometió acudir a mí para que le curase todos los pinchazos de agujas y alfileres.
Poco después dieron las once, y cada uno tomó su palmatoria.
Yo entré en mi alcoba, desde donde oía aún las carcajadas y las alegres carreras que daba en los comedores aquella juventud bulliciosa.