—¿Usted, buen hombre? Vaya a consolar a su mujer; por ahí debería haber empezado.
—¿Y qué voy a decirle?
—Dígale lo que quiera. Adiós; tengo que hacer mis baúles. ¿Tiene usted necesidad de dinero?
El duque hizo un gesto de disgusto que advirtió la señora Chermidy.
—¿Es que le repugna nuestro dinero? ¡A su gusto! no le daremos más.
El anciano salió sin saber lo que se hacía, como un hombre borracho. Erró por las calles hasta la noche. Hacia las diez sintió hambre. Montó en un coche y se hizo conducir al club. Estaba tan cambiado, que el señor de Sanglié casi no lo reconoció.
—¿Qué mala hierba ha pisado usted?—le preguntó el barón—. Tiene usted la cara trastornada y parece que va a caerse. Siéntese y hablaremos.
—Con mucho gusto—dijo el duque.
—¿Cómo va la duquesa? Llego del campo y aun no he tenido tiempo de hacer ninguna visita.
—¿Que cómo va la duquesa?