—¿Dónde encontrarlos?

—Búscalos. Creo que vale la pena dar con el que nos hace falta.

Algunas horas después de esta conversación, la señora Chermidy, bella como la virtud, hacía los honores de su salón a personas de las más respetables de París.

Entre los concurrentes de su casa había un viejo solterón de humor alegre, de conversación espiritual, gran aficionado a los libros nuevos, asiduo a las primeras representaciones y muy conocedor de historias inéditas; tan irreprochable en la elección de sus palabras como en la de sus trajes, y fiel a las tradiciones de la antigua galantería francesa. Era jefe de negociado en la prefectura de policía.

La señora Chermidy le sirvió con sus propias manos una taza de te, al mismo tiempo que le dirigía una sonrisa inefable. Conversó largo tiempo con él, le obligó a agotar su repertorio y oyó con el mayor interés cuanto le plugo contarle. Por la primera vez, después de muchos años, cometió una injusticia con sus amigos y se apartó de su imparcialidad habitual.

El excelente hombre se creía estar en el cielo y tamborileaba con sus dedos sobre la pechera de su camisa con una satisfacción visible.

No obstante, como no hay compañía, por buena que sea, a la que no haya que dejar, el señor Domet se dirigió discretamente hacia la puerta cuando faltaban pocos minutos para media noche. Aun quedaban veinte personas en el salón. La señora Chermidy lo llamó en voz alta con la graciosa desenvoltura de un ama de casa que no perdona a los desertores.

—Querido señor Domet—le dijo—, es usted demasiado encantador para que le devuelva tan pronto la libertad. Venga usted aquí, a mi lado, y cuénteme otra de esas historias tan interesantes que sabe usted.

El excelente hombre obedeció con muy buena voluntad, aunque tenía por principio acostarse pronto y levantarse temprano. Pero protestó diciendo que había agotado toda su provisión y que, a menos de inventar, ya no tenía nada que contar. Algunos amigos de la casa formaron un círculo a su alrededor con objeto de importunarle. Se le hicieron mil preguntas más indiscretas las unas que las otras; le preguntaron la verdad sobre la Máscara de hierro, se le incitó a que dijese el verdadero nombre del autor de las Cartas de Junio, se le pidieron detalles sobre el anillo de Gyges, sobre la Conspiración de las pólvoras, sobre el Consejo de los Diez y por si aun esto fuera poco se le invitó a que expusiera su opinión sobre los resortes de gobierno. El señor Domet respondió a todo alegremente, rápidamente, con ese buen humor de las personas de edad que es el fruto de una vida tranquila. Pero no estaba completamente tranquilo y se removía en su sillón como un pescado en la sartén. La señora Chermidy, siempre bondadosa, acudió en su auxilio y le dijo:

—Soy yo quien le he entregado a los filisteos; es justo que sea yo también quien le libre de sus manos, pero con una condición.